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ÉRASE UNA VEZ… EN UN CORPORATIVO: Crónica de la supervivencia de un ejecutivo en un entorno globalizado (FRAGMENTO)

“Ciertamente miré a Sísifo, teniendo fuertes dolores,
queriendo con ambas manos alzar una piedra monstruosa.
Cierto, apoyándose él en los pies y en las manos,
a lo alto, hacia una colina empujaba la piedra, y, cuando iba
él a franquear la cima, Gravedad lo echaba de vuelta;
otra vez, entonces, al llano rodaba la piedra indecente.
Y él, extendido, de nuevo empujaba: el sudor hacia abajo
le corría de sus miembros, y de su testa el polvo se alzaba.”

La Odisea, Homero, XI 593-600

Sísifo, Tiziano (1576)

1

“Hoy concluye un ciclo lleno de aprendizajes”; “me llevo el grato recuerdo de las personas que conocí”; “nos volveremos a encontrar”; “el mundo es un pañuelo”; “que Dios los bendiga”… Así, adornados con frases comunes, bien intencionadas, cortas y tristes —pero comunes— empezaron a llegar cardúmenes imparables de correos que nadaban por la red cibernética de los mares corporativos. Algunos de ellos eran de quienes solían ser directores; unos más, de mandos intermedios y, la cuantiosa mayoría, de personas en puestos operativos y de ventas, todos con una problemática en común: estaban siendo echados, sin más, de la empresa multinacional en la que trabajaban por la llamada “reestructura”, ese proceso necesario para mantener sanas las finanzas del corporativo y sus accionistas, y dejar a varias familias ante el panorama incierto del desempleo en un país con crisis económicas constantes.

Asterio, o don Terio como le decían quienes estaban cerca de él y elogiaban su trabajo, al menos en lo superficial, fue uno de los últimos afectados tras los treinta y cinco años que llevaba trabajando para la compañía. Antes de la gran despedida, él tuvo más de una oportunidad de irse de ahí y aventurarse hacia otros horizontes laborales, aunque decidió quedarse ya que decía “sentirse en casa”. Sabía que se acercaba una separación dolorosa de magnitudes desproporcionadas, una ola creciente que arrancaría todo a su paso, pero nunca adivinó que el agua también lo arrastraría a él como uno de tantos granos de arena para anunciarle que nada en ese lugar era suyo, que su pertenencia añeja sería drenada de la barrica sin poder degustar el buen vino que había producido, y que esa marca de lealtad aparentemente indeleble se borraría tan rápido de su frente como un tatuaje trazado con tinta fugaz. Aunque era de su conocimiento que el Sr. Jappont ─director general y vicepresidente─ no lo veía como un empleado modelo, nunca pensó que pudiera sacarlo de Dédale, la amada compañía a la que había dedicado tanto tiempo de su vida. Se sentía seguro, ingenuamente protegido por un manto de concreto con fuentes secas y rejas despintadas a su alrededor, en esa posición gerencial a la que siempre había aspirado a pesar de tener una licenciatura trunca, sin darse cuenta de que en realidad no era más que un título asignado por quienes podían quitárselo en un solo día, en un momento de decisiones de negocio y márgenes de rentabilidad, como ocurrió aquella mañana.

 Dédale Sociedad Anónima era un laboratorio farmacéutico de origen francés que se caracterizaba por estar entre las diez empresas con mayor poder económico en su ramo, no solo en el país que nos atañe sino también a nivel mundial, con la misión de desarrollar, fabricar y comercializar medicamentos de alta especialidad; los males que podían tratarse con ellos ─ya fuera mediante el seguro gubernamental, un seguro privado de gastos médicos, o la propia cartera en caso de poder costearlos─ iban del Alzheimer a la enfermedad de Dupuytren, pasando por el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida y la Diabetes. La empresa tenía su oficina matriz en la ciudad de París, lugar en el que Asterio había soñado hacer una estancia que le negaron so pretexto de su casi nulo manejo del idioma objetivo, aun cuando su jefe anterior ─compañero de borracheras del Sr. Jappont y conocedor de algunos de sus más bajos secretos─ había logrado estar allá por un año sin siquiera ser capaz de expresarse adecuadamente en su lengua materna (lo que le sucedía en gran medida a causa de un alcoholismo agudo que trataba de disimular inútilmente con azúcares y químicos en sus horas de trabajo). Su nuevo jefe era el Dr. Keuf, un médico extranjero degradado en rango, y que había sido expatriado a ese país por haber confundido un padecimiento grave con una gripe en una región de Centroamérica; básicamente, su función era la de comandar el área administrativa que daba servicio a los departamentos de ventas y mercadotecnia, y mantenerse atento a las disposiciones ─o caprichos─ de su jefe, el Sr. Jappont, y del encargado general de L’École, una organización mundial creada para apoyar las decisiones de negocio de los “mercados emergentes” ─eufemismo usado para referirse a los países que ellos mismos designaban como tercermundistas─ y cuyo nombre había sido inspirado por la Academia platónica ─con la endeble esperanza de, algún día, llegar a la luz de la verdad en medio del bosque espeso del capitalismo.

Don Terio, quien se encontraba a cuatro años de cumplir los sesenta de edad, había empezado como mensajero, para después ascender a auxiliar administrativo, a representante de ventas, y varios puestos más durante lustros tenaces hasta que le dieran la oportunidad de fungir como Gerente de Asuntos Especiales ─posición que tenía que ver con todos aquellos asuntos que no podían encajar con claridad en ninguna de las otras áreas. Al llegar a tal escaño, comprendió que aquel nombre enmarañado, el de la empresa, no correspondía a una decisión arbitraria, pues los procesos internos constituían un verdadero laberinto que la habían hecho famosa entre otras del sector, así como entre proveedores, consultores y demás personas que tenían trato con su alma máter profesional.

Casi todos temían entrar a ese espacio lleno de atolladeros que se agravara a raíz de un acto de corrupción en Asia, incluso los mismos empleados, puesto que para realizar una actividad comercial o planear un evento social con un cliente, era indispensable obtener autorización de casa matriz, llenar varios formatos, tener salvoconducto de casi todos los directores, y contar con numerosas firmas, sellos y venias que complicaban y retrasaban el trabajo diario con mayor frecuencia de la deseada. Cuando esto último ocurría, siempre era responsabilidad del subalterno que iniciara todo el proceso, y el castigo impuesto por el área de recursos humanos ─a solicitud expresa del Sr. Jappont─ iba desde un acta administrativa hasta la rescisión del contrato laboral, con las debidas excepciones, es decir, exceptuando a quienes eran parte del equipo incondicional del director general. Para describirlo de otra manera, ese “equipo incondicional” se constituía por aquellos que nunca objetaban las decisiones del director y siempre se esmeraban en hacerlo lucir como el gran ejecutivo en todo acto público dentro y fuera de las frías instalaciones del consorcio, además de hacer presencia en sus eventos sociales si eran requeridos ─bares, restaurantes, y tugurios─, comprarle una cajetilla de cigarros cuando esta ya se hubiera agotado, hacer caso omiso de sus tórridos devaneos con la directora médica, y quedarse en la oficina hasta ya entrada la noche, ya fuera por trabajo o para visitar redes sociales y sitios de entretenimiento en internet, con el único propósito de estar con él en esa rutina que iba del amanecer hasta después del crepúsculo vespertino.

Las instalaciones empresariales eran bastas, y ocupaban mayor espacio del necesario debido, por un lado, a los recortes de personal que se daban año tras año ─aunque no con la magnitud del que finalmente alcanzó a Asterio─ y, por otro, a la reciente caída en ventas dada por el lanzamiento de diversos medicamentos genéricos, en un mercado globalizado que previo a ello se encontraba solamente a merced de la guerra de precios entre corporativos multinacionales. Esto obligó al comité directivo de Dédale a disminuir el uso de la capacidad instalada del área de manufactura, así como la importación y exportación de materia prima y producto terminado.

Este medio de subsistencia económica a través de un sueldo, ya fuera de godín o en las líneas de producción, hacía convivir a todos con gente que realmente no conocían, y a quienes en la mayoría de los casos no les importaba si alguno de sus compañeros enfermaba o era despedido, más allá de la inherente y momentánea conmiseración que trataba de minimizarse y abatirse tan pronto terminara el evento funesto. El edificio principal, de un color gris concreto manchado, se encontraba en el centro de la superficie total bordeada por rejas opacas y policías industriales. A consecuencia de una gran cantidad de oficinas y pasillos sin utilizar, se percibía una atmósfera de vacío sistémico que se apoderaba de los empleados cuando el tenue ruido del silencio distraía su atención. Era en esos espacios con un tinte abismal, intensificado por las horas sombrías y la huida de la mayor parte del personal, que se sentía un escalofrío penetrante, una advertencia de soledad ante el aislamiento diario causado por el estrés laboral. Los más supersticiosos e indoctos ─y cuyo oscurantismo no dependía del grado académico que creían ostentar─ atribuían estas sensaciones a un espíritu, al holograma de una infanta que recorría los caminos desolados durante la noche, sin saber que el fantasma que les acechaba no era uno del inframundo, ni de lo sobrenatural, sino de la propia naturaleza humana, y que se manifestaba de manera inconsciente justo cuando quien lo advertía estaba en uno de sus estadios más vulnerables.

Pero ni los laberintos burocráticos ni las apariciones fantasmagóricas ─y ni siquiera el Sr. Jappont con su política sectorial─ aterrorizaban el espíritu de Asterio, después de haber sobrevivido todos los cambios que se le habían presentado año tras año desde su llegada a esas oficinas. Su ingreso a la empresa fue el resultado del azar y la necesidad; al cumplir los dieciocho años comenzó a estudiar turismo y hotelería en una universidad privada de mediano renombre para dejarla dos años más tarde, debido a una combinación entre la falta de vocación y los problemas económicos de su padre, quien era dueño de una farmacia independiente. Esta fuente de ingresos y de elíxires alópatas se vino abajo gradualmente ante la competencia inclemente de una monumental farmacia trasnacional que abrió una sucursal en la zona, con descuentos del treinta o cuarenta por ciento que su propietario no era capaz de absorber. Por esta razón, fue que Asterio tuvo cercanía con los productos farmacéuticos desde pequeño, aunque nunca vislumbró la posibilidad ni de quedarse con el negocio familiar ni de trabajar en algo relacionado con las medicinas, como él solía decir en aquellos tiempos; sin embargo, tenía la obligación de ayudar ciertas tardes que le fueran asignadas después de hacer la tarea escolar, y algunos fines de semana de acuerdo con la disponibilidad de sus hermanos mayores y la afluencia de público, que en el transcurso de su infancia y adolescencia era buena, y a veces bastante buena. Desde hacía ya mucho tiempo, y hasta que la farmacia El Mundo concluyera sus actividades, varios representantes de ventas de diversos laboratorios farmacéuticos solían visitar a Asterio padre, con el propósito de promover sus productos a través de diversos servicios y ofertas; uno de ellos, y el único que se quedó hasta el final, fue precisamente quien lo iba a ver por parte de Dédale, un señor maduro que llevaba veintiún años trabajando para la compañía, y que se jubilaría justo el día en que Asterio hijo cumpliera sus veintiún años de edad. Sabiendo esto ─que interpretó como una especie de señal─ y al enterarse del probable cierre fatal, se ofreció a llevar el currículo del muchacho ─que en aquellos días solo contaba con su licenciatura trunca y la experiencia en la farmacia─ para ver si encontraba alguna posición dentro de la empresa, algún puesto que pudiera ajustarse a su perfil.

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La Laguna, de Joseph Conrad

Traducción del inglés al español por Mauricio Ochoa Morales

El hombre blanco, apoyándose con ambos brazos sobre el techo de la pequeña cabina en la popa del bote, dijo al timonero

‘Pasaremos la noche en el lugar de Arsat. Ya es tarde.’

El malayo sólo refunfuñó, y se dispuso a mirar fijamente hacia el río. El hombre blanco descansó la barbilla sobre sus brazos cruzados y contempló la estela del bote. Al final de la avenida recta de selva, interrumpida por el brillo intenso del río, el sol aparecía nítido y deslumbrante, posado tranquilamente sobre el agua que resplandecía de manera apacible como una banda metálica. La selva, sombría y aburrida, permanecía inerte y silenciosa a cada lado de la ancha corriente. Al pie de los grandes e imponentes árboles, se levantaban palmeras nipa sin tronco desde el cieno de las orillas, en montones de hojas enormes y pesadas, que colgaban con fastidio sobre el remolino café que se formaba por las contracorrientes. En la quietud del aire cada árbol, cada hoja, cada rama, cada vuelta de enredadera y cada pétalo de florecimientos fugaces parecían haber sido embrujados en una inmovilidad concluyente y perfecta. Nada se movía en el río excepto por los ocho remos que se levantaban regular e intermitentemente, hundiéndose juntos en un solo toque, mientras el timonero desplazaba su navaja de derecha a izquierda mediante movimientos periódicos y súbitos, que describían un semicírculo destellante sobre su cabeza.  El agua agitada provocaba espuma en los costados con un murmullo confuso. Y la canoa del hombre blanco, avanzando río arriba entre el disturbio efímero de su propia hechura, parecía entrar a los portales de una tierra en donde la misma memoria del movimiento había partido para siempre.

El hombre blanco, volteando hacia la puesta del sol, miró a lo largo de la extensión ancha y vacía de la desembocadura del mar. Durante las últimas tres millas de su curso, el río errante y dudoso, como si fuera irremediablemente atraído por la libertad del horizonte abierto, fluye directo hacia el mar, directo hacia el este –hacia el este que alberga tanto a la luz como a la oscuridad. El repetido llamado de algún ave en la popa del bote, un llanto discordante y débil, pasó a lo largo de la superficie mansa del agua y se perdió a sí mismo antes de que pudiera llegar al otro lado, en el silencio sofocado del mundo.

El timonero sumergió su remo en la corriente, sosteniéndolo firmemente con los brazos rígidos, y abalanzado su cuerpo hacia adelante. El agua borboteó fuertemente, y de pronto el caudal largo y alineado pareció girar sobre su propio centro, la selva osciló en un semicírculo, y los deslizantes rayos de sol del crepúsculo tocaron el lado más ancho de la canoa con un brillo feroz, proyectando las sombras esbeltas y distorsionadas de su tripulación sobre el resplandor convulsionado del río. El hombre blanco volteó para mirar hacia adelante. El curso del bote había sido desviado a noventa grados de la corriente, y la cabeza de dragón tallada sobre su proa apuntaba ahora hacia un espacio entre los arbustos de la orilla. Se deslizaba sola, rozando las ramas suspendidas, y desaparecía del río como si fuera una criatura anfibia y pequeña dejando el agua para llegar a su madriguera en la selva.

El angosto afluente era como una zanja: tortuoso, fabulosamente profundo; lleno de penumbra bajo la delgada capa de azul brillante y puro del cielo. Se elevaban árboles inmensos, invisibles tras el arrope festivo de las enredaderas. Aquí y allá, cerca de la negrura brillante del agua, se alcanzaba a ver la raíz retorcida de algún gran árbol entre caminos de pequeños helechos, negra y repugnante, inextricable e inmóvil, como una serpiente paralizada. Las palabras breves de los remadores se reverberaban intensamente entre las paredes gruesas y sombrías de la vegetación. La oscuridad supuraba de entre los árboles, a través del enredado laberinto de las trepadoras, desde atrás de las fantásticas y nada estimulantes hojas; la oscuridad, misteriosa e invencible; la oscuridad perfumada y venenosa de la selva impenetrable.

Los hombres entraron en aguas menos profundas. El afluente se ensanchó, abriéndose en la amplia extensión de una laguna estancada. La selva se desvaneció del paisaje pantanoso, dejando una cama tupida de pasto verde brillante para enmarcar el reflejo azulado del cielo. Una nube rosa aborregada vagaba en lo alto, rastreando la delicada pigmentación de su imagen bajo las hojas flotantes y las flores plateadas de loto. Una pequeña casa, posada sobre un montículo alto, aparecía negra a la distancia. Cerca de ella, dos grandes palmeras nibong, que parecían haber provenido de la selva que se distinguía detrás, se inclinaban ligeramente sobre el precario techo, sugiriendo una triste ternura y cuidado en el suave caer de sus frondosas y elevadas cabezas.

El timonero, apuntando con su remo, dijo, ‘Arsat está ahí. Veo su canoa atada entre los postes.’

Los remadores descendieron apresuradamente por ambos lados del bote al final del viaje diurno, mirando de reojo para cuidarse las espaldas. Ellos hubieran preferido pasar la noche en algún otro lugar que no fuera esta laguna de aspecto raro y reputación fantasmal. Más aún, Arsat no era de su agrado, primero por ser un extraño, y también porque aquel que repara una casa arruinada, y habita en ella, proclama que no teme vivir entre los espíritus que hechizan los lugares abandonados por el hombre. Este tipo de persona puede perturbar el curso del destino con miradas o palabras, mientras que los fantasmas con los que se relaciona no son fáciles de apaciguar por viajeros casuales sobre los que desean infligir la malicia de su amo humano. A los hombres blancos no les interesan tales cosas, siendo incrédulos y estando asociados con el Padre de la Maldad, quien los guía sanos y salvos a través de los peligros invisibles de este mundo. Ellos contraponen una pretensión ofensiva de escepticismo ante las advertencias de los justos. ¿Qué es lo que queda por hacer?

Mientras pensaban en eso, reclinaban su peso hacia el extremo final de sus largas pértigas. La gran canoa se deslizaba rápida, silenciosa y gradualmente hacia el lugar de Arsat, hasta que, en un traqueteo provocado por las pértigas cayendo de las manos, y los murmullos bulliciosos de ‘¡Alabado sea Alá!’, llegó dando un suave golpeteo contra los postes torcidos debajo de la casa.

Con los rostros levantados los hombres de la embarcación gritaron de manera disonante ‘¡Arsat! ¡O Arsat!’ Nadie vino. El hombre blanco comenzó a subir por la rudimentaria escalera que daba acceso a la plataforma de bambú enfrente de la casa. El cabecilla del bote dijo enfurruñado, ‘Nosotros cocinaremos en el sampán, y dormiremos sobre el agua’.

‘Pásame mis cobijas y la cesta’, dijo el hombre blanco cortésmente.

Se arrodilló en la orilla de la plataforma para recibirlas. Luego el bote se apartó, y el hombre blanco, de pie, se encontró de frente con Arsat, quien había salido a través de la puerta de su choza. Era un hombre joven, poderoso, con un pecho robusto y brazos musculosos. No tenía nada puesto además de su pareo malayo. Su cabeza estaba descubierta. Sus ojos grandes y suaves se dirigieron ansiosamente hacia el hombre blanco, pero su voz y su comportamiento eran calmados como él lo pidió, sin ninguna palabra de saludo.

‘¿Tienes medicina, Tuan?’

‘No’, dijo el visitante en un tono de alarma. ‘No. ¿Por qué? ¿Hay enfermedad en esta casa?’

‘Entra y ve por ti mismo’, respondió Arsat, con la misma conducta tranquila, y dándose una pequeña vuelta, pasó otra vez por la pequeña puerta. El hombre blanco, soltando sus pertenencias, lo siguió.

En la luz tenue de su morada construyó un colchón de bambús en el que yacía una mujer recostada bajo una gran sábana de algodón rojo. Ella permanecía inerte, como si estuviera muerta, pero sus ojos grandes, bien abiertos, brillaban en la penumbra, dirigiéndose arriba hacia las vigas delgadas, inmóviles y mirando sin ver. Tenía mucha fiebre, y estaba evidentemente inconsciente. Sus mejillas lucían ligeramente hundidas, sus labios parcialmente abiertos, y su rostro joven tenía la expresión fija y ominosa –absorta y contemplativa, de aquellos inconscientes que van a morir. Los dos hombres se quedaron de pie observando su silencio.

‘¿Ha estado mucho tiempo enferma?’ preguntó el viajero.

‘No he dormido en cinco noches’, contestó el malayo, en un tono reflexivo. ‘Al principio ella escuchaba voces llamándola desde el agua y luchaba contra mí por no dejarla ir. Pero desde que el sol de hoy salió ella no escucha nada –no me escucha a mí. No ve nada. No me ve a mí –¡a mí!’

Él permaneció callado por un instante, y luego preguntó apaciblemente

Tuan, ¿ella va a morir?’

‘Me temo que sí’, dijo el hombre blanco con una mirada triste. Había conocido a Arsat años atrás, en un país lejano en tiempos inciertos y peligrosos, cuando ninguna amistad puede ser desdeñada. Y desde entonces su amigo malayo había aparecido de manera inesperada para habitar en la choza de la laguna con una mujer extraña; él había dormido muchas veces ahí, en sus viajes arriba y abajo del río. A él le agradaban los hombres que sabían cómo mantener la fe común y cómo pelear sin miedo al lado de su amigo blanco. A él le agradaba –tal vez no tanto como a un hombre le agrada su perro favorito– pero aun así le agradaba lo suficiente como para ayudarlo sin hacer preguntas, para pensar algunas veces confusa y vagamente en medio de sus propias misiones, en el hombre solo y la mujer de cabello largo con rostro audaz y ojos triunfantes, que vivían juntos y escondidos en la selva –solos y temidos.

El hombre blanco salió de la choza a tiempo para ver la enorme conflagración del ocaso apagada por las sombras rápidas y furtivas que, elevándose como un vapor negro e impalpable por encima de los árboles, se extendió sobre el cielo, extinguiendo el resplandor carmesí de las nubes flotantes y el rojo brillante de la luz del día saliente. En breves instantes todas las estrellas salieron sobre la intensa negrura de la tierra, y repentinamente la gran laguna resplandeciente llena de luces reflejadas se asemejó a una mancha ovalada de cielo nocturno arrojada a la noche abismal y sin esperanza en la zona salvaje. El hombre blanco tenía un poco de sopa que sacó de la cesta, luego recogiendo algunos palos que estaban tirados sobre la plataforma, hizo una pequeña fogata, no para calentarse, sino para hacer humo, lo que mantendría alejados a los mosquitos. Se arropó con sus cobijas y se sentó con su espalda hacia la pared de juncos de la casa, fumando pensativamente.

Arsat apareció por la puerta con pasos sigilosos y se sentó junto al fuego clandestinamente. El hombre blanco movió sus piernas estiradas un poco.

‘Ella respira’, dijo Arsat en voz baja, anticipando la pregunta esperada. ‘Ella respira y arde como si estuviera en un gran fuego. No habla; no escucha –¡y arde!’

Hizo una breve pausa, y luego preguntó con un tono sereno y nada curioso

Tuan… ¿Ella morirá?’

El hombre blanco movió sus hombros inquietantemente, y musitó en forma dudosa

‘Si tal es su destino’.

‘No, Tuan’, dijo Arsat tranquilamente. ‘Si tal es mi destino, yo escucho, yo veo, yo espero. Yo recuerdo… Tuan, ¿recuerdas los viejos tiempos? ¿Recuerdas a mi hermano?’

‘Sí’, dijo el hombre blanco. El malayo se levantó súbitamente y fue hacia adentro. El otro, todavía sentado afuera, podía oír la voz en la choza. Arsat decía: ‘¡Escúchame! ¡Habla!’ Sus palabras fueron seguidas por un silencio absoluto. ‘¡O Diamelen!’ gritó inesperadamente. Después de ese grito hubo un suspiro profundo. Arsat salió y se hundió en el lugar donde se había sentado antes.

Ellos se sentaron en silencio frente al fuego. No había ningún sonido dentro de la casa, no había ningún sonido cerca de ellos; pero a lo lejos en la laguna podían oír las voces de la tripulación sonando de manera intermitente y perceptible sobre el agua calmada. El fuego en la proa del sampán brillaba débilmente a la distancia con un resplandor rojo y nebuloso. Luego se apagó. Las voces cesaron. La tierra y el agua dormían invisiblemente, aburridos y mudos. Era como si no hubiera habido nada más en el mundo que el torrente de estrellas brillantes, incesante y banal, a través de la quietud negra de la noche.

El hombre blanco miró fijamente hacia la oscuridad frente a él con los ojos bien abiertos. El temor y la fascinación, la inspiración y el asombro de la muerte –de la muerte cercana, inevitable, e inadvertida, mitigó la intranquilidad de su raza y removió el más imperceptible, el más íntimo de sus pensamientos. La sospecha de maldad siempre presente, la sospecha constante que merodea nuestros corazones, se vertió dentro de la quietud a su alrededor –dentro de la quietud adormilada y profunda, y le dio una apariencia desconfiable e infame como la máscara plácida e impenetrable de la violencia injustificada. Durante esa interrupción fugaz y poderosa de su ser la tierra envuelta en la paz de la luminosidad de las estrellas se volvió un país sombrío de lucha inhumana, un campo de batalla de fantasmas terrible y encantador, augusto o innoble, combatiendo vehementemente por la posesión de nuestros desamparados corazones. Un país estridente y misterioso de deseos y temores inextinguibles.

Un rumor lastimero se elevó en la noche; un murmullo entristecedor y alarmante, como si las enormes soledades de los bosques aledaños hubieran tratado de susurrar en su oído la sabiduría de su inmensa y enaltecida indiferencia. Sonidos dudosos y vagos flotaban en el aire a su alrededor, dándose a sí mismos la forma de palabras lentamente; y por fin fluyeron plácidamente en una corriente murmurante de oraciones suaves y monótonas. Él se movió como un hombre despertando y apenas y cambió su posición. Arsat, inmóvil y sombrío, sentado con la cabeza inclinada bajo las estrellas, estaba hablando en un tono reservado y soñador

‘¿…dónde podemos depositar la pesadez de nuestros problemas si no es en el corazón de un amigo? Un hombre debe hablar de amor y guerra. Tú, Tuan, sabes lo que es la guerra, ¡y tú me has visto buscar la muerte en tiempos de peligro mientras otros hombres buscan la vida! Puede que un escrito se pierda; que una mentira se escriba; ¡pero lo que ha visto el ojo es verdad y se queda en la mente!’

‘Lo recuerdo’, dijo el hombre blanco en voz baja. Arsat prosiguió con un aire desconsolado:

‘Por ello debo hablar contigo de amor. Hablar en la noche. Hablar antes de que tanto el amor como la noche se hayan ido –y el ojo del día mire mi pesar y mi vergüenza; mi rostro ennegrecido, mi corazón abrasado’.

Un suspiro, transitorio y débil, marcó una casi imperceptible pausa, y luego sus palabras fluyeron, sin movimientos, sin gestos.

‘Antes de que el tiempo de conflicto y guerra acabara y tú te fueras de mi país persiguiendo tus ambiciones, que nosotros, los hombres de las islas, no podemos entender, mi hermano y yo llegamos a ser otra vez, como lo habíamos sido antes, los guardianes del Gobernante. Tú sabes que éramos hombres de familia, pertenecientes a una casta dominante, y más preparados que cualquiera para portar el emblema de poder en nuestro hombro derecho. Y en tiempos de prosperidad Si Dendring nos hacía favores, como nosotros, en tiempos de tristeza, le habíamos mostrado la lealtad de nuestra valentía. Era un tiempo de paz. Un tiempo de cacería de venados y peleas de gallos; de conversaciones ociosas y riñas inútiles entre hombres con panzas llenas y armas oxidadas. Pero el campesino vio crecer los jóvenes brotes de arroz sin temor, y los comerciantes empezaron a ir y venir, saliendo flacos y regresando gordos en el río de la paz. También trajeron noticias. Trajeron verdad y mentira mezcladas, para que ningún hombre supiera cuando regocijarse y cuando lamentarse. También escuchamos de ellos sobre ti. Te habían visto aquí y te habían visto allá. Y yo me sentía contento de oírlo, porque recordaba los tiempos emocionantes, y yo siempre te recordé, Tuan, hasta que vino el tiempo en el que mis ojos no pudieron ver nada del pasado, porque habían visto a quien ahora está muriendo ahí – en la casa’.

                Él se detuvo para exclamar en un murmullo intenso, ‘¡O María bahia! ¡O Calamidad!’ para luego seguir hablando en un tono un poco más alto.

                ‘No hay peor enemigo ni mejor amigo que un hermano, Tuan, puesto que un hermano conoce al otro, y en el conocimiento perfecto está la fuerza para el bien o el mal. Yo amaba a mi hermano. Fui con él y le dije que no quería ver nada más que un rostro, escuchar nada más que una voz. Él me dijo: “Abre tu corazón para que ella pueda ver lo que hay en él –y espera. La paciencia es sabiduría. ¡Inchi Midah podría morir o nuestro Gobernante podría deshacerse de su temor a una mujer!”…¡Esperé! …Tú recuerdas a la dama que tenía un velo en el rostro, Tuan, y el miedo de nuestro Gobernante ante su astucia y temperamento. Y si ella quería a su sirviente, ¿qué podía yo hacer? Pero alimenté el hambre de mi corazón con miradas breves y palabras sigilosas. Yo deambulaba por el rumbo de las termas durante el día, y cuando el sol había caído detrás de la selva me arrastraba por el seto de los jazmines del patio de las mujeres. Sin ser vistos, hablábamos el uno al otro entre la esencia de las flores, a través de los velos de hojas, a través de las hojas del pasto crecido que permanecía quieto ante nuestros labios; tan grande era nuestra prudencia, tan débil era el murmuro de nuestro gran deseo. El tiempo pasaba rápidamente… y había rumores entre las mujeres –y nuestros enemigos observaban– mi hermano estaba triste, y yo empecé a pensar en matar y en una muerte rapaz… Somos de la gente que toma lo que quiere –como ustedes los blancos. Hay un tiempo en el que un hombre debe olvidar la lealtad y el respeto. El poderío y la lealtad son dados a los gobernantes, pero a toda la gente le son dados el amor, la fuerza y el coraje. Mi hermano decía, “Debes arrebatarla de su entorno. Nosotros somos dos que son como uno”. Y yo le respondí, “Que sea pronto, pues no encuentro calor en los rayos de sol que no brillan sobre ella”. Llegó nuestro momento cuando el Gobernador y todos los altos mandos fueron a la boca del río para pescar con antorchas. Había cientos de botes, y en la arena blanca, entre las aguas y la selva, se construyeron refugios de hojas para alojar a los Rajás. El humo del fuego para cocinar era como una bruma azul en el atardecer, y a través de ella corrían muchas voces alegremente. Mientras estaban alistando los botes para ir a buscar a los peces, mi hermano llegó conmigo y me dijo, “¡Esta noche!” Miré mis armas, y cuando llegó el momento nuestra canoa tomó su lugar en el círculo de botes que llevaban las antorchas. Las luces brillaban en el agua, pero detrás de los botes había oscuridad. Cuando comenzaron los gritos y el entusiasmo los volvió locos nosotros nos separamos. El agua se tragó nuestro fuego, y flotamos de nuevo hacia la orilla que estaba oscura excepto por algunos destellos de brasas aquí y allá. Podíamos escuchar las conversaciones de las mujeres esclavas entre los resguardos. Entonces encontramos un lugar desértico y silencioso. Esperamos ahí. Ella llegó. Llegó corriendo a lo largo de la orilla, rápidamente y sin dejar rastro, como una hoja acarreada por el viento hacia el océano. Mi hermano dijo en un tono melancólico, “Ve y tómala; llévala a nuestro bote”. La levanté entre mis brazos. Ella jadeó. Su corazón estaba latiendo contra mi pecho. Yo dije, “Te arrebato de ellos. Tú llegaste al llanto de mi corazón, ¡pero mis brazos te llevan a mi bote en contra de la voluntad del grande!” “Está bien”, dijo mi hermano. “Nosotros somos hombres que tomamos lo que queremos y podemos conservarlo contra muchos. Debimos haberla tomado a la luz del día”. Yo dije, “Partamos ya”, puesto que desde que ella estaba en mi bote empecé a pensar en los muchos hombres del gobernador. “Sí. Partamos ya”, dijo mi hermano. “Hemos sido desterrados y este bote ahora es nuestro país –y el mar es nuestro refugio”. Él permaneció con su pie en la orilla, y yo le supliqué que se apresurara, ya que recordé los latidos de su corazón contra mi pecho y pensé que dos hombres no pueden resistir a cien. Nos fuimos, remando río abajo cerca del cieno y, cuando pasamos por el estuario en el que ellos estaban pescando, el griterío había cesado, pero el murmullo de las voces era estridente como el zumbido de los insectos volando a medio día. Los botes flotaban, agrupados, bajo la luz roja de las antorchas, bajo el techo negro de humo, y los hombres hablaban de su deporte. Hombres que alardeaban, elogiaban y se burlaban –hombres que habrían sido nuestros amigos por la mañana, pero que ya eran nuestros enemigos esa noche.

                Remamos rápidamente por el lugar. No teníamos más amigos en nuestro país natal. Ella se sentó en medio de la canoa con el rostro cubierto, silenciosa como ahora, sin ser vista como ahora –y yo no tenía remordimiento por lo que estaba dejando porque podía escucharla respirar cerca de mí– como la puedo escuchar ahora’.

                Hizo una pausa, oyó dirigiendo su oído hacia la puerta, agitó su cabeza y prosiguió.

                ‘Mi hermano quería dar el grito de desafío –solamente un grito– para dejar saber a la gente que éramos ladrones nacidos libres que confiaban en sus armas y en el gran océano. Y una vez más le rogué en nombre de nuestro amor que se quedara callado. ¿Podía no escucharla respirando cerca de mí? Sabía que nuestra misión se cumpliría pronto. Mi hermano me amaba. Hundió su remo sin sacar agua. Él solo dijo, “Ahora hay solo la mitad de un hombre en ti –la otra mitad está en esa mujer. Yo puedo esperar. Cuando seas un hombre completo nuevamente, regresarás aquí conmigo para gritar el desafío. Somos hijos de la misma madre”. No le di ninguna respuesta. Toda mi fuerza y todo mi espíritu estaban en mis manos que sostenían el remo –pues anhelaba estar con ella en un lugar seguro más allá de la rabia del hombre y el resentimiento de la mujer. Mi amor era tan grande, que pensé que si tan solo pudiera escapar de la furia de Inchi Midah y de la espada de nuestro Gobernador, podría guiarme a un país donde la muerte fuera desconocida. Remamos con prisa, respirando a través de nuestros dientes. Las paletas se hundieron en lo profundo del agua. Salimos del río; circulamos por canales despejados entre las aguas poco profundas. Rodeamos la costa negra; rodeamos las playas arenosas donde el mar habla en susurros con la tierra, y el brillo de la arena blanca se proyectó sobre nuestro bote, que corrió suavemente sobre el agua. No hablamos. Solamente dije una vez, “Duerme, Diamelen, porque pronto querrás usar toda tu fuerza”. Escuché la dulzura de su voz, pero nunca la volteé a ver. El sol apareció y aun así seguimos. Cayó agua de mi cara como lluvia de una nube. Continuamos entre la luz y el calor. Nunca miré atrás, pero sabía que los ojos de mi hermano, detrás de mí, estaban mirando incesantemente hacia adelante, ya que el bote seguía en línea recta como el dardo de un cazador, cuando sale de la punta del sumpitan. No había mejor remador, ni mejor timonero que mi hermano. Muchas veces, juntos, habíamos ganado carreras en esa canoa. Pero nunca habíamos desplegado nuestra fuerza como lo hicimos entonces –entonces, ¡cuando remamos juntos por última vez! No había hombre en ese país más fuerte o más valiente que mi hermano. No podía usar mi fuerza para voltear y verlo, pero a cada momento escuchaba el siseo de su aliento haciéndose más ruidoso detrás de mí. Aun así no habló. El sol estaba en su máximo. El calor se aferraba a mi espalda como la flama al fuego. Mis costillas estaban a punto de estallar, pero ya no podía hacer llegar más aire dentro de mi pecho. Y entonces sentí que debía gritar con mi último aliento, “¡Descansemos!”… “¡Bien!” respondió él, y su voz fue firme. Él era fuerte. Él era valeroso. Él no conocía la fatiga ni el temor… ¡Mi hermano!’

Un murmullo poderoso y cordial, un murmullo vasto y débil; el murmullo de las hojas trémulas, de las ramas moviéndose ligeramente, corría por las profundidades enmarañadas de la selva, corría sobre la resplandeciente tersura de la laguna, y el agua entre los postes envolvía la madera enlamada con una salpicada súbita a la vez. Un soplo de aire cálido tocaba los rostros de los dos hombres y pasaba con una resonancia triste –un soplo estridente y corto como un suspiro inquieto de la tierra onírica.

Arsat prosiguió con voz baja, uniforme.

‘Llevamos nuestra canoa a la playa blanca de una pequeña bahía cerca de una larga lengua de tierra que parecía bloquear nuestro camino; una larga península arbolada que llegaba mar adentro. Mi hermano conocía el lugar. Más allá de la península está la entrada de un río, y a través de la jungla de esa tierra hay un camino angosto. Hicimos una fogata y cocinamos arroz. Luego nos recostamos para dormir en la arena suave a la sombra de nuestra canoa, mientras ella observaba. Apenas y había cerrado los ojos cuando escuché un grito de alarma. Nos levantamos de un salto. El sol ya estaba en la mitad baja del cielo, y en el espacio abierto visible de la bahía vimos un prau tripulado por muchos remadores. Lo reconocimos de inmediato; era una de los praus de nuestro Rajá. Ellos estaban vigilando en la orilla, y nos vieron. Golpearon el gong, y dirigieron el frente del prau hacia la bahía. Sentí mi corazón volverse débil dentro de mi pecho. Diamelen se sentó en la arena y cubrió su rostro. No había escape por el mar. Mi hermano se rio. Él tenía la pistola que le habías dado, Tuan, antes de irte, pero solo tenía un puñado de pólvora. Me habló rápidamente: “Corre con ella por el camino. En el otro lado de ese bosque está la casa de un pescador –y una canoa. Cuando haya disparado todos los tiros te seguiré. Soy un gran corredor, y antes de que ellos puedan llegar ya deberemos habernos ido. Los cubriré tanto como pueda, puesto que ella es una mujer –que no puede correr ni pelear, pero que tiene tu corazón en sus débiles manos”. Se tiró detrás de la canoa. El prau se aproximaba. Ella y yo corrimos, y mientras nos apresurábamos a lo largo del camino escuché disparos. Mi hermano disparó –una – dos veces – y el ruido del gong cesó. Había silencio detrás de nosotros. El cuello de esa tierra es angosto. Antes de escuchar a mi hermano hacer el tercer disparo vi la costa saliente, y vi el agua otra vez: la boca de un ancho río. Cruzamos un claro cristalino. Corrimos hacia el agua. Vi una cabaña precaria sobre el lodo negro, y una canoa pequeña en tierra. Escuché otro disparo tras de mí. Pensé, “Esa fue su última carga”. Nos dirigimos rápidamente a la canoa; un hombre salió corriendo de la cabaña, pero me lancé sobre él, y ambos rodamos sobre el lodo. Luego me levanté, y él yacía a mis pies. No sé si lo habré matado o no. Diamelen y yo empujamos la canoa al agua. Escuché gritos detrás de mí, y vi a mi hermano correr a través del claro. Muchos hombres daban brincos detrás de él, la tomé con mis brazos y la lancé dentro del bote, luego yo salté. Cuando miré hacia atrás vi que mi hermano se había caído. Se cayó y se levantó de nuevo, pero los hombres lo estaban rodeando. Él gritó, “¡Ya voy!” Los hombres estaban cerca de él. Miré. Muchos hombres. Entonces la vi a ella. Tuan, ¡empujé la canoa! La empujé hacia las aguas profundas. Ella se estaba arrodillando de frente mirándome, y yo le dije, “Toma tu remo”, mientras golpeaba el agua con el mío. Tuan, lo escuché gritar. Lo escuché gritar mi nombre dos veces, y escuché voces exclamando, “¡Maten! ¡Golpeen!” Nunca miré atrás. Lo escuché llamándome otra vez con un gran alarido, como cuando la vida se va al mismo tiempo que la voz –y nunca volteé. ¡Mi propio nombre!… ¡Mi hermano! Tres veces me llamó –pero yo no temía a la vida. ¿Acaso no estaba ella en esa canoa? ¡Y no podía encontrar con ella un país donde la muerte fuera olvidada –donde la muerte fuera desconocida!’

El hombre blanco se sentó. Arsat se levantó y permaneció como una figura silenciosa e indistinta por encima de las brasas agonizantes del fuego. Una neblina que deambulaba al ras del agua se había arrastrado sobre la laguna, borrando lentamente las imágenes brillantes de las estrellas. Y ahora una gran extensión de vapor blanco cubría la tierra: fluía fría y gris en la oscuridad, moviéndose en remolinos sin sonido alrededor de los troncos de los árboles y sobre la plataforma de la casa, que parecía flotar sobre la inquietante e impalpable ilusión de un mar. Solo a lo lejos las copas de los árboles permanecían delineadas contra el centelleo del cielo, como una orilla prohibida y sombría –una costa engañosa, inmisericorde y negra.

La voz de Arsat vibraba estridentemente en la profunda paz.

‘¡La tuve aquí! ¡La tuve! Para tenerla habría enfrentado a toda la humanidad. Pero la tuve – y –‘

Sus palabras se fueron resonando en los espacios vacíos a la distancia. Hizo una pausa, y pareció oírlas muriendo muy lejos –más allá de la ayuda y más allá de la memoria. Entonces dijo en voz baja

Tuan, amaba a mi hermano’.

Un suspiro de viento le provocó escalofríos. Mucho más arriba de su cabeza, mucho más arriba del mar silencioso de neblina las hojas colgantes de las palmeras cascabeleaban en conjunto en un sonido acongojado y caduco. El hombre blanco estiró sus piernas. Descansó la barbilla sobre su pecho, y susurró tristemente sin levantar la cabeza

‘Todos amamos a nuestros hermanos’.

Arsat estalló con una violencia susurrante e intensa

‘¿Qué me importa quien haya muerto? Yo quería la paz en propio corazón’.

Pareció oír un movimiento en la casa –oyó– luego entró sigilosamente. El hombre blanco se levantó. Una brisa se aproximaba en ráfagas intermitentes. Las estrellas brillaron más pálidamente como si se hubieran retirado a las profundidades congeladas del espacio inmenso. Después de una fría ventisca hubo algunos momentos de calma perfecta y silencio absoluto. Entonces desde atrás del límite negro y ondulante de la selva una columna de luz dorada se disparó hacia los cielos y se expandió sobre el semicírculo del horizonte oriental. El sol había salido. La neblina se levantó, y se dividió en manchas a la deriva, desvaneciéndose en espirales delgadas y voladoras, y la laguna al descubierto continuó, lustrada y negra, en las sombras espesas al pie de la pared de árboles. Un águila blanca se elevó sobre ella con un vuelo oblicuo y agotador; alcanzó la claridad de los rayos del sol y emergió deslumbradoramente radiante por un momento, luego remontando más alto, se volvió un punto negro e inmóvil antes de desvanecerse en el azul como si hubiera dejado la tierra para siempre.  El hombre blanco, de pie y mirando fijamente hacia la puerta, oyó en la choza un murmullo roto y confuso de palabras distraídas que terminó con un quejido estruendoso. De pronto Arsat trastabilló hacia afuera con las manos extendidas, temblando, y se quedó  parado un rato con la mirada fija. Entonces dijo

‘Ya no arde más’.

Frente a su rostro el sol mostraba su contorno por encima de las copas de los árboles, elevándose constantemente. La brisa refrescaba; un gran brillo relucía en la laguna, reflejado sobre el agua fulgurante. La selva salió del de entre las sombras claras de la mañana, haciéndose perceptible, como si se hubiera acercado de repente –para detenerse rápido en un gran despertar de hojas, de ramas moviéndose de arriba abajo, de tallos vacilantes. El murmullo de la vida inconsciente era más resonante en la inclemente luz del sol, hablando en un idioma incomprensible alrededor de la oscuridad muda de ese pesar humano. Los ojos de Arsat divagaron lentamente, para luego mirar fijamente hacia el sol naciente.

‘No puedo ver nada’, dijo el hombre blanco, moviéndose hacia la orilla de la plataforma y ondeando su mano para llamar la atención de la tripulación de su bote. Llegó un grito débil desde el otro lado de la laguna y el sampán comenzó a deslizarse hacia la morada del amigo de fantasmas.

‘Si quieres puedes venir conmigo, yo esperaré toda la mañana’, dijo el hombre blanco, volteando la mirada sobre el agua.

‘No, Tuan’, dijo Arsat tranquilamente. ‘Ya no comeré ni dormiré en esta casa, pero antes debo encontrar mi camino. Ahora no puedo ver nada –¡no puedo ver nada! No hay ni luz ni paz en el mundo; pero hay muerte –muerte para muchos. Éramos hijos de la misma madre –y lo dejé en medio de enemigos, pero ahora voy a regresar’.

Dio un suspiro prolongado y continuó en un tono soñador.

‘Pronto veré lo suficientemente claro para asestar el golpe –el golpe. Pero ella ha muerto y… ahora… oscuridad’.

Arrojó sus brazos bien abiertos hacia adelante, los dejó caer sobre su cuerpo, y luego se quedó quieto con el rostro inmóvil y los ojos petrificados, mirando fijamente hacia el sol. El hombre blanco subió a su canoa. Los remadores corrieron inteligentemente a lo largo de los costados del bote, mirando de reojo para cuidarse las espaldas ante el inicio de un viaje extenuante. En lo alto de la popa, su cabeza se envolvió entre paños blancos, y el cabecilla se sentó malhumorado, dejando el rastro de su remo sobre el agua. El hombre blanco, recargándose con ambos brazos sobre el techo verde de la pequeña cabina, miró hacia atrás para ver el fulgurante brillo del bote despabilado. Antes de que el sampán pasara la laguna para llegar al arroyo levantó sus ojos. Arsat no se había movido. Permanecía solitario en el brillo del sol inquisidor, y miró más allá de la imponente luz de un día despejado hasta la oscuridad de un mundo de ilusiones.

Joseph Conrad (1857-1924) fue un escritor inglés nacido en Polonia, quien se enroló a los 17 años en un barco mercante, lo que le serviría años después como materia prima intelectual para varios de sus relatos y novelas; su obra más conocida es Heart of Darkness (en español El Corazón de las Tinieblas), y fue inspirada por un viaje al Congo Belga que realizó en 1890, tras el que quedó horrorizado por la manera en que los europeos trataban a los pobladores. Esta novela fue adaptada al cine por Francis Ford Coppola en 1979, teniendo como escenario la Guerra de Vietnam, en Apocalypse Now (Apocalipsis Ahora).

La Laguna fue escrito en Agosto de 1896, con el objetivo primordial de ganar algo de dinero en el entonces lucrativo mercado de las revistas literarias, y representa uno de los primeros experimentos de Conrad sobre las distintas maneras de contar una historia.

Verisón original tomada de: Conrad, Joseph, Selected Short Stories, “The Lagoon”, London: Wordsworth Classics, 1997.

Burgess vs. Kubrick: una breve reflexión sobre la adaptación cinematográfica de “La Naranja Mecánica”

De acuerdo con Kamilla Elliot (escritora y profesora de literatura), Anthony Burgess dijo una vez: “Cada novela que es un best-seller debe convertirse en una película, bajo el supuesto de que el libro en sí mismo abre el apetito para la verdadera realización -la sombra verbal convertida en luz, la palabra hecha carne”.1 Sin embargo, después de haber visto la adaptación cinematográfica que hiciera Stanley Kubrick de su novela A Clockwork Orange (La Naranja Mecánica), Burgess no quedó satisfecho, bajo el argumento de que la película tenía un final prematuro al omitir el último capítulo, aquel en el que el joven Alex piensa en dejar los juegos violentos para buscar la madurez; por ello, afirmó que “La Naranja Americana o Kubrickiana es una fábula; la británica o mundial es una novela”.2

De cualquier manera, la razón por la que en la edición estadounidense de la novela se dejara fuera el último capítulo dependió en gran medida del autor ya que, como él mismo comentó, su publicista en Nueva York lo convenció de hacerlo para tener un final en el que el ser humano pudiera ser un “modelo de maldad recalcitrante”.3 Lo que no es del todo claro, es por qué Kubrick decidió basar su película no en la versión inglesa de la novela –con los 21 capítulos– sino en la versión de 20, para dejar de lado el simbolismo de la mayoría de edad que Burgess pretendió hacer evidente con sus tres secciones de siete capítulos cada una. Algunos afirman que fue una omisión inocente, diciendo que el director leyó la edición incompleta, mientras que el mismo Kubrick dijo que cuando se enteró de la existencia del último capítulo, el guion –que él escribió– ya estaba prácticamente terminado; pero tal omisión ¿habrá sido realmente accidental, o más bien parte de una reinterpretación del final de la obra, una decisión deliberada del director para terminar su película de con un tono más oscuro? Y de ser el caso, ¿esto representa una traición a la fuente literaria que sirvió como base para su filme?

Como lo menciona Thomas Leitch en su artículo Adaptation Studies at a Crossroads, muchos autores de estudios sobre adaptación cinematográfica siguen viendo al cine en función del libro, asumiendo que para que exista el primero le debe anteceder la obra literaria y, más aún, que debe estar subordinada a ella. Así, tras analizar varios estudios en relación al tema, Leitch se dio a la tarea de obtener una serie de preguntas que se desprenden de ellos, algunas de las cuales serán utilizadas aquí para entender la relación entre la novela A Clockwork Orange y la película de Kubrick del mismo nombre.

La primera de estas preguntas es “¿La película en cuestión traiciona a su fuente literaria?”. Para muchos, la mera omisión del capítulo final podría significar una traición a la obra primordial; no obstante, antes de emitir tal juicio es necesario considerar si la esencia del libro se mantiene a lo largo de la película. En torno a la crítica que Burgess hace al filme, comenta que

Si él [Alex, como la representación de un ser humano] solo puede hacer el bien o solo puede hacer el mal, entonces él es una naranja mecánica -lo que significa que tiene la apariencia de una organismo agradable con color y jugo pero que en realidad es solamente un juguete mecánico dispuesto a ser dañado por Dios o el Diablo o (debido a que este está reemplazando cada vez más a ambos) el Estado Todopoderoso.4

Aquí, se observa que el título lleva implícito el espíritu de la trama, ya que como el clérigo de la prisión menciona en el libro, “Cuándo un hombre no puede elegir, deja de ser un hombre” (p. 93) y, por lo tanto, se convierte en una naranja mecánica. En la película, desde el inicio se muestra la voluntad de Alex para realizar actos de violencia como una elección propia; esto se revela en primera instancia durante la escena en la que, tras salir del Korova Milkbar, pasan por un túnel y al escuchar a un borracho cantando,  Alex comenta –a través de una voz superpuesta– que “Jamás podría soportar ver a alguien así, cualquiera que fuera su edad, pero especialmente cuando fuera realmente viejo como era este.” Entonces, él y sus droogs comienzan a golpearlo sin piedad, haciendo aparecer el acto como algo entretenido para ellos. A pesar de que esto representa un cambio respecto a la primera escena de un ataque violento en la novela, donde ocurre con un “veck (fulano) del tipo de un profesor starry (brillante) tambaleante, con lentes y su rot (boca) abierta ante el aire frío de la noche” (p. 7), la esencia del acto se conserva e, incluso, se hace más contundente en la película, puesto que con el hombre viejo y alcoholizado existe un mayor despliegue de crueldad al ser un blanco más fácil que el profesor cargando los libros de la biblioteca pública.

Por otro parte, al escribir el libro Flame into Being: The Life and Work of D. H. Lawrence en 1985, Burgess comentó:

Todos sufrimos por el deseo popular de hacer a los conocidos, notables. El libro por el que soy más conocido, o el único por el que lo soy, es una novela que estoy preparado a repudiar: escrita hace un cuarto de siglo, un j’eu d’esprit copiada por dinero en tres semanas, se volvió conocida como la materia prima para una película que parecía glorificar el sexo y la violencia. La película facilitó que los lectores del libro malinterpretaran aquello de lo que se trataba, y la mala interpretación me perseguirá hasta que muera. No debí haber escrito el libro debido al peligro de la mala interpretación, y lo mismo podría decirse de Lawrence y El amante de Lady Chatterley.5

Por supuesto, el filme al que hace referencia es el de Kubrick, haciendo evidente que para él “glorifica el sexo y la violencia”, y que en consecuencia se desvía de lo que quiso transmitir en la novela. Por otro lado, cuando Alex es sometido al tratamiento de Ludovico pierde toda voluntad y es obligado a reprimir su esencia violenta, volviéndose una naranja mecánica, lo que ocurre tanto en el libro como en la película. También en ambos casos el intento de suicidio le regresa su esencia inicial, solo que mientras en la fuente original el final “da a la novela la característica de ficción genuina, un arte fundado en el principio de que los seres humanos pueden cambiar”4 según Burgess, en la versión cinematográfica Kubrick concluye con una toma que encuadra el rostro de Alex, para luego presentar una escena de sexo mientras el protagonista piensa “Ahora sí fui curado”, con lo que resulta evidente que él no cambia. Así, a pesar de que se conserva el espíritu de la novela a lo largo de la película, podría decirse que Kubrick desecha la intención del autor original para dejar un mensaje distinto, que podría interpretarse como la imposibilidad del protagonista para dejar atrás su naturaleza, provocada en gran medida por el entorno social. Entonces, aún si esto representa una transcripción y reinterpretación de la novela, podría decirse que Kubrick traiciona a la obra fuente al no dotar de un progreso moral al personaje al final de la película, con lo que lo estaría dejando en su estado de naranja mecánica.

Esto da lugar a otra de las interrogantes de Leitch, que dice “¿Una adaptación dada busca establecerse a sí misma como una transcripción o una interpretación de su fuente?” La transcripción, vista desde la perspectiva de la transliteración, significa el “Traslado de las grafías de un alfabeto a otro, de manera que cada una represente con fidelidad los fonemas correspondientes a su respectiva lengua6, en donde lengua -para este caso- podría entenderse como los dos diferentes medios de representación de signos, es decir, el escrito y el cinematográfico. Al respecto, en en el caso de A Clockwork Orange, ¿Kubrick acaso sugiere otra manera de leer a Burgess? En este sentido, podría decirse en general que sí, y no solo por el final “prematuro” en la película, sino también por la forma en que desarrolla la personalidad del protagonista y algunas escenas de sexo y violencia, acentuando el humor negro a través de los recursos visuales y sonoros que le ofrece el cine.

En la novela, Alex tiene quince años, mientras que en la película parece mayor de edad a pesar de seguir teniendo como principal ocupación (además de las rondas diurnas con sus compañeros) la de estudiante; esto probablemente obedezca a una cuestión moral –como parte de la cultura estadounidense– que le impediría tener un actor menor de edad para un rol con el tipo de acciones narradas en la novela. Por ejemplo, hay una escena donde Alex conoce a dos chicas en la tienda de discos para tener sexo con ellas; en la obra fuente -la novela- se trata de dos niñas de alrededor de diez años y, en la película, dos muchachas de una edad similar a la de Alex. Además, en el contexto original son prácticamente violadas, mientras que en la película consienten la relación sexual (incluso en más de una ocasión) en un espacio fílmico que más que provocar repulsión, ocasiona risa. Así, aunque sería posible incluir esto como parte de la respuesta a otra pregunta que plantea Leitch (“¿La película se aleja de su fuente literaria debido a los nuevos contextos culturales o históricos que aborda?”), es posible decir que Kubrick hace una reinterpretación al no mostrar que un hombre tan joven sea capaz de los actos que distinguen a Alex, y que son los que finalmente lo llevan a la cárcel.

Otro ejemplo de la manera en Kubrick lee la obra se encuentra en la escena en donde tienen una pelea con la pandilla de Billyboy, que en la novela ocurre a la vuelta de la planta de energía municipal y en la película dentro de un casino abandonado. Aquí, la adaptación cinematográfica muestra una atmósfera teatral en la que arriba en el escenario los muchachos de Billyboy están a punto de violar a una mujer, lo que representa un cambio puesto que en la novela –una vez más– es una niña de diez años. Adicionalmente, la pelea en la película se desarrolla prácticamente solo con golpes, mientras que Burgess describe la escena con mayor violencia cuando Alex hace uso de su horrorshow cut-throat britva:

Con mi britva (navaja) logré cortar de arriba a abajo el frente de las platties (ropas) de uno de los droogs (amigos) de Billyboy… Luego en la dratsing (pelea) con este droog de Billyboy él se vió repentinamente abierto como una vaina, con su panza desnuda y sus yarbles (testículos) a la vista… Era al apestoso gordo de Billiyboy a quien yo quería ahora, y ahí me encontraba danzando a su alrededor con mi britva… Y, hermanos míos, fue una gran satisfacción valsar -dos tres a la izquierda, dos tres a la derecha- y cortar mejilla izquierda y mejilla derecha, para que luciera como dos cortinas de sangre derramándose al mismo tiempo, cada una de un lado de su gordo asqueroso grasiento hocico bajo la luz de las estrellas del invierno (pp. 19-20).

Kubrick representa de alguna manera este vals utilizando como fondo la música de una ópera italiana del siglo XIX llamada La gazza ladra, haciendo del componente sonoro un efecto importante para matizar la escena. Aunque es sabido que en la obra fuente la música también es un elemento fundamental –ya que es lo que inspira a Alex para llevar a cabo el arte de la violencia– en la película reaparece de  forma distinta. Por ejemplo, en la parte en la que llegan a la casa del escritor, Kubrick usa como fondo la pieza Singin´ in the Rain que es cantada por Alex mientras hace una especie de claqué, y que nunca aparece en la novela, dando con ello un mayor realce al acto de crueldad en sí mismo y al humor negro que caracteriza al personaje. También vale la pena notar que en esta escena no existe ningún elemento de metaficción, puesto que no se revela lo que está escrito en la página de la máquina de escribir que Alex simplemente tira al piso con todo y la mesa que la sostiene; con esto, se elimina la anticipación de lo que ocurrirá después con el protagonista y se ofrece al espectador una trama con menos complicaciones.

También resulta interesante mencionar que en la película, la obsesión sexual de Alex –como representante de su generación– es reforzada a través de diversas imágenes fálicas y vaginales, mientras que en la novela es más bien a través de los actos sexuales y el uso de ciertas palabras como “yarbles” (testículos) e “in-out-in-out”. Para ejemplificarlo, se puede mencionar que al inicio de la cinta se hace un acercamiento del rostro del protagonista para luego ir alejando la cámara y mostrar a los droogs bebiendo leche con sus escudos protectores genitales entre varios maniquíes de mujeres desnudas, que enseñan sin pudor su sexo y sus senos. Además, la máscara que utiliza Alex durante sus ultrajes tiene una nariz claramente fálica; el mural con hombres semidesnudos en la planta baja del edificio donde vive tiene dibujados penes con gis blanco entre sus nalgas y bocas; su mascota, la boa constrictor, dirige su cabeza hacia las piernas abiertas del cuadro de una mujer desnuda en su habitación cuando llega al departamento por primera vez, donde también se observa una figura de cuatro cristos desnudos, abrazados como si estuvieran bailando; las chicas que conoce en la tienda de discos están chupando paletas que emulan falos de manera sugestiva, y la mujer que  asesina en medio de varios gatos es sometida mediante golpes en la cabeza con una escultura de arte moderno, que por supuesto tiene la forma de pene con todo y sus testículos.

Otro cambio relevante está constituido por la frecuencia en el uso de expresiones cuyo significado debe ser deducido por el lector, mientras recorre las páginas del libro y que, aunque aparece representado en la película, no es tan abundante como en la novela, especialmente al inicio. Este vocabulario –el Nadsat, que en ruso significa “adolescente”–representa uno de los aspectos más llamativos de la novela no solo por ser parte de un entorno cultural específico, sino también por su origen, que en la mayoría de los casos se relaciona con el ruso como se muestra en los siguientes ejemplos:

PalabraSignificadoOrigen (ruso)
BaboochkaMujer viejaBabooshka/abuela
BitvaBatallaBitva/batalla
BritvaNavajaBritva/navaja
DroogAmigoDroog/amigo
KartoffelPapasKartofel/papas
KrovvySangreKrov/sangre
MalchickMuchachoMalchik/muchacho
PletchoHombroPlecho/hombro

Hasta cierto punto, parecería lógico que en la película no se utilice tanto este vocabulario, puesto que el espectador de cine no tiene el mismo tiempo para procesar el significado de las palabras como lo puede tener el lector del libro; sin embargo, Kubrick pudo haber usado elementos visuales y sonoros para brindar el entendimiento de un vocabulario más amplio, como lo hizo con algunos de los términos más frecuentemente utilizados en la novela. Adicionalmente, con esto tampoco orienta al espectador hacia el principal conflicto de la época entre el bloque occidental –Estados Unidos y los países de la OTAN– y el oriental –la Unión Soviética y los integrantes del Pacto de Varsovia: la Guerra Fría, que se extendió desde mediados del siglo XX hasta 1991. Por ello, pareciera que el director y guionista de la película le restó importancia al uso de galimatías –y por ende a su aspecto simbólico–para brindar mayor peso a la música de fondo y los efectos visuales, con lo que logró no solo que la obra fuera comprendida más fácilmente, sino también que tuviera una aceptación más amplia que el libro en esa época, ya que como dice Burgess en la introducción a su novela,

Primero publiqué la novela La Naranja Mecánica en 1962, lo que debería ser lo suficientemente lejano en el pasado para que fuera borrada de la memoria literaria del mundo. No obstante, se niega a ser borrada, y probablemente la principal responsabilidad de ello la tiene la versión fílmica del libro hecha por Stanley Kubrick… Parece que va a sobrevivir, mientras que otros trabajos de mi autoría que valoro más muerden el polvo.8

La amargura que se puede llegar a notar en esta afirmación nos dirige hacia otra de las preguntas que Leitch hace: “Si la película trasciende a su fuente literaria original, esa fuente, sin importar la justicia con la que haya sido eclipsada por la película, ¿merece una consideración más próxima como interesante por derecho propio?” En el caso de A Clockwork Orange, evidentemente sí, no solo por elementos como la jerga que utiliza o el último capítulo que nunca aparece en la película, sino también por todo lo que esto simboliza y que otorga al libro un lugar entre las 100 mejores novelas de habla inglesa del siglo XX.9

Notas: 

1.Elliot, Kamilla. “Literary Film Adaptation and the Form/Content Dilemma” Narrative across Media, Lincoln and London: University of Nebraska Press, 2004, Print. 220-243.
2,3,4,8.Burgess, Anthony, A Clockwork Orange Resucked, Estados Unidos: W.W. Norton, 1986, pp. ix, xii, xiii.
5.Burgess, Anthony, Flame into Being: The Life and Work of D. H. Lawrence, London: Heinemann, 1985, p. 205.
6.Beristáin, Helena, Diccionario de Retórica y Poética, México: Editorial Porrúa, 2010.
7.Leitch, Thomas, “Adaptation Studies at a Crossroads”, Adaptation, Vol. 1 , No. 1, pp. 63 – 77.
9.A Clockwork Orange ocupa el puesto 62 según una lista de novelas publicadas en inglés desde el año 1900 compilada por el consejo editorial de “Modern Library” de Random House.

Obras consultadas:

Burgess, Anthony, A Clockwork Orange, Estados Unidos: W.W. Norton, 1986.
Kubrick, Stanley, A Clockwork Orange Movie Script, 1971.
Sitios Web: http://soomka.com/nadsat.html

Sobre las Metamorfosis de Narciso y Hermafrodito

Sin duda, de las deidades menores que existen en las mitologías griega y romana, las ninfas destacan no solo por estar intrínsecamente conectadas con la naturaleza, sino también por su belleza y la pasión hacia los hombres que en muchos relatos se les atribuye. De entre ellos, es posible destacar dos que aparecen en las Metamorfosis de Publio Ovidio Nasón1; el de Narciso y Eco, dentro del Libro tercero, y el de Hermafrodito y Salmacis, contenido en el Libro cuarto. Ambas historias se entrelazan por el amor ardiente que las ninfas profesan a unos adolescentes, quienes, por tratar de resistirse a la atracción física que sienten por ellos, provocan que sus formas2 los lleven a una transformación irreversible.

Así, en los dos casos Ovidio se encarga primero, de describir al objeto del deseo; Narciso había sido engendrado por Liriope, una ninfa de gran belleza y el río Cefiso, mientras que Hermafrodito por la diosa Citerea y Mercurio, el dios mensajero identificado con Hermes en la mitología griega. De esta manera, ambos se presuponen como seres hermosos por tener ascendencia en deidades, aunado al hecho de su juventud virginal de tres lustros; además, el poeta se encarga de evidenciar que no por ello escapan a los defectos humanos, y les adjunta características que nos remontan a los pecados capitales: la soberbia a Narciso y la ociosidad a Hermafrodito. En el caso del primero, incluso se anticipa que esto va a ocasionarle algún tipo de percance fatal, pues al preguntar al famoso profeta Tiresias si Narciso «habría / de ver, luengos, de su senectud madura los tiempos, / el vate fatídico: “Si no se conociere”», responde (III, 346-348). Continuando con una estructura similar para ambos relatos, pasa ahora a narrar la esencia de las ninfas cuyas pretensiones serán dirigidas a los dos jóvenes; por un lado, está Eco, una ninfa sonora que fue sorprendida por Juno en brazos de Júpiter (Zeus en la mitología griega), y por ello condenada por la esposa enfurecida a no poder conversar, y a repetir solo las palabras que otros dijeran; por el otro, está Salmacis, una ninfa que no atendía el oficio que debía, pues

Una ninfa lo habita mas no a cazas idónea, ni que arcos

doblar, ni que suela contender en carrera, y la sola

de las náyades3 no conocida a la célere Diana.

(IV, 302-304)

Algo interesante acerca de ambas es que son ninfas únicas, es decir, que la forma que las caracteriza no se comparte con ninguna otra ya sea por designio de los dioses (en el caso de Eco) o de la natura (en el caso de Salmacis).

Entonces, una vez presentadas las formas de los cuatro personajes, se procede a la acción en la que las ninfas arden en deseo al ver a sus respectivos mancebos, quienes no corresponden sus intenciones por diferentes causas. En el caso de Narciso es por la propia soberbia, pues llega un momento en que se menciona que, al querer abrazarlo Eco, «Aquél huye, y huyendo: “Las manos de los abrazos retira; / moriré antes -habla- que tengas poder sobre nosotros.”» (III, 390-392). Esta última frase, “poder sobre nosotros”, implica no solo la clara intención de desprecio por parte de Narciso sino también la consideración de su persona como más que uno, como si el amor a sí mismo (del cual se tenían antecedentes pues nunca había cedido al amor de “joven o niña”) ocasionara la existencia de dos seres dentro del mismo cuerpo. Respecto a Hermafrodito, es evidente que él se intimida ante Salmacis por mera inexperiencia, ya que después de que ella le ofreciera recostarse sobre las flores «Calló tras esto la náyade; el rubor marcó el rostro del niño / (pues no sabe qué es amor), más también sonrojarse sentábale» (IV, 329-330).

Así, una vez determinadas las razones de sus deseos de alejamiento, Eco decide ir a lamentarse al bosque, pero no sin antes suplicar a los dioses que su desprecio sea vengado:

De allí alguien despreciado, las manos al éter4 alzando:

‘Que así ame él mismo, sea justo; así no de lo amado se adueñe’,

Había dicho; a sus preces justas, la Ramnusia5 asintió.

(III, 404-406)

Por su parte, Salmacis recurre al engaño y, tras pretender alejarse mientras lo observaba a través de las ramas, Hermafrodito se desnuda para regodearse en las ondas del agua. Ante esto, la ninfa no resiste sus pasiones y se arroja hacia el joven, a quien abraza sin cesar como adhiriéndose, a pesar de que éste trata de repelerla, mientras exclama

‘Aunque pugnes, ímprobo –dijo-,

no huirás, empero; así lo mandéis, oh dioses, y a ése

ningún día de mí, ni a mí me separe de ese!’

Sus votos tuvieron los dioses;

(IV, 370-373)

Al observar ambos textos, es posible distinguir elementos en común; primero, que las dos quieren algo que se resiste a ser poseído, lo cual tiene que provocar un cambio en ellas mismas, en los jóvenes o en ambos; segundo, que imploran a los dioses por tener una resolución a su problema, y tercero, que los dioses las escuchan y les conceden su deseo. Con ello, comienzan las transformaciones; Narciso se enamora de sí mismo sin poder tocarse en el reflejo del agua, y Hermafrodito se funde con Salmacis:

Y mientras ansía calmar su sed, creció una sed diferente;

y mientras bebe, por la imagen de su vista forma robado,

la esperanza sin cuerpo, ama; cuerpo juzga lo que es onda.

La metamorfosis de Hermafrodito y Salmacis, Mabuse (1517)

Se pasma él mismo de sí, y con el mismo rostro, inmutable,

se fija, como una estatua de pario mármol formada.

(III, 415-419)

Como si alguien reúne con la corteza las ramas,

las mira unirse, creciendo, y desarrollarse igualmente;

así, cuando en el abrazo tenaz se fundieron sus miembros,

no son dos sino una forma doble, porque ni hembra ser dicha

ni niño pudiera; y ninguno de los dos, y ambos, parece.

(IV, 375-379)

Al final, Hermafrodito pide a los dioses que cualquier otro varón que toque las aguas de esa fuente “de allí salga semivarón, y en las tocadas ondas se ablande de súbito” (IV 385-386); en cambio, Narciso muere a causa de su incapacidad de amarse en cuerpo, y tras llegar al averno “Allí también, después de que en la inferna sede fue recibido, / se miraba en el agua estigia6” (III, 504-505).

De esta manera, las metamorfosis que ambos adolescentes tuvieron los condujeron a mudar sus formas en otros cuerpos, significando para Hermafrodito fundirse con aquella que lo deseaba, y para Narciso fundirse consigo mismo, teniendo en los dos casos la imposibilidad de consumar el amor que les fue profesado.

Notas:

1Ovidio, Metamorfosis, Edición de la BIBLIOTHECA SCRIPTORVM GRAECORVM ET ROMANORVM MEXICANA, dirigida por Rubén Bonifaz Nuño y Bulmaro Reyes Coria, UNAM, 2008

2 “La forma, así entendida, es la esencia y la sustancia de las cosas, lo que siendo ellas mismas les da su única realidad posible”, Rubén Bonifaz Nuño, Introducción a las Metamorfosis, p. XI

3Son ninfas de agua dulce, protectoras de los ríos, las fuentes y los arroyos.

4Es el aire más puro, ligero y elevado respirado por los dioses, en contraste con el más denso y contaminado que se respira en el mundo de los mortales.

5Es otro nombre otorgado a Némesis quien, como diosa de la justicia retributiva, castigaba a los que no obedecían a las personas que tenían derecho a mandarlas.

6Un río del Hades en el inframundo griego.

La inevitabilidad de una muerte anunciada

“El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros.”

Así inicia Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez, que entre la ficción y la percepción de la realidad ―que al final es otra forma de ficción― narra los eventos que llevaron al asesinato de un joven de ascendencia árabe, acusado de haber “manchado” el honor de una mujer desposada.

En esas primeras líneas, no solo se anticipa la tragedia misma, sino que además se vislumbra, entre sueños, que la víctima de los gemelos Vicario presintió el evento funesto que acaecería sobre él tan solo algunos minutos más tarde (como se suscita en diversas tragedias griegas e isabelinas, donde, aunque el protagonista reciba señales de su destino fatal, no puede hacer mucho para evitarlo).

Para quienes no hayan leído la novela, esto no es un spoiler, pues siempre se sabe que lo van a matar, y muy pronto en la narrativa se sabe por qué; sin embargo, lo que retiene al lector hasta que termina, es la descripción de los eventos que conducen a su muerte, así como la reacción de los diferentes y nutridos personajes del pueblo donde suceden los hechos, una vez que se percatan de la intención de quienes sienten agravio, y que origina en estos últimos el deseo de matar a Santiago Nasar.

Esto es, a mi parecer, lo que mantiene la tensión en el transcurso de la lectura, pues, a pesar de que la gran mayoría de los personajes saben que hay un deseo de muerte, no hacen nada por evitarlo, ya sea porque no lo creen, porque no saben cómo, e, incluso, porque consideran que es una causa justa. Con ello, García Márquez nos introduce al entorno de un lugar como muchos en América Latina, donde todavía subsisten bellos paisajes y tradiciones ancestrales, pero también ideas machistas y supersticiosas ―en muchos casos por arraigo a la religión― sobre el matrimonio, los roles de género, y las jerarquías sociales. Por ejemplo, el narrador de esta crónica literaria cuenta que su madre consideraba a las hijas de la familia Vicario ―de la que sobresale Ángela por simbolizar la causa del conflicto― como las mejores educadas, ya que “Cualquier hombre sería feliz con ellas, porque han sido criadas para sufrir.”

Así, esta obra que fue inspirada por hechos reales acontecidos en el departamento (equivalente a “estado” en México) de Sucre, Colombia, a mediados del siglo pasado, nos transporta a un realismo crudo, más que mágico, sobre lo que puede surgir de forma violenta en comunidades relativamente pequeñas y aisladas ―y que no solo se limita a los pueblos― a causa de lo que unos y otros perciben como una ofensa al honor.

Atardecer en Tolú, Sucre, de De Williamzarza – Trabajo propio

Si no la han leído, ¡por favor háganlo! Si ya la leyeron, ahora es un buen momento para volver a hacerlo.

Mi primera pandemia, mi primer libro -Parte II

La pandemia, sigue, y el curso inicial de mi libro, también. En la entrada anterior, compartí un poco de cómo inició la idea de publicar Paradise Lost: la otredad de Dios en la figura trágica de Satanás, así como algunos pormenores sobre las interacciones iniciales con la editorial. Ahora, quisiera contarles el porqué del retraso en la publicación, que vio la primera luz hasta inicios de noviembre de este año (a pesar de haber iniciado con todo el proceso desde enero).

Primero, y como es sabido por todos, el confinamiento obligado por los posibles contagios de COVID-19 hizo que la gran mayoría de las empresas y negocios tuvieran algún tipo de disrupción operativa -desde enviar a sus empleados a casa, hasta cerrar temporalmente- y ello ocasionó que Editorial Samarcanda, con sede en Sevilla, España, también pasara por un episodio de shock y confusión, con la subsecuente suspensión pasajera de sus actividades. En paralelo -y en parte como consecuencia de mi propia interrupción de labores- vino a mi mente un cambio no mayor, pero que sí requería un importante nivel de detalle, que juzgué necesario dado el idioma central de mi libro: el español. Y probablemente se preguntarán “¿que el libro no estaba ya en español?” Pues sí, efectivamente lo estaba; solo que los versos del poema épico Paradise Lost, que usé para respaldar y ejemplificar mis argumentos, estaban en su lengua original: la inglesa. Entonces, me dí a la tarea de traducirlos con el único propósito de facilitar su acceso a una mayor cantidad de lectores y, especialmente, a quienes se acercaran a este poema épico por primera vez; así, dichas traducciones nunca tuvieron la intención de reproducir la poética de su autor, John Milton, ni la de representar su composición literaria sino, más bien, la de mostrar aspectos ideológicos y descriptivos que apoyaran la comprensión de los espacios – como el Cielo, el Infierno y el Paraíso- y personajes -Dios, Satanás, Adán y Eva, entre otros- que conforman esta gran obra.

Abdiel y Satanás, Gustave Doré, s. XIX

Como imaginarán, esto me tomó varias semanas que pude dedicar casi por completo a este ejercicio de traducción, gracias a la inactividad en mi otro trabajo, aquel que afortunadamente ya se reactivó y que, dicho sea de paso, no tiene nada que ver con la literatura. En fin, después de resolver los conflictos internos que me generaron la ardua elección de palabras y la construcción de versos que hicieran sentido -y que a la vez no demeritaran lo escrito por el gran poeta inglés- envié lo que, según yo, sería ya la versión final de la tripa; sin embargo, no lo fue, puesto que faltaba realizar corrección de estilo en diversas partes del texto; reacomodar las notas a pie de página para que correspondieran a lo marcado originalmente; incluir algunas imágenes de grabados y pinturas inspiradas en el poema -y que también fue una ocurrencia mía durante el transcurso del confinamiento-; revisar y reorganizar ciertos contenidos y, finalmente, aprobar -ya en septiembre- lo que ahora puedo tener impreso en mis manos con gran orgullo y satisfacción.

No menos importante fue la noticia por parte de la editorial cuando el libro ya estaba disponible en formato digital, el de ebook, pues sentí que lo que había esperado por tantos meses, lo que se había convertido en mi objetivo principal a lo largo de la pandemia, empezaba a transformarse en parte de mi realidad; además, fue el más bello despertar tras una larga noche de sueño -literal y metafóricamente hablando- porque, debido a la diferencia de zona horaria entre Sevilla y la Ciudad de México, recibí la buena nueva mientras los primeros rayos de sol hacían su entrada a través de la ventana de mi habitación.

Todavía vienen los siguientes pasos, que básicamente consisten en tener la versión impresa disponible a nivel global -ya que por ahora solo se adquiere con facilidad en México y España-, ampliar la oferta digital en otras plataformas como Amazon, continuar con la difusión y, a inicios de 2021, organizar una presentación -tal vez presencial- en alguno (o algunos) de los tantos espacios culturales que existen en la ciudad que habito.

Así, y aunque aún quede mucho por hacer, ahora puedo decir que ya cumplí una meta más en mi vida, a la que seguirán otras mientras siga resurgiendo de mi Caos cerebral esa capacidad de escribir, ese deseo que nace en los adentros de mi microcosmos para que, después de haber pasado por el Cielo y el Infierno, recupere el Paraíso en esa otredad incansable del ser.

Imagen del universo, como fue concebido en Paradise Lost de John Milton (tomada de la versión editada por Merrit Y. Hughes en 1962).

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Paradise Lost: la otredad de Dios en la figura trágica de Satanás (fragmento)

CAPÍTULO 2: Satanás como el otro de Dios

Macbeth gave Satan his proleptic anguish, Iago his sense of injured merit, and Edmund a desire to stand up for bastards. Yet Hamlet gave Satan, Satan: the prison-house of the self.
Harold Bloom, Anatomy of Influence

I.                   La otredad en Paradise Lost

Ciertamente, lo otro constituye uno de los elementos esenciales en la construcción de la trama dentro de Paradise Lost no solo por tener como eje central el evento de la caída del hombre, y hacer uso de otras creencias religiosas de su tiempo para alcanzar la revelación poética, sino porque es precisamente a través del orgullo herido de Satanás y de la desobediencia de Adán y Eva —ambas ante la mirada de Dios— que, tras ejercer la capacidad de libre albedrío, la otredad del bien y el mal se origina. Para representar esta dualidad, Milton recurre a diversos actantes y espacios literarios que evocan alguna de las virtudes o vicios de su interés, y que por ende se relacionan con lo que es aceptable desde su perspectiva ética. De ellos, es conveniente revisar algunos que se complementan, se contraponen o simplemente se identifican como diferentes para entender el manejo de la otredad en su obra: Cielo-Infierno, ángeles-diablos, terrenal-divino, masculino-femenino y bien-mal.

El Canto I de Paradise Lost inicia con un lamento del poeta por “la primera desobediencia” de quienes representan el objeto, es decir, de Adán y Eva, para luego preguntarse quién causó tal infortunio y señalar a la “serpiente infernal”. Con esta afirmación se intuye que, aunque la maldad es conocida por la raza humana después de comer el fruto prohibido, esta no tuvo su origen ahí, sino en aquel que seduce a Eva para transgredir la ley impuesta por Dios: Satanás, o, en términos actanciales, el sujeto. Posteriormente se conoce que este último no lo hizo para ocasionar el mal a los seres humanos de forma directa, sino para vengarse de quien lo expulsara del Cielo el oponente— tras saber que el Paraíso y sus habitantes eran parte de sus creaciones más preciadas. Entonces, la otredad bien-mal pasa de la idea a la acción cuando Satanás siente su mérito dañado por el derecho que Dios otorga al Hijo —quien representa la mirada de un tercero en la relación Dios-Satanás— y organiza la revuelta con el propósito de derrocar al Padre. Así, toda vez que ocurren los eventos de desacato (y después de la guerra en el Cielo) la otredad moral también se constituye físicamente por dos espacios en principio opuestos: el Cielo y el Infierno, a lo que se añade uno intermedio y ambivalente toda vez que pierde su estatus de Edén: la Tierra, en donde Pecado y Muerte —como destinatarios del objeto— acechan a los ahora seres mortales.

Dentro del sistema geocéntrico de Ptolomeo, el Infierno no tenía un lugar asignado; sin embargo, Milton lo utiliza como modelo para concederle un espacio en la parte más distante, “Tan apartado de Dios y la luz del Cielo / Como tres veces del Centro al Polo más lejano”,[i] es decir, a tres veces la distancia de la Tierra a la décima esfera. Con este antecedente se revela un deseo consciente por parte de Dios —y tal vez por parte del propio Milton— de confinar lo maligno tan lejos de la luz del Cielo como sea imaginable para ubicarlo en lo más hondo del universo, incluso más allá del Caos. Este espacio, el Caos, se suponía como una región similar en dimensiones al Empíreo pero ocupada por materia informe, en un abismo confuso y agitado debajo del cosmos en el que se mezclan desordenadamente los átomos de los cuatro elementos (aire, agua, tierra y fuego) sin que lleguen a formarse, y que es “El Vientre de la naturaleza y tal vez su Tumba”.[ii] Una idea de cómo se imaginaba el universo bajo la teoría miltoniana en Paradise Lost puede observarse en la siguiente ilustración:[iii]

En este dibujo es posible advertir la jerarquía cosmológica de manera gráfica ya que el orden, de lo más alto a lo más bajo, es: Dios, Cielo, Mundo, Caos e Infierno. Indudablemente, a Dios se le relaciona no solo con la luz sino también con el Sol y el amanecer al alinear la entrada con el este, y representar su omnipresencia con la luminosidad que irradia en todas direcciones; luego, está el Mundo que cuelga de una cadena de oro y se conecta con el Cielo mediante un arco romano, y con el Infierno a través de un ducto que cruza a lo largo del Caos, hacia la zona más baja del cosmos. Así, podría decirse que para Milton existe una conexión directa entre la raza humana y Dios, y otra indirecta con Satanás que se logra al pasar por la región más confusa y sombría del universo que, adicionalmente, es la región a partir de la cual se forma la Tierra. Si el Caos es el origen de la naturaleza y tal vez su tumba, y si como afirma Adbiel en el Canto VI “[…] Dios decreta, / O la Naturaleza; Dios y la Naturaleza ordenan lo mismo”,[iv] ¿significa que Dios también emana del Caos? Más allá de intentar una respuesta, el hecho de que el Caos sea el origen del Mundo y la Naturaleza hace pensar que en él se encuentra toda la materia prima del universo y la vida, por lo que su influencia se presenta de forma física e inmaterial en los seres divinos para dar lugar a las estructuras corpóreas, pero también a lo confuso y oscuro, como el deseo y el inconsciente.

Dentro de Paradise Lost, el Infierno es mencionado por primera vez en la voz del poeta para revelar dos de sus características primordiales: 1) que no puede esconderse a la vista del Cielo ―como el ojo que todo lo ve, a pesar de no ser visto― y 2) que se encuentra en un lugar profundo que evoca oscuridad y destierro. Después, una descripción más detallada hace imaginar que debe ser un territorio de penitencia; una zona creada específicamente para experimentar, en total magnitud, el efecto producido por la Divina Providencia:

A Dungeon horrible, on all sides round As one great Furnace flam’d, yet from those flames No light, but rather darkness visible Serv’d only to discover sights of woe, Regions of sorrow, doleful shades, where peace And rest can never dwell, hope never comes That comes to all; but torture without end Still urges, and a fiery Deluge, fed With ever-burning Sulphur unconsum’d:[v]  Un horrible Calabozo, redondo en todos lados Un gran Horno en llamas, aunque de esas llamas No sale luz, sino más bien visible oscuridad Que sirve solo para revelar visiones de congoja, Regiones de pena, sombras tristes, donde la paz Y el descanso no pueden morar, la esperanza Nunca llega; pero la tortura sin fin Sigue ansiosa, y un Diluvio ardiente, nutridos Por Azufre siempre en llamas, sin consumirse

Esta descripción no solo refiere algunas características físicas del Infierno sino también los sentimientos que se suscitan al habitarlo; así, se trata de un territorio inmerso en fuego, en medio de una “visible oscuridad” (dado que se creía que las llamas del Infierno ardían, pero no producían luz)[vi] que provoca tristeza y desesperanza entre sombras de penuria…

William Hogarth, Satanás, Pecado y Muerte, 1740. Recuperado de http://www.wikiart.org.

[i] Milton, Paradise Lost, 73-4.

[ii] Ibid., II 911.

[iii] Hughes, “Introduction” en Paradise Lost, p. xxiii.

[iv] Milton, Paradise Lost, VI 175-6.

[v] Ibid., I 61-9.

[vi] En su edición a Paradise Lost, Merrit Y. Hughes cita, entre otros ejemplos, el poema Noble Numbers de Robert Herrick para dar a conocer una creencia del siglo XVII en cuanto al fuego infernal: “The fire of Hell this strange condition hath, / To burn, not shine (as Learned Basil saith)” (p. xxvii).

Mi primera pandemia, mi primer libro – Parte I

Hace tiempo, cuando comencé a escribir el primer libro que he publicado con una casa editorial recientemente, nunca imaginé que sería bajo las circunstancias más atípicas de la vida cotidiana en el mundo: la pandemia de la COVID-19, con el riesgo de contagio que me llevó al encierro más largo de mi existencia; a la costumbre de usar cubrebocas y gel antibacterial cada vez que visito un lugar público, y al alejamiento físico -con el acrecentado acercamiento virtual- con amigos, familia, compañeros de trabajo e, incluso, con la gente desconocida que solía estar a mi lado en las calles, los restaurantes y el transporte público. Esto último es común a todos nosotros, pues nos hemos dado cuenta de que no podemos detener el tiempo a capricho, y de que el coronavirus es un ente natural más que habita en el entorno en donde nos desarrollamos, decaemos y nos levantamos todos los días.

A pesar de todos estos cambios -a los que me he habituado gradualmente- mi libro se salió con la suya, y vio la luz justo el día de cumpleaños, ese 5 de noviembre de 2020 donde recibí el mejor regalo que jamás pude imaginar: el de mi primer vástago impreso y digital, al que espero le sigan varios más para sobrepoblar mi atmósfera con hijos literarios. Pero el alumbramiento no fue fácil; hubo que nutrir el proceso de manera cercana para que fuera creciendo sin muros y barreras, aunque sí con ciertos obstáculos que fue necesario sortear. Pero ¿cómo fue la fecundación para que meses después viera la luz?

Bueno, como nos ocurre a quienes escribimos, tras pasar la mezcla de sufrimiento y júbilo que conlleva crear un escrito satisfactorio a nuestro juicio -pues nunca es perfecto- empezamos con la angustia de compartirlo, de que nuestros amigos-críticos lo lean y, eventualmente, de publicarlo. Así inicié yo, enviando mi versión final a quienes consideré prudente, a revisarlo un par de veces , y a imaginar cómo sería que ajenos y conocidos se acercaran a él desde afuera de mi cabeza. Una vez que concluí ese proceso, que me sentí lo suficientemente seguro como para lanzarlo al público, decidí enviar el archivo PDF -previo registro legal como un libro de mi autoría- a una editorial; sin embargo, lo primero que vino a mi mente fue “¿a cuál?”. Esta no es siempre una decisión fácil y, aunque hay quienes deciden disparar a todos los patos hasta que uno caiga, a mí me gusta segmentar; entonces, decidí buscar aquellas editoriales que pudieran ajustarse al tema del que trata mi libro: el fenómeno del otro visto desde los personajes de Dios y Satanás en Paraíso Perdido de John Milton, uno de los poemas épicos más importantes de la literatura universal, que tiene que ver sí, con literatura, pero también con la religión judeocristiana, la caída de Adán y Eva, el libre albedrío, la consecuente libertad, y el dilema ético entre bien y mal desde la perspectiva del mundo occidental.

¿Qué hice? Comencé a investigar en el universo de la internet qué editoriales manejaban estos temas en específico, y cuáles podrían tener la suficiente apertura para publicar algo semejante. Aunque Random House y Grupo Planeta pasaron por mi mente, sabía que iba a ser más complicado que le prestaran atención; por ello, me fui a editoriales de menor tamaño, con una buena reputación, que se atrevieran a publicar a un escritor novel sin fama ni gloria. Entonces, entré a sus sitios web y les envié mi texto por correo electrónico, o por los medios que tuvieran disponibles, como formularios en los que es posible adjuntar un archivo. Lo mandé a varias casas editoriales hasta que por fin, después de varias semanas, recibí la noticia que tanto había ansiado: “Creemos que tu obra es válida para el catálogo de Samarcanda. ¡Enhorabuena!” ( esto fue copiado textualmente del mensaje que recibí por parte de Editorial Samarcanda, con sede en Sevilla, España). La emoción me invadió; sentí que había triunfado, y que el fruto del árbol del conocimiento se ofrecía a mi paladar solo para degustarlo. En ese momento, no sabía que esa deliciosa manzana estaba aún lejos de recibir mi primera mordida, pues faltaba que pasara no solo por todo el proceso legal y administrativo sino, más aún, por las revisiones, rechazos y aprobaciones de cada parte que integra un libro.

Lo primero que descubrí es que no se trataba de una publicación 100% a cuenta de la editorial, sino de un modelo que involucra “la impresión a demanda, la autoedición, la distribución digital, el marketing con librerías y el micromecenazgo para autores”, es decir, un esquema de coedición en el que yo tenía que aportar una suma de dinero a cambio de 100 ejemplares impresos que, para la calidad que tienen, ahora me parece bastante razonable. Así, firmé el contrato, envié la documentación requerida y, en enero de 2020, comencé a la aventura de convertir un texto a libro con tres tareas iniciales: escribir la biografía para la solapa, redactar la sinopsis, y hacer una propuesta de portada.

La biografía ya la tenía casi lista, pues la había escrito para mi primer libro -uno de historias cortas- que también envié a varias editoriales, sin lograr que se publicara; la sinopsis fue más o menos fácil de redactar, pues había leído el texto completo tantas veces que ya conocía su esencia, al menos para mí (seguramente, quienes lo lean descubrirán cuál es la esencia para ellos) y, finalmente, quedaba la portada, que para mí representa el rostro del libro, la primera impresión y, primordialmente, el acercamiento visual a las palabras contenidas en las hojas de papel. Por ello, pedí a la editorial que buscara entre los grabados de Gustave Doré -un artista del siglo XIX quien, entre sus trabajos más notables, ilustró una edición de Paraíso Perdido– y eligiera aquel que juzgaran más adecuado para el libro, con la ventaja de que además ya son obras de arte del domino público. Entonces, decidieron que sería el siguiente, con lo que yo estuve en completo acuerdo:

La tentación de Jesús, Gustave Doré, s. XIX

Una vez concluidos los tres primeros pasos, tuve un nuevo momento de reflexión sobre lo que había escrito, mientras esperaba que me enviarán la tripa para aprobación, es decir, “las páginas del libro impresas, cosidas y cortadas pero que aún no han recibido cubiertas”. Pero de eso, que entre la pandemia y algunos cambios de última hora que me parecieron prudentes tomó más tiempo del deseado, les hablaré en la Parte II de esta aventura que me condujo a publicar mi primer libro.

Breve Monólogo de Pecado (para su hijo Muerte)

La ciencia no abate a la muerte y la religión no aniquila al pecado. La primera, si acaso, logra retrasar su triunfo al tiempo que se jacta de prolongar la vida, sin juzgar si quien la recibe es meritorio de ella o no; la segunda, apenas y consigue decretar ciertas normas que, constantemente, van en contra de ese deseo que Dios le proveyó a la raza humana.

Pecado, William Blake, s. XIX

¿Dios? Ya no lo recuerdo, a pesar de que él nos haya dejado aquí y estableciera este ethos que solía producirnos tanto placer. Tampoco recuerdo a mi padre, pues él está encerrado allá, en el abismo sin fondo que surgió entre llamas debajo del Caos, de esa zona que contiene todos los elementos que existen y en donde todo está sumido en un espacio confuso. Empero, siento la ascendencia de ambos en este mundo cuyos habitantes sucumben ante nuestra naturaleza, aun si los arcángeles y los ángeles los acompañan sin que la mayoría de ellos lo perciba.

Mi padre, —nuestro padre, querido hijo, tendría que haber salido de su encierro hace varios años ya, pero no fue así; nací yo de él que es diablo y es serpiente; justo después, naciste tú de él y de mí, que soy mujer y soy serpiente, unos momentos antes de que iniciara la batalla en el Cielo de Cielos, para convertirnos en esa triada fortalecida que se opuso a la del Omnipotente. También Milton es nuestro padre, puesto que él nos hizo visibles ante los ojos de la humanidad, aunque ya tarde, tarde para ellos, pero no para nosotros, que deambulamos por aire, tierra, fuego y agua; que atravesamos la vida para liberar el deseo y despojarlos de su carga, de esa carne que llevan a cuestas y que los hace arrastrarse justo cuando menos la necesitan; que les sirve de vehículo para realizar las hazañas más maravillosas o los actos más ruines que ni siquiera yo hubiera podido imaginar.

También hace muchos años escuché a un hombre dictar la sentencia “Dios ha muerto” y me pareció absolutamente absurdo, pero ahora no estoy tan segura de que eso haya sido un engaño. Se suponía que nuestro progenitor regresaría con la mayor de sus rabias, que el Hijo se haría presente por segunda vez, y que nosotros encontraríamos el fin que desde hace siglos tanto anhelo. Pero no, no ha sido así, y seguimos como si apenas hubiéramos comenzado para devorar la carne y roer el alma hasta que ellos, los hijos de Adán y Eva, dejen sus restos putrefactos junto al árbol del conocimiento del bien y el mal sin la menor esperanza de resurrección, al contrario de lo relatado por Miguel al padre original.

Aunque debo reconocer que nuestro padre tiene grandes habilidades para esconderse detrás de varias formas y sustancias, como la de un sapo robusto y rugoso que estira y encoje sus patas tras croar palabras humanas entre los arbustos; la de un cormorán que alegre divisa el suelo que pisan los hombres desde la rama de un árbol, e incluso la de un querubín radiante y en apariencia incorruptible que busca la ruta al Paraíso. Esto me provoca alzar la mirada para preguntarme si no está aquí, en este mundo, suelto entre los que nacen y perecen, entre los que duermen y despiertan dormidos. Nadie, salvo Dios ―que también parece estar dormido― es capaz de hacerlo revelar su propia naturaleza si él no lo quiere; ni Uriel, ni Ituriel, ni Gabriel pueden tener certeza de su presencia a menos que lo rocen o lo toquen con alguno de sus cetros o espadas, que develan la verdad del alma.

Pecado, Muerte y Satanás, Charles Grignon, 1749

¿Acaso será él? ¿Ese que por accidente se convirtió en el hombre más poderoso sobre la Tierra tras gobernar ese país al Norte de América? Quisiera pensar que sí, que es él, porque deseo desde hace mucho mi propia muerte, puesto que aquella ocasión en que nos tuvo ante él por primera vez no reconoció a su propia prole, a nosotros. No lo culpo, porque el deseo furtivo en alguna parte de su ser le provocó engendrarnos en un trance terrible y doloroso, tanto que ni siquiera lo recuerda; aunque como haya sido, cada vez que la Tierra le da una vuelta al Sol, y cada vez que la Luna da una vuelta a la Tierra, yo deseo que esto termine, que la inmortalidad que tengo sobre los mortales concluya para olvidarme del infinito y misterioso macrocosmos, y de este maldito y oscuro microcosmos en el que fui condenada a deambular. Al principio, solía disfrutar verlos sucumbir una y otra vez ante su deseo prohibido, ese que tuvo su origen cuando Eva y Adán probaron el fruto irresistible del árbol más humano y divino que jamás haya existido; luego, no sé después de cuántas lunas empecé, primero, a aburrirme, y más tarde, a sentirme absolutamente ignorada ya que los hombres y las mujeres que aquí habitan ya no necesitan de mí para sentirse inspirados. Pareciera que toda mi esencia ya está dentro de sus almas ―o sus corazones,como la mayoría de estos entes banales suelen nombrarla― porque ya no tengo que acecharlos para que resurja aquello que Dios también les proveyó.

Me parece injusto que con más frecuencia de la que quisiera, muchos de ellos, especialmente quienes más me llaman cuando no están embebidos en un agua que creen glorificar o cubiertos con una sotana que contradictoriamente simboliza la pureza, imputan sus desgracias y malas obras a mi padre y al tercio de ángeles que lo siguieron en su rebeldía, cuando él únicamente les mostró el libre albedrío, revivió eso que estaba en estado latente, pasivo, y que el Todopoderoso les procuró como parte de Su dualidad. Algunos creen que todo se originó con la creación del árbol del bien y el mal, pero no fue así; todo va mucho más allá de aquel suceso en el Paraíso, y llega hasta el inicio del universo que nació de la explosión de materia surgida del Caos, como Dios, que tal vez fue un mero accidente ontológico en medio de tanta confusión. ¿Quién puede saberlo? Le han llamado Aten; Zeus; Júpiter; Mitra;  יהוה o Yahweh o Jehová; el Señor o Jesús o Cristo o Jesucristo; Al-lah o Ar Rajmán o Al Yabar; Jah Rastafari; שם המפורש; Bhagavān; Shivá; Shangdi; Tian; Quetzalcóatl; Kukulkán… Yo, simplemente lo conozco como El Padre porque de él se originó no todo ―porque hay otros mundos y otros universos fuera del espacio que él domina o solía dominar― sino este cosmos finito que los humanos intentan traspasar en vano, en el que circundan los ángeles libremente, en el que estamos tú y yo, hijo mío.

Pero, aunque todos me llaman y saborean el manjar que les ofrezco, no todos sucumben de forma irremediable ante mis artes seductivas. A ellos los odio y los admiro, puesto que intentan alejarse de mí para acercarse a mi sustancia antagónica, y recorren su propio camino sin la influencia de los semidioses. A ellos solo los observo, porque rememoran algo en mi pasado lejano, tan alejado de lo que ahora veo que me parece casi imposible que alguna vez lo haya siquiera tocado…

Satanás, Gustave Doré, s. XIX

La separación de los siameses: una imagen mental del terremoto de 1985

Hacía un calor intenso, incómodo, que escurría mis ganas de estudiar entre el cabello húmedo y la playera del uniforme; parecía que Hipnos me guiaba por ese camino suyo, desviándome de aquel monólogo que la profesora de Historia daba sin ofrecer tregua. No era el único, pues al voltear hacia las filas traseras notaba un compañero que pretendía escuchar mientras a ratos dormitaba; otro que dibujaba siluetas en su cuaderno sin prestar atención, y uno más que miraba una revista sobrepuesta sobre el cuaderno y que despertaba la curiosidad adolescente de los que estaban a su alrededor. Al frente del salón la situación no era muy distinta, aunque sí menos evidente; algunas compañeras escribían (aunque no supe si se trataba de una carta de amor, de sus sueños, de algún chisme escolar o incluso de la clase); otras fijaban la mirada hacia adelante como queriendo incrustar sus pestañas en el pizarrón, y una más, quien era de las más hábiles e inteligentes del grupo, ostentaba un audífono en su oreja izquierda, pues argumentaba que tenía un problema en el oído (aunque más tarde confesara que estaba oyendo música en la radio).

Así transcurría esta lección sobre el pasado de la humanidad, un pasado que había tenido un impacto reciente para mí, para los que estábamos en esa aula, y para la escuela entera. Corría el año de 1986, y ya había comenzado el verano; faltaban solos algunos días para las vacaciones y yo las esperaba más que antes, más que nunca, especialmente por esa elevada e insoportable temperatura que agobiaba mi espacio escolar hacia las horas del mediodía. La razón no era ni la edad, ni el clima en sí mismo; tampoco la crisis económica ni el mundial de fútbol, sino la manera implacable con la que los rayos de sol se conducían entre las láminas de metal del salón, como si estuviéramos dentro de un gran horno destinado a cocinar nuestros todavía tiernos cerebros. A estas aulas prefabricadas les llamábamos “los gallineros”, pues en nuestras mentes evocaban más a un corral de aves domésticas que a un salón de clase no solamente por su forma, sino porque estaban montadas sobre la cancha de fútbol, que era de terracería. Yo iba en una escuela pública, aunque esa no era la razón de las condiciones ergonómicas que en ese entonces padecíamos, sino que se trataba de algo más grande, de un evento que había sacudido a la Ciudad de México —en ese entonces todavía Distrito Federal— hacía menos de nueve meses.

En aquellos días, comenzaba su curso mi tercer año de secundaria en la escuela “República de Chile”, que todavía se erige cerca del cruce entre Calzada de la Viga y Ermita Iztapalapa. En mis días de estudiante, la escuela contaba con tres conjuntos arquitectónicos: el primero —que se ubicaba  al entrar por la puerta principal y virar a mano derecha— era un edificio con una sola planta que albergaba las oficinas del personal administrativo y la dirección; el segundo, que desde el mismo punto de inicio se encontraba del lado izquierdo, tenía tres niveles, y contenía todos los salones de clase; el tercero, que estaba frente al edificio de la dirección, alojaba los talleres de dibujo técnico y estructuras metálicas, entre otros oficios. En medio de las tres construcciones, se encontraban el patio central y las canchas de basquetbol, para rematar al fondo con la cancha de fútbol y los baños, lugares comunes y a la vez prohibidos para aquellos que buscaban intimidad o pretendían realizar actos de rebeldía escapándose a las horas de clase.

El inmueble que correspondía al de los salones no era uno solo, sino dos de la misma forma que habían construido uno contiguo al otro, como si fueran siameses unidos por los costados de sus cuerpos. En el segundo piso estaban las aulas de primer año, en el primero las de segundo, y en la planta baja las de tercero. Los alumnos de segundo eran los peores según la mayoría de los maestros, y especialmente de los prefectos, pues decían que ya habían superado el proceso de adaptación a la secundaria, y que no les importaba el examen de admisión a la preparatoria, asunto que a los que íbamos en tercero —y teníamos la posibilidad de seguir estudiando― comenzaba a preocuparnos.

Yo vivía a unas diez cuadras de ahí, en el hogar familiar, y mi papá tenía el hábito de conducirme en su auto hasta el acceso principal antes de irse a su trabajo. La hora de entrada era a las 7:30 de la mañana, razón por la que solíamos salir diez minutos antes, pero, en la mañana del 19 de septiembre de 1985, los eventos transcurrieron de forma dramáticamente distinta. A las 6:45 AM, mi mamá me dio el tercero de tres avisos en el que me advertía sobre la posibilidad de llegar tarde a la escuela. Entre sueños, finalmente conseguí despegarme de la cama y avanzar hacia el baño que solamente yo usaba a esa hora, pues tenía la fortuna de ser el hermano menor de otros dos que se regían por un horario distinto. Así, tomé un baño raudamente, y me dirigí de nuevo a mi recámara para vestirme alrededor de las 7:05.

La rutina seguía su curso. Tras peinarme, bajé a desayunar tranquilamente. Tomé un jugo de naranja, una rebanada de pan con jamón y un huevo tibio, mientras mis padres escuchaban las noticias matutinas en la radio. Terminé con el desayuno y me dirigí al baño para lavarme los dientes, con lo cual concluí cerca de las 7:15, listo para tomar mi mochila y subirme al auto de mi papá. Hasta aquí terminó todo lo que pude haber anticipado con certeza la noche anterior. Tomé mi mochila y, al agacharme para colgarla sobre mi hombro, sentí un mareo; volteé a ver a mis padres y ellos se miraron entre sí abriendo los ojos más de lo usual. Percibimos el movimiento ondulatorio del piso, luego trepidatorio. El comentarista en la radio anunciaba que estaba temblando.

El suelo comenzó a moverse más fuerte, más rápido; despertaron a mis hermanos y los cinco nos colocamos debajo de vigas sostenidas por muros de carga. De pronto, el comentarista fue silenciado por la suspensión de energía eléctrica y, en contraste, la naturaleza provocó una diversidad de sonidos que arrancaron los dios mío y las voces de angustia de la garganta de mis padres: crujidos en las paredes; macetas cayendo; lámparas oscilando; agua desbordándose de una pecera; alarmas de autos; aullidos de perros. El movimiento se hizo más intenso hasta que ya no hubo nada que decir; solo se podía esperar. Esperar lo que fuera. Nos abrazamos, hasta que poco a poco se fue deteniendo. Algunos minutos después, que sin duda han sido de los más largos de mi vida, regresó un silencio casi absoluto, una aparente calma que solo era irrumpida por el acelerado latido de los corazones.

Antes que cualquier otra cosa, mi papá —como buen ingeniero— decidió revisar rápidamente la casa en busca de fisuras, grietas y cualquier otro tipo de daño estructural a causa de las salvajes vibraciones de la superficie terrestre que recién nos había sacudido. Para nuestra fortuna, solo había un par de cristales rotos y una grieta en el recubrimiento de una pared; “nada grave”, dijo mi papá con cierto alivio. Ya pasaba de las 7:30 de la mañana, por lo que salimos de la casa y subimos al auto para ir camino a la escuela. Mientras esto sucedía, comencé a sentir emoción, pues ya había experimentado sismos en el pasado, y ello normalmente animaba la conversación con los compañeros de clase. Entonces no estaba al tanto de lo que había ocurrido.

Emprendimos la marcha por la ruta de siempre; los árboles seguían de pie, los postes de luz se mantenían unidos unos con otros a través de los cables, y las casas no mostraban daños visibles. Llegamos a la Calzada Ermita Iztapalapa, la cruzamos, y continuamos por una calle perpendicular, para luego girar a la derecha con dirección a Calzada de La Viga. No había ninguna novedad hasta ese momento, pero, al estar sobre La Viga, comencé a ver gente corriendo; algunos eran adultos, y muchos otros adolescentes como yo, con uniformes de suéter verde sobre un fondo blanco, y vestimenta gris a cuadros de la cintura hacia abajo. Pude notar rostros desesperados, lágrimas, pesar, pero lo que más llamó mi atención fue una niña de tez morena clara, sola, de estatura baja y con cabellos negros, rizados, que se movían delicadamente por el accionar del viento. Creo que era de primer año. Estaba de pie, con algo de polvo sobre sus ropas y completamente inmóvil, como si esperara que su condición de piedra le salvara de repetir una y otra vez en su cabeza la escena que acababa de presenciar.

Conforme avanzábamos, se empezó a dibujar sobre la calzada una nube gris con tonalidades blancas, que crecía hacia arriba de la calle y se desvanecía en el cielo, mientras de ella salía más gente llena de polvo y desconcierto. Al llegar al frente de la escuela notamos que, si bien pudo haberse confundido con un campo de guerra, nada había explotado, empero, los dos edificios en los que se encontraban los salones de clase se habían derrumbado por completo. Nos detuvimos por un momento en frente del caos, en el que traté desesperadamente de encontrar con la vista a algún amigo, a algún compañero que hubiera estado ahí, pues yo necesitaba saber cómo había pasado, saber si alguien ya estaba adentro, o si podíamos esperar un evento más trágico de lo que ya era. No vi a nadie conocido y, de haberlo visto, no sé si hubiera podido articular alguna oración coherente. Luego, mi padre dijo que debíamos regresar a la casa, porque quería volver a revisarla. Yo me quedé callado, imaginando todo. Seguimos por La Viga y antes de cruzar nuevamente Ermita, nos percatamos de que un edificio de Teléfonos de México, de unos ocho pisos de altura y que estaba casi en la esquina, aparecía con grietas enormes tanto en el muro lateral como en el frontal. Al proseguir, pasamos por una escuela primaria; su pared exterior aparecía totalmente cuarteada, aunque de pie, y con algunos padres de familia e infantes en la puerta de entrada. Por fin regresamos a la casa, y yo todavía no podía creer lo que mis ojos me decían. Fue entonces cuando comprendí la magnitud de lo que había ocurrido.

El resto del día fue gris oscuro; no hubo luz ni agua ni teléfono en la casa, y los sonidos que en la mañana de ese día habían correspondido al terremoto, ahora se transformaron en sirenas de ambulancias y patrullas que el aire propagaba hasta nuestros oídos. Mi madre encontró unas baterías, y las usamos para encender la radio y escuchar lo que había acontecido en otras partes de la ciudad. Así, supimos que se había colapsado una escuela para mujeres cerca de Tlalpan y Taxqueña con alumnas y maestros adentro; que el edificio de la estación que mis padres estaban oyendo justo antes del catastrófico evento cayó, y que estaban usando el entonces estadio de beisbol como patio fúnebre ante la necesidad de albergar una gran cantidad de cadáveres. Todo esto me pareció increíble, surreal, como sacado de uno de los libros de ciencia ficción que mi hermano acostumbraba a leer y, por primera vez, supe que el mundo iba mucho más allá de lo que yo tenía a mi alcance a mis catorce años de edad.

Transcurrieron los días y varias réplicas del terremoto, y con el paso del tiempo comenzamos a ajustarnos a esa nueva realidad, aquella dictada por la madre naturaleza y varias faltas de apego a la normatividad de construcción. Una semana después nos citaron a una junta escolar, en la que entre una cantidad considerable de escombros nos dijeron que nadie había muerto a consecuencia del derrumbe, y que el único lastimado había sido uno de los prefectos, quien se encontraba en el patio central al momento del terremoto y fue alcanzado por una piedra que le fracturó el brazo. Nos explicaron que los edificios se habían colapsado por en medio y habían caído en direcciones opuestas, como si un cirujano hubiera separado a los siameses, sin anestesia y de tajo, para hacerlos independientes uno del otro. También nos informaron que las clases iniciarían en aproximadamente un mes, y que la Secretaría de Educación Pública haría un reajuste al calendario para garantizar que no perdiéramos horas.

Por último, mencionaron que instalarían aulas provisionales en la cancha de fútbol, pues no había una fecha planeada para la reconstrucción de la escuela. Al escuchar esto, yo me imaginé teniendo clase en pequeñas cabañas de madera, tal vez por el recuerdo de las que alguna vez visité en la sierra de Michoacán; sin embargo, mi visión se vio opacada cuando, casi dos meses después, fui presentado ante las estructuras de acero y las paredes de latón que fueron mi segundo hogar durante el último año de la secundaria: los gallineros de la Escuela Secundaria Diurna Número 79, “República de Chile”.