El Paraíso Perdido: entre el mito cristiano y la revolución de pensamiento

De los escritores de habla inglesa, poco se difunde sobre John Milton (1608-1674) en América Latina. Como lo mencioné en un artículo anterior (¿Quién fue el autor de “Paraíso Perdido”?), su trascendencia no es solo literaria, sino también política y social, dentro y fuera de su poesía. De ella, destacan Il Penseroso y L’Allegro (1633), Samson Agonistes (1671) y el poema épico Paradise Lost (1667).

De acuerdo con la biografía The Life of Milton (La vida de Milton) escrita por Edward Phillips —su sobrino— en 1694, Milton concibió, varios años antes de dedicarse por completo a su creación, la idea de lo que sería Paradise Lost (Paraíso Perdido). En ese entonces no pensó en la composición de un poema épico sino de una tragedia; así, en aquel primer acercamiento a su gran obra escribió diez versos que mostró a Phillips y que fueron, según este último, “diseñados para el principio de la triste tragedia”. Posteriormente, estos versos formarían parte de la retórica de Satanás:

¡O tú que con gloria imprevista fuiste coronado!
Luces en tu dominio único, como el dios
De este nuevo mundo; a cuya vista las estrellas
Esconden sus cabezas degradadas; a ti te llamo,
Pero no con voz amistosa; y añado tu nombre,
¡O Sol! Para decirte como odio tus rayos
Que traen a mis recuerdos, el estado del que
Yo caí, cuán glorioso alguna vez sobre tu esfera;
Hasta que el orgullo y la ambición me abatieron,
En el Cielo combatiendo, al Rey glorioso del Cielo.

Como podría intuirse, el personaje de Satanás dedica estas líneas, primero, a Adán (quien con gloria imprevista fue coronado en el Paraíso) y segundo, a Dios, o al Sol (para decirle como odia sus rayos) pues evocan su condición de ángel caído. Esta dramática escena descrita de forma poética, ocurre cuando Satanás llega al Paraíso para concretar sus planes de venganza mediante la seducción de Eva, y descubre al otro (Adán) a través de la mirada. Con ello, no solo reafirma su sentimiento de «mérito dañado», sino que además pinta un cuadro nostálgico al rememorar su otrora estatus en la jerarquía celestial.

De lo anterior, es posible deducir que Milton toma la llamada «caída del hombre», de la religión cristiana, para usarla como tema central de la narrativa en su poema; sin embargo, no decide usar este mito —incluido en el libro del Génesis del Viejo Testamento— de forma arbitraria, sino que lo hace con plena consciencia de fundar su obra en una de las creencias más relevantes dentro del entorno social y religioso de su época, pues aspiraba a una superioridad poética que “sin medio vuelo” alcanzase “Cosas que aún no se han intentado en Prosa o Rima”.

Paradise Lost fue publicado en su versión de diez cantos en 1667 y en la de doce —que es la versión final— en 1674, con lo que se dieron diferentes reacciones no solo con connotaciones literarias, sino también políticas (tanto por los partidarios de la República y de Milton, como por quienes apoyaban la Monarquía de Carlos II). No obstante, uno de los aspectos que causó mayor revuelo fue la construcción del personaje de Satanás pues, por un lado, lo proveyó de características heroicas y angélicas con las que cambió la imagen medieval del diablo y, por otro, lo describió como un rebelde que decide no someterse a la voluntad de un monarca absolutista, es decir, a la voluntad del personaje de Dios.

Satanás en Paradise Lost, Gustave Doré, 1866

Dado que Milton creía en la existencia del Dios cristiano así como en lo descrito en la Biblia, pero no en un rey absoluto que gobernara por «derecho divino», se ha discutido hasta qué punto atribuyó por medio del subconsciente ciertos rasgos al personaje de Satanás. Sobre esto, William Blake, un poeta inglés del Romanticismo, señaló en El Matrimonio entre el Cielo y el Infierno que «La razón por la que Milton escribió en cadenas sobre Dios y los Ángeles, y en libertad sobre el Infierno y los Diablos, es que era un verdadero poeta, y partidario del Diablo sin saberlo”, donde asocia a Milton con el Diablo desde la perspectiva del deseo, es decir, de la energía o lo Otro que surge en él y que deja que gobierne sobre la razón ―representada por Dios― para manifestarse a través de la poesía.

Así, la dualidad y la otredad ―Cielo-Infierno; Ángeles-Diablos; Pecado-Espíritu; Muerte-Eternidad; Satanás-Dios― están presentes en todo el poema, por lo que les invito a conocer su historia en este enlace, donde se encuentra disponible (en prosa) en formato PDF.

En ella [la raza humana], la unidad de bondad y malicia es consecuencia de los dos personajes cuya influencia se permea a través de Adán y Eva: Satanás como el seductor movido por la venganza, y Dios como el origen de todo; el uno y lo Otro que se niegan para intentar reconocerse a sí mismos.

Mauricio Ochoa, Paradise Lost: la otredad de Dios en la figura trágica de Satanás

Pintura: El paraíso perdido, Franz Stuck, c. 1897.

¿Quién fue el autor de «Paraíso Perdido»?

Para mi sorpresa, en una ocasión busqué el nombre «John Milton» en Google, y el resultado no fue el que yo esperaba: en las primeras páginas, apareció un supuesto «caballero de la hipnosis», quien estaba de gira por varias ciudades de México y EUA… Además de sentirme decepcionado, supe que debía agregar otras palabras a la búsqueda, como «poemas», «política» o «censura» para obtener lo que yo realmente quería encontrar, ya que Milton no solo dedicó su vida a la literatura, sino que además se ocupó de escribir ampliamente sobre la situación social y política que prevalecía en la Inglaterra del siglo XVII; de hecho, su ideología influyó movimientos sociales de gran magnitud posteriores a su época, como la Revolución Francesa y la Declaración de Independencia de Estados Unidos.

John Milton (1608-1674), fue un poeta e intelectual inglés, y es considerado uno de los escritores más relevantes de Inglaterra, solo después de Shakespeare; su obra más conocida es Paraíso Perdido, y sus reflexiones en torno a la iglesia, la monarquía y la república fueron fundamentales para la construcción política y social de lo que ahora es el Reino Unido. No obstante, su influencia también ha sido literaria, y puede observarse en diversos escritores y poetas como Lord Byron, William Blake y Mary Shelley, autora de la novela Frankenstein; o el Moderno Prometeo, cuyo personaje principal -el monstruo que ha sido llevado al cine en más de una ocasión- medita sobre sus similitudes con los personajes creados por Milton tras haber leído su gran poema épico:

«Pero Paradise Lost incitó emociones diferentes y más profundas… Movió cada sentimiento de asombro y fascinación, que la imagen de un Dios omnipotente luchando contra sus creaciones fuera capaz de generar pasiones… Muchas veces consideré a Satanás como el emblema idóneo de mi situación; ya que a menudo, como él, cuando miraba la felicidad inmensa de mis protectores, el amargo enojo de la envidia crecía dentro de mí.»

«Satanás tenía a sus compañeros, colegas diablos, para admirarlo y motivarlo; pero yo soy un solitario abominable.»

Por otro lado, el diablo de Milton también ha inspirado escritores contemporáneos, entre los que se encuentra Paul Auster con su Trilogía de Nueva York, e incluso a cineastas, como ocurrió con Taylor Hackford al dirigir la película El abogado del diablo, donde Al Pacino interpreta a un satanás cuyo nombre en la Tierra es, precisamente, John Milton. En este filme, donde también actúan Charlize Theron y Keanu Reeves, se incluye una escena en la que Satanás menciona uno de los versos más famosos del poema cuando intenta seducir a su hijo para procrear al anticristo: «Mejor reinar en el Infierno, que servir en el Cielo.»

Asimismo, es importante destacar su texto llamado Areopagítica, un discurso del Sr. John Milton por la libertad de los escritos impresos no autorizados, que dirigió al parlamento de Inglaterra debido a las intenciones que tuviera el órgano gubernamental de censurar aquellos libros que juzgara inapropiados. En él, afirma que «quien mata a un hombre mata una criatura razonable y la imagen de Dios, pero que quien destruye un buen libro, mata la razón en sí misma y aniquila la imagen de Dios como si estuviera en el ojo»; a esto, agrega que el ser humano debe leer todo tipo de libros puesto que debiera ser capaz de juzgarlos correctamente y analizar su contenido.

Este discurso, así como Paraíso Perdido y otros escritos de Milton (en donde justifica por qué la república es preferible a la monarquía, y reivindica los derechos de las personas al decir que «por naturaleza, todos los hombres nacen libres») inspiraron -junto con otros textos e ideas- a Thomas Jefferson para redactar la Declaración de Independencia. De manera similar, Honoré Gabriel Riquetti, conde de Mirabeau, adoptó los principios contra la libertad de expresión y la censura que leyó en Areopagítica para traducirlos al francés, y usarlos como parte de los fundamentos para establecer la república en Francia durante la revolución.

Para finalizar con este extremadamente breve y conciso panorama acerca de la relevancia de John Milton en el mundo, cabe notar que, dentro del Canto XI de Paraíso Perdido -que trata sobre la expulsión de Adán y Eva del Paraíso y la guía del arcángel Miguel para su salida- Milton también hace referencia a parajes de América Latina que nunca visitó, pero que imaginó en gran esplendor a través de los ojos de aquellos que viajaron al otro lado del globo. Estos versos, que se incluyen como parte del ascenso espiritual de Adán, dicen (en traducción propia):

Adán y Eva, William Blake

En espíritu quizás también divisó
La riqueza de México, el trono de Moctezuma,
Y Cusco en el Perú, el aposento más rico
De Atabalipa y la aún incorrupta
Guyana cuya gran ciudad los hijos de Gerón
Llaman El Dorado…

El Enfoque como herramienta mental en un ciclo gregoriano «diferente»

En 1582, el papa Gregorio XIII comenzó a instituir el calendario bajo el que se rige actualmente el mundo occidental (llamado a causa de ello «gregoriano«), aunque no con el objetivo primordial de mejorar la precisión del calendario Juliano per se (introducido por el emperador Julio César en el año 46 a. C.), sino por un interés meramente religioso: le preocupaba que la Pascua, celebrada tradicionalmente el 21 de marzo, se alejara del equinoccio de la primavera con el paso de los años.

Desde entonces, nos hemos regido por un calendario gregoriano que define, de forma casi dogmática, lo que hacemos según el periodo del año que esté en curso: ir al escuela, trabajar, tomar vacaciones en alguna playa, o incluso participar en fiestas y reuniones con amigos y familiares. Pero, ¿qué pasa si de pronto esa rutina del calendario anual, esos tiempos que de cierta forma nos han sido impuestos, cambian de manera imprevista? Esta es, sin duda, una pregunta cuya respuesta deberíamos reflexionar durante estos días, en los que tenemos que alterar nuestras actividades cotidianas de manera drástica.

Los medios de comunicación nos inundan con información y estadísticas sobre la nueva pandemia que, sin duda, debemos conocer, pero que tampoco deben regir nuestras acciones y pensamientos en todo momento, ya que de ser así corremos el riesgo de caer en conductas que nos pueden sumir en la incertidumbre y la depresión. Por ello, la capacidad para enfocarnos en lo que podemos realizar durante tiempos de crisis resulta fundamental.

A propósito de ello, me encontré con un libro cuya lectura considero provechosa durante estos días de encierro: Enfoque, del psicólogo y periodista Daniel Goleman, quien se diera a notar hace varios años por sus teorías sobre la inteligencia emocional. En la contraportada de dicho libro, se puede leer que «La atención trabaja en gran medida como un músculo: úsala precariamente y puede perder vitalidad; trabájala bien y crece.» Para Goleman, la atención es -además de fundamental para alcanzar la excelencia- selectiva, es decir, que a pesar de la existencia de muchos distractores en el entorno, la mente es capaz de enfocarse en aquello que realmente le interesa a un individuo dado.

Asimismo, Goleman nos habla de dos variantes de distractores: los sensoriales -que tienen que ver con lo que percibimos mediante los sentidos, como algún olor, música a un alto volumen o una súbita comezón- y los emocionales, que son más difíciles de esquivar puesto que están relacionados con lo que sentimos. Estos últimos, que nos pueden provocar preocupación, y en casos extremos angustia, obedecen a una gran variedad de causas, que van desde una discusión incómoda en redes sociales, hasta el rompimiento de una relación o la pérdida de un ser querido. En estos momentos, donde existe un problema mundial de salud, ciertamente estamos más afectados por un distractor de tipo emocional, que -quienes no tenemos un trabajo fijo, o bien contamos con algunas horas extra- podemos controlar con menor dificultad si nos enfocamos en alguna actividad productiva (aunque no necesariamente genere dinero), que implique el cumplimiento de una meta importante, ya sea que la hayamos pospuesto por falta de tiempo, o que haya surgido como consecuencia de nuestro estado actual.

Por ejemplo, en mi caso se pospusieron todos los proyectos en los que trabajaría de manera constante con empresas farmacéuticas; se suponía que desde la semana pasada estaría en Sudamérica, pero al final todo cambió. Entonces, ¿qué estoy haciendo ante ello? Precisamente, fijar nuevas metas que me permitan avanzar profesionalmente mientras los proyectos se reactivan.

Como ejemplo, mis metas son: 1) elevar mi nivel de francés mediante la práctica, con al menos una hora de estudio al día; 2) rediseñar y mejorar mi blog; 3) escribir al menos tres horas diarias; 4) preparar el lanzamiento de mi primer libro, y 5) buscar nuevas oportunidades de negocio por medios virtuales. Tal vez parezca muy ambicioso, pero tengo una ventaja: por ahora, yo administro mi tiempo, y establezco las prioridades.

Así, ¿cuáles pueden ser las metas para estos días de sano distanciamiento? Hacer arreglos en la casa, leer, tomar capacitaciones en línea, aumentar el nivel de conocimiento de algún idioma, mejorar la convivencia con la familia, ayudar a hijos y/o pareja con algún proyecto académico o laboral… La lista puede ser interminable, aunque lo principal es que sea relevante en la vida de cada persona, y que apuntale la satisfacción personal y profesional.

Por ello, es que el enfoque se vuelve indispensable no solo para concluir una actividad determinada con éxito, sino también para minimizar esos monstruos mentales que nos persiguen y que, en más ocasiones de las que quisiéramos, solo dan vueltas en nuestra cabeza sin dejarnos llegar a una solución concreta. Sobre ello, Goleman afirma que «Nos va peor entre más se interrumpe el enfoque», ya que la línea que divide «una reflexión productiva de una divagación infructuosa» nos puede llevar a una solución tentativa, o una obsesión constante que nos encierre en un ciclo de angustia.

Con lo anterior, espero haber despertado su curiosidad para que lean Enfoque, y así podamos compartir más opiniones al respecto, ya que seguramente seguiré en el estudio de este tema que me parece muy importante para dirigir nuestros esfuerzos, y así lograr el cumplimiento de nuestros objetivos.

The Joker y los Otros

De acuerdo con el sitio web de DC Comics, The Joker, o el Guasón como se le conoce en hispanoamérica, es un personaje que apareció por primera vez en 1940 dentro las páginas del Número 1 del cómic que, a su vez, diera a conocer al «dúo dinámico»: Batman y Robin. En el mismo sitio, se puede leer que los poderes del Guasón son su absoluta imprevisibilidad e inteligencia, que es violento y extremadamente peligroso, y el villano más identificable y popular en la historia de la cultura pop en el cómic.

Incluso para quienes somos ignorantes en este tema -el del cómic- dichas características no resultan sorpresivas, puesto que las hemos conocido a través de otros medios como los dibujos animados, las series de televisión, o el cine. Sin embargo, hubo una afirmación en dicho sitio web que atrajo mi curiosidad: «No se sabe mucho sobre su pasado, pero sus actos en el presente definen al Guasón como una de las más grandes amenazas para nuestros héroes y la gente que ellos han jurado proteger.» Pero ¿quién es esta gente que nuestros héroes han jurado proteger?

En la película Joker (2019), el director Todd Phillips (quien es conocido, además, por comedias como Road Trip y The Hangover) nos pinta una sociedad de Gotham caótica, decadente y que, salvo algunos personajes, no muestra mucha gente a la que un súperhéroe debiera proteger. Más bien, vemos a un Arthur Fleck quien, antes de convertirse en villano para quienes se sienten amenazados por sus actos, es discriminado por su enfermedad mental, golpeado y humillado por su oficio, y hostigado por un presente social hostil y un pasado familiar complejo, en medio de una crisis de basura y súperratas que ensombrece aún más el entorno de la ciudad.

Así, Joker nos ofrece un punto de reflexión sobre uno de los malestares de las sociedades contemporáneas: la gestación del mal no solamente como algo intrínseco de un individuo, sino incluso como una consecuencia de la intolerancia y la falta de empatía hacia los otros, hacia quienes parecen diferentes o piensan distinto dentro de lo que un grupo de poder -político, empresarial o religioso- establece como «normal». Si bien es cierto que la causa principal de la locura de Arthur es su propia enfermedad, esta se maximiza a causa de un medio social que, sin clemencia, lo sume cada vez más en el abismo infernal del que ya no podrá salir.

Por ello, en nuestros tiempos vale la pena ver al cine no solo como un medio de entretenimiento, sino también como un punto de partida para revaluar nuestras conductas, con el propósito de generar un mundo más justo y amable para quienes lo habitamos.

<p value="<amp-fit-text layout="fixed-height" min-font-size="6" max-font-size="72" height="80">En estos días donde el pensamiento es fundamental para resolver problemas cada vez más complicados, protejámonos de los virus y las infecciones biológicas pero, también, de los virus ideológicos que en ocasiones pueden llevarnos a creer que <em>unos</em> son mejores que <em>los otros</em>. En la medida en que recordemos constantemente que nadie tiene siempre la razón, y que la verdad absoluta -al menos en términos de pensamiento- no existe, podremos comprender al <em>otro</em>, y a nosotros mismos, a través de un cristal cada vez más nítido.En estos días donde el pensamiento es fundamental para resolver problemas cada vez más complicados, protejámonos de los virus y las infecciones biológicas pero, también, de los virus ideológicos que en ocasiones pueden llevarnos a creer que unos son mejores que los otros. En la medida en que recordemos constantemente que nadie tiene siempre la razón, y que la verdad absoluta -al menos en términos de pensamiento- no existe, podremos comprender al otro, y a nosotros mismos, a través de un cristal cada vez más nítido.

El centro del reino

Tras haber conocido todos los trámites que un mexicano tiene que hacer para entrar a Arabia Saudita, en la primavera de 2006 realicé mi primer ―y hasta ahora único― viaje a la península arábiga. Sentía emoción y curiosidad, ya que al fin conocería aquella parte del mundo en la que se extrae el llamado oro negro entre mares de arena, y en donde se venera al libro sagrado del Corán.

Todo comenzó con un vuelo a París de donde, después de una noche de luces entre el Arco del Triunfo y la Torre Eiffel, proseguiría mi recorrido de seis horas hasta Riad. Mientras observaba un incesante suelo amarillo en mi camino a la capital del reino, conocí a un grupo de empresarios españoles quienes, al descubrir mi acento chilango, decidieron informarme sobre sus pasadas experiencias en este lado del mundo. Primero, el alcohol es ilegal ―dijeron― segundo, la pornografía está prohibida; tercero, es muy diferente a lo que estás acostumbrado, hay que tener cuidado con las mujeres y con lo que se hace en lugares públicos. Yo pensé que estaban exagerando, que eran paradigmas occidentales alimentados por las noticias sobre terroristas, aunque no pude evitar sentirme un poco nervioso cuando, un par de horas antes de aterrizar, la sobrecargo en jefe nos advirtió que suspenderían el servicio de vinos y otras bebidas espirituosas, debido a que no estaba permitido llegar con aliento alcohólico al aeropuerto. Además, yo tenía en mi poder un número de la revista Spin, en cuya portada aparecía la cantante del grupo Yeah Yeah Yeahs con algo menos que una minifalda y poco más que un escote. Todo esto corría por mi cabeza cuando llegó el momento tan esperado como inevitable; ya había aterrizado en terreno árabe. Con un par de chicles de menta y tras esconder la revista entre mis documentos de trabajo, pasé por migración; estaba preparado para cualquier cosa. A pesar de mis temores inventados, no hubo ningún evento desagradable: mostré la visa, revisaron el pasaporte, preguntaron qué iba a hacer allá, sellaron el pasaporte, me lo regresaron ―sin saber todavía que me lo iban a retener nuevamente―, y en menos de cinco minutos ya estaba legalmente del otro lado del mostrador; entonces, fui a recoger mi maleta y me dirigí hacia el hotel.

Tras observar una ciudad normal acorde con mi percepción, y sentir el calor del desierto, lo primero que llamó mi atención fue que el taxi en donde viajaba no pudo dejarme en la puerta del Hotel Sheraton en el que habría de hospedarme. La razón era que ese edificio, donde me albergaría un par de noches, estaba cercado por grandes bloques de concreto; al pensar el porqué, sólo pude imaginar que temían algún tipo de explosivo escondido en un automóvil. Al salir del vehículo, caminé hasta la entrada del hotel y llegué al interior, lleno de coloridos motivos geométricos y arabescos, que adornaban las paredes en una especie de suntuosa mezquita. Después de haber realizado mi registro, subí al cuarto y, mientras contemplaba la ciudad desde la ventana, vislumbré un edificio que resaltaba del resto no sólo por los trescientos diez metros de altura que lo erigían, sino también por su peculiar forma: los últimos pisos remataba con una curva vertical semielíptica, que dejaba un espacio por donde cruzaba libremente el viento para unir sus extremos en lo más alto mediante un puente. Me pareció algo impresionante, imponente; era como si tuviera a un árabe gigante frente a mí con un rostro imaginario que, envuelto en un turbante, me hacía saber que estaba en su tierra. Y ese árabe tenía nombre: se llamaba Kingdom Centre… Mientras seguía inmerso en tales pensamientos, llegó la oscuridad y con ella el momento de dejar la habitación, pues tenía una invitación a cenar con un colega del trabajo. Caminé hacia el elevador, oprimí el botón para bajar y, al abrirse la puerta, descubrí a dos mujeres de negro, totalmente cubiertas por sus mantos de abaya y sus niqab; sonreí tímidamente y volteé la cabeza hacia abajo sin saber qué más hacer, hasta que por fin alcancé suelo para apresurar mi salida de ese espacio a veces claustrofóbico y siempre incómodo. Al no poder ver nada más que sus ojos, supuse que aquí sí aplicaría eso de “el amor entra por la mirada”. Entonces, se abrieron las puertas, y caminé hasta la recepción para encontrarme con el gerente de mercadotecnia, un ejecutivo de origen egipcio que me esperaba para llevarme a un bar de shisha, en el que por supuesto no hubo alcohol ni mujeres pero sí mucho humo. Después de una velada diferente y sin contratiempos al interior de una especie de tienda de campaña para el desierto, íbamos de regreso al hotel cuando, en la avenida por la que circulábamos, noté un retén de policía; pregunté para qué era, y obtuve como respuesta que se trataba de un punto de inspección. Seguimos el camino sin problemas, y llegué otra vez a ese séptimo piso desde el que podría admirar lo que era no sólo el centro del reino, sino también de mi atención. De noche, pude observar que el interior de su turbante cambiaba de color, de azul a rojo, de rojo a violeta, de violeta a amarillo y así constantemente, hasta que el cansancio y los colores me arroparon para irme a dormir.

A la mañana siguiente, debía comenzar mis labores de trabajo en el mismo hotel donde me encontraba hospedado. Así, después de levantarme y desayunar, decidí que tenía que obtener una foto del centro del reino, pues sería un entrañable recuerdo de mi visita a aquellos lugares lejanos, y algo de lo que definitivamente podría hablar a mi regreso en suelo mexicano. No imaginaba entonces todo lo que podría contar. Bajé a la recepción, salí del hotel y, con un sol casi insoportable, saqué mi cámara digital (pues en aquellos años las cámaras fotográficas de los celulares eran de muy baja resolución), la disparé un par de veces, y observé un auto de la policía local que rondaba por el lugar. Yo permanecí ahí unos instantes para seguir observando los alrededores cuando, sin preverlo, el vehículo oficial se detuvo frente a mí, y de él descendió un azul (efectivamente, allá también se visten de azul) para indicarme algo en árabe, que por supuesto no pude comprender. Por las señas que hacía con las manos, notaba que se trataba de algo importante, al menos para él. Entonces, extendió su mano derecha para pedirme que le entregara la cámara y, desconcertado, obedecí sin tiempo para preguntarme qué era lo que había hecho mal. Estaba ahí, de pie ―más atontado por la falta de entendimiento que por el calor mismo― cuando de pronto llegó Osama ―sí, Osama―, quien era el gerente nacional de ventas de la filial de la empresa con la que iba a trabajar. Tras decirle en inglés que no sabía qué había pasado, comenzó a hablar en su lengua natal con el policía, que todavía sostenía mi cámara. Tras varios manoteos y discusiones que seguía sin entender, noté que el oficial le pidió sus documentos migratorios (ya que él provenía de Jordania) y, mientras eran revisados minuciosamente, me dijo que les entregara mi pasaporte, que por supuesto no traía conmigo. Así, tuve que subir a la habitación para tomarlo, bajar nuevamente, y entregarlo al policía para que fuera guardado en la patrulla junto con la cámara, que aparentemente me había metido en este embrollo infernal. Empezó a llegar más gente de la filial al hotel ―pues yo iba a dar un entrenamiento― y, mientras pasaban intrigados junto a nosotros, Osama les hacía señas para que siguieran su camino sin detenerse, y así evitar una tormenta desértica más polvorienta de lo que ya era. Mi único acompañante en esta confusa circunstancia empezó a ponerse más nervioso que yo, y se le ocurrió pensar ―y además decírmelo― que tal vez el que retuvieran sus papeles obedecía a ese nombre propio que había causado tanto alboroto algunos años atrás, cuando las Torres Gemelas de Nueva York dejaron de existir (recordemos que, supuestamente, Osama bin Laden fue dado por muerto hasta el 2011). Pasaron veinte minutos, cuarenta. Media hora más; el sol asediaba mi rostro, y el sudor se escurría entre el cabello, para luego llegar a mi espalda y subir desde las entrañas hasta mi cabeza. Tras no decidir qué hacer, los dos policías presentes llamaron a su superior, y nos indicaron que no podíamos movernos de ahí hasta que él llegara.

Así, el tiempo seguía su curso bajo las altas temperaturas, y con esperanzas inciertas, cuando casi sin notarlo llegaron un par de turistas japoneses por un costado de la parte externa del hotel. Si uno ha tenido la oportunidad de encontrarse con estos visitantes del mundo, con esas bolsas gigantescas llenas de sensaciones a Gucci y Armani, sabe lo exasperantes que pueden ser cuando se trata de tomar fotografías. Alguien me dijo una vez que lo hacían para analizarlas cuidadosamente y luego robarse ideas, o mejorarlas, y yo estaba seguro de que en efecto se robaban algo, aunque fuera sólo la tranquilidad de las almas que tenían el infortunio de merodear por el mismo lugar que ellos. Con esa reflexión trataba de aliviar un poco mi nerviosismo cuando, de pronto, sacaron una cámara profesional (y no una simple cámara digital como aquella de la que yo había sido despojado), y empezaron a tomar fotos enfrente del hotel: enfocaban, disparaban, y volvían a cambiar de posición para enfocar otra vez. Ante esto, me pregunté ¿por qué ellos sí pueden y yo no? Entonces, llamé la atención de Osama hacia la escena y, al notarla, llamó inmediatamente la atención de los policías para reclamar la situación, o al menos eso fue lo que yo interpreté mientras observaba su rostro molesto y sus aspavientos coléricos. Después de todo, parecía que los policías no se habían percatado de la presencia de los orientales, quienes, con el despliegue de su propia naturaleza, cambiaban de poses y ángulos para buscar la mejor imagen posible. Al verlos, los de azul inmediatamente se les acercaron, manotearon varias veces y, con una sonrisa pícara, les quitaron cámara y pasaportes. ¡Qué desmadre! Pensé, y todo por unas pinches fotos. En este momento ya estaba realmente enojado, aunque no pude evitar sentir una pequeña sensación de alivio al pensar que no sería el único extranjero en la cárcel. Después de otros quince minutos de agonía e insolación, finalmente llegó el comandante en jefe. Era un personaje alto, atlético, con gafas oscuras y un bigote que lo hacía parecer más árabe de lo que hubiera podido imaginar. Caminó hacia nosotros, conversó en su lengua con todos los que me rodeaban y echó a reír. Eso me tranquilizó, aunque dentro de mi paranoia no sabía ya si en esta tierra eso eran buenas noticias. Habló con sus subordinados y se limpió el sudor con un pañuelo blanco. Luego, ellos sacaron de la patrulla los documentos migratorios y los gadgets que nos habían quitado para dárnoslos de regreso. Tras todo esto, llamaron a uno de los encargados del hotel y simplemente le pidieron que colocara un letrero en el que se leyera “prohibido tomar fotografías” (en inglés, por supuesto). Finalmente, me pidieron que borrara las imágenes de la cámara. Borré casi todas, a excepción de la está en esta publicación.

Finalmente, pude entrar al salón del hotel donde todos aquellos a quienes debía entrenar aguardaban; al llegar, se escucharon aplausos mezclados con risas. Yo, todavía con voz temblorosa, di las gracias por el recibimiento y tras una breve explicación, les dije que me hacía falta un tequila para calmar mis nervios, pero que no pretendía tomarlo porque seguramente me llevaría a un encuentro aún más incómodo con la policía. Hubo algunas risas más. Me tranquilicé. Inicié y terminé el curso. Ya casi de noche, hubo una convivencia con todos los participantes, que en su mayoría eran inmigrantes egipcios que trabajaban en el área de ventas. Al conversar con ellos, aprendí que debía evitar espacios cerrados como elevadores en presencia de mujeres, ya que podría generarse un malentendido; que siempre debía llevar mi pasaporte pues había puntos de inspección aleatoria en las carreteras, y que ante la falta de una identificación internacional podrían llevarme a la cárcel. Como ya me había quedado claro, tampoco debía tomar fotografías en las calles, debido a que podrían servir como “herramientas de análisis” para ataques terroristas. En ese momento, me sentí un poco desolado, y pensé que toda esa información me hubiera sido más útil un día antes, ya que a pesar de que todos somos seres humanos, a menudo tenemos realidades distintas.

De igual manera, supe que aunque el alcohol era ilegal, muchos lo conseguían de forma clandestina, y que tomaban desde vodka hasta cachaza; que la pornografía en video y revistas se importaba de varios países de Europa y Asia, y que la prostitución existía en las afueras de la ciudad. Todo me sonó conocido.

Por la noche, y tal vez como una especie de premio de consolación, mi colega de marketing me llevó a cenar a un restaurante de lujo, llamado The Globe. ¿Y dónde imaginan que se encuentra? Sí, justo en la cima del Kingdom Centre, desde donde se tiene una vista espectacular de Riad.

Al final, pude comprender que este lugar era como cualquier otro, donde hay gente, donde se vive en sintonía con sus antepasados y su cultura, donde también se ama, y en el que se crean problemas de algo tan pequeño, tan simple como un cúmulo de imágenes guardadas en las memorias electrónicas y mentales del mundo.

«Los declaro marido y mujer», dijo Blake al Cielo y al Infierno

Desde hace ya un buen tiempo, he querido encontrar formas de traer la literatura a la vida cotidiana, con el propósito de que más personas conozcan la riqueza que se haya en los libros y, tal vez así, se interesen en leerlos dentro de un entorno donde el cine -y en especial aquel de Hollywood- domina las horas y los espacios de ocio junto al fútbol, las series de Netflix, y las redes sociales. La lectura, sin duda, tiene una clara ventaja frente a todo lo antes mencionado: nos permite ejercitar nuestra creatividad de una manera directa, ya que quien lee imagina su propia versión mental de lo que está siguiendo a través de las palabras. Además, la literatura siempre contribuye al enriquecimiento del vocabulario y a la renovación de la manera en que nos expresamos y, en consecuencia, a una mejora continua en el nivel de pensamiento.

Por ello, en esta ocasión he decidido invitarlos a conocer, o recordar, a William Blake, poeta y pintor del Romanticismo inglés. Este movimiento artístico, que en México fue representado dignamente por personajes como Manuel Acuña e Ignacio Altamirano, sucedió principalmente durante el siglo XIX y se creó para enfatizar la imaginación y las emociones frente a la razón, para contrastar a la revolución industrial que se había generado en la centuria anterior. Cansados del pensamiento casi exclusivamente orientado a la economía y al desarrollo tecnológico (¿les suena familiar?), varios escritores decidieron invocar a las musas para recordarle a la sociedad de su tiempo que el arte también es parte fundamental del ser humano.

Así, este místico iluminado de apellido Blake, escribió -y pintó- su concepción de «El matrimonio entre el Cielo y el Infierno» (The Marriage of Heaven and Hell) para crear una de sus obras más emblemáticas. Este trabajo literario, con su explicación y sus proverbios, ha conseguido -incluso- filtrarse en la cultura popular; baste como ejemplo citar a Enrique Bunbury y sus Héroes del Silencio en la canción El camino del exceso, que, en el coro, dice

Si estás dispuesto a afrontar
La escena no es de William Blake
¿Estás dispuesto a devorar estrellas
que sacien tu sed?

A continuación, y con el propósito de despertar su curiosidad, incluyo algunos de los proverbios -del Infierno- de este poema que, sin duda, invitan a la reflexión (con mi propia traducción al español):

«In seed time learn, in harvest teach, in winter enjoy.» (En tiempos de semilla aprende, en la cosecha instruye, en el invierno disfruta).

«The road of excess leads to the palace of wisdom.» (El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría).

«He who desires but acts not, breeds pestilence.» (Aquel que desea pero no actúa, engendra pestilencia).

«He whose face gives no light, shall never become a star.» (Aquel cuyo rostro no da luz, jamás se convertirá en estrella).

«The busy bee has no time for sorrow.» (La abeja ocupada no tiene tiempo para lamentarse).

«Think in the morning. Act in the noon. Eat in the evening. Sleep in the night.» (Piensa durante la mañana. Actúa al mediodía. Come por la tarde. Duerme por la noche).

«Exuberance is Beauty.» (La exuberancia es belleza).

Entonces, la poesía no está tan alejada de nuestro día a día, ¿o sí? Revisemos nuestras redes sociales y comentemos responsablemente -porque son medios para comunicarnos-; vayamos al cine y veamos Netflix, pero también, leamos. Y, sobre todo, sigamos interactuando dentro y fuera de los ámbitos académicos y laborales, porque ello sentará las bases para tener un mejor entendimiento de nosotros mismos.

«The mind is its own place and in itself / Can make a Heaven of Hell, a Hell of Heaven.» ¿Por qué estoy aquí?

Esa pregunta es tal vez una de la más recurrentes y, a la par, una que parece siempre incontestable, porque la respuesta se mueve constantemente con los cambios en la vida de cada uno de nosotros, que al mismo tiempo tienen un impacto mayor o menor en quienes nos rodean. Yo, soy uno de esos seres que parecen poco comunes a primera escucha, porque me muevo entre dos ámbitos que muchas personas consideran opuestos ― y que para mí son complementarios ― : el hedonismo y la espiritualidad. Soy ingeniero industrial, y licenciado en lengua y literaturas modernas (letras inglesas), y por esta última profesión es que elegí el título de esta entrada que, a mi propia interpretación, podría traducirse como «La mente es su lugar inherente y en sí misma / Puede hacer un Cielo del Infierno, un Infierno del Cielo». Estos versos, en su versión e idioma originales, pertenecen a John Milton, poeta y pensador de la Inglaterra del siglo XVII, cuyo trabajo literario he admirado desde que era estudiante, y que ha inspirado ―y sigue inspirando― a diversos artistas e intelectuales hasta nuestros días. Por su importancia como creador literario y sus ideas sobre la censura y la educación entre varias más, es considerado uno de los más grandes escritores del Reino Unido, solo por debajo de William Shakespeare. Su obra cumbre, Paradise Lost ― de la cual tomé prestados los versos antes traducidos― ahonda en la dualidad del ser humano a través de dos de los personajes más trascendentes en el mundo occidental: Dios y Satanás. Mi pasión por este poema épico de más de 10,000 versos llegó a tal grado que, incluso, me hizo profundizar en él para obtener mi título universitario y escribir el libro «Paradise lost: la otredad de Dios en la figura trágica de Satanás», con la que pude reflexionar no solo sobre la religión o la moral, sino también sobre varios aspectos de la sociedad en la que vivimos y convivimos, sobre la manera en que nos vemos a nosotros mismos a través de los otros.

Aunque en ocasiones insistamos en negarlo, el ojo del otro ― la mirada de los demás ― nos afecta de manera positiva o negativa, y nos nutre o nos consume para forjar lentamente eso que en el psicoanálisis se ha denominado el «yo». Para mí, el reto en este sentido está precisamente en sabernos y conocernos ante lo que somos, en entender que nuestras ideas y las acciones en consecuencia son parte de las experiencias que decidimos tener y de aquellas que nos fueron impuestas, de lo que conocemos y amamos, de lo que ignoramos y que, a veces sin quererlo, llegamos a odiar. Entonces, debemos ser capaces de utilizar todo lo que nos afecta para crecer, por nuestra propia salud mental, y para convertirnos poco a poco en integrantes útiles de la sociedad en la que estamos inmersos. Yo me considero un ciudadano del mundo, aunque es cierto que mi microcosmos radica en mi entorno inmediato, que a su vez interactúa con mis vecinos y mis colegas de trabajo, con mi amada Ciudad de México y estados colindantes, con mi país y sus fronteras, con los países vecinos y los que están más allá de la tierra y de los océanos… Por eso, fue que decidí abrir este blog, para compartir e interrelacionarme con otras personas, y así comprender cada vez mejor ese macrocosmos del que soy un elemento ínfimo y a la vez relevante.

Algunas veces, escribiré sobre lo que más me apasiona: la literatura; otras, sobre la música que me gusta ―el rock alternativo, el rock pop o la música electrónica ―, y algunas más sobre cine, negocios, y temas sociales o laborales, acerca de los cuales también disfruto una buena conversación. Por ello, es que este blog fue bautizado como «escritura creativa», ya que es incluyente, y en él deben caber tópicos variados que puedan resultar de interés común. Así, en esta primera publicación, quiero invitarlos a seguir esta travesía conmigo, para que juntos podamos aprender, desaprender y reflexionar. Finalmente, y dado que cada página de un buen libro me regocija, les dejo con esta introspección del Maestro José Vasconcelos:

«Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía.»

Saludos.