Mi primera pandemia, mi primer libro – Parte I

Hace tiempo, cuando comencé a escribir el primer libro que he publicado con una casa editorial recientemente, nunca imaginé que sería bajo las circunstancias más atípicas de la vida cotidiana en el mundo: la pandemia de la COVID-19, con el riesgo de contagio que me llevó al encierro más largo de mi existencia; a la costumbre de usar cubrebocas y gel antibacterial cada vez que visito un lugar público, y al alejamiento físico -con el acrecentado acercamiento virtual- con amigos, familia, compañeros de trabajo e, incluso, con la gente desconocida que solía estar a mi lado en las calles, los restaurantes y el transporte público. Esto último es común a todos nosotros, pues nos hemos dado cuenta de que no podemos detener el tiempo a capricho, y de que el coronavirus es un ente natural más que habita en el entorno en donde nos desarrollamos, decaemos y nos levantamos todos los días.

A pesar de todos estos cambios -a los que me he habituado gradualmente- mi libro se salió con la suya, y vio la luz justo el día de cumpleaños, ese 5 de noviembre de 2020 donde recibí el mejor regalo que jamás pude imaginar: el de mi primer vástago impreso y digital, al que espero le sigan varios más para sobrepoblar mi atmósfera con hijos literarios. Pero el alumbramiento no fue fácil; hubo que nutrir el proceso de manera cercana para que fuera creciendo sin muros y barreras, aunque sí con ciertos obstáculos que fue necesario sortear. Pero ¿cómo fue la fecundación para que meses después viera la luz?

Bueno, como nos ocurre a quienes escribimos, tras pasar la mezcla de sufrimiento y júbilo que conlleva crear un escrito satisfactorio a nuestro juicio -pues nunca es perfecto- empezamos con la angustia de compartirlo, de que nuestros amigos-críticos lo lean y, eventualmente, de publicarlo. Así inicié yo, enviando mi versión final a quienes consideré prudente, a revisarlo un par de veces , y a imaginar cómo sería que ajenos y conocidos se acercaran a él desde afuera de mi cabeza. Una vez que concluí ese proceso, que me sentí lo suficientemente seguro como para lanzarlo al público, decidí enviar el archivo PDF -previo registro legal como un libro de mi autoría- a una editorial; sin embargo, lo primero que vino a mi mente fue «¿a cuál?». Esta no es siempre una decisión fácil y, aunque hay quienes deciden disparar a todos los patos hasta que uno caiga, a mí me gusta segmentar; entonces, decidí buscar aquellas editoriales que pudieran ajustarse al tema del que trata mi libro: el fenómeno del otro visto desde los personajes de Dios y Satanás en Paraíso Perdido de John Milton, uno de los poemas épicos más importantes de la literatura universal, que tiene que ver sí, con literatura, pero también con la religión judeocristiana, la caída de Adán y Eva, el libre albedrío, la consecuente libertad, y el dilema ético entre bien y mal desde la perspectiva del mundo occidental.

¿Qué hice? Comencé a investigar en el universo de la internet qué editoriales manejaban estos temas en específico, y cuáles podrían tener la suficiente apertura para publicar algo semejante. Aunque Random House y Grupo Planeta pasaron por mi mente, sabía que iba a ser más complicado que le prestaran atención; por ello, me fui a editoriales de menor tamaño, con una buena reputación, que se atrevieran a publicar a un escritor novel sin fama ni gloria. Entonces, entré a sus sitios web y les envié mi texto por correo electrónico, o por los medios que tuvieran disponibles, como formularios en los que es posible adjuntar un archivo. Lo mandé a varias casas editoriales hasta que por fin, después de varias semanas, recibí la noticia que tanto había ansiado: «Creemos que tu obra es válida para el catálogo de Samarcanda. ¡Enhorabuena!» ( esto fue copiado textualmente del mensaje que recibí por parte de Editorial Samarcanda, con sede en Sevilla, España). La emoción me invadió; sentí que había triunfado, y que el fruto del árbol del conocimiento se ofrecía a mi paladar solo para degustarlo. En ese momento, no sabía que esa deliciosa manzana estaba aún lejos de recibir mi primera mordida, pues faltaba que pasara no solo por todo el proceso legal y administrativo sino, más aún, por las revisiones, rechazos y aprobaciones de cada parte que integra un libro.

Lo primero que descubrí es que no se trataba de una publicación 100% a cuenta de la editorial, sino de un modelo que involucra «la impresión a demanda, la autoedición, la distribución digital, el marketing con librerías y el micromecenazgo para autores», es decir, un esquema de coedición en el que yo tenía que aportar una suma de dinero a cambio de 100 ejemplares impresos que, para la calidad que tienen, ahora me parece bastante razonable. Así, firmé el contrato, envié la documentación requerida y, en enero de 2020, comencé a la aventura de convertir un texto a libro con tres tareas iniciales: escribir la biografía para la solapa, redactar la sinopsis, y hacer una propuesta de portada.

La biografía ya la tenía casi lista, pues la había escrito para mi primer libro -uno de historias cortas- que también envié a varias editoriales, sin lograr que se publicara; la sinopsis fue más o menos fácil de redactar, pues había leído el texto completo tantas veces que ya conocía su esencia, al menos para mí (seguramente, quienes lo lean descubrirán cuál es la esencia para ellos) y, finalmente, quedaba la portada, que para mí representa el rostro del libro, la primera impresión y, primordialmente, el acercamiento visual a las palabras contenidas en las hojas de papel. Por ello, pedí a la editorial que buscara entre los grabados de Gustave Doré -un artista del siglo XIX quien, entre sus trabajos más notables, ilustró una edición de Paraíso Perdido– y eligiera aquel que juzgaran más adecuado para el libro, con la ventaja de que además ya son obras de arte del domino público. Entonces, decidieron que sería el siguiente, con lo que yo estuve en completo acuerdo:

La tentación de Jesús, Gustave Doré, s. XIX

Una vez concluidos los tres primeros pasos, tuve un nuevo momento de reflexión sobre lo que había escrito, mientras esperaba que me enviarán la tripa para aprobación, es decir, «las páginas del libro impresas, cosidas y cortadas pero que aún no han recibido cubiertas». Pero de eso, que entre la pandemia y algunos cambios de última hora que me parecieron prudentes tomó más tiempo del deseado, les hablaré en la Parte II de esta aventura que me condujo a publicar mi primer libro.

Breve Monólogo de Pecado (para su hijo Muerte)

La ciencia no abate a la muerte y la religión no aniquila al pecado. La primera, si acaso, logra retrasar su triunfo al tiempo que se jacta de prolongar la vida, sin juzgar si quien la recibe es meritorio de ella o no; la segunda, apenas y consigue decretar ciertas normas que, constantemente, van en contra de ese deseo que Dios le proveyó a la raza humana.

Pecado, William Blake, s. XIX

¿Dios? Ya no lo recuerdo, a pesar de que él nos haya dejado aquí y estableciera este ethos que solía producirnos tanto placer. Tampoco recuerdo a mi padre, pues él está encerrado allá, en el abismo sin fondo que surgió entre llamas debajo del Caos, de esa zona que contiene todos los elementos que existen y en donde todo está sumido en un espacio confuso. Empero, siento la ascendencia de ambos en este mundo cuyos habitantes sucumben ante nuestra naturaleza, aun si los arcángeles y los ángeles los acompañan sin que la mayoría de ellos lo perciba.

Mi padre, —nuestro padre, querido hijo, tendría que haber salido de su encierro hace varios años ya, pero no fue así; nací yo de él que es diablo y es serpiente; justo después, naciste tú de él y de mí, que soy mujer y soy serpiente, unos momentos antes de que iniciara la batalla en el Cielo de Cielos, para convertirnos en esa triada fortalecida que se opuso a la del Omnipotente. También Milton es nuestro padre, puesto que él nos hizo visibles ante los ojos de la humanidad, aunque ya tarde, tarde para ellos, pero no para nosotros, que deambulamos por aire, tierra, fuego y agua; que atravesamos la vida para liberar el deseo y despojarlos de su carga, de esa carne que llevan a cuestas y que los hace arrastrarse justo cuando menos la necesitan; que les sirve de vehículo para realizar las hazañas más maravillosas o los actos más ruines que ni siquiera yo hubiera podido imaginar.

También hace muchos años escuché a un hombre dictar la sentencia “Dios ha muerto” y me pareció absolutamente absurdo, pero ahora no estoy tan segura de que eso haya sido un engaño. Se suponía que nuestro progenitor regresaría con la mayor de sus rabias, que el Hijo se haría presente por segunda vez, y que nosotros encontraríamos el fin que desde hace siglos tanto anhelo. Pero no, no ha sido así, y seguimos como si apenas hubiéramos comenzado para devorar la carne y roer el alma hasta que ellos, los hijos de Adán y Eva, dejen sus restos putrefactos junto al árbol del conocimiento del bien y el mal sin la menor esperanza de resurrección, al contrario de lo relatado por Miguel al padre original.

Aunque debo reconocer que nuestro padre tiene grandes habilidades para esconderse detrás de varias formas y sustancias, como la de un sapo robusto y rugoso que estira y encoje sus patas tras croar palabras humanas entre los arbustos; la de un cormorán que alegre divisa el suelo que pisan los hombres desde la rama de un árbol, e incluso la de un querubín radiante y en apariencia incorruptible que busca la ruta al Paraíso. Esto me provoca alzar la mirada para preguntarme si no está aquí, en este mundo, suelto entre los que nacen y perecen, entre los que duermen y despiertan dormidos. Nadie, salvo Dios ―que también parece estar dormido― es capaz de hacerlo revelar su propia naturaleza si él no lo quiere; ni Uriel, ni Ituriel, ni Gabriel pueden tener certeza de su presencia a menos que lo rocen o lo toquen con alguno de sus cetros o espadas, que develan la verdad del alma.

Pecado, Muerte y Satanás, Charles Grignon, 1749

¿Acaso será él? ¿Ese que por accidente se convirtió en el hombre más poderoso sobre la Tierra tras gobernar ese país al Norte de América? Quisiera pensar que sí, que es él, porque deseo desde hace mucho mi propia muerte, puesto que aquella ocasión en que nos tuvo ante él por primera vez no reconoció a su propia prole, a nosotros. No lo culpo, porque el deseo furtivo en alguna parte de su ser le provocó engendrarnos en un trance terrible y doloroso, tanto que ni siquiera lo recuerda; aunque como haya sido, cada vez que la Tierra le da una vuelta al Sol, y cada vez que la Luna da una vuelta a la Tierra, yo deseo que esto termine, que la inmortalidad que tengo sobre los mortales concluya para olvidarme del infinito y misterioso macrocosmos, y de este maldito y oscuro microcosmos en el que fui condenada a deambular. Al principio, solía disfrutar verlos sucumbir una y otra vez ante su deseo prohibido, ese que tuvo su origen cuando Eva y Adán probaron el fruto irresistible del árbol más humano y divino que jamás haya existido; luego, no sé después de cuántas lunas empecé, primero, a aburrirme, y más tarde, a sentirme absolutamente ignorada ya que los hombres y las mujeres que aquí habitan ya no necesitan de mí para sentirse inspirados. Pareciera que toda mi esencia ya está dentro de sus almas ―o sus corazones,como la mayoría de estos entes banales suelen nombrarla― porque ya no tengo que acecharlos para que resurja aquello que Dios también les proveyó.

Me parece injusto que con más frecuencia de la que quisiera, muchos de ellos, especialmente quienes más me llaman cuando no están embebidos en un agua que creen glorificar o cubiertos con una sotana que contradictoriamente simboliza la pureza, imputan sus desgracias y malas obras a mi padre y al tercio de ángeles que lo siguieron en su rebeldía, cuando él únicamente les mostró el libre albedrío, revivió eso que estaba en estado latente, pasivo, y que el Todopoderoso les procuró como parte de Su dualidad. Algunos creen que todo se originó con la creación del árbol del bien y el mal, pero no fue así; todo va mucho más allá de aquel suceso en el Paraíso, y llega hasta el inicio del universo que nació de la explosión de materia surgida del Caos, como Dios, que tal vez fue un mero accidente ontológico en medio de tanta confusión. ¿Quién puede saberlo? Le han llamado Aten; Zeus; Júpiter; Mitra;  יהוה o Yahweh o Jehová; el Señor o Jesús o Cristo o Jesucristo; Al-lah o Ar Rajmán o Al Yabar; Jah Rastafari; שם המפורש; Bhagavān; Shivá; Shangdi; Tian; Quetzalcóatl; Kukulkán… Yo, simplemente lo conozco como El Padre porque de él se originó no todo ―porque hay otros mundos y otros universos fuera del espacio que él domina o solía dominar― sino este cosmos finito que los humanos intentan traspasar en vano, en el que circundan los ángeles libremente, en el que estamos tú y yo, hijo mío.

Pero, aunque todos me llaman y saborean el manjar que les ofrezco, no todos sucumben de forma irremediable ante mis artes seductivas. A ellos los odio y los admiro, puesto que intentan alejarse de mí para acercarse a mi sustancia antagónica, y recorren su propio camino sin la influencia de los semidioses. A ellos solo los observo, porque rememoran algo en mi pasado lejano, tan alejado de lo que ahora veo que me parece casi imposible que alguna vez lo haya siquiera tocado…

Satanás, Gustave Doré, s. XIX

La separación de los siameses: una imagen mental del terremoto de 1985

Hacía un calor intenso, incómodo, que escurría mis ganas de estudiar entre el cabello húmedo y la playera del uniforme; parecía que Hipnos me guiaba por ese camino suyo, desviándome de aquel monólogo que la profesora de Historia daba sin ofrecer tregua. No era el único, pues al voltear hacia las filas traseras notaba un compañero que pretendía escuchar mientras a ratos dormitaba; otro que dibujaba siluetas en su cuaderno sin prestar atención, y uno más que miraba una revista sobrepuesta sobre el cuaderno y que despertaba la curiosidad adolescente de los que estaban a su alrededor. Al frente del salón la situación no era muy distinta, aunque sí menos evidente; algunas compañeras escribían (aunque no supe si se trataba de una carta de amor, de sus sueños, de algún chisme escolar o incluso de la clase); otras fijaban la mirada hacia adelante como queriendo incrustar sus pestañas en el pizarrón, y una más, quien era de las más hábiles e inteligentes del grupo, ostentaba un audífono en su oreja izquierda, pues argumentaba que tenía un problema en el oído (aunque más tarde confesara que estaba oyendo música en la radio).

Así transcurría esta lección sobre el pasado de la humanidad, un pasado que había tenido un impacto reciente para mí, para los que estábamos en esa aula, y para la escuela entera. Corría el año de 1986, y ya había comenzado el verano; faltaban solos algunos días para las vacaciones y yo las esperaba más que antes, más que nunca, especialmente por esa elevada e insoportable temperatura que agobiaba mi espacio escolar hacia las horas del mediodía. La razón no era ni la edad, ni el clima en sí mismo; tampoco la crisis económica ni el mundial de fútbol, sino la manera implacable con la que los rayos de sol se conducían entre las láminas de metal del salón, como si estuviéramos dentro de un gran horno destinado a cocinar nuestros todavía tiernos cerebros. A estas aulas prefabricadas les llamábamos “los gallineros”, pues en nuestras mentes evocaban más a un corral de aves domésticas que a un salón de clase no solamente por su forma, sino porque estaban montadas sobre la cancha de fútbol, que era de terracería. Yo iba en una escuela pública, aunque esa no era la razón de las condiciones ergonómicas que en ese entonces padecíamos, sino que se trataba de algo más grande, de un evento que había sacudido a la Ciudad de México —en ese entonces todavía Distrito Federal— hacía menos de nueve meses.

En aquellos días, comenzaba su curso mi tercer año de secundaria en la escuela “República de Chile”, que todavía se erige cerca del cruce entre Calzada de la Viga y Ermita Iztapalapa. En mis días de estudiante, la escuela contaba con tres conjuntos arquitectónicos: el primero —que se ubicaba  al entrar por la puerta principal y virar a mano derecha— era un edificio con una sola planta que albergaba las oficinas del personal administrativo y la dirección; el segundo, que desde el mismo punto de inicio se encontraba del lado izquierdo, tenía tres niveles, y contenía todos los salones de clase; el tercero, que estaba frente al edificio de la dirección, alojaba los talleres de dibujo técnico y estructuras metálicas, entre otros oficios. En medio de las tres construcciones, se encontraban el patio central y las canchas de basquetbol, para rematar al fondo con la cancha de fútbol y los baños, lugares comunes y a la vez prohibidos para aquellos que buscaban intimidad o pretendían realizar actos de rebeldía escapándose a las horas de clase.

El inmueble que correspondía al de los salones no era uno solo, sino dos de la misma forma que habían construido uno contiguo al otro, como si fueran siameses unidos por los costados de sus cuerpos. En el segundo piso estaban las aulas de primer año, en el primero las de segundo, y en la planta baja las de tercero. Los alumnos de segundo eran los peores según la mayoría de los maestros, y especialmente de los prefectos, pues decían que ya habían superado el proceso de adaptación a la secundaria, y que no les importaba el examen de admisión a la preparatoria, asunto que a los que íbamos en tercero —y teníamos la posibilidad de seguir estudiando― comenzaba a preocuparnos.

Yo vivía a unas diez cuadras de ahí, en el hogar familiar, y mi papá tenía el hábito de conducirme en su auto hasta el acceso principal antes de irse a su trabajo. La hora de entrada era a las 7:30 de la mañana, razón por la que solíamos salir diez minutos antes, pero, en la mañana del 19 de septiembre de 1985, los eventos transcurrieron de forma dramáticamente distinta. A las 6:45 AM, mi mamá me dio el tercero de tres avisos en el que me advertía sobre la posibilidad de llegar tarde a la escuela. Entre sueños, finalmente conseguí despegarme de la cama y avanzar hacia el baño que solamente yo usaba a esa hora, pues tenía la fortuna de ser el hermano menor de otros dos que se regían por un horario distinto. Así, tomé un baño raudamente, y me dirigí de nuevo a mi recámara para vestirme alrededor de las 7:05.

La rutina seguía su curso. Tras peinarme, bajé a desayunar tranquilamente. Tomé un jugo de naranja, una rebanada de pan con jamón y un huevo tibio, mientras mis padres escuchaban las noticias matutinas en la radio. Terminé con el desayuno y me dirigí al baño para lavarme los dientes, con lo cual concluí cerca de las 7:15, listo para tomar mi mochila y subirme al auto de mi papá. Hasta aquí terminó todo lo que pude haber anticipado con certeza la noche anterior. Tomé mi mochila y, al agacharme para colgarla sobre mi hombro, sentí un mareo; volteé a ver a mis padres y ellos se miraron entre sí abriendo los ojos más de lo usual. Percibimos el movimiento ondulatorio del piso, luego trepidatorio. El comentarista en la radio anunciaba que estaba temblando.

El suelo comenzó a moverse más fuerte, más rápido; despertaron a mis hermanos y los cinco nos colocamos debajo de vigas sostenidas por muros de carga. De pronto, el comentarista fue silenciado por la suspensión de energía eléctrica y, en contraste, la naturaleza provocó una diversidad de sonidos que arrancaron los dios mío y las voces de angustia de la garganta de mis padres: crujidos en las paredes; macetas cayendo; lámparas oscilando; agua desbordándose de una pecera; alarmas de autos; aullidos de perros. El movimiento se hizo más intenso hasta que ya no hubo nada que decir; solo se podía esperar. Esperar lo que fuera. Nos abrazamos, hasta que poco a poco se fue deteniendo. Algunos minutos después, que sin duda han sido de los más largos de mi vida, regresó un silencio casi absoluto, una aparente calma que solo era irrumpida por el acelerado latido de los corazones.

Antes que cualquier otra cosa, mi papá —como buen ingeniero— decidió revisar rápidamente la casa en busca de fisuras, grietas y cualquier otro tipo de daño estructural a causa de las salvajes vibraciones de la superficie terrestre que recién nos había sacudido. Para nuestra fortuna, solo había un par de cristales rotos y una grieta en el recubrimiento de una pared; “nada grave”, dijo mi papá con cierto alivio. Ya pasaba de las 7:30 de la mañana, por lo que salimos de la casa y subimos al auto para ir camino a la escuela. Mientras esto sucedía, comencé a sentir emoción, pues ya había experimentado sismos en el pasado, y ello normalmente animaba la conversación con los compañeros de clase. Entonces no estaba al tanto de lo que había ocurrido.

Emprendimos la marcha por la ruta de siempre; los árboles seguían de pie, los postes de luz se mantenían unidos unos con otros a través de los cables, y las casas no mostraban daños visibles. Llegamos a la Calzada Ermita Iztapalapa, la cruzamos, y continuamos por una calle perpendicular, para luego girar a la derecha con dirección a Calzada de La Viga. No había ninguna novedad hasta ese momento, pero, al estar sobre La Viga, comencé a ver gente corriendo; algunos eran adultos, y muchos otros adolescentes como yo, con uniformes de suéter verde sobre un fondo blanco, y vestimenta gris a cuadros de la cintura hacia abajo. Pude notar rostros desesperados, lágrimas, pesar, pero lo que más llamó mi atención fue una niña de tez morena clara, sola, de estatura baja y con cabellos negros, rizados, que se movían delicadamente por el accionar del viento. Creo que era de primer año. Estaba de pie, con algo de polvo sobre sus ropas y completamente inmóvil, como si esperara que su condición de piedra le salvara de repetir una y otra vez en su cabeza la escena que acababa de presenciar.

Conforme avanzábamos, se empezó a dibujar sobre la calzada una nube gris con tonalidades blancas, que crecía hacia arriba de la calle y se desvanecía en el cielo, mientras de ella salía más gente llena de polvo y desconcierto. Al llegar al frente de la escuela notamos que, si bien pudo haberse confundido con un campo de guerra, nada había explotado, empero, los dos edificios en los que se encontraban los salones de clase se habían derrumbado por completo. Nos detuvimos por un momento en frente del caos, en el que traté desesperadamente de encontrar con la vista a algún amigo, a algún compañero que hubiera estado ahí, pues yo necesitaba saber cómo había pasado, saber si alguien ya estaba adentro, o si podíamos esperar un evento más trágico de lo que ya era. No vi a nadie conocido y, de haberlo visto, no sé si hubiera podido articular alguna oración coherente. Luego, mi padre dijo que debíamos regresar a la casa, porque quería volver a revisarla. Yo me quedé callado, imaginando todo. Seguimos por La Viga y antes de cruzar nuevamente Ermita, nos percatamos de que un edificio de Teléfonos de México, de unos ocho pisos de altura y que estaba casi en la esquina, aparecía con grietas enormes tanto en el muro lateral como en el frontal. Al proseguir, pasamos por una escuela primaria; su pared exterior aparecía totalmente cuarteada, aunque de pie, y con algunos padres de familia e infantes en la puerta de entrada. Por fin regresamos a la casa, y yo todavía no podía creer lo que mis ojos me decían. Fue entonces cuando comprendí la magnitud de lo que había ocurrido.

El resto del día fue gris oscuro; no hubo luz ni agua ni teléfono en la casa, y los sonidos que en la mañana de ese día habían correspondido al terremoto, ahora se transformaron en sirenas de ambulancias y patrullas que el aire propagaba hasta nuestros oídos. Mi madre encontró unas baterías, y las usamos para encender la radio y escuchar lo que había acontecido en otras partes de la ciudad. Así, supimos que se había colapsado una escuela para mujeres cerca de Tlalpan y Taxqueña con alumnas y maestros adentro; que el edificio de la estación que mis padres estaban oyendo justo antes del catastrófico evento cayó, y que estaban usando el entonces estadio de beisbol como patio fúnebre ante la necesidad de albergar una gran cantidad de cadáveres. Todo esto me pareció increíble, surreal, como sacado de uno de los libros de ciencia ficción que mi hermano acostumbraba a leer y, por primera vez, supe que el mundo iba mucho más allá de lo que yo tenía a mi alcance a mis catorce años de edad.

Transcurrieron los días y varias réplicas del terremoto, y con el paso del tiempo comenzamos a ajustarnos a esa nueva realidad, aquella dictada por la madre naturaleza y varias faltas de apego a la normatividad de construcción. Una semana después nos citaron a una junta escolar, en la que entre una cantidad considerable de escombros nos dijeron que nadie había muerto a consecuencia del derrumbe, y que el único lastimado había sido uno de los prefectos, quien se encontraba en el patio central al momento del terremoto y fue alcanzado por una piedra que le fracturó el brazo. Nos explicaron que los edificios se habían colapsado por en medio y habían caído en direcciones opuestas, como si un cirujano hubiera separado a los siameses, sin anestesia y de tajo, para hacerlos independientes uno del otro. También nos informaron que las clases iniciarían en aproximadamente un mes, y que la Secretaría de Educación Pública haría un reajuste al calendario para garantizar que no perdiéramos horas.

Por último, mencionaron que instalarían aulas provisionales en la cancha de fútbol, pues no había una fecha planeada para la reconstrucción de la escuela. Al escuchar esto, yo me imaginé teniendo clase en pequeñas cabañas de madera, tal vez por el recuerdo de las que alguna vez visité en la sierra de Michoacán; sin embargo, mi visión se vio opacada cuando, casi dos meses después, fui presentado ante las estructuras de acero y las paredes de latón que fueron mi segundo hogar durante el último año de la secundaria: los gallineros de la Escuela Secundaria Diurna Número 79, “República de Chile”.

Stop All the Clocks, un poema de W.H. Auden

La poesía, aquella que en verdad nutre el alma, es quizá el máximo género literario y artístico que la humanidad haya creado. Para Octavio Paz, «Nuestra poesía es conciencia de la separación y tentativa por reunir lo que fue separado. En el poema, el ser y el deseo de ser pactan un instante, como el fruto y los labios.» (El arco y la lira, 1956). Para Johannes Pfeiffer «[…] la poesía no es distracción, sino concentración, no sustituto de la vida, sino iluminación del ser, no claridad del entendimiento, sino verdad del sentimiento» (La Poesía, 1936) y, para Martin Heidegger «[…] en la obra no se trata de la reproducción de los entes singulares existentes, sino al contrario, de la reproducción de la esencia general de las cosas» (Arte y poesía, 1952).

Entonces esta expresión íntima del lenguaje que se vuelve universal, desvela lo otro que está en el interior del poeta, pero a la vez en el interior de toda la humanidad, en ese inconsciente colectivo que solo algunos son capaces de desentrañar mediante el uso de la palabra, cuando la unidad del ser se realiza por un instante que podemos llamar «revelación». Esta revelación, ese momento de claridad que surge al explorarnos con profundidad a nosotros mismos, da salida a lo que somos, a lo que sentimos, y a lo que en última instancia puede llevarnos a la comprensión de nuestra propia existencia, como si todo cobrara sentido súbitamente al liberarnos de aquello que, sin saberlo, nos oprime hasta que le permitimos fluir, como el caudal de un río brioso que por fin desemboca en la inmensidad eterna del mar.

Principalmente por esta razón es que a mí me deleita leer poesía, al mismo tiempo que me despierta el deseo de intentar descifrarla, sentirla, escribirla. En esta ocasión no la escribo, sino la interpreto, a través de un poema que lacera mi miedo de no estar preparado para enfrentarme no con mi propia muerte, sino con la muerte de alguien más, de alguien amado, tan importante para mí que me provoque cobrar consciencia de que, tal vez, aún sigo vivo.

W. H. AUDEN Painting by LAUTIR ----- | Saatchi Art

W.H, Auden (Wystan Hugh Auden) fue un poeta y ensayista británico, nacionalizado estadounidense en 1946, y quien muriera en 1973; tuvo una obra prolífica a lo largo de su vida artística desde 1922, y es rememorado no solo por sus poemas, sino también por sus escritos críticos y obras de teatro. Funeral Blues («El blues del funeral») o Stop all the clocks («Detengan todos los relojes»), fue publicado por primera vez en 1938, y originalmente escrito precisamente para una obra de teatro, The Ascent of the F6 («El despegue del F6», 1936). En este poema, Auden manifiesta el lamento de una pérdida que, aunque para el conjunto de la masa social pueda generar cierta conmiseración e incluso indiferencia, para quien la siente representa el final de un todo, tanto, que exige al mundo que se detenga para que, a su lado, sienta empatía emocional por el dolor que embarga la ausencia de el otro.

Así, a continuación les presento mi traducción en español de este poema.

Versión original en inglésTraducción al español
Stop all the clocks, cut off the telephone,
Prevent the dog from barking with a juicy bone,
Silence the pianos and with muffled drum
Bring out the coffin, let the mourners come.

Let aeroplanes circle moaning overhead
Scribbling on the sky the message He Is Dead,
Put crepe bows round the white necks of the public doves,
Let the traffic policemen wear black cotton gloves.

He was my North, my South, my East and West,
My working week and my Sunday rest,
My noon, my midnight, my talk, my song;
I thought that love would last for ever: I was wrong.

The stars are not wanted now: put out every one;
Pack up the moon and dismantle the sun;
Pour away the ocean and sweep up the wood.
For nothing now can ever come to any good.
Paren todos los relojes, corten el teléfono,
Que el perro no ladre con un hueso jugoso,
Callen los pianos y con tambores tenues
Saquen el ataúd, que los dolientes vengan.

Que los aeroplanos rodeen el lamento en lo alto
Escribiendo en el cielo Él Ha Muerto,
Pongan corbatines de crepé en los cuellos blancos de las palomas de la plaza,
Que los policías de tránsito usen guantes negros de algodón.

Él era mi Norte, mi Sur, mi Este y mi Oeste,
Mi semana de trabajo y mi descanso dominical,
Mi mediodía, mi medianoche, mi habla, mi canción;
Creí que el amor duraría para siempre: estaba equivocado.

Las estrellas no son requeridas ahora: apaguen cada una;
Empaquen la luna y desmantelen el sol;
Vacíen el océano y barran la madera.
Porque ahora ya nada bueno puede venir.

Pintura: W.H. Auden, de LAUTIR. Tomada de https://www.saatchiart.com/

Natán, el Otro (Inicio)

Desde que comienzas a cobrar consciencia de que existes, sabes que algunas personas valen más que otras, al menos para ti. Desde que tus alas asoman su tersa y firme estructura, permiten que te desplaces por algún ínfimo sector del macrocosmos al que perteneces; primero allá, en lo más lejano, y luego aquí, en la cercana complejidad del microcosmos. Ese pequeño mundo dentro de ti también es infinito, y se encierra reticente por debajo de tu piel, de tu cráneo, de tus tejidos. Esa exploración, ese deseo, esa incesante travesía por el yo y el ellos, por el uno y los otros, es casi como el agua. Cuando tienes sed, la bebes. Cuando no la tienes, se te seca la vida y desesperado le ruegas a alguien por unas cuantas gotas. A veces es clara, y otras tantas más es turbia, tanto que nubla el objetivo que persigues: tú mismo o, de manera más precisa, eso que eres tú mismo y que quieres ser para quienes te rozan en el trayecto de la vida que, si eres afortunado, solo libera la muerte.

Acaso, ¿ellos tendrán esa herencia en la penumbra de esta calle vacía? ¿Por fin podrán experimentar esa otredad, ese cambio a energía pura que los llevará a seguir impulsando a la Naturaleza? Aún no lo sé, pero intuyo que después de esta noche que arropa su lasitud, nada será igual…

Prólogo

El día comenzó a ceder su luz a la oscuridad y, tras la sobremesa en la terraza de un restaurante, pagaron la cuenta sin que las miradas dejaran de revelar algo nuevo ―o de distinta forma― en el rostro del otro. El ocaso enrarecía el entorno, y ellos debían buscar un refugio cálido para seguir explorándose, uno que procurara el calor íntimo entre el frío-invierno de los corazones de la ciudad. El aire soplaba con mayor intensidad al tiempo que se dirigían al lugar donde habían dejado el auto, en el andar bajo una Luna llena que prometía ser roja. Mientras las sombras seguían en su gradual, pero incesante curso hacia la atmósfera de la Tierra, ellos sintieron un desconcertante escalofrío que invadió las células óseas en lo más profundo: iban a cruzar la siguiente calle cuando una silueta, de lóbregos cabellos desparpajados al volante de un vehículo compacto, aceleró para impedirles el paso sin siquiera sonar el claxon. Se quedaron ahí, de pie, impávidos, como si esperaran que la estela invisible que había dejado el raudo automóvil desapareciera por completo. Todavía ahí, voltearon hacia el cielo y vieron que, entre las ramas de un gran árbol, el satélite natural comenzaba su falsa metamorfosis para tornarse color sangre.

Se abrazaron, y con el mutuo círculo protector que formaban sus extremidades lograron tranquilizarse un poco. Se soltaron en silencio ―un silencio que parecía mezclarse con el de las calles vacías hasta convertirse en uno― y continuaron su camino hasta que por fin llegaron al auto para subirse y emprender la marcha. Orión conducía, en tanto que Natán observaba lo que trascurría a su alrededor, sin hablar; tampoco había mucho que ver, puesto que daba la impresión de que la gente no había salido, o de que ya había regresado a su encierro y no tenía más asuntos que atender en las calles de esa parte de la metrópoli. El viento seguía su flujo ―aunque ahora con un poco más de ligereza― y provocaba que algunas hojas y flores de las jacarandas que adornaban las banquetas se desplazarán sobre la avenida en donde circulaban. De pronto, la luz roja de un semáforo provocó que frenaran gradualmente para hacer una pausa en el camino; ahí, apareció una envoltura blanca, como de un regalo, que brillaba bajo la luz artificial del alumbrado y se liaba con el aire enfrente de ellos. La simplicidad de la escena cautivó su atención, pues los gráciles movimientos ocurrían a unos centímetros del parabrisas mientras el objeto se elevaba y alejaba sutilmente. En eso, escucharon que alguien golpeaba con nervio la ventanilla del lado de Natán; el ruido era fuerte, casi estruendoso, y esto se debía a que la persona, allá en las afueras, lo hacía con un anillo de metal que portaba en el dedo índice. Un anillo platinado con una gran calavera de ojos rojos, de piedra. Ambos voltearon la cabeza hacia ese lado para mirar a su invitado sorpresivo: era un anciano con sombrero y bastón que presuntamente pedía una limosna. Al abrir la ventanilla y verlo de cerca, notaron su piel gruesa y arrugada, sus labios deshidratados, y los dientes chuecos y amarillos; no obstante, una gruesa capa blancuzca que cubría sus ojos fue lo que más les impresionó. Orión se apresuró a sacar alguna moneda de su bolsillo que pudiera dar al anciano, y Natán solo le miraba esos ojos que no podían verle de regreso, al menos no con un reflejo en la superficie de los suyos. La luz cambió a verde, y ante la premura del arranque Orión soltó las monedas, que cayeron debajo del asiento.

― Disculpe señor, pero se me cayó todo lo que tenía y debemos irnos, – dijo Orión.

― Fui hombre, luego mujer, y otra vez hombre -dijo el anciano con una voz áspera y grave. Tengan cuidado, viene la gran bestia, ¡la bestia del camino! -remató.

Natán no supo qué decir, o hacer, y solo se le ocurrió cerrar la ventanilla tan rápido como pudo. Orión retomó la marcha con una mano en el volante, y con la otra entrelazó sus dedos con los de Natán, que se encontraban sudorosos y algo fríos. Ante ello, se miraron una vez más y sonrieron, aliviados, quizá porque recordaron lo que eran juntos, más allá de la individualidad reflexiva o aterradora o melancólica de la vida. Siguieron así, entretejidos, con la vista al frente y una sensación de calma que progresivamente disipaba la presencia del anciano, de la tela grotesca sobre sus ojos, de la silueta que casi los embiste, de la Luna que prometía convertirse en sangre de lobo. El abismo que habían sentido ya no estaba vacío, y la Tierra misma parecía llenarlo como si se formara a partir de una noche estrellada a causa de su propio encuentro. La marcha de Cronos parecía haber perdido trascendencia, y el tiempo se escondía en algún lugar del subsuelo para permitir que solo la oscuridad abrazara la piel para cobijarlos.

Por fin, arribaron al refugio donde podrían estar solos. Estacionaron el auto, se acariciaron mutuamente como cuidándose uno al otro, y bajaron del vehículo para subir escaleras y entrar a la cálida habitación que los recibía silenciosa, con una calma crepuscular provocada por la luminosidad tenue que penetraba el cristal de la ventana. Justo a un costado de ahí, bajo el encanto de la noche que habían contemplado, los brazos cedieron al toque del otro; las manos iniciaron su recorrido por las telas, luego por las tersuras, hasta envolverse entre los lienzos blancos para dibujar y pintar sus figuras. El océano interno se había agitado, y la marea crecía constantemente bajo la luz escarlata que cubría todo; el vaivén de las olas en el mar interno era cada vez más intenso, más salado, y humedecía completamente los cuerpos que libraban una batalla para fundirse. El rojo ya estaba dentro y fuera, como una sangre de vida que anticipaba la creación del universo mismo cuando, de manera súbita, se escuchó un golpe de viento que abrió la ventana con violencia, un viento que levantó las translúcidas cortinas hasta impulsarse para rozarlos y refrescar sus ganas de continuar sin detenerse, sin dejar que el mar adentro en las venas dejará de moverse con fuerza. La espuma del piélago que se había formado a partir de ellos llenó sus cuerpos y, tras largos suspiros, llegó la tranquilidad ansiada. Afrodita había visto la luz una vez más.

La serenidad que experimentaban los dejó tumbados ahí, sobre la cama, por varios minutos en los que el satélite natural llegó al cenit de su faceta más inusual. Con el sudor todavía deslizándose por la espalda, se levantaron para mirar por la ventana y ver en el cielo desnudo de nubes al gran astro, ahora carmesí, como una esfera perfecta y brillante que parecía pender de la nada solo para ellos, mostrándose ante la manera única con la que observaban las cosas más simples cuando estaban juntos. Alrededor de la esfera, algunas estrellas presumían su traje de gala color plata, mientras un nuevo ciclo abría su entrada para invitarlos a construir promesas recién nacidas. Ya era enero, y sus sueños se revolvían aún con las sábanas a la espera de un suave despertar. Siguieron ahí, atentos, cautivados por la gran Luna, hasta que Orión suspiró profundamente para caminar hacia el sofá de la habitación en el que había lanzado su ropa. De uno de los bolsillos, sacó su teléfono celular, y comenzó a buscar una canción en su biblioteca de música.

― ¿Qué haces? -preguntó Natán, con esa expresión en su rostro que solo Orión sabía leer entre esos ojillos negro azabache que acentuaban su ternura intrínseca.

― Estoy buscando una canción de Smashing Pumpkins que quiero que escuches….

By starlight I’ll kiss you

And promise to be your one and only

I’ll make you feel happy

And leave you to be lost in mine

And where will we go

What will we do?

Soon said I will know…

La música sonaba, y con el riff melódico de la guitarra su carne volvía a buscarse, a unirse para ser uno en medio del invierno que imperaba allá afuera. La Luna seguía ahí, enorme, en su viaje de elipses infinitas, pero ahora era ella quien los miraba de reojo a través de la ventana; se sonrojaba, se tornaba más intensa, más roja, e interactuaba con sus protuberancias y sus comisuras a través de la luz reflejada en sus cuerpos. Aplacados, después de esa primera vez en un motel de paso, finalmente el dios de los sueños los venció para quedarse dormidos al compás melódico de Farewell and Goodnight, de Tonight, Tonight… Cuando despertaron todavía era de noche, y tuvieron que levantarse para dejar el arrullo de la cama de algodón y espuma y proseguir su viaje hacia la casa de Natán, pues uno debía ir al trabajo y el otro a la universidad al día siguiente. Se vistieron, platicaron de lo que harían después ―o de lo que creían que pasaría después― y descendieron a nivel de piso para subirse nuevamente al automóvil de Orión, que se sentía algo helado a consecuencia del clima y del súbito cambio de temperatura en su entorno. Salieron y, con un semblante algo adormilado y sereno, prendieron marcha una vez más, una marcha que provocaría un encuentro inusitado con esa otra cara de la vida.

Varios minutos más tarde, tras una nube de polvo que se movía con el capricho del viento, era posible distinguir a Orión ahí, con el cuerpo lánguido y el deseo tirado al piso, en medio del camino que le había trazado la oscuridad. Justo cuando la espesa nube comenzaba a disiparse, pudo abrir los ojos y mover ligeramente la cabeza hacia donde estaba el auto, y quiso verlo, saber de él, consolarlo allá en esa caja de acero y aluminio que había sido arrancada de la calle con violencia. Rápidamente, los párpados empezaron a pesarle como si sobre ellos estuviera la Luna, y tuvo que regresar a la sombría incertidumbre al tiempo que una lágrima conseguía deslizarse por su rostro cortado. Fue entonces que empezó a escuchar sirenas a lo lejos, de esas que van de un lado a otro en el mar de concreto no para encantar a los hombres, sino para hacer un intento por sanar sus heridas visibles.

En ese instante, comenzó a enfocar varios cuadros que alcanzaron a reconfortarlo, e imaginó a Natán no como en realidad estaba algunos metros detrás de él, sino justo antes, con esa beldad externa que precedió al choque: sus ojos grandes y sus pestañas ligeramente rizadas; su cabello oscuro que se deslizaba con facilidad entre sus dedos; su nariz ancha y voluminosa que le daba un toque más viril a su rostro travieso; sus labios carnosos, de fuego, besucones, y su escasa barba de pelillos delgados y ralos que jugueteaban entre sí sobre la tersura de su hermosa piel cobriza… Así lo imaginó, o lo vio, recorriendo todo su cuerpo desde la cara, para luego ir bajando a todo lo que en ese instante no podía ni oler, ni tocar, ni tener, pero que guardaba en la parte más añorada de su memoria cuando el tiempo no quería tenerlos juntos.

Bruscamente, en su cabeza se hizo un silencio absoluto; desaparecieron las sirenas y los motores de los vehículos que iban llegando. Entonces, Orión comenzó a percibir manchas de colores sobre un fondo negro al interior de sus párpados y dejó de sentir el viento frío a lo largo de su capa externa; apareció la imagen de la nube de polvo, del auto chocado, de su mano queriendo alcanzar lo que alguna vez fuera una fantasía. Una fantasía que finalmente se hiciera realidad. Se veía con él, en un despertar entre sábanas blancas, limpias, acariciándose mutuamente, contemplándose con una mirada profunda, tan honda, que Orión podía verse a través de ella cuando todavía era casi un infante. Mientras los policías acordonaban la zona y los paramédicos hacían uso de cada dispositivo a su alcance para intentar revivirlo, los retratos de su pasado reciente se fueron dispersando para transformarse en el entendimiento de su esencia, aquella que había iniciado cuando, todavía ingenuo, empezaba a coquetear con la sexualidad y el erotismo que le ocasionarían una tormenta interna durante muchos años por venir…

Aforismos sobre la Ebriedad

Hoy, celebro no solo un año más de tu compañía, sino 25 ciclos gregorianos de haberte conocido: has sido, para mí, causa de confrontaciones con amigos y desconocidos; oscuridad de la memoria al día siguiente; goce máximo de noches incansables y, sobre todo, un estímulo para conocerme a través de lo que provocas en mis adentros cuando estamos solos tú y yo, en la intimidad del confinamiento y del espejo.

Ahora que llevo semanas, meses encerrado, trato de evitarte como si estuviera en la rutina habitual del trabajo, como si no pudiera hacerte mío en domingo, como si la semana laboral comenzara otra vez un lunes cualquiera. Pero a veces -solo a veces- me encuentras sin que yo te busque, ¿o será que yo te llamo ante el silencio de la casa vacía, que te llamo para que llenes ese espacio que tiene el hábito de hacerse inmenso? ¿Será que te nombro sin pensarlo, para que ocupes ese intangible horror vacui que trasciende el marco de la pintura nocturna, e incita esa ansiedad que me cosquillea las vísceras para suplicarle a mi cerebro que te invoque, que te sienta entre mis labios, que te tome?

Y en incontables ocasiones acabo por tomarte, porque me gusta que me tranquilices, o que exacerbes mi estado de ánimo, según lo amerite el entorno o lo interno. Porque es cierto que nunca activas los mismos mecanismos de mi ser, y dejas que entre los dos decidamos aquello que acontece de acuerdo con las circunstancias y las personas y los insectos y las plastas que nos rodeen, para hacer de la noche, o de la comida o de la cena lo que nos plazca. No siempre somos bienvenidos, pero siempre nos vamos juntos. Eres el destilado espirituoso que contribuye a la nutrición de mi alma y, por eso, hoy que conmemoro este cuarto de siglo de mi relación amorosa contigo, te dedico estos aforismos, que han de servir a mancebos y doncellas que buscan convivencia con los dioses del alcohol: Mayahuel, Dionisio, Baco, Tezcatzóncatl.

«Si mezclas el tequila, la cerveza, el güisqui, etcétera, aun a diferentes intervalos en una sola noche, al día siguiente sufrirás como si le hubieras hecho el peor de los males a un perrito.»

«El vino tinto, tomado uno a uno con un vaso de agua simple, propicia una buena conversación siempre y cuando haya dos o más personas inteligentes en la mesa (lo que resulta más difícil de encontrar que una buena botella de vino).»

«El tequila derecho, a cantidades considerables, contribuye a la desinhibición del amante posible y al llanto del despechado inconsolable.»

«Si no tienes experiencia, el vodka hará que te duela la cabeza al día siguiente.»

«Ante la posibilidad de una resaca implacable, toma una cerveza ligera en ayunas.»

«Si estás en ánimo de odiar a la humanidad, toma tu bebida favorita en un lugar cerrado y/o con gente que te cuidará cuando descubras que también te odias a ti mismo.»

«EL mezcal, como lo aseveró un gran sumiller en un restaurante oaxaqueño de alta cocina, es para acompañarse con los alimentos. No obstante, si con él te embriagas por accidente, podrías conocer a tu verdadero alter ego y mostrarlo a quienes te acompañen.»

«La vida sin bebidas espirituosas, es como un cuerpo sin espíritu.»

«La mejor relación que puedes tener con el alcohol es aquella que te haga sentir vivo.»

Finalmente, te comparto este soneto, Soneto del vino, que te compusiera el gran Borges para celebrar, como yo, que nos enseñas el arte de ver nuestra propia historia.

¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa
conjunción de los astros, en qué secreto día
que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa
y singular idea de inventar la alegría?

Con otoños de oro la inventaron. El vino
fluye rojo a lo largo de las generaciones
como el río del tiempo y en el arduo camino
nos prodiga su música, su fuego y sus leones.

En la noche del júbilo o en la jornada adversa
exalta la alegría o mitiga el espanto
y el ditirambo nuevo que este día le canto

otrora lo cantaron el árabe y el persa.
Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia
como si ésta ya fuera ceniza en la memoria.

Inteligencia emocional y empatía… ¿en redes sociales?

Sin duda, las redes sociales han abierto vías rápidas de comunicación que antes resultaban impensables, y que son útiles para diversos propósitos como, por ejemplo, compartir con nuestros contactos un momento grato, enviar fotos y videos para organizarnos después de una tragedia común ─como un sismo─ y celebrar o conmemorar alguna fecha importante a pesar de la distancia física, entre varios más… No obstante, cuando se trata de un tema que polariza a la sociedad, un número nada despreciable de usuarios de ambos bandos parece olvidar que sigue interactuando con personas, con los otros, y no solo con elementos audiovisuales y tipográficos que se miran a través de una pantalla.

Esto puede deberse a que, en muchos casos, los «usuarios» son trolls o bots con un propósito específico que nada tiene que ver con una crítica constructiva o un sano deseo de discusión y, en otros, a que se aprovecha el uso de una máscara virtual para emitir opiniones subjetivas, comentarios poco razonados, e insultos que hacen evidente un control mínimo de las emociones, ante una extraña e imperiosa necesidad de contribuir a una tendencia en tiempo real.

Esto puede resultar sorprendente si se piensa que, al hacer uso de la palabra escrita, en general tenemos más tiempo para expresar de manera precisa aquello que queremos decir, en contraste con la oralidad del lenguaje, en donde tenemos que transmitir un mensaje de forma casi inmediata pues estamos frente al otro, con su mirada, sus gestos y sus movimientos ante nuestros ojos. Por ello, el estudio de la inteligencia emocional se ha dirigido más a interacciones físicas que virtuales aunque, en estos tiempos de confinamiento por la pandemia, lo digital cobra aún más fuerza como medio de comunicación.

Aunque ya se ha dicho bastante sobre la inteligencia emocional, su desarrollo y práctica sigue siendo fundamental no solo para desenvolvernos con más éxito en un entorno laboral, sino ─y sobre todo─ para ser mejores individuos, y con ello ser más sensibles no solo a nuestras necesidades y sentimientos, sino también a los de los demás; hacernos conscientes de que el otro existe como alguien que piensa y siente, incluso si esos pensamientos e ideas no concuerdan con los nuestros. La política, la religión, y varios movimientos sociales como el feminismo o los derechos de las minorías, son tan solo algunos ejemplos de situaciones que provocan reacciones viscerales en redes sociales y, especialmente, en Twitter, dada la inmediatez de respuestas que caracteriza a este entramado colectivo, en el que no hay «amigos» ni «contactos», como sucede con Facebook y LinkedIn, respectivamente.

De acuerdo con la Dra. Ofelia Gutiérrez, Secretaria de Innovación Educativa de la UNAM, “la inteligencia emocional es poseer la capacidad de entender tus propios sentimientos, entrar en contacto con los sentimientos de los demás, tener empatía con las otras personas, poseer esa capacidad y emplearla para solucionar los problemas de la vida con el menor costo y estrés”. Y precisamente en relación con esto, Daniel Goleman concluye que existe una tríada de la empatía:

  1. Empatía cognitiva, de carácter racional, que nos permite comprender la perspectiva y estado mental de la otra persona, y al mismo tiempo manejar nuestras emociones mientras asimilamos las de ella.
  2. Empatía emocional, en donde acompañamos a la otra en lo que está sintiendo, y «nuestros cuerpos resuenan con el tono de alegría o tristeza por el que esa persona está pasando».
  3. Preocupación empática, en la que, derivado de alguna de las dos anteriores, en verdad nos preocupamos por lo que esa persona está pasando, y nos movilizamos para ayudarla si es necesario.

La empatía cognitiva nos brinda la habilidad para entender los puntos de vista y la manera de pensar de la otra persona con base en lo que sabemos de ella, y la emocional nos hace sentir aquello que está moviendo sus entrañas, y nos conecta no solo mediante el lenguaje verbal ─incluyendo el tono de voz─ sino además por la expresión facial, los movimientos de las manos, y los distintos signos que nos aporta el lenguaje corporal. Entonces, la empatía tiene una relación directa con la autoconsciencia (self-awareness) tanto de nosotros como de los demás, porque «leemos a los otros al conectarlos con nosotros mismos».

Con base en lo anterior, es posible decir que ahora debemos aprender a ser empáticos sin ver a la otra o al otro a la cara, sin escuchar su voz, sin observar sus reacciones corporales y sin saber, incluso, si en realidad se trata de una persona o de un perfil falso y automatizado, puesto que siempre hay alguien detrás de la imagen que se nos presenta y de las palabras que se escriben. Esto puede parecer sumamente difícil por los procesos de convivencia presencial que hemos aprendido, pero sin duda puede lograrse si en todo momento tenemos consciencia de que ese «tuit» está escrito por otro ser humano.

Algunas de las preguntas que yo siempre trato de responder antes de hacer una publicación escrita, en especial cuando se trata de un tema que involucra opiniones contrapuestas, son:

  • ¿Si tuviera enfrente de mí a esa persona, mirándome directamente a los ojos, me atrevería a decirle lo que estoy escribiendo?
  • ¿Se lo diría de manera distinta?
  • En vez de promover el diálogo, ¿estaría ocasionando una reacción violenta ─verbal, y quizá física?
  • ¿En verdad es relevante para mí (tratar de) establecer un diálogo con esa persona?

Para finalizar, a continuación dejo algunas oraciones que pueden ayudarnos a reflexionar sobre este tema, y que a mí me ha resultado útil recordar cuando siento que mi inteligencia emocional está en riesgo ante un comentario que me resulta ofensivo, o que es contrario a mi manera de pensar:

«[…] la libertad del prójimo […] es el límite de mi libertad, ‘su otra cara’.» Jean Paul Sartre, El ser y la nada.

«¿Quién con razón o por derecho puede asumir / Monarquía sobre quienes por derecho son / […] En libertad iguales?» John Milton, Paraíso Perdido.

«El precipitarse en el Otro se presenta como un regreso a algo de que fuimos arrancados. Cesa la dualidad, estamos en la otra orilla. Hemos dado el salto mortal. Nos hemos reconciliado con nosotros mismos.» Octavio Paz, El arco y la lira.

«Abstente de parecer un idiota a causa de discutir con un idiota.» Thomas More, Utopía.

«El respeto al derecho ajeno es la paz.» Manifiesto, Benito Juárez.

«Antes que política / Ya estabas tú, ya estaba yo / Mira, qué contradicción / En vez de odiarme tanto /¿No deberías mostrarme tu razón?» Yo busco, Café Tacvba.

«Sin contrarios no hay progresión. Atracción y repulsión, razón y energía, amor y odio, son necesarios para la existencia humana.” El matrimonio entre el Cielo y el Infierno, William Blake.

El primer acercamiento

Hoy va a nacer tu nuevo hermano, justo en este día que es tan importante para ti, no porque él vaya a llegar a esta Tierra que parece desconocernos cada vez más a causa de nosotros mismos como si nos hubiéramos convertido en sus hijos bastardos sino, simplemente, porque es tu cumpleaños. Aunque todavía hay muchas cosas que no entiendes, quieres empezar a comprenderlas, y te preocupas en especial por el paso del tiempo; la muerte todavía es ajena a tu conciencia, y una ínfima parte de la interrogante de la vida se asoma desde lo más recóndito de tu habitación cuando apagas la luz. Por ello, pretendes que hoy que cumples años, tus padres te regalen un reloj de pulso, pues hace unas semanas te dijeron que todavía eras muy pequeño para un teléfono celular; además, notas por primera vez que el calendario con imágenes de perritos que colgaron en tu pared sí tiene una utilidad y aunque tu mamá ya lo había hecho con un plumín de color rojo— sientes la necesidad de remarcar el día de hoy con un plumón color azul, como si apenas y comenzaras a percibir que estás creciendo.

Tu tía Lavinia, que se quedó en casa para cuidarte mientras tus padres regresan del hospital, llega de pronto a tu habitación y observa el calendario marcado; sonríe, y te pregunta qué quieres hacer para celebrar el día en que naciste. Tú intentas reflexionar la respuesta, y sin planearlo te dan ganas de llorar; sientes tristeza por estar ahí sin tus padres, y con esta tía que nunca ha sabido cómo abrazarte. De cualquier modo, ella trata de hacerlo, aunque sus brazos se sienten ajenos, duros y fríos, y prefieres soltarlos para voltearte hacia tu litera y tirarte en la cama de abajo, con la vista hacia la pared y aferrándote al oso de peluche café que te reconforta cuando la oscuridad invade ese espacio que hasta ahora ha sido tuyo. Ella trata de sentarse al borde de la cama para consolarte, pero se arrepiente y mientras comienza a alejarse te dice que tal vez estés mejor solo hasta que te calmes; ante la mención de su salida, volteas tu cara hacia ella y le pides que se quede un momento, a lo que ella replica diciendo “sí, está bien” con una sonrisa tímida y rubor en las mejillas, para luego reposar en una silla de madera que está frente a la litera. Tras secarte las lágrimas que ya escurrían hasta la colcha de la cama y reincorporarte sin soltar tu oso, miras otra vez al calendario, y aunque le quieres preguntar por qué tu hermano tiene que nacer hoy, en el mismo día que naciste tú pero siete años antes, no lo haces, ya que temes que algo que te haga sentir más triste se esconda tras esa respuesta. En cambio, observas su rostro mientras ella desvía su mirada al techo y roza los labios contra sus dientes para darte cuenta de que en realidad se parece mucho a tu papá, no solo en los rasgos del rostro sino también en los gestos, y eso te hace pensar si tu hermanito, a punto de llegar, se parecerá a ti. Después de un silencio que te hace rascarte el cuello y mover los pies que rozan con el piso mientras permaneces sentado desde el borde de la cama, tu tía Lavinia finalmente decide hablar para decirte que no te preocupes, que tu mamá está bien y que tu futuro hermano y ella llegarán más pronto de lo que te imaginas; además, te dice que eres muy afortunado pues podrán festejar sus cumpleaños ese mismo día, juntos, como si fueran gemelos pero sin tener el mismo tipo de regalo por la diferencia de edades.

Ante la apertura del tema, tú te atreves a preguntarle por qué tus padres eligieron el mismo día para que ambos nacieran, ya que sin tenerlo claro sientes que te van a quitar algo, como si para darle vida a tu hermano tuvieran que robarte un pedacito de la tuya. Ella calla por un instante en el que parece pensar y, cuando abre la boca para responderte, se escucha que el teléfono de la casa suena una, dos y tres veces hasta que Lavinia reacciona y se dirige hacia la sala para tomar la bocina. Contesta. No distingues bien de qué está hablando, pero alcanzas a escuchar que es algo relacionado con el hospital, los médicos y el niño, y ves a tu tía abrir los ojos largamente mientras se toca el cachete con la mano izquierda. Dice algo sobre un cordón, algo sobre tenerlo enredado en el cuello, y eso te provoca imaginar a tu papá con su corbata bien puesta. No entiendes por qué una corbata puede causar tanto alboroto, si tú también la has usado en fiestas, y hasta una ocasión en una ceremonia escolar, en la que solo recibiste cumplidos, abrazos y caricias en la cabeza. Esto te trae memorias agradables. Sonríes, bajas la mirada y te desentiendes de lo que ocurre con la llamada, pues tu atención la capta ahora un sonido en tu estómago que te indica que ya tienes hambre.

Ya que tu tía no suelta el teléfono, decides ir tú solo a la cocina para prepararte algo sencillo de comer, como un sándwich de mermelada o unas galletas con chispas de chocolate y un vaso con leche; dejas a tu amigo de peluche sobre la cama, y te diriges hacia allá. Sin embargo, al entrar a ese espacio lleno de estanterías, ollas y sartenes, sientes que se te antoja algo caliente, ya que esa mañana de diciembre amaneció nublada, y el frío se filtra por las puertas y ventanas de la casa con mayor intensidad. Ante esto, adviertes que la cocina carece de cualquier tipo de ventilación directa, excepto por un tragaluz que se encuentra justo arriba de la estufa y que puede abrirse usando el palo de una escoba. Tú decides dejarlo cerrado para que no entre el viento. Te quedas un rato viendo la estufa, y luego tomas un banquito de plástico que tus papás guardan en una esquina, ahí mismo en la cocina. Lo colocas sobre el piso frente a una de las alacenas que están empotradas en la pared, y te subes en él; abres una de las puertas de la alacena y sacas una taza, esa que tanto te gusta y que tiene la figura de un elefante gris realzada sobre un costado. La dejas sobre la estufa y también alcanzas un pocillo de metal; cierras la puerta del mueble y te bajas del banco con la mano derecha ocupada por el traste.

Al pisar el primer escalón, te desbalanceas ligeramente y lo pisas mal; casi caes, pero te alcanzas a sostener de una de las manijas de la alacena, y solo te golpeas el codo del brazo derecho contra la estufa, el cual te sobas mientras maldices el metal que osó quedarse ahí para recibir tu hueso con tal rigidez. Quieres llorar, pero te aguantas —porque eso te han enseñado— y cuando el dolor cede vuelves a colocar el banquito en su lugar. Caminas unos pasos hacia atrás, demostrándote así que ya tienes mejor control de tu cuerpo, hasta que topas con la puerta del refrigerador; volteas, y ya no lo percibes tan alto como hace un año. Miras de reojo la foto que está sobre la puerta y la abres, para buscar un cartón de leche a medias que tu mamá dejó antes de que la condujeran con urgencia al hospital. Lo tomas, pero no cierras la puerta, y lo llevas hasta la estufa para vaciarlo en el pocillo que habías dejado ahí; al intentarlo, derramas un poco de líquido; te manchas la playera y empapas los ojos del personaje de caricaturas impreso sobre ella. Sacas unas servilletas, te limpias hasta que la humedad se absorbe parcialmente y tu ropa queda llena de restos de papel blanco. Vuelves a servir la leche y esta vez llenas el recipiente sin problemas, tirando luego el envase al bote de basura inorgánica. Después, te quedas pensando unos segundos si debes usar los cerillos o un encendedor para prender el fuego, pues ambos se encuentran a tu disposición dentro de uno de los cajones del fregadero. Finalmente, te decides por los cerillos, porque una vez viste a tu papá quemarse un dedo con el metal de la cabeza del encendedor al estar prendiendo un cigarro. Así, tomas el empaque, sacas un cerillo y tratas de encenderlo frotando la punta contra la superficie lateral de fricción en la caja; la primera vez, se cae casi sin quemarse, pero la segunda, lo logras. Giras uno de los quemadores de la estufa, acercas el fuego, y con sorpresa observas como se prende mientras sientes el calor muy cerca de tu mano. Te alejas para no quemarte y apagas el fósforo, tirándolo al piso para regresar a la estufa y colocar el pocillo con leche sobre el quemador encendido. Ahí lo dejas con la expectativa de que se caliente rápido.

En eso, recuerdas que había una llamada, que era del hospital y que tu tía estaba al habla, por lo que sales de la cocina para dirigirte hacia donde se encuentra el teléfono; llegas ahí, pero la bocina está colgada y Lavinia se nota pensativa, sentada sobre un sillón. Te acercas con miedo y curiosidad, y observas que se muerde las uñas de los dedos mientras la luz del día se refleja en sus ojos cristalinos. Le preguntas qué le han dicho, y ella te comenta que no es algo de lo que un niño como tú deba preocuparse; rápidamente te da la espalda y camina hacia la habitación de tus padres, evitándote. Tú sientes rabia, confusión, y por primera vez experimentas conscientemente lo que es sentirse ignorado. Ahora tú le das la espalda mientras caminas para llegar otra vez a la cocina, y descubres la puerta del refrigerador abierta; te apresuras a cerrarla y la empujas hacia adentro con fuerza, sin darte cuenta de que la leche se derramó después de haber hervido. Al cerrar la puerta, te quedas mirando por un instante esa fotografía que habías notado brevemente con anterioridad, y que está adherida por un imán con forma de iguana; en ella, apareces con tus papás la primera vez que te llevaron al mar, y vuelve a tu memoria el desconcierto que sentiste cuando tu incursión novata en ese vasto depósito de agua salada te dio una sorpresa desagradable. En aquella ocasión tenías un par de años menos que ahora, y recuerdas que, por distraerte con el vaivén de la espuma de las olas, te quedaste de pie sintiendo como el agua iba y venía arrastrando la arena debajo de ti. Entonces, arribó una ola más grande que las anteriores y te cubrió; caíste y te arrastró, como si quisiera llevarte hasta las vísceras del piélago. Trataste de asirte de algo, pero no encontraste nada, solo arena y piedras que se revolcaban contigo en medio del agua; pudiste abrir los ojos por un breve instante, y alcanzaste a ver cómo dabas vueltas mientras la corriente te impulsaba de manera violenta. Fue en ese momento que te percataste de una mano que rodeó uno de tus tobillos, sin saber si fue el izquierdo o el derecho, y que detuvo tu avance forzado hacia las entrañas del mar. Luego, esa mano se convirtió en dos, y el abrazo se extendió a todo tu cuerpo; era tu padre, quien reaccionó rápido al verte indefenso y había logrado llegar hasta ti. Pudiste salir del agua entre sus brazos, y te llevó hasta uno de los camastros que tenían debajo de una palapa en la playa. Comenzaste a tratar de respirar al tiempo que ibas tosiendo y escupías agua, mientras un mareo que nunca habías sentido te inundaba la cabeza.

Pareces recordarlo tan bien que sientes que lo vives una vez más, pues el mareo se siente real, aunque esta vez es distinto, ya que ahora tienes náusea y mucho cansancio ante un olor que no te gusta; tu cuerpo está pesado y tu rostro somnoliento, tanto que decides dejarte caer lentamente, y lo haces deslizando tu espalda sobre la superficie del refrigerador hasta llegar al piso. Te quedas ahí, con ganas de moverte, pero sin poder hacerlo, como aquella vez que estabas sobre el camastro con el traje de baño lleno de arena y el calor húmedo que hacía escurrir el sudor por todo tu cuerpo bronceado. Ves el rostro de tu padre llamándote entre sueños para que despiertes, y sientes las manos de tu madre limpiándote la arena del cuerpo, al tiempo que deja salir algunas lágrimas que percibes por la manera en que jala aire por la nariz…

De pronto, también escuchas a tu tía Lavinia, aunque sabes que ella no estuvo con ustedes en ese viaje al mar; grita tu nombre, grita “¡Eneas!” varias veces; te sacude con fuerza y te pasa la mano por la cara; tú quieres reaccionar y decirle que te deje un rato más en la playa, en paz, pero nada en tu cuerpo aletargado lo permite. Con una sensación que te incita a creer que podrías estar flotando, ruedas sobre el camastro hasta caer suavemente sobre la arena que ya no se siente incómoda, rasposa, sino más bien suave, como si estuviera cubierta por el peluche de tu muñeco favorito, ese oso café que tanto quieres. Alcanzas a distinguir que alguien te carga y piensas que probablemente sea tu tía, aunque ya no puedes saberlo, pues el sol, ese sol intenso que te hace sudar, emite una luz deslumbrante que no te deja ver. Repentinamente ves pasar unas nubes grises que cruzan el cielo, justo como esas que observaste al despertar en tu cumpleaños número siete a través de la ventana de tu cuarto. Desplazándose rápidamente, interfieren con tu vista del cielo y tapan el sol, haciéndote sentir ligeramente aliviado a pesar de que ya no puedes abrir los ojos, hasta que paulatinamente caes en una especie de oscuridad interna. Te colocan un aparato sobre el rostro que apenas y alcanzas a distinguir, que hace más intenso el ruido al respirar y te produce algo de calor. Crees que estás soñando, pues de pronto escuchas un sonido de sirenas a lo lejos para descubrir luego que te estás moviendo, como cuando te duermes en el coche de tus papás después de haber jugado entre los árboles del parque al que casi siempre te llevan los domingos. Tu mente te lleva hasta ese lugar, y ves los juegos de metal pintados de muchos colores, entre los que destacan el pasamanos y la resbaladilla; te subes a ella por las escaleras y, aunque ya no te da tanto miedo como antes, te reconforta saber que tu mamá te está esperando allá abajo, en la Tierra. Te lanzas desde lo alto y al bajar ya no la encuentras, no está ahí esperándote; sientes temor y parece que el mareo se vuelve más intenso cuando, repentinamente, notas que aparece un niño más pequeño que tú justo al final de la resbaladilla. Te sonríe y estira el brazo. Al principio desconfías y no quieres acercártele, por lo que te alejas un poco, pero él te sigue con la mirada y al ver que te alejas empieza a llorar, como si te suplicara que lo tomes de la mano. Lo observas mejor y te das cuenta de que se parece a ti, o tú te pareces a él, no solo en los rasgos sino también en los gestos que muchas veces observas frente al espejo, y eso te hace regresar. Vas hasta donde está y lo miras fijamente a los ojos; él vuelve a sonreír, y al fin decides tomarle la mano. Sientes sus dedos entre los tuyos, más pequeños y frágiles y, tras una súbita calidez que te tranquiliza mucho más que el abrazo a tu oso de peluche, caes dormido.

Ya no sueñas, a pesar de que estás recostado entre sábanas blancas; tu padre está parado frente a ti, junto a tu tía, en una especie de fotografía en la que ambos están rodeados por cierta luminosidad, un fulgor que parece producirse por el influjo del sol. Así los captas cuando despiertas, y lo primero que se te ocurre es preguntar dónde está tu mamá; en eso, sientes que tu papá te toma la mano, y te dice que pronto conocerás a tu hermano. Sin pensarlo te dan ganas de reír y, con ojos alegres, le dices que ya lo conoces.

Pintura: Retrato de niños, Rufino Tamayo, 1966.

Sobre la Ética y los Aforismos de Hipócrates

La medicina, como parte fundamental de las ciencias de la salud, es una disciplina que ha resultado indispensable desde la antigüedad para comprender y tratar las diversas afecciones físicas y psicológicas que experimentamos a causa de las enfermedades. Sin duda, su utilidad se vuelve visible de forma masiva cuando existe una crisis sanitaria, como sucede con la actual pandemia de la ―enfermedad― COVID-19.

En México, el primer diploma médico fue otorgado a mediados del siglo XVI, tras la constitución de la Real y Pontificia Universidad de México el 20 de septiembre de 1551; no obstante, la generación de conocimientos (en un principio de forma empírica, es decir, basados en la experiencia y la observación) comenzó mucho antes de que los españoles llegaran a la Gran Tenochtitlan.

Hipócrates de Cos (llamado así por la ciudad de la Grecia antigua en donde se supone que nació), fue un médico del siglo V a.C. que tuvo una gran importancia durante el apogeo de Atenas, al lado de figuras como Pericles y Sócrates, debido a que se le identifica como el primero en desestimar diversas creencias religiosas en torno a las causas y tratamiento de las enfermedades, y con ello aproximar su estudio a una perspectiva más científica. Así, es considerado el padre de la medicina por la mayoría de las instituciones académicas y médicas alrededor del mundo, y los llamados «Aforismos de Hipócrates» constituyen su legado más conocido.

Un aforismo se define como una «máxima o sentencia que se propone como pauta en alguna ciencia o arte», es decir, como una regla o principio que en esta caso se aplica a diversos aspectos relacionados con el conocimiento de la medicina. En total, el librillo de aforismos cuenta con siete capítulos, y a continuación les comparto algunos de los que me parecen más interesantes:

«La vida es corta, la oportunidad fugaz, el empirismo peligroso y el razonamiento difícil.»

«Cuando el temor o la tristeza se prolongan durante largo tiempo, se constituye el estado melancólico.»

«El vino mezclado con agua a partes iguales disipa la ansiedad, los bostezos y el escalofrío.»

«Los que son gordos por naturaleza están más expuestos a morir súbitamente que las personas delgadas.»

«La salud excesiva, aun en los atletas, es peligrosa.»

«Cuando el sueño calma los delirios, nos hallamos ante un buen síntoma.»

«Los viejos soportan muy bien la abstinencia; para las personas de edad madura es más penosa y mucho más aun para los jóvenes.»

«Ni la saciedad, ni el hambre, ni ninguna otra cosa deben sobrepasar, para ser buenas, los límites naturales.»

«Las enfermedades, como la edad de las personas, son sensibles a los cambios de estación, a las distintas regiones y a los diversos regímenes.»

Asimismo, en las facultades y escuelas de medicina es tradición que los recién graduados realicen el juramento hipocrático, el cual ―según Galeno, otro de los grandes cirujanos e investigadores médicos de la antigüedad― Hipócrates (o alguno de sus discípulos) creó cuando se dedicó a la enseñanza más que a la práctica médica. Aunque pudiera parecer obsoleto por el tiempo que separa la época de su formulación de la actual, el juramento tiene el propósito de recordar a los profesionales de la salud que deben ejercer la medicina de forma ética que, desde la perspectiva filosófica, es la ciencia de la conducta humana, y que por su raíz etimológica podría definirse como «costumbre moral».

En su versión original (traducida del griego al español), este compromiso moral hipocrático dice al final: «Si el juramento cumpliere íntegro, viva yo feliz y recoja los frutos de mi arte y sea honrado por todos los hombres [y las mujeres] y por la más remota posterioridad. Pero si soy transgresor y perjuro, avéngame lo contrario«, lo que debe aplicar no solo para quienes practican la medicina, sino para cualquiera que estudie y ejerza una profesión que, tan orgullosamente como la médica, pueda contribuir al desarrollo y bienestar de la sociedad.

Foto: retrato de Hipócrates en el Salón de Actos de la Real Academia de Medicina de España.

Vlad, el Vampiro feudal de los Cárpatos, se vuelve «chilango»

Se dice que el vampiro, el monstruo, el hombre-diablo, aquel ser transmutable que necesita sangre para sobrevivir en la oscuridad eterna, se mueve de un lado a otro por el mundo para no ser descubierto. Por esta misma razón, mantiene sus asuntos solo con aquellos humanos que le son útiles, ya sea para saciar su sed o para darle una estancia cómoda, como la que tuvo inicialmente en aquel castillo cerca del Danubio.

O, al menos, es parte de lo que nos relata Carlos Fuentes en la última novela que terminara antes de ausentarse de este mundo, Vlad, donde el ente mítico se muda a la Ciudad de México para contar con un menú de más de veinte millones de jugosos cuellos, y dar así continuidad a su vida en la muerte con la ayuda de un prestigioso bufete de abogados (dicho sea de paso, el mismo Fuentes estudió Derecho en la UNAM). La historia que nos cuenta a través de una narrativa fluída, precisa y contundente, tiene como protagonista a Wladislaus Dragwlya, también llamado Vlad «el empalador», y universalmente famoso ―hasta donde nuestro universo abarque― por el apellido con el que Bram Stoker titulara su aclamada novela gótica del siglo XIX, Drácula. Aunque prácticamente todos sepan quién es y qué hace, y cómo aparece y se transforma a causa no solo de Stoker, sino del cine, el cómic, la televisión y otros tantos inventos que disfruta ―o sufre― la sociedad posmoderna, Vlad es una novela atrayente no solo porque integra un personaje del siglo XV al entorno urbano contemporáneo de una megolópolis, y lo hace habitar en uno de los barrios más lujosos de la ciudad ―donde tienen casa varios políticos y empresarios, incluido algún expresidente de México― sino porque con su característica habilidad narrativa, Fuentes logra generar misterio y mantener la tensión del lector hasta la última sílaba, que lo deja reflexionando sobre lo que pudo haber ocurrido tras el devenir de los eventos más funestos.

Además, las imágenes dibujadas a través de las palabras que usa Navarro ―el ingenuo abogado que cree estar ejecutando tan solo las órdenes de su jefe, don Eloy Zurinaga― provoca que quien lea esté ahí, de pie en la casa del Conde Vlad, escudriñando la luminosidad sombría con la vista, preguntándose para qué tantas coladeras, asombrándose por las ventanas tapiadas, y con el presentimiento de que algo terrorífico puede asomarse, de pronto, por la barranca que aísla la construcción del resto de las moradas.

Por ello, y por todos los sucesos que se revelan a lo largo de la narrativa, Vlad es un libro interesante y sorpresivo que aborda dos de los temas medulares para el ser humano: el amor y la muerte, Eros y Tánatos, para desembocar en lo otro, en aquello que el inconsciente oculta en un intento por acallar el alma, aunque a veces acabe por destruirla.