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ÉRASE UNA VEZ… EN UN CORPORATIVO: Crónica de la supervivencia de un ejecutivo en un entorno globalizado (FRAGMENTO)

“Ciertamente miré a Sísifo, teniendo fuertes dolores,
queriendo con ambas manos alzar una piedra monstruosa.
Cierto, apoyándose él en los pies y en las manos,
a lo alto, hacia una colina empujaba la piedra, y, cuando iba
él a franquear la cima, Gravedad lo echaba de vuelta;
otra vez, entonces, al llano rodaba la piedra indecente.
Y él, extendido, de nuevo empujaba: el sudor hacia abajo
le corría de sus miembros, y de su testa el polvo se alzaba.”

La Odisea, Homero, XI 593-600

Sísifo, Tiziano (1576)

1

“Hoy concluye un ciclo lleno de aprendizajes”; “me llevo el grato recuerdo de las personas que conocí”; “nos volveremos a encontrar”; “el mundo es un pañuelo”; “que Dios los bendiga”… Así, adornados con frases comunes, bien intencionadas, cortas y tristes —pero comunes— empezaron a llegar cardúmenes imparables de correos que nadaban por la red cibernética de los mares corporativos. Algunos de ellos eran de quienes solían ser directores; unos más, de mandos intermedios y, la cuantiosa mayoría, de personas en puestos operativos y de ventas, todos con una problemática en común: estaban siendo echados, sin más, de la empresa multinacional en la que trabajaban por la llamada “reestructura”, ese proceso necesario para mantener sanas las finanzas del corporativo y sus accionistas, y dejar a varias familias ante el panorama incierto del desempleo en un país con crisis económicas constantes.

Asterio, o don Terio como le decían quienes estaban cerca de él y elogiaban su trabajo, al menos en lo superficial, fue uno de los últimos afectados tras los treinta y cinco años que llevaba trabajando para la compañía. Antes de la gran despedida, él tuvo más de una oportunidad de irse de ahí y aventurarse hacia otros horizontes laborales, aunque decidió quedarse ya que decía “sentirse en casa”. Sabía que se acercaba una separación dolorosa de magnitudes desproporcionadas, una ola creciente que arrancaría todo a su paso, pero nunca adivinó que el agua también lo arrastraría a él como uno de tantos granos de arena para anunciarle que nada en ese lugar era suyo, que su pertenencia añeja sería drenada de la barrica sin poder degustar el buen vino que había producido, y que esa marca de lealtad aparentemente indeleble se borraría tan rápido de su frente como un tatuaje trazado con tinta fugaz. Aunque era de su conocimiento que el Sr. Jappont ─director general y vicepresidente─ no lo veía como un empleado modelo, nunca pensó que pudiera sacarlo de Dédale, la amada compañía a la que había dedicado tanto tiempo de su vida. Se sentía seguro, ingenuamente protegido por un manto de concreto con fuentes secas y rejas despintadas a su alrededor, en esa posición gerencial a la que siempre había aspirado a pesar de tener una licenciatura trunca, sin darse cuenta de que en realidad no era más que un título asignado por quienes podían quitárselo en un solo día, en un momento de decisiones de negocio y márgenes de rentabilidad, como ocurrió aquella mañana.

 Dédale Sociedad Anónima era un laboratorio farmacéutico de origen francés que se caracterizaba por estar entre las diez empresas con mayor poder económico en su ramo, no solo en el país que nos atañe sino también a nivel mundial, con la misión de desarrollar, fabricar y comercializar medicamentos de alta especialidad; los males que podían tratarse con ellos ─ya fuera mediante el seguro gubernamental, un seguro privado de gastos médicos, o la propia cartera en caso de poder costearlos─ iban del Alzheimer a la enfermedad de Dupuytren, pasando por el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida y la Diabetes. La empresa tenía su oficina matriz en la ciudad de París, lugar en el que Asterio había soñado hacer una estancia que le negaron so pretexto de su casi nulo manejo del idioma objetivo, aun cuando su jefe anterior ─compañero de borracheras del Sr. Jappont y conocedor de algunos de sus más bajos secretos─ había logrado estar allá por un año sin siquiera ser capaz de expresarse adecuadamente en su lengua materna (lo que le sucedía en gran medida a causa de un alcoholismo agudo que trataba de disimular inútilmente con azúcares y químicos en sus horas de trabajo). Su nuevo jefe era el Dr. Keuf, un médico extranjero degradado en rango, y que había sido expatriado a ese país por haber confundido un padecimiento grave con una gripe en una región de Centroamérica; básicamente, su función era la de comandar el área administrativa que daba servicio a los departamentos de ventas y mercadotecnia, y mantenerse atento a las disposiciones ─o caprichos─ de su jefe, el Sr. Jappont, y del encargado general de L’École, una organización mundial creada para apoyar las decisiones de negocio de los “mercados emergentes” ─eufemismo usado para referirse a los países que ellos mismos designaban como tercermundistas─ y cuyo nombre había sido inspirado por la Academia platónica ─con la endeble esperanza de, algún día, llegar a la luz de la verdad en medio del bosque espeso del capitalismo.

Don Terio, quien se encontraba a cuatro años de cumplir los sesenta de edad, había empezado como mensajero, para después ascender a auxiliar administrativo, a representante de ventas, y varios puestos más durante lustros tenaces hasta que le dieran la oportunidad de fungir como Gerente de Asuntos Especiales ─posición que tenía que ver con todos aquellos asuntos que no podían encajar con claridad en ninguna de las otras áreas. Al llegar a tal escaño, comprendió que aquel nombre enmarañado, el de la empresa, no correspondía a una decisión arbitraria, pues los procesos internos constituían un verdadero laberinto que la habían hecho famosa entre otras del sector, así como entre proveedores, consultores y demás personas que tenían trato con su alma máter profesional.

Casi todos temían entrar a ese espacio lleno de atolladeros que se agravara a raíz de un acto de corrupción en Asia, incluso los mismos empleados, puesto que para realizar una actividad comercial o planear un evento social con un cliente, era indispensable obtener autorización de casa matriz, llenar varios formatos, tener salvoconducto de casi todos los directores, y contar con numerosas firmas, sellos y venias que complicaban y retrasaban el trabajo diario con mayor frecuencia de la deseada. Cuando esto último ocurría, siempre era responsabilidad del subalterno que iniciara todo el proceso, y el castigo impuesto por el área de recursos humanos ─a solicitud expresa del Sr. Jappont─ iba desde un acta administrativa hasta la rescisión del contrato laboral, con las debidas excepciones, es decir, exceptuando a quienes eran parte del equipo incondicional del director general. Para describirlo de otra manera, ese “equipo incondicional” se constituía por aquellos que nunca objetaban las decisiones del director y siempre se esmeraban en hacerlo lucir como el gran ejecutivo en todo acto público dentro y fuera de las frías instalaciones del consorcio, además de hacer presencia en sus eventos sociales si eran requeridos ─bares, restaurantes, y tugurios─, comprarle una cajetilla de cigarros cuando esta ya se hubiera agotado, hacer caso omiso de sus tórridos devaneos con la directora médica, y quedarse en la oficina hasta ya entrada la noche, ya fuera por trabajo o para visitar redes sociales y sitios de entretenimiento en internet, con el único propósito de estar con él en esa rutina que iba del amanecer hasta después del crepúsculo vespertino.

Las instalaciones empresariales eran bastas, y ocupaban mayor espacio del necesario debido, por un lado, a los recortes de personal que se daban año tras año ─aunque no con la magnitud del que finalmente alcanzó a Asterio─ y, por otro, a la reciente caída en ventas dada por el lanzamiento de diversos medicamentos genéricos, en un mercado globalizado que previo a ello se encontraba solamente a merced de la guerra de precios entre corporativos multinacionales. Esto obligó al comité directivo de Dédale a disminuir el uso de la capacidad instalada del área de manufactura, así como la importación y exportación de materia prima y producto terminado.

Este medio de subsistencia económica a través de un sueldo, ya fuera de godín o en las líneas de producción, hacía convivir a todos con gente que realmente no conocían, y a quienes en la mayoría de los casos no les importaba si alguno de sus compañeros enfermaba o era despedido, más allá de la inherente y momentánea conmiseración que trataba de minimizarse y abatirse tan pronto terminara el evento funesto. El edificio principal, de un color gris concreto manchado, se encontraba en el centro de la superficie total bordeada por rejas opacas y policías industriales. A consecuencia de una gran cantidad de oficinas y pasillos sin utilizar, se percibía una atmósfera de vacío sistémico que se apoderaba de los empleados cuando el tenue ruido del silencio distraía su atención. Era en esos espacios con un tinte abismal, intensificado por las horas sombrías y la huida de la mayor parte del personal, que se sentía un escalofrío penetrante, una advertencia de soledad ante el aislamiento diario causado por el estrés laboral. Los más supersticiosos e indoctos ─y cuyo oscurantismo no dependía del grado académico que creían ostentar─ atribuían estas sensaciones a un espíritu, al holograma de una infanta que recorría los caminos desolados durante la noche, sin saber que el fantasma que les acechaba no era uno del inframundo, ni de lo sobrenatural, sino de la propia naturaleza humana, y que se manifestaba de manera inconsciente justo cuando quien lo advertía estaba en uno de sus estadios más vulnerables.

Pero ni los laberintos burocráticos ni las apariciones fantasmagóricas ─y ni siquiera el Sr. Jappont con su política sectorial─ aterrorizaban el espíritu de Asterio, después de haber sobrevivido todos los cambios que se le habían presentado año tras año desde su llegada a esas oficinas. Su ingreso a la empresa fue el resultado del azar y la necesidad; al cumplir los dieciocho años comenzó a estudiar turismo y hotelería en una universidad privada de mediano renombre para dejarla dos años más tarde, debido a una combinación entre la falta de vocación y los problemas económicos de su padre, quien era dueño de una farmacia independiente. Esta fuente de ingresos y de elíxires alópatas se vino abajo gradualmente ante la competencia inclemente de una monumental farmacia trasnacional que abrió una sucursal en la zona, con descuentos del treinta o cuarenta por ciento que su propietario no era capaz de absorber. Por esta razón, fue que Asterio tuvo cercanía con los productos farmacéuticos desde pequeño, aunque nunca vislumbró la posibilidad ni de quedarse con el negocio familiar ni de trabajar en algo relacionado con las medicinas, como él solía decir en aquellos tiempos; sin embargo, tenía la obligación de ayudar ciertas tardes que le fueran asignadas después de hacer la tarea escolar, y algunos fines de semana de acuerdo con la disponibilidad de sus hermanos mayores y la afluencia de público, que en el transcurso de su infancia y adolescencia era buena, y a veces bastante buena. Desde hacía ya mucho tiempo, y hasta que la farmacia El Mundo concluyera sus actividades, varios representantes de ventas de diversos laboratorios farmacéuticos solían visitar a Asterio padre, con el propósito de promover sus productos a través de diversos servicios y ofertas; uno de ellos, y el único que se quedó hasta el final, fue precisamente quien lo iba a ver por parte de Dédale, un señor maduro que llevaba veintiún años trabajando para la compañía, y que se jubilaría justo el día en que Asterio hijo cumpliera sus veintiún años de edad. Sabiendo esto ─que interpretó como una especie de señal─ y al enterarse del probable cierre fatal, se ofreció a llevar el currículo del muchacho ─que en aquellos días solo contaba con su licenciatura trunca y la experiencia en la farmacia─ para ver si encontraba alguna posición dentro de la empresa, algún puesto que pudiera ajustarse a su perfil.

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Las entrañas y los perros

No sé, en verdad no lo sé. Pensé que lo sabía, pero ahora sé que no, que todo fue un juego de mi mente, un espejismo, lo que crees saber y que te arrastra por el lodo cuando te das cuenta de que no lo sabes, porque creer que sabes es peor que no saber. Las aguas de la soberbia te cubren hasta llevarte a la cascada de la ignorancia, en una caída libre que a veces dura de aquí al infierno y otras —si tienes suerte y un mínimo de inteligencia— solo hasta el centro de la Tierra. Yo nunca pensé que esto me ocurriría a mí, a mí, que ya con mis siete septenios pregono que lo he vivido todo, que lo he visto todo, solo porque me atreví a hacer más que el promedio de la gente, como tú, o como él, o como toda la masa humana que satisface sus horas de ocio con algo que no es suyo, que se ve reflejada a través de una capa de plasma, y que llena sus vidas con horas-trabajo para que otros se colmen de billetes, para que nos sigan contemplando a nosotros, sus esclavos, comer de su mano y seguir sus normas. Yo pensaba que yo no era así, pero hoy lo supe; lo tuve claro cuando me encontré con varios editores para saber qué les había parecido la copia del libro que les había enviado semanas atrás; sí, de este libro que estás leyendo, pero no fue ahora ni aquí, sino en otro tiempo, que cambia segundo a segundo como el tuyo; que la muerte se va robando a pedacitos o a grandes bocanadas, sin detenerse, sin pausa, sin punto y coma hasta desembocar vertiginosamente en el punto final.

A pesar de esto, de lo que soy en este momento, soy mejor de lo que fui cuando escribí este texto, que no me atrevo a llamar obra; ya algunos críticos han hecho lo suyo y lo han destrozado o lo han alabado, por razones personales o profesionales, subjetivas o lógicas, por intereses económicos o simples preferencias de estilo. Pero ellos solo pueden ver y ver la superficie, solo ven la tinta impresa en la hoja, las hojas secas cubriendo la tierra, porque nunca podrán entender lo que pasó por mi seso cuando tecleaba, y tecleaba, y tecleaba. Tú sí, no porque seas extremadamente analítico, o porque hayas leído a Sartre, Kant y Heidegger, y creas que también los hayas entendido; o porque sepas inglés medio y hayas hecho un extenso ensayo sobre las cinco, seis o siete virtudes caballerescas; o porque hayas memorizado todas las partes del organismo por dentro y por fuera, y hayas experimentado con cuerpos abandonados para saber reparar las piezas rotas del sostén del alma; o porque hagas puentes, máquinas y edificios que la hormiga construye sin haber pasado cinco años, o más, en la universidad. Tú sí lo entenderás porque te lo voy a confesar en estas líneas, y nada más por eso.

Solo debo advertirte que esto ya lo dije antes, pero no hice tanto preámbulo; fui visceral y solo lo dije, y actué por haberlo dicho, por haber revelado este secreto que ya no es, o sí, ya que a pesar de que alguien lo escuchó no lo puede contar, no lo puede escribir ni tampoco actuar tal y como yo lo hice, porque existió en otra época, en otro periodo que fue el de este libro, el de mi memoria perdida, el de la hora cero. Y para revelarlo, yo elegí a muchos, a cualquiera, a alguien que por accidente leyera esto que escribí; pero a partir de este punto, yo ya no te escojo a ti, ya no soy responsable por ti, tú me elijes a mí, porque sigues descifrando estas líneas mientras las lees, porque no quieres dejarlas en la plana materia de la hoja de papel, y quieres que existan, que formen parte de tu microcosmos metafísico, que tu cerebro las engulla.

Eso quisieron los editores, así que tuve que hacerles evidente la esencia de lo que hice, porque aunque sé que en un principio lo entendieron, luego se les olvidó, y ya solo querían vender un producto, un producto de mi mente. Pero toda revelación tiene una consecuencia, la petite mort borra la inocencia, la palabra hablada arrasa al silencio, el pensamiento aniquila la tranquilidad, y la tranquilidad aparente —que nunca deja de ser acechada por la incertidumbre— solo se alcanza en momentos de plena calma o de absoluta estupidez. De cualquier manera, ellos también sufrieron las consecuencias de saber algo, por insignificante que haya parecido, que les transmití con la única intención de lograr el entendimiento de mi trabajo, que inicialmente escribí solo para mí pero que dejé que uno de ellos publicara, y que tú insistes en seguir leyendo.

Era un día como hoy, como ayer, como mañana, envuelto en mi visión futurista-fatalista, no porque posea las habilidades de Tiresias, sino porque siempre repito la misma rutina: me levanto a rastras, tomo agua, voy al baño, me siento en la taza, trato de evacuar, no puedo, camino un poco, me vuelvo a sentar, a últimas lo consigo, me siento aliviado. Me baño, trato de sentirme mejor, me visto, le doy de comer a los perros, devoran hambrientos —no porque les dé poco, sino porque disfrutan la carne, esa carne roja que contrasta con el color plata de sus platos, que se mezcla con las croquetas hasta formar una aglomeración acuosa, que suelta un poco de sangre, sangre que los pone frenéticos. Provoca que les brillen los ojos, que muestren los dientes, que terminen satisfechos, que muevan la cola, que me observen agradecidos. Yo les agradezco de regreso, ya que me ayudan a deshacerme de esa carne, de ese tejido carmesí que cargo sobre mi esqueleto, de esa caterva que tú llevas a cuestas y que a veces te pesa tanto como la existencia misma, de la que quieres que alguien más te libere. Pero ese día, sí, ese que es como hoy, estuve visitando a un editor, a otro, luego uno más y así hasta que por fin logré que se imprimieran algunas copias, unos cientos, algo modesto pero que bastó para esparcir ese alérgeno entre aquellos que trataron de entender mi prosa.

A las 9 AM visité al editor uno, que tenía una antesala con muebles viejos, de tela aterciopelada con distintos tonos rojizos distribuidos en rayas, recordando un tiempo lejano, pero todavía presente, que se enfrascaba en una atmósfera de un rosa pálido poco invitante. Quería salir, huir de ahí, de ese entorno ligeramente hostil, apabulladoramente aburrido, con una sola ventana que daba hacia la calle, en la que me detuve a observar cuanta cosa pasaba para matar los minutos, esos que tenía que dejar escapar por estar esperando a ese hombre, mientras estrujaba esa maleta negra que cargaba conmigo cuando iba a ver editores, con su asa extensible, para llevar mis trabajos, y recoger los suyos. Súbitamente, se abrió la puerta que dividía la oficina del recibidor, y apareció un tipo flaco, con el cabello negro y ondulado, de lentes y vestido casi de la misma manera que los muebles que tanto había detestado. Me sonrió con una ligera mueca que dejaba ver algunos restos de comida, y extendió su mano sudada para saludarme e invitarme a pasar; al cruzar la puerta, no pude evitar sentirme reflejado, porque su oficina estaba llena de espejos, sí, de aterradoras reproducciones mías, pero sobre todo de él, como si tratase de acorralarme en una esquina para robarme algo, algo que nunca iba a poder recuperar, algo que quizás tú ya no tengas cuando termines de leer esto. Él me miraba de reojo, mientras retorcía en pequeñas trenzas su bigote estilo Dalí y me invitaba a sentarme. Al hacerlo, noté que había cuatro lunas que permitían ver el cuerpo completo de pie en cada uno de los muros laterales, colocados simétricamente y que aumentaban la profundidad de la oficina sobre el fondo beige que cubría el yeso. Desde un ángulo lo reflejaban a él, luciendo despreocupado y seguro con todos esos diplomas de cursos, congresos y reconocimientos que colgaban de la pared posterior, y desde otro a mí, mostrando todos mis defectos y casi ninguna de mis virtudes, lo que me produjo una angustia momentánea, terrible, especialmente cuando me percaté de una mancha roja en el costado derecho de mi pantalón; sí, una que no había visto antes, de un fluido espeso, denso. Eso me hizo casi olvidar que él estaba ahí, que empezaba a hablarme de mi estilo, y de cómo se asemejaba a otros estilos que ya habían pasado por sus manos. Seguía hablando de eso y de los problemas que había tenido con otros escritores, en tanto que yo veía mi mancha reflejada y trataba de disimularla, trataba de taparla con la mano, de tallarla, mientras lo miraba de reojo para que creyera que continuaba siendo su interlocutor. Sin embargo, sabía que él se daba cuenta de mi ansiedad, porque podía verme de frente, de lado, por adentro, por todas partes, ¡como tú! A través de esos malditos espejos, y notar la mancha densa embarrada sobre mi ropa. De pronto, clavé mis ojos en los tuyos, y apreté fuertemente mi mano contra la pierna en la zona donde estaba la mancha; primero, sentí una tensión fugaz que se elevó hasta mi cabeza mientras él trató de sostenerme la mirada, y después un relajamiento progresivo cuando la desvió hacia el escrito que sostenía en sus manos; justo ahí, empecé a aflojar mi mano lentamente, a redirigir mi mente, a verte sin miedo, a sentir que estaba retomando el control.

Comencé a escuchar lo que el flaco de lentes me decía, aunque tal vez nunca debí hacerlo. Me dijo que alguien más ya había escrito algo similar, que había tenido buena aceptación, y que ante ello lo mío parecería una vil copia, aunque tal vez no lo fuera. Además, comentó que habría riesgo de que me acusaran de plagio, porque había ciertas frases, ciertas oraciones, ciertas palabras, que, si bien no eran réplica fiel de otros autores, evocaban exactamente la misma idea. Que mi problema era la falta de citas, la carencia de referencias a otros, el espacio vacío que ocuparía el espejo, ese que reproduce mi imagen y detrás de ella la de todos los hombres y todas las mujeres que he leído. Sabía que no me había entendido; entonces, tuve que revelarle la naturaleza de mi trabajo, explicándole sin cesar que, para comprender su contenido, había que sentirlo, comerlo, tragárselo hoja por hoja por hoja, ¡así! ¡Así! ¡Más! ¡Mírate en el espejo! Se rompió el espejo, él estaba extasiado, o yo, a tal grado que parecía que las entrañas se le desbordaban del cuerpo, impresionado, con los ojos abiertos frente al espejo. Le hice saber todo, y al final acabamos exhaustos, mirándonos en los espejos, pero ya no diferentes, sino iguales; él sin poder privarte de leer lo mío, y yo con ganas de que tú lo sepas, para que quedes satisfecho, como mis perros, esos que devoran su comida, que me quitan toda la carne de encima. Regresé a mi casa con lo que el editor uno me había dado por aquello que le dije, o que yo me había llevado, ya no recuerdo, y mis perros ladraban y chillaban, pero todavía no era tiempo de atender sus demandas; faltaban unas horas. Descansé un rato en el sofá; salí de nuevo.

El editor dos, a las 12 PM, ni siquiera me quiso recibir; cuando llegué, me topé con su asistente detrás de un viejo escritorio de madera con bordes metálicos, tan gastados como la pelona del editor que apenas y alcanzaba a ver por la ventana de su oficina, que daba hacia donde yo me encontraba de pie, ahí, enfrente de ese viejo escritorio de madera con bordes metálicos, tan gastados como mis ganas de tratar de hacerlos entender, de quitarte las cataratas de los ojos, de mover el escritorio burócrata de tu cabeza. En todo caso, tras explicarle la razón de mi visita, la señorita asistente se limitó a dejarme saber que los encargados de hacerlo habían leído mi escrito, que les pareció interesante, pero que por políticas de la empresa jamás podrían publicarlo. Entonces, le pregunté si ella lo había leído, y sonrojada me dijo que no, que había querido pero que por políticas de la empresa no pudo hacerlo. Me brindó una bella sonrisa, tímida pero expresiva, como queriendo disculparse por todos los idiotas que trabajaban con ella, y por no poder hacer mucho para cambiar las políticas de la empresa que, según supe después, habían sido impuestas sin consultar a ninguno de los empleados (si algo detesto es el autoritarismo, el abuso de poder, el sometimiento, la falta de empatía, el exceso de confianza en uno mismo, el creerse más inteligente que el resto, sentirse el gran orquestador, y decidir por otros, por ellos, limitar mi libertad, hacerte esclavo, encadenarte sin que te des cuenta). Antes de irme, ella se levantó y me pidió quedarse con la copia del escrito, a lo que, por supuesto respondí que no, que esto no era para ella, que merecía algo mejor, que no quería por leerlo se desfigurara esa bella sonrisa. Salí. Esperé a que diera la 1 PM, pues pensé que el editor dos, ese de la pelona gastada, escondiéndose detrás del escritorio, tendría que salir a comer, o al banco, o a hacer algo que lo sacara de su pequeña madriguera. Casi me iba, era la 1:05 PM, cuando de pronto lo vi: salía del edificio, apresurado; lo alcancé, le dije que no me parecía justo; me preguntó quién era, le dije que yo, el que te va a revelar su secreto, ese que no quisiste ver; le dije ven, háblame de las políticas de la empresa; yo las hice, me contestó; escúchame, le repliqué, siguió avanzando, casi corriendo, yo tras él, se asustó. Seguro sí me había entendido, había descifrado mi trabajo. Corrió, me dijo que estaba loco, llegó al borde de la banqueta, iba a cruzar la avenida, venía un autobús a toda velocidad —solo para ganarle el pasaje a otro que venía detrás suyo; estaba cerca, casi encima de nosotros, él insistía en cruzar, yo quise detenerlo, o ayudarlo, le puse la mano en la espalda, y no supe qué pasó; me bloqueé, me quedé paralizado, ahí de pie, sin poder mover un solo dedo. Él me volteó a ver por un instante; quiso marcharse, el camión no pudo frenar a tiempo, lo arrolló, desparramó tus vísceras por el pavimento, dejó su pelona gastada llena de sangre, llena de vida a pesar de estar muerta, roja, como esa carne que te gusta y te gusta y te gusta. Rápidamente me aproximé hasta el cuerpo, tenía que verlo de cerca, saber cómo había quedado… lo vi, rojo por todos lados, un rojo vivo que contrastaba con su camisa blanca, sudada de sangre. Lo toqué, pensé en llevarme algo, algo de él… tomé lo primero que pude, no fue mucho, pero cupo en mi maleta, esa que llevaba cargando. Me alejé antes de que llegaran los curiosos; el chofer me vio, anoté su número de placa. Le llevaría mi escrito después, le revelaría mi secreto otro día, cuando saliera de la cárcel.

El editor tres, con el que llegué a las 3 PM, tenía aspecto extranjero, y se mostraba orgullosamente alojado en una oficina lujosa, con muebles finos, de piel muerta, bien trabajada pero muerta, negra, tan negra que me hizo meditar sobre la manera en que las vacas habían sido asesinadas, despojadas de su abrigo exterior, dejando expuesta su carne, esa carne roja que te pesa, como esa que mis perros apenas y habían devorado en la mañana de hoy, y que este editor seguramente comía en cantidades considerables. Me recibió muy amablemente y salió un momento para traerme algo de beber; tomé asiento sobre la piel muerta, y miré alrededor, para observar las pinturas surrealistas que cubrían algunos espacios de sus blancas, limpias, pulcras paredes.

De un lado estaba una mujer delgada que vestía un traje de tela en varias tonalidades de azul, predominante claras y con sombras, de hechura ligera, un poco deshilachada en las orillas, que la arropaba casi por completo excepto por el rostro, los brazos, las rodillas y los pies, que parecían envueltos en una especie de venda mortuoria. Su mirada era la de Saturno, melancólica, con ojos grandes, saltones, y una boca pequeña, y se encontraba sentada en un banco junto a una mesa redonda de madera, sobre la que descubría algo dentro de una habitación sombría que en la pared del fondo tenía una terminación en forma de arco, pero que no daba a otra habitación, sino que tenía una concavidad formada con el mismo muro, y que tenía dos tablas en paralelo colocadas de manera horizontal, que le hacían fungir como mueble, algo como un librero. Pero no contenía libros, no, no como este que estás leyendo, sino cajas otra vez de madera, pequeños cofres, cerrados, igual a uno que se encontraba en la mesa, que se abría lentamente, del que salía el vestido azul cielo, o al que llegaba, flotando, envolviendo un rostro que se asomaba, que la miraba fijamente, que era el de ella, el tuyo, el de todos; que se parecía al mío cuando sueño, cuando sueño que me veo, que me salgo de mí y observo lo que hago, aterrado, como ahora.

Del otro estaba una mujer desnuda, blanca, casi pálida, flotando sobre un pequeño pedazo de continente gris, de concreto, de su tamaño, dormida, con un rifle apuntándole al bíceps derecho y dos tigres a punto de hacerla su presa, su presa sexual, saliendo de entre el viento, de la boca de un gran pez, rojo, como la granada, la granada roja y carnosa que se abre para soltar al pez, en medio del mar, delante del elefante de patas largas y flacas, como las del editor uno, que evoca la fragilidad de nuestro mundo, con esos huesos secos, que se arropan con la carne, que se visten con la piel, con esa piel tersa, dulce como la granada, rosa, de caminos voluptuosos, como los de la mujer en trance, soñando, esperando que los tigres la posean, mientras la arrulla el vuelo de una abeja.

Al seguir contemplando las obras yo comenzaba a exasperarme, pensando qué tanto haría el editor tres allá afuera, qué podría estar tramando, o echando dentro de la bebida que iba a traerme. Estaba envuelto en esa ansiedad, en ese hormigueo que poco a poco se iba transformando en angustia cuando, de manera inusitada, el vestido azul que cubría a la mujer del primer cuadro comenzó a desbordarse, a salirse del marco, a alargarse pausadamente con esas hebras disgregadas por debajo, y con la tela que formaba una especie de capucha en su cabeza por arriba. Siguió avanzando, continuó saliendo del marco, cruzando su propio encierro, liberándose al fin de sí misma, deslizándose por la pared, como si tuviera vida propia, con la soltura de una víbora, arrastrándose por esas paredes blancas, dirigiéndose hacia el otro cuadro, que alcanzó en tan solo unos segundos. Al llegar a la parte externa del marco se detuvo, hizo una pausa, como si estuviera pensando, como si tuviera ojos y observara a su presa, que finalmente sería la mujer del otro cuadro, la de la piel tersa, la soñadora flotante. Se desplazó violentamente hacia adentro, extendiendo su manto azul, haciéndolo oscuro, casi negro; tomó por sorpresa a los tigres, que al sentirse vulnerables huyeron hacia atrás, hacia mar abierto, tornándose contra el elefante, al que empezaron a destruir mordiendo sus patas flacas, derrumbándolo, mientras la víbora de tela azul llegaba fácilmente con su víctima, para comenzar a envolverla, a llenarla de azul, a rodearle el cuello, ese cuello terso y delicioso, como el tuyo, que cada vez se iba apretando más, tanto que la despertó, la hizo gritar, salirse de su trance onírico, ahogarse poco a poco. El grito espantó al pez y a la abeja, y ambos trataron de escapar; el pez se sumergió en el agua, y la abeja voló, con ese zumbido que empezó a molestarme, moviéndose de un lado a otro, hasta que logró escapar, saliéndose del cuadro, volando arrebatadamente, enojada, buscando una víctima para atacarle el cuello, buscando el mío. Quise correr, pero me quedé inmóvil, observando, hasta que finalmente se vino contra mí, como una flecha destinada a dar en el blanco, veloz, picándome el costado derecho del cuello. Al sentir el piquete moví mi mano hacia esa zona de mi cuerpo con fuerza, para asestar un golpe, que ya no alcanzó a la abeja, porque voló, o simplemente desapareció, no sé, pero que me dejó con una sensación de escozor en el cogote, de una comezón intensa, irritante.

Comencé a rascarme, a tratar de quitarme ese ardor, a enrojecerme la piel, al tiempo en que el editor tres entró con una taza de café para mí y otra de té verde con miel para él, que había sido extraída de algún panal que ni él ni yo ni tú habíamos construido; ahora entendía la rabia de la abeja. Yo también experimenté una sensación de rabia recorriéndome las venas, desde el piquete, desde el cuello y hasta los pies, pasando por el estómago, pero no por la miel, sino por el elegante editor, con traje de marca alemana, que hablaba de mi trabajo como un producto en serie mientras tomaba su taza de té verde con miel, levantando el dedo meñique, y viéndome a través de los cristales de sus lentes de armazón italiano. Decía que su negocio era vender libros, hacer a los autores famosos, porque la obra pasaba a segundo término cuando la publicidad era estratégicamente planeada, cuando la mercadotecnia era mejor que la de las demás editoriales, cuando el mercado se segmentaba correctamente, y el corrector de estilo quitaba las imágenes difíciles de las páginas para hacerlas digeribles hacia aquellos que gustaban de la comida rápida. Dijo que esto no alteraría el significado, que sería solo transformado como la materia, que mi escrito tal y como estaba no se vendería bien, que había que ponerle una portada impactante, y que yo obtendría un siete por ciento del precio de venta de cada libro, lo que seguramente se compensaría con el volumen. Esto pasaría solo si yo le dejaba tocarlo, darle forma, cortarlo, hacerlo a la medida, transformarlo como la materia, llevarlo a la fama, aunque su valor literario fuera escaso. Dejé que terminara su discurso comercial en un éxtasis total, queriendo venderme el concepto a mí, para después vendértelo a ti, a ti que aceptas todo, todo lo que te dice el marketing, la publicidad, la televisión, el periódico, el jefe, el gobierno, tus padres, el sacerdote, el internet… todo lo que yo digo. Que poco te cuestionas sobre lo mucho que te llega, sobre lo que te dicen en tu casa, lo que te enseñan en la escuela, lo que te ordenan en el trabajo, y lo que a veces te mueres por saber sin atreverte a saberlo, mientras la muerte sabe toda tu vida y se la lleva a mordiscos que te van dejando agujeros que jamás volverán a llenarse, vacíos por los que se va escurriendo tu alma.

El editor tres por fin concluyó su perorata, y me preguntó qué pensaba. Yo le contesté que él lo sabía perfectamente, que ya había leído mi obra, sí mi obra, que yo sabía que la había entendido, y que a mí no me impresionaba con su ropa, con su café importado y su té chino, y que tampoco me iba a engañar con sus réplicas de pinturas famosas a las que alguien como él les había aplicado las cuatro, cinco o seis P’s de la mercadotecnia, para que fueran vendidas a precios altos y estuvieran colgadas en oficinas lujosas, alrededor de gente que ni siquiera trataría de entenderlas. Él me pidió que me calmara, me dijo que ya no era joven, que debía considerar su oferta, que mi futuro no estaba asegurado, mientras observaba detenidamente mi cuello tan rojo; ese hecho finalmente me aterró, que me viera fijamente, que tratara de descifrar la razón de mi escozor, de mi ardor, de esa comezón intensa. Vi de reojo mi maleta, que estaba al costado de la silla donde me encontraba sentado, sobre una alfombra persa, y deslicé mi mano para sacar algo que me hiciera sentir más seguro, algo a lo que pudiera aferrarme, tratando de que él no lo notara. Lo hice, y cuando se lo iba a enseñar, de pronto escuché ruido de mar, de agua agitada, pero no por los vientos, ni por la luna ni por tormentas externas, sino por algo que venía de adentro. Volteé a ver el cuadro de la mujer flotante, pues de ahí salía el sonido; ¡era el pez! Ese inmenso pez rojo que apenas hace unos momentos se había escondido. Se movía violentamente en el agua, como si estuviera ahogándose a causa de un objeto grande y amorfo que parecía querer salir de sus branquias. Traté de prevenir al editor tres, pero otra vez quedé petrificado, tieso, sin movimiento, mientras el pez abría su enorme boca, que se ensanchaba como queriendo tragarse el mar, como queriendo engullir al editor, volteando sus ojos negros hacia él. Sin aviso alguno, de sus fauces salió uno de los tigres, uno de esos que también se habían espantado, pero que regresó enojado, sin clemencia, lleno de rabia como aquella de la abeja, como la mía, como la tuya cuando abusan repetidamente de ti, que se contiene una, y otra, y una vez más, que se almacena en un capacitor, hasta que algo lo descarga, y toda esa energía sale, se vuelca en un solo zarpazo, un zarpazo mortal, como el del tigre, que salió del cuadro, rápidamente, saltando hacia el editor tres, arañándole la piel, clavándole sus garras, hundiéndole los dientes, esos dientes que destellaban contra la luz, que le penetraron la carne, esa carne roja que tanto le gusta a mis perros. Después de satisfacer su ira, el tigre regresó al cuadro, mientras me miraba de paso y salpicaba sangre, manchando mis manos, mi chamarra negra, de piel negra muerta, que tuve que limpiar en el baño, en ese amplio baño con mosaicos traídos de Florencia, blancos y negros…  Agotado, tomé aquello por lo que venía, lo guardé en mi maleta, tomé además los cuadros, y me fui hasta mi casa, cansado, para esperar mi última cita.

Cuando llegué mis perros estaban ahí, felices, excitados, capaces de quererme, de lamerme la piel, de moverme esa cola para que les diera de comer, pero les dije que no, que ya no faltaba mucho, que esperaran un par de horas más, hasta las 7 PM, cuando seguramente estaría de regreso. Me senté un rato en el sofá, dormité una media hora, salí de nuevo. Ya me sentía más tranquilo, relajado, sin tantas ganas de revelar mi secreto, pero tenía que terminar el día, ese absurdo día de editores, de espejos, de escritorios viejos y pinturas surrealistas.

Con la mente cansada, arribé a la última reunión, esa de las 6 PM, con el editor cuatro. Para entonces, ya no esperaba algo diferente, estaba predispuesto, como siempre, con esos paradigmas que poseo, esas anclas que me amarran el cerebro, que mis padres, mis maestros y mis compañeros de trabajo insisten en clavarme, que pesan tanto, tanto como la carne, como esa que llevas a cuestas, y que un día te van a quitar, bajo la tierra o en el fuego, progresivamente o de tajo, hasta que ya no tengas que cargarla, hasta que ya no tengas que llenarla con tus propias versiones de la verdad. Así, con todo eso que estaba arrastrando, toqué el timbre de un edificio modesto, el de la oficina número siete, tras lo que se escuchó un zumbido, tan fuerte como el de la abeja, que me recordó que tenía que empujar la puerta, esa puerta de metal pesado, para abrirme paso hacia las escaleras, pues los elevadores no funcionaban. Tras subir siete pisos las piernas me temblaban, me sentía sofocado, otra vez cansado, ya no quería seguir, pero tenía que verlo, completar mi tarea, saber si mi trabajo quedaría entendido. La puerta de la oficina ya se encontraba abierta, era blanca, pero no pulcra, sino con algunas manchas que se mostraban sin vergüenza alguna, como la mancha de mi pantalón, la que vi en el espejo, la que tienes por dentro. Entré y el editor cuatro se encontraba ahí, de pie, frente a mí, con una mirada decidida; no dijo nada, solo me acercó un banco como el del cuadro de la mujer de mirada azulada, y yo me senté en silencio, expectante, contemplando sus delicados movimientos. Tomó otro banco y, frente a mí, sin barreras, cara a cara, y me dijo: “Entendí tu libro, y lo quiero publicar; la editorial no es grande pero alcanzaremos a imprimir unas mil copias, que podremos distribuir en lugares donde haya gente que quiera leerlo, entenderlo, devorarlo como yo, como tú, que se quiera sacudir lo que sabe, que no quiera seguir encerrado en su carne, que esté dispuesto a mostrar sus vísceras, a dárselas a los perros, a esos perros que las tragan, que te agradecen, que te mueven la cola”.

Me quedé atónito, sin poder moverme, sin parpadear, congelado. Después de unos instantes en los que estuve callado le dije que sí, que estaba bien, que publicara mi obra, que yo no recibiría nada. Fue justo ahí que supe que yo era como los demás, que creía que nadie podía pensar como yo cuando no era cierto, que no había experimentado todo, que era como el resto, reflejándome en esos espejos humanos, con mis ganas de castigarme a través de otros, de sacarme las vísceras y dárselas a los perros.

Y así fue; se imprimieron solo mil copias, y tú tienes una de ellas. Ya ha pasado tiempo desde entonces, tiempo en el que también me encontré con el chofer del autobús, sí, ese que me vio acercarme al editor dos, después de que desparramara sus entrañas con el peso de su vehículo, y que pudo salir de la cárcel pagando una multa. También le hice entender mi obra porque, después de todo, mis perros tienen que comer. Y así los voy a seguir alimentando, con esa carne roja que tanto les gusta, que contrasta con el color plata de sus platos, que se mezcla con las croquetas, que escurre sangre, que saldrá de unos mil sujetos, de diversos orígenes y profesiones, como la enfermera, el estudiante de literatura y el ingeniero que me he topado desde entonces, que están ansiosos por librarse de esa carga que solo yo les puedo ayudar a quitarse, para que puedan mostrar su esencia, y que iré rastreando por los lugares en los que se distribuyó este libro, como esa pequeña librería donde lo compraste tú.

Escape

Todas las veces que me leo, creo que me conozco un poco más, porque es solo a través de la escritura que fluye de los mares de mi mente cuando capto —casi siempre— la forma en que me veo y la forma en que me ven.

Es solo a través de la escritura que logro desentrañarme, verme como soy —y en ocasiones como quiero— para darme cuenta de que, aunque a veces (solamente algunas veces, contadísimas veces) me importa cómo pueden verme los demás, es únicamente con mi espejo con quien quiero estar en paz.

El espejo a veces me persigue; sale detrás de mí, al doblar una esquina; se asoma desde el charco gris de una calle ruinosa, o desde la cima del edificio que me amenaza con el colapso de su estructura. Es entonces cuando necesito narrarme, describirme, reflejarme y hasta decirme… Decirme que la vida no es tan sombría, y que la muerte, aunque descanso último, solo será la solución a mis pensamientos fatalistas cuando me abrace con su calor azaroso.

Así, tras deambular por los callejones imaginarios que muchas veces no tienen salida, llego por fin a ese espacio en donde me siento protegido, con la silla negra, el escritorio café y el teclado de la computadora, frente a esa pantalla que se diluye y emerge cada vez que me envuelvo en el vaivén del plectro, de las ideas, del placer y del dolor solitarios.

Tomo una taza de café o un té de hierbas o un vaso con güisqui —según lo inste mi cuerpo— y comienzo a escribir, con la firme esperanza de que las palabras impulsen mi escape de la realidad que acecha la calma de mis días…  

En este pueblo húmedo

Él iba dejando atrás los cerros llenos de verde espesura, esos que se veían de cerca al llegar a la estación, para ir adentrándose en otros aún más tupidos; el calor que lo envolvía era más intenso, y el aire que lo circundaba profundamente húmedo, como si fuera regresando al vientre materno en una tórrida noche de lascivia. Mientras sentía el sudor escurriendo desde la cabeza hasta el cuello y por debajo de su playera, llevaba consigo el recuerdo de su madre en la cárcel y de su hermano menor en el hospital, con la idea de lo poco que podría saber de ellos inmerso en este lugar enclavado en medio de la Sierra Mixe.

En su andar hacia el pueblo, volteaba por un instante para mirar cómo se alejaba su vida del pasado reciente, lo que hasta ayer era su hoy, en uno de esos autobuses que iba de regreso a su lugar de origen. Al hacerlo, oía una voz que por ahora no quería escuchar, y sentía el movimiento ondulante debajo del vehículo que lo llevaba por el camino, a veces arenoso, a veces lleno de piedras. Pero no iba andando solo. Lo acompañaba un hombre llamado Donaciano, quien había sido enviado para recogerlo en el paradero, y que estaba esperándole desde antes que cayera la tarde. Conducía un auto antiguo, como esos que ya casi no se ven y que evocan el pasado, formado por un conjunto de piezas mecánicas, desgastadas por la inevitable fricción que obedecía a su naturaleza física, ficticia. Las llantas ya no tenían tapones, y la pintura original parecía haber sido roja, aunque ahora solo daba destellos de ese color que algún día lo había hecho verse reluciente. Del espejo colgaba un Cristo que también parecía obsoleto, y las vestiduras delanteras se escondían tras la camiseta del equipo de futbol más popular, ese que todavía provoca a las masas volcarse de manera efervescente para mitigar el tope con la realidad, aunque sea por escasos noventa minutos. De pronto, el silencio entre los dos, que solo se había interrumpido por un saludo entrecortado, cedió ante la voz ronca y viril de Donaciano, que debía tener unos treinta y cinco años.

─ Si vienes de la ciudad después de tantos años esto te va a parecer como el paraíso perdido, porque allá todos están locos -le dijo al momento que apretaba sus manos contra el volante.

Él lo miró sin dar respuesta alguna, aunque con la mirada lo dijo todo; ante esto, Donaciano se quedó callado por unos segundos para luego retomar la plática.

─ Entonces, eres el sobrino de Doña Citlalmina. Yo te miré de chiquito, más que ahora, y de cuando en cuando ella habla de ti y por eso algo te conozco, porque uno sabe del otro nada más mirándole los ojos a quien lo menciona. Ella te quiere, o extraña a alguien que te quiere, y por eso te recibió aquí, aunque por acá casi no llega nadie más que en diciembre, y hasta los fuereños son bien recibidos. Pero viéndote, así como estás, moreno, regordete y hasta con ese bigote que apenas te está saliendo tú sí que pareces de por acá, nada más con ropa de capitalino -concluyó.

Mientras él soltaba una carcajada, Milton observaba desde atrás sus dientes amarillentos reflejándose sobre la anchura del espejo retrovisor, y en ese momento pensó que sería mejor decir algo antes de que le fuera a hacer una pregunta que le incomodara todavía más que ese calor de la sierra.

─ ¿Y usted trabaja para mi tía?

─ Sí muchacho, le hago unos trabajitos aquí y allá, y ella me paga bien. A veces con dinero, a veces con lo que saca de su parcela, y otras con lo que puede… Por esos trabajitos que hago, mis cuates, esos que de veras me conocen bien, me llaman “el tres”.

Donaciano sonrió, esta vez sin mostrar demasiado su dentadura, mientras hacía contacto visual con su pasajero al momento que sobaba su entrepierna sin pudor alguno.

─ Pues yo casi no recuerdo nada de mi estancia en este pueblo, excepto por mis abuelos que según sé murieron cuando yo estuve aquí –dijo Milton con voz tímida y temblorosa, al percatarse del movimiento de la mano del conductor. Esto me parece conocido -agregó, aunque he visto algunas fotos y tal vez por eso el camino me resulta familiar.

Donaciano respondió que él creía que sí debía acordarse, que incluso ya lo había visto a él en más de una ocasión, puesto que llevaba trabajando para su tía casi los mismos años que el muchacho tenía. Mientras su guía continuaba con el relato de asuntos relacionados con sus labores en el pueblo, Milton comenzaba a desprenderse de la conversación para enfocar su mirada hacia los parajes que le ofrecía el recorrido camino arriba; a lo largo de la ruta, podía observar el follaje verde que rodeaba los árboles llenos de pájaros, para dar paso al avistamiento de casas pequeñas de adobe y tabique gris, con techos de lámina clara que se mezclaban con el paisaje, del que sobresalían las dos torres de un santuario color blanco con detalles azul cielo. Luego de un largo rato, por fin llegaron a Santiago, al lugar del cerro con cabeza de perro. El pueblo hervía de vida ese domingo a pesar de que casi era de noche; las señoras estaban de pie al filo de sus puertas, y miraban sin disimulo el auto que rodaba hacia la casa de sus abuelos ─ y que hasta ahora solo era habitada por la hermana menor de su abuela difunta ─ al tiempo que los niños jugaban y corrían por las calles. Al pasar por la plaza principal, descubría un cúmulo de hombres que platicaban y tomaban aguardiente, mientras la banda local ensayaba canciones para la competencia regional que era organizada año tras año.

Al ir dejando atrás el bullicio, iban acercándose más al espacio que con una temporalidad indefinida vendría a ser su nueva morada. Rodearon la iglesia, avanzaron un par de cuadras, y al fin llegaron hasta los límites del pueblo, en una parte silenciosa y discreta donde el alumbrado público parecía menos luminoso que en el resto de lo que hasta ahora le había tocado ver. Donaciano pisó el freno, y se estacionó enfrente de una casa que ostentaba dos ventanas y una puerta negras que sobresalían entre el tono rosa mexicano de la fachada, alumbrada por un foco blanco justo arriba de la entrada. Luego abrió la puerta del auto, y se bajó para ayudar a Milton con su maleta. El muchacho le dio las gracias, y tras un fuerte apretón de manos ─ que dejó al muchacho con un leve dolor entre los dedos─ y una caricia en el cachete, aquel se despidió diciéndole que se estarían viendo por el lugar.

Milton iba a tocar el gran protón negro, cuando se percató de que una de las dos ventanas simétricas que lo conformaban en la parte superior estaba entreabierta; así, se atrevió a empujar el cristal para deslizar la mano entre las barras de metal y alcanzar el pasador para darse acceso. Al empujar la puerta encontró un pasillo sombrío que, como la calle en la que residía toda la casa, solo se encontraba aluzado por un foco empolvado alrededor del que revoloteaban varios insectos en círculos infinitos, engañados por la luz artificial.

─ Hola, ¿tía? -dijo Milton, mientras caminaba con paso lento y sostenía lo poco que había podido traer para su viaje.

Repentinamente, vislumbró una sombra que salía del fondo del pasillo y que se acercaba rápidamente hacia él. La sombra se fue aproximando a la luz y tomó forma de cuerpo humano, femenino, aquel de su tía que al verlo corrió veloz para abrazarlo; Milton no supo cómo responder ante el efusivo recibimiento y solo se dejó querer, sin que sus ojos omitieran el gran escote que dejaba ver dos senos, suaves y enormes, que eran oprimidos contra su rostro mientras se balanceaba y le frotaba la espalda con cariño. Después de varios segundos, que para el muchacho parecieron minutos, se desprendió de él para verle la cara.

─ Te pareces a tu padre -dijo Citlalmina con un tono de molestia, mientras caminaban por el pasillo hacia el fondo de la casa. Hizo una pausa.

─ Aunque supongo que eso ya no importa -continuó; de todos modos, eres más mío y de tu madre que de él; y no te preocupes demasiado, ya se resolverá todo lo que le pasó a ella… Ahorita no puedo ir a visitarla, por el negocio, y por eso le dije que te mandara conmigo, pero tú y yo nos vamos a divertir aquí.

─ ¿Y de qué es tu negocio? –replicó el joven.

─ Pues eso es algo que por ahora no puedo explicarte, pero no preguntes tanto y mejor vamos a tu habitación, ¿te parece? Solo tengo algo que decirte: cuando yo te indique, no vas a poder salir de tu cuarto, aunque no quiero que te asustes ni lo vayas a tomar como un regaño, es solo que luego hay gente por aquí y es mejor si no se les importuna, pero bueno, esta es tu habitación.

Se detuvieron frente a una puerta de madera, pintada de azul y que parecía algo pesada; ante la sorpresa de Milton, su tía la abrió con facilidad y entonces se dio cuenta de que gran parte de la madera tenía huecos, como si un animal de apetito insaciable la hubiera roído por dentro; su tía encendió la luz y lo primero que vio fueron las paredes de adobe, el piso de cemento gris y una cama con un colchón viejo, sobre el que se mostraban unas sábanas enrolladas y unas cobijas algo revueltas.

─ Este pedacito de la casa es tuyo –le dijo su tía. Solo tienes que tender la cama y ¡listo! Le pedí a Micaela en la mañana que lavara bien todo y desinfectara el piso, así que huele bien y está limpio; en fin, te dejo para que te acomodes. Ahí está el ropero.

Citlalmina cerró la puerta detrás de sí mientras Milton se preguntaba quién diablos era Micaela, y se acercaba a la cama para dejar su maleta, y comenzar a acomodar su ropa dentro ese mueble grande y viejo que olía a humedad. Tras terminar de hacerlo, caminó hacia la ventana que estaba enfrente, y que daba hacia un corral; la vista le pareció tétrica, así que prefirió regresar a la cama y sentarse en ella. El lecho cumplió su función y casi sin sentirlo se quedó dormido, ya fuera por el cansancio de la travesía que había recorrido desde su ciudad, o por la carga que su madre había puesto sobre su espalda adolescente de catorce años. Al poco rato regresó Citlalmina, quien al entrar lo vio ahí, tendido en posición fetal, para después acercarse a despertarlo con ternura; Milton respondió, y por un instante creyó que no estaba ahí, que todo lo había soñado, que estaba en su propia cama. El despertar fue a la vez rudo y tierno, y sin quererlo se soltó a llorar sobre el regazo de su tía. Ella trató de consolarlo, sabiendo que estaba triste y confundido, inexperto y solo, y que ella buscaría lo forma de animarlo y hacerlo olvidar, aunque fuera por unos días, que la vida estaba llena de incidentes que ponen a prueba nuestra fragilidad.

Así, tía y sobrino salieron a caminar por las calles de terracería a media luz, que tras varios pasos acelerados se convirtieron en pavimento y luminiscencia al llegar a la plaza del pueblo. Milton observaba a la gente, a todas esas personas que lo miraban como si fuera un ente distinto a ellos, o una aparición extraña, para luego notar que no solo lo veían a él, sino también a su tía, a pesar de que ella escondía su busto descomunal tras un rebozo negro que había tomado de la casa ese domingo antes de salir. Llegaron a una cenaduría y, cuando el muchacho se disponía a sentarse, su tía le dijo que pedirían la comida para llevar, mientras hacía algunos gestos de desagrado que eran correspondidos por la mujer que estaba por atenderles. Tras cruzar solo las palabras necesarias y pagar la cuenta, emprendieron su regreso con dos tlayudas y un par de atoles de grano, que disfrutaron sobre la mesa de la cocina que estaba al entrar; casi no hablaron, mientras el muchacho pensaba en la peculiar distribución de la casa, con cinco cuartos a lo largo de un pasillo y uno más pasando el corral, como si fuera un conjunto de departamentos arreglados dentro de un condominio horizontal. Cada habitación tenía un foco afuera y todos se encontraban apagados, todos eran redondos, y todos eran rojos.

La cena terminó y, tras ser cruzado en el rostro con una foto de la Virgen, el muchacho se dirigió a su habitación y durmió tan profundamente, sin quitarse la ropa, que no soñó ni despertó hasta que el gallo del corral había agotado totalmente su canto matutino al día siguiente. Tras estirar con fuerza todas las extremidades que salían del tronco de su cuerpo, se levantó con el sol entraba por la ventana, lo que le incitó a salir del cuarto. Justo cuando se disponía a abrir la puerta, escuchó ruidos de agua lanzada contra el piso y las paredes, y una escoba que tallaba sin cesar; se asomó por la rendija de la llave y alcanzó a ver una falda café, que cubría unas nalgas onduladas que se contoneaban de un lado de otro. Al ver esto, despegó rápidamente el ojo de la cerradura pensando que no estaba bien verle el trasero a su tía, aunque después de un instante de vaga reflexión volvió a ceder ante su voyerismo incontrolable, y miró de nuevo. Esta vez vio unas piernas delgadas, con una piel primorosa que parecía bronceada por los mismos rayos de calor que entraban por su ventana, y unos brazos con similar presentación que sostenían un palo de madera y se movían al ritmo de una cumbia que súbitamente comenzaba a sonar. En eso, se percató de que alguien se acercaba a la puerta, y regresó corriendo a la cama para echarse rápidamente y simular que todavía estaba dormido; la puerta finalmente se abrió, y apareció la figura de Citlalmina.

─ Levántate ya, muchacho -dijo con voz dulce pero determinante. Hay que desayunar y hacer varios quehaceres antes de que el negocio abra -remató, al tiempo que se alejaba por el pasillo.

Tras salir de la habitación, lo primero que descubrió fue la cara de esas piernas y esos brazos que apenas y había visto; se trataba de Micaela, la joven que ayudaba a su tía en la limpieza de la casa, entre otros menesteres. Al encontrarse con sus ojos sintió una sensación placentera y extraña que emanaba desde adentro de su estómago, y que se intensificó cuando ella le sonrió y se volteó lentamente para seguir con sus labores. Citlalmina se dio cuenta, y ante ello le pidió que fuera a la tienda que estaba en frente de la casa a comprar miel y fruta. Milton fue y regresó lo más rápido que pudo, entusiasmado por llegar a ver ese rostro que tanta emoción le había causado. Sin embargo, cuando arribó ella ya no estaba a la vista, como si hubiera sido un espejismo que se había desvanecido en el oasis del deseo. Le iba a preguntar a su tía por ella cuando Citlalmina sacó una toalla, un jabón pequeño y un zacate, y se los entregó enérgicamente en las manos.

─ Es hora de que tomes un baño para que luego desayunes -dijo, mientras le señalaba el lugar en el que estaba la regadera.

El muchacho se dirigió al lugar, para encontrarse con un cuarto húmedo y pequeño, totalmente forrado con cemento gris, en el que una de las esquinas superiores fungía como hogar para una araña grande y negra, de patas largas y cuerpo ovalado que brillaba de forma intermitente con la poca luz que se introducía por el lado de la puerta, como si un ojo le estuviera guiñando en medio de la oscuridad acuosa, insinuándole que se acercara. Siguiendo su enigmático encanto, entró, se desnudó lentamente, y abrió la llave de la regadera para refrescarse con el agua tibia que apaciguaría momentáneamente el calor de su cuerpo, ese que no solo había sido ocasionado por los estragos del clima.

Al salir, fue a vestirse y regresó a desayunar en la misma mesa en la que había cenado, sobre la que alguien le había dejado unos panes de nata y atole con fruta. Terminó de almorzar ─ pues ya era pasado el mediodía─ y decidió entonces recorrer la casa. Quiso abrir la primera habitación, pero estaba cerrada con llave; así pasó a la segunda y la tercera y en las tres encontró el mismo impedimento para entrar, hasta que llegó a la cuarta, en donde descubrió a su tía en camisón, peinándose y maquillándose frente a un espejo. Él sintió cierta vergüenza, y trató de alejarse despacio para que ella no lo notara, lo que hizo caminando hacia atrás. Después de varios pasos que lo dirigían hacia la puerta de la casa, chocó suavemente con otro cuerpo, que se percibió más fino y ligero; era el de Micaela.

Tímidamente le pidió disculpas, a lo que ella nuevamente replicó con una simple sonrisa; sacó una llave, abrió la puerta de la segunda habitación, y se metió en él mirando de reojo al muchacho, para cerrar tras de sí toda esperanza de contacto visual. Entonces, él pensó que sería mejor conocer el pueblo.

Así, salió de la casa y caminó hacia la plaza, solo para notar que la gente lo seguía mirando de forma extraña; recorrió varias calles, entró a la iglesia, escuchó una aburrida misa de más de una hora que casi lo hizo quedarse dormido en la banca, salió de ahí y se topó con la misma banda de músicos que había visto al llegar. Se quedó un buen rato viendo como ensayaban, con sus tambores, guitarras e instrumentos de viento. Luego, le dio hambre y fue a buscar algo de comer, pues ya eran casi las cinco de la tarde. Se dirigió a un puesto de tacos, pidió una orden de tres y, al hacerse hacia atrás para buscar un lugar donde sentarse chocó nuevamente con un cuerpo casi de manera accidental, pero esta vez no era uno delicado, sino más firme y grande que el suyo; era el de Donaciano.

─ Hola muchacho, ¡qué hay! –dijo, tomándole los hombros con fuerza, y dándoles un masaje que rayaba en opresiones dolorosas.

─ Nada, aquí comiendo, con permiso –dijo Milton.

─ Al rato te veo por allá muchacho, a ver qué se arma con tu tía; acuérdate que si piden al “tres” me tienes que avisar eh –ultimó Donaciano mientras se alejaba con una carcajada que ensanchaba su boca más de lo que el joven había imaginado.

Milton terminó de comer, y pensó en regresar a casa de su tía cuando de pronto vislumbró un salón de billar. Lleno de curiosidad, llegó hasta la entrada y se asomó, con ganas de entrar, pero sin saber si debía hacerlo o no. Alcanzó a divisar que solo había hombres, algunos más viejos que usaban sombrero, y otros más jóvenes que escondían su cabello despeinado tras una gorra. Comenzaba a desprenderse de la entrada cuando llegaron otros dos muchachos que lucían más o menos de su edad, y que se pararon frente a él para mirarlo de arriba abajo.

─ Tú eres el sobrino de Doña Citlalmina, ¿no? – le dijeron.

─ Sí, pero ya me iba -contestó Milton.

─ No, ¡cómo que te vas! Si apenas va empezando esto; como es lunes se va a acabar temprano, pero pásate con nosotros para que conozcas a todos los clientes de tu tía -dijeron mientras lo llevaban hacia adentro con risotadas.

Milton, con su acostumbrada timidez, entró con ellos para descubrir un mundo del que solo había oído hablar, ese donde había humo de cigarro, mucho alcohol en pequeñas mesas de metal, y gente que reía o lloraba mientras tenía puesta la máscara de la embriaguez. Se acercaron a la barra, y sus nuevos compañeros pidieron tres cervezas; voltearon a ver al muchacho citadino y le ofrecieron una, que, aunque no era la primera en su vida, sí representaba su iniciación alcohólica en público. Después de varios tragos, Milton comenzó a sentirse más relajado y bienvenido, para dejar atrás el peso de esas miradas que le daban en la calle y dar paso a las palmadas en la espalda y los apretones de mano. Además, para su beneplácito, todos ahí parecían ser demasiado amables con él; lo invitaban a jugar billar, o más bien, a intentarlo por primera ocasión; le ofrecían mezcal y botana, y nadie le cobraba un solo centavo por ello. A él no le importaba pensar por qué, y se limitaba a sentirse algo mareado, risueño y disipado. A pesar de todo, no estaba tan borracho; veía ligeramente borroso y le costaba trabajo enfocar la vista, pero todavía podía ver en su mente a Micaela, abrazarla, acariciarla y rendirle su amor mientras seguía el escándalo de la cantina. Finalmente, cuando ya estaba tan oscuro como ese día anterior en el que había llegado, se abrió camino entre la gente para ir al baño del lugar, que era pequeño, con un mingitorio y una taza, y se encerró en él para descansar un momento y asimilar todo lo que estaba ocurriendo. Recargó entonces su brazo izquierdo contra una de las paredes, mientras trataba de desabotonarse el pantalón con la mano derecha, para así liberar ese chorro de confusión que le había hecho darse cuenta que no sabía que estaba haciendo ahí. Tras sacudir de sí la última gota de alivio, trató de salir discretamente del baño para luego escabullirse del lugar, lo cual no fue tan difícil como había creído pues cada persona en el lugar estaba ya en lo suyo, ya fuera tomando, ya fuera sonriendo, ya fuera llorando, o incluso durmiendo.

Al salir, el viento le propinó una bofetada que al inicio le causó un mareo nunca antes experimentado, y luego un vómito tan imprevisto como ineludible, acompañado de ese dolor de principiante que sale desde el estómago para impulsar con fuerza los adentros hasta la garganta y terminar su cauce en el piso. Tras reincorporarse y reponerse del susto, Milton emprendió su regreso a casa de la tía Citlalmina tan rápido como pudo, con la esperanza de que su estado no lo traicionara y lo hiciera seguir una ruta que no fuera la suya. Eso no sucedió, y unos minutos después llegó a esa casa rosa con el portón negro, solo que notó algo diferente: el foco que se encontraba en la fachada ya no emitía una luz fría, sino más bien cálida, o caliente, o roja. No reparó mucho en ello y se precipitó hacia la puerta, empujando nuevamente la ventana para poder abrirla. Entró, y no supo si lo que estaba viendo era real, o si formaba parte de esos sueños sicalípticos que había estado teniendo desde hacía varios meses, en los que se despertaba con ganas de descargar su néctar púber con prisa. El pasillo era el mismo, y los insectos continuaban su volar alrededor de la primera bombilla, aunque las otras que a su llegada habían estado apagadas ahora estaban encendidas con tal intensidad, que parecían emanar fuego, un fuego que le hizo recordar una vez más las caderas, las piernas y los brazos de Micaela pero, sobre todo, esa sonrisa que se dibujaba entre sus labios, esos labios que imaginó tener entre los suyos, enredado entre sus piernas, anidado alrededor de sus brazos.

Esas imágenes oníricas atrapaban su mente cuando de improviso escuchó voces afuera, voces que entraban en su sueño y en la casa de manera inesperada, haciéndole retomar una pizca de realidad. Así, torpemente se deslizó por debajo de la mesa que estaba a la entrada para evitar ser notado, y vio que dos de los hombres que había visto en el billar hacían su incursión hacia el pasillo. Ante ello, escuchó una voz femenina, que supuso era la de su tía; ella se detuvo ante los hombres, quienes respetuosamente se quitaron los sombreros, y les preguntó qué iban a querer. Su estado, aunado a la posición de tortuga a medio morir que asumía debajo de la mesa, no le permitieron entender con claridad lo que estaban diciendo, pero notó que tras pagar algún dinero se fueron hacia las habitaciones que estaban a lo largo del pasillo. Cuando las voces callaron y una puerta abrió para cerrarse con ansia inmediatamente después, Milton pensó en salir de su madriguera para irse a su habitación. Comenzó entonces a deslizarse lentamente hacia atrás con los antebrazos y las rodillas procurando no hacer ruido, al momento que su codo se encontraba con la pata de una silla.

─ ¡Ay! –dijo con un tono quejumbroso, mientras terminaba de salir, y trataba de incorporarse a su forma bípeda con otro mareo, esta vez menos violento, que le obligó a sostenerse del respaldo de una silla para luego sentarse en ella. Solo quería descansar un poco, pero Hipnos y Mayahuel le abrazaron con tal fuerza que no le quedó más remedio que recargar la cabeza sobre sus brazos cruzados, que ya reposaban por encima de la mesa. Entre sueños levantó la mirada, vio a Micaela bailando, se imaginaba que estaba con ella. Sonreían, mientras lo tomaba por debajo de los hombros para llevarlo casi a rastras a lo largo del pasillo. Pasaban por una puerta, tal vez dos, quizás tres; entraban a la habitación. Frotaban sus rostros con vehemencia; su piel era tersa pero firme, gruesa; lo estrujaba, le quitaba la ropa, lo tumbaba en la cama, le metía la lengua en el oído, sentía su peso sobre la espalda, su olor lo penetraba, el malestar se transformaba en placer, se quedaban dormidos…

A la mañana siguiente, Milton despertó en un viejo sillón con un intenso dolor de cabeza y una nueva sensación en el cuerpo; confundido, se levantó y, antes de salir, echó una última mirada a los cuerpos de Donaciano y Micaela, quienes yacían desnudos en la cama con las sábanas envueltas entre sus piernas. Al otro lado de la puerta, su tía lo esperaba con el teléfono en la mano. Era su madre llamando desde la cárcel.

Continuará…

De Hipnos y Tánatos

No sé cuánto tiempo llevo aquí, en esta oscuridad a medias. Puedo moverme poco, o más bien inclinarme hacia adelante a causa estas cadenas que me sostienen. Al menos no siento frío, y debe ser por esa fogata que escucho detrás de mí. Apenas ahora es que tengo conciencia de ello, de que estoy encerrado en algún lugar. Me está dando sueño, mucho sueño… Empiezo a imaginarme las nubes, algunos árboles robustos y otros flacos alrededor de la zanja; el viento inquietando las hojas, llevándose todo, todo a su paso, hasta mis memorias.

Creo que empiezo a despertar —¿o seguiré soñando?— pero otra vez no sé nada del tiempo. Siento que puedo abrir un poco los ojos. Están pesados, los párpados pesan como dos palas pegadas una contra la otra, como esas que se utilizan para trabajar el campo. Alcanzo a distinguir entre mis pestañas algo distinto a esos puntos de colores difusos sobre un fondo negro que siempre veo. Es una pared rugosa, color café profundo, con sombras. Trato de abrirlos más y me duele, me duele ver. Pero tengo que hacerlo; no sé nada, ni donde estoy ni quien me puso aquí. Tengo que empujar las palas con más fuerza, como cuando se clavan entre la tierra para sacar las piedras desde el fondo, mucho más allá de lo que se percibe en la capa primaria que cubre al mundo. Otra vez jalo, abro, empujo. Al fin lo logro. ¡Me arden! ¡Qué he hecho! Nunca debí hacerlo; mejor los cierro otra vez. Los aprieto hasta que lloran, se limpian, se secan. Los relajo con el resto de mi cuerpo para dejar que lleguen las pocas imágenes que tengo del campo… El agua corriendo entre los surcos, el viento deslizándose sobre las hojas del sauce, el sol brillando sobre la superficie de un espejo azul profundo.

Duermo. Luego, el despertar se vierte sobre mí con la rutina de los días, con toda esa carga de desesperanza adjunta. Mi ánimo —como lo que pienso— está lacio, exánime, al momento que recuerdo el intento que tuve de apartar mis pestañas. Creo que tengo que hacerlo. Debe haber algo. Voy a intentarlo una vez más, ahora lentamente, con la paciencia de las semillas desperdigadas cuando esperan la primera lluvia del año. Así, muy bien, vas bien. Ya casi. Me siguen ardiendo pero ya es más soportable. Veo borroso, nebuloso, lóbrego. Me empiezan a salir lágrimas, lágrimas de agua cristalina que me dificultan la vista pero que atemperan esa zona frontal que refracta la luz, como la lluvia que impregna vida sobre las semillas secas. Se escurren desde su origen hasta caer en mis piernas, dejando su rastro al recorrer mi rostro. Reconozco con un asombro inexplicable también mis brazos, mis manos, el resto de lo que parece pertenecerme. ¿De dónde vino todo esto, este cuerpo que ni siquiera sé si es mío? Ya no recuerdo… Noto que tengo dos cadenas, o una, que me ata el cuello y la cintura al piso. Empiezo a mover los dedos de las manos, los aproximo a mis ojos para tallarlos suavemente, como si hubiera salido de un sueño eterno. Por fin puedo ver frente a mí como solía hacerlo hace no sé cuánto. Observo la pared mientras trato de voltear mi cabeza hacia atrás, pero me duele el cuello; se siente rígido, como si fuera a quebrarse. Decido quedarme así, viendo hacia el frente, hacia un grupo de sombras que se filtran a través del fuego por encima de mí, como si hubiera otra pared detrás. Son sombras extrañas, irreconocibles, que no sé si me ayudan o me estorban, ¿qué es eso? ¿Qué lleva en encima? ¿Por qué se mueve de esa forma? ¡Son muchas! Van y vienen, todas ante mis ojos ¡No las soporto! Mejor los cierro, apago mis ojos, apago las sombras; los cierro fuertemente, lo más fuerte que puedo, y en seguida los distiendo paulatina, suavemente, hasta que vuelvo a ver los puntos de colores difusos sobre el fondo negro. Otra vez imagino las nubes, la zanja, los árboles… Escucho algunos sonidos que se desvanecen con mis ganas de quedarme despierto.

Parece que han pasado días, semanas, siglos. Abro por segunda vez los ojos y ya puedo ver las sombras proyectadas en la pared por más tiempo. La tercera, la cuarta, la quinta; ya juego a adivinar de dónde vienen, qué cargan, cómo se mueven desde el inicio hasta el fin de la pared, qué dicen. Ahora despierto y duermo, y sueño con las sombras —creo que ya no recuerdo otra cosa— y duermo, y despierto una vez más, como hoy. ¿Será de día o de noche? —Me pregunto— mientras sigo aquí, de cara a la rugosidad de la cueva, sin levantarme. Hace tiempo que ya abro y cierro los ojos a voluntad; parpadeo, los tallo. Las sombras son mi mundo. He visto algunas que se parecen a algo que tal vez he visto; otras se asemejan a seres como yo —según creo— solo que caminan erguidas. Puedo ver sus extremidades, su torso, a veces solos, a veces con algo a cuestas. Me reconforta verlas —aunque algunas de ellas me causen cierto horror—. Las he visto tanto tiempo que a veces dudo si son solo sombras u objetos, los objetos de ese mundo en el que vivo. Poco a poco me voy acostumbrando a ellos, al movimiento limitado, a la pared áspera, a la oscuridad parcial, a esta cueva en la que me encuentro. Estoy convencido de que mientras siga seguro no necesitaré moverme, y de que mientras los objetos sigan su paso no me sentiré solo. Lo que vea en esa pantalla de piedra estará bien. Esas imágenes están ahí por alguna razón, de la que antes dudaba pero que ahora simplemente me motiva a abrir los ojos de nuevo. Recibo lo que necesito; duermo y despierto, vivo y observo, con eso me basta por ahora. Debo estar agradecido por ver los objetos pasar —y cuya voz quisiera escuchar a veces, solo para reconocer la mía— esos que conforman mi mundo y que me guían para saber quién soy. ¿Y quién soy? Mi sombra, o mi objeto, o eso que se ve sobre la pared de la cueva. En ocasiones siento que el piso y las paredes se mueven, pero no quiero darle mayor importancia; seguro es lo normal —¿o será una advertencia? —. Me siento satisfecho a causa de todas las cosas que pasan frente a mí, porque ya no sueño lo de antes, solo lo que es —¿real?—, lo que veo.

Creo que me entusiasma mucho abrir los ojos para encontrarlas, aun si hay momentos en los que quisiera salir de aquí, moverme, solo para ver si hay algo más. Pero empiezo a ver mi mundo en la pared y ya no me parece relevante —¿o solo rehúyo? —. Cada día transcurre exactamente igual: duermo, despierto, abro los ojos, los tallo, miro, pasa una cosa, otra, me río, me aburro, duermo, despierto, duermo, duermo, duermo…

Y hoy desperté una vez más, pero hay algo que me mueve las entrañas, algo inusualmente distinto; no sé qué es, pero lo siento, se tensa alrededor de mi abdomen, sale de la cadena que me sostiene. De pronto, la cadena se hace más larga, se expande, dándome más libertad. Pero no me muevo, sigo donde siempre. No tengo por qué moverme. Hasta ahora he estado bien. ¡Maldita sea! Hay algo que casi… Casi me obliga, no sé qué sea, pero tengo ganas de impulsarme, de ir más allá de este confinamiento forzado. Hay un haz de luz que no había visto antes, que observo brevemente de reojo mientras trato de torcer mi cuerpo —¿podré levantarme? —. Trato en vano de elevarme; mis piernas están ahí, pero no responden. Me han mantenido demasiado tiempo arrodillado. Toco la pierna izquierda con mi mano derecha; la froto, y me doy cuenta de que la puedo estirar un poco, solo lo suficiente para cambiar —¡por fin!— de posición. Ahora hago lo mismo con mi pierna izquierda, y también la estiro, un poco más que la otra; ambas salen, se regocijan al zafarse del yugo del piso rasposo de roca suelta, de polvo viejo, de tiempos añejos y de objetos en la pared —hoy tengo miedo, más miedo que otros días. Intento levantarme por primera vez. Sigo de frente a la pared rugosa. No puedo. Es como la vez en la que quise abrir los ojos después de mi ceguera total, solo que peor; las piernas no me arden, pero parecen estar dormidas, tiesas, muertas. Sigo buscándolas con mis manos y noto que —a pesar de todo— empiezan a sentir, como yo. Esta vez tomo todo el tiempo necesario, incluso cuando siento que una fuerza externa —¿o vendrá de mí — me apresura. Casi siento curiosidad por salir de la cueva. Pero ¿qué me espera? ¿Será algo mejor? ¿O será el fin de lo que tengo? Más vale no seguir, mejor aquí me quedo; prefiero sentirme seguro que buscar lo otro, eso que me saque de aquí, que me haga ponerme de pie y caminar… Quiero dormir otra vez, quiero olvidar esa fuerza que me empuja, quiero seguir viendo esas cosas que me tranquilizan y me hacen abrir los ojos; espero que esa nueva luz ya no me moleste. Pero lo hace, me fastidia. Trato de ignorarla —aun cuando muchas veces quiero saber de qué se trata— y sigo aquí, arrodillado, adormilado, reservando mis fuerzas solo para despertar sin desplazarme.

Pero a veces es imposible evitar moverse, simplemente porque se presenta una oportunidad —única— para hacerlo.

A causa de este impulso que a veces controlo, ya no solo estoy de rodillas, puesto que he aprendido a sentarme; muevo mis piernas hacia atrás y hacia adelante, y ya se miran más vivas, más activas. Comienzo a flexionarlas y a estirarlas con mayor frecuencia. Al sentirlas, trato de ponerme de pie, y me elevo lentamente al tiempo que me balanceo, para caer sentado frente a la pared de color café profundo. Pareciera que apenas estoy aprendiendo a caminar. Ese muro estriado ahora refleja el fulgor del fuego: me mira de regreso a través de todas las cosas que contiene y mediante las que aprendo todo lo que necesito saber para seguir viviendo aquí. Al pasar de otros días, otras semanas, y otros siglos, casi sin darme cuenta logro voltear el cuello, estirar los brazos, y recargarlos sobre el piso, provocándome una sensación diferente por el solo hecho de haber cambiado ligeramente de posición. Ahora me recuesto —las cadenas ya me lo permiten— y trato de arrastrarme con los brazos para dejar de advertir las cosas de siempre y ver la otra pared, la de atrás ¿o será la de enfrente — la que esconde el fuego. Voy deslizándome sobre mi estómago, tragando tierra y sintiendo el polvo adentro de mis ojos, como si cayera sobre mí un castigo por seducirme a mí mismo con el hambre del conocimiento. Es duro moverse, tanto como las piedras que voy rozando, pero el impulso crece, se abre camino entre mis temores, y casi me fuerza a intimar con el otro lado de la cueva. Vislumbro la luz, esa que al principio se asomó detrás de mí y que ahora se siente más próxima. Casi llego hasta ella pero ya no puedo; empiezo a sentir el cansancio metiéndose entre los dedos de las manos y los pies cual xilófagos royéndome los huesos. Me detengo y dejo caer lentamente mi cuerpo, me recuesto hasta reconocer la tierra en toda la piel, que se rasca ligeramente sobre ella, la asimila, la siente. La cadena ya no me oprime como antes. Logro estirarme. Todo indica que me voy quedando inerme, mientras los insectos se nutren del cuerpo que estaba en movimiento por efecto de ese aliento interno.

Despierto, sintiéndome seguro de haber dormido menos tiempo, ya que mis continuos deseos de letargo van cediendo ante la inminente necesidad de ver el fuego, de tocar el rayo de luz. Alzo la cabeza y lo miro. Me siento primero acogido; luego atraído, embelesado. Me arrastro mansamente para llegar a mi objetivo y noto que lo que lo oculta no es precisamente un muro, sino más bien un montón de rocas y tierra que parece elevarse gradualmente; entonces, me arrodillo para luego impulsarme ayudado por el cúmulo de piedras, y tras varios intentos finalmente logro ponerme de pie. Casi exhausto, levanto la cabeza. ¡Qué es esto! Es… Sí, efectivamente es algo que parece conducirme hacia el origen del haz luminoso, que me lleva hacia arriba. ¡Es un ascenso escarpado! Uno de piedra, áspero, como la pared. Camino, me trepo con mis cuatro extremidades, mientras la cadena se alarga tras de mí cual larga cola de un reptil. Al hacerlo, me recorre una fuerza que se torna familiar y lejana a la vez; trato de recordar el sol del campo, pero la emoción de subir acapara toda mi energía, mientras advierto que solo quedan cenizas de lo que alguna vez fue una fogata al otro lado de la subida escarpada.

Comienzo a escalar, primero apoyado sobre mis manos y pies, y luego solo utilizando mis piernas. La luz es cada vez más fulgurante. Siento un ardor intenso en los ojos; me cubro el rostro con la mano derecha sin dejar de avanzar. Diviso una abertura amplia, de contornos filosos, que se asemeja a la boca de una serpiente hecha de luz y que me llama para darme el fruto del conocimiento con su apariencia seductora. Siento que todo lo que fui, lo que supe, lo que me dijeron los objetos en la cueva se diluye en un mar de sensaciones nuevas, que invaden mi columna vertebral a través de las cadenas. Sigo andando; al fin llego. Poco a poco saco la cabeza a través de la abertura, tapo mis ojos, los abro y cierro constantemente para no lastimarlos. Nuevamente me arrodillo para esconder el rostro de tanta luminiscencia. Después de algunos instantes por fin puedo ver —¿será acaso el Paraíso Perdido?— ¡Cuánta belleza! Tras esos días, semanas y siglos entre paredes rugosas, fuego y el pasar de las cosas frente a mí, me encuentro con el día, con los sauces, con las nubes en el espacio azul celeste y el viento que no solo se desliza sobre las hojas de los árboles, sino también sobre mi piel. Veo las aves volar sobre las copas de los gigantes de madera; cuento conejos brincando entre los surcos de un sembradío como el que alguna vez trabajé, y vislumbro un lago sobre el que juguetean los rayos del sol, libres de pudor y de cadenas, como estas que siguen incorporadas a mi cuerpo. Contemplo todo mientras me siento inundado por una profunda melancolía.

Me tranquiliza poder contar los días y las noches, y al cabo de un rato el día se ensombrece paulatinamente hasta devenir en calma oscura, haciéndome mirar hacia arriba para descubrir las luciérnagas del vacío, que con su distribución en la inmensidad del espacio dibujan formas y definen destinos. Me recuesto a orillas del lago para observarlas, en un estado de paz absoluta que jamás había experimentado, que penetra suavemente cada poro, cada célula, y que llega hasta el polvo compactado que integra cada uno de mis huesos. Cierro los ojos, pero esta vez no porque me ardan, sino porque deseo dejar que la oscuridad dé paso a las imágenes, esas que evocan lo que he visto y que ahora se mezclan en un espacio onírico de mi ser, que se desahogan en mi mente para trascender mi cuerpo. Empiezo a flotar sobre una cama de agua. Sin mirar, estiro mis extremidades y siento esa atmósfera acuosa, estable; me relajo totalmente durante algunos momentos, tantos que casi duermo de nuevo por primera vez desde que salí a este mundo. Quisiera quedarme así tantos días, tantas semanas y tantos siglos como los que gasté en la caverna. Quisiera quedarme inerte hasta el fin del tiempo, en una flotadura apacible. Las cadenas que llegan a mi cintura y a mi cuello ya no se sienten rígidas, metálicas, sino más bien tersas, tibias, flexibles. Todo a mi alrededor es placentero y cálido, húmedo y agradable. Pero de alguna manera sé que esto no va a durar para siempre.

Empiezo a mover mis dedos sin pensarlo, incitado —otra vez— por una necesidad de desplazamiento, y con ello percibo el agua del lago. Me percato de que el entorno es más denso de lo usual, y creo que puedo nadar, aunque solo alcanzo a patalear un poco y a estirar levemente mi cuerpo. Entonces, me doy cuenta de que estoy dentro de otra cueva; pero esta vez no siento el aire ni el fuego, solo el agua. No puedo ver, aunque me percato de que sí puedo oír algunos ruidos y palpar poco a poco la superficie que me rodea. Sigo atado a esta cuerda; no entiendo por qué —aunque sé que eso ya me había ocurrido antes—. Me inquieta el recuerdo de haber sentido una más gruesa y más rasposa alrededor del cuello, a pesar de que piense que esta vez no me hará daño, al menos no mientras mantenga la cabeza casi estática, los brazos cruzados y las piernas encogidas; con esa lógica, trato de no agitarme y desenvolverme lentamente. Ya más calmado, construyo imágenes de mi propio cuerpo, de aquel que fue en la otra caverna, pues percibo que este que ahora ostento es más frágil y pequeño. Una vez más me voy quedando dormido…

Luego del coma efímero, despierto, y reconozco que tuve un sueño, un sueño en el que extendía mis brazos para salir. Una vez afuera, corría entre los surcos de maíz con los pies descalzos; iba sintiendo el sol caer en mi cara y apresurándome para llegar a la casa de adobe pintado de rosa con tejas rojas, con focos blancos de día y rojos de noche, en la que había pasado algunos momentos importantes de mi vida. Al arribar, divisaba a una mujer madura, sentada en un tronco de madera con un vestido que permitía que sus senos respiraran, y que lucían tan naturales como los cerros que imponían su presencia al bordear el lugar; ella me sonreía y yo le respondía con un beso en la mejilla; salía de ese pueblo lleno de calles empedradas y gente del campo, mientras todos los rostros que me habían visto pasar transitaban por mi mente. Llegaba a la capital del país, conocía mi primer amor, entraba a la universidad; estudiaba hasta el cansancio, devoraba libros y comenzaba a crear ideas sobre progreso y justicia, obtenía el título ingeniero agrónomo y encontraba mi primer trabajo, luego… Luego el sueño se detuvo, y desperté nuevamente aquí, sin abrir los ojos, sin ver esa luminosidad que tanto añoro.

Ahora que dejo mi somnolencia atrás, trato de ir hacia adelante para llevar a cabo mi plan onírico; comienzo a agitar mis extremidades, empujo con toda la fuerza que tengo, ejerzo presión en mi cuello y la cuerda se tensa con el movimiento, pero eso no me hace parar; pataleo, y pasa un rato sin haber conseguido lo que buscaba. Entonces, trato de patear más fuerte, me sacudo con mayor intensidad, y de tajo descubro que he roto una barrera y que el agua comienza a desbordarse. —¡Estoy asustado! ¡Siento que me asfixio! — Mejor ya no me muevo, estoy mareado, agotado, sin aire.

En un estado inánime alcanzo a escuchar algunos gritos, y recuerdo la última vez que tuve una sensación similar, allá entre los cafetales de Santiago Ixcuintepec, cuando por no ser cómplice de una trampa para que la compañía en la que trabajaba se hiciera de unas tierras, me colgaron de un árbol con unos campesinos. Ahora sé que después de eso desperté en la caverna. Advierto la memoria confusa; todo lo que he vivido se vuelve ante mí como una serie de fotografías instantáneas, en un álbum que se hojea página tras página sin detenerse a contemplar las imágenes, solo figuras borrosas. Alcanzo a distinguir las siluetas de la gente, de los objetos en la pared de la caverna; escucho la profunda resonancia de un pueblo sin ruidos y, paulatinamente, empiezo a percibir claridad a través de una abertura que cada vez se hace más grande. Ya no siento las paredes de ese cuerpo que me aislaba, y en su lugar encuentro unas manos que me van sacando de ese espacio que me hospedó durante algunos días, algunas semanas, algunos siglos.

Entonces, ya no percibo agua, solo aire transitar por mi piel; justo cuando creo que me voy a quedar dormido, siento un golpe repentino. Lloro, no sé si de tristeza o de felicidad, pero sigo vivo. El llanto comienza a desaparecer y, al elevarme en el espacio y caer entre sábanas blancas, de algodón, juzgo mi alma apacible, mientras logro percibir que la conciencia se va desvaneciendo sin dejar rastro ante la luz…

Sobre la confesión de un artista

Un confíteor, proveniente del latín confiteor -confieso- es una oración que se utiliza ampliamente en las misas del catolicismo, con el propósito de reconocer los pecados propios y suplicar a los seres divinos que intercedan ante Dios para la obtención del perdón.

No obstante, el poeta francés Charles Baudelaire (1821-1867) utiliza este nombre para confesar no los pecados, sino el sufrimiento del artista, que deviene cuando las palabras no son suficientes para describir lo bello que la naturaleza humana y la Naturaleza misma revelan. De este modo, eleva el arte al nivel de una religión, y fragmenta su prosa poética en cuatro estrofas.

Dado que en esta ocasión no pretendo explicar este poema -tarea que siempre es difícil y a veces imposible- dejo debajo su versión original en francés, y una traducción que realicé recientemente a nuestra bella lengua, con el propósito de que la lean, la sientan y la disfruten.

LE CONFITEOR DE L’ARTISTE

Que les fins de journées d’automne sont pénétrantes ! Ah ! pénétrantes jusqu’à la douleur ! car il est de certaines sensations délicieuses dont le vague n’exclut pas l’intensité ; et il n’est pas de pointe plus acérée que celle de l’Infini.

Grand délice que celui de noyer son regard dans l’immensité du ciel et de la mer ! Solitude, silence, incomparable chasteté de l’azur ! une petite voile frissonnante à l’horizon, et qui par sa petitesse et son isolement imite mon irrémédiable existence, mélodie monotone de la houle, toutes ces choses pensent par moi, ou je pense par elles (car dans la grandeur de la rêverie, le moi se perd vite !) ; elles pensent, dis-je, mais musicalement et pittoresquement, sans arguties, sans syllogismes, sans déductions.

Toutefois, ces pensées, qu’elles sortent de moi ou s’élancent des choses, deviennent bientôt trop intenses. L’énergie dans la volupté crée un malaise et une souffrance positive. Mes nerfs trop tendus ne donnent plus que des vibrations criardes et douloureuses.

Et maintenant la profondeur du ciel me consterne ; sa limpidité m’exaspère. L’insensibilité de la mer, l’immuabilité du spectacle, me révoltent… Ah ! faut-il éternellement souffrir, ou fuir éternellement le beau ? Nature, enchanteresse sans pitié, rivale toujours victorieuse, laisse-moi ! Cesse de tenter mes désirs et mon orgueil ! L’étude du beau est un duel où l’artiste crie de frayeur avant d’être vaincu.
EL CONFÍTEOR DEL ARTISTA

¡Vaya que los finales de los días de otoño son penetrantes! ¡Ah! ¡Penetrantes hasta el dolor! Porque hay ciertas sensaciones deliciosas donde lo vago no excluye la intensidad, y no hay punta más afilada que aquella del infinito.

¡No hay mayor delicia que ahogar la mirada en la inmensidad del cielo y del mar! ¡Soledad, silencio, castidad incomparable del cerúleo intenso! Un pequeño velo trémulo en el horizonte, y que por su pequeñez y su retraimiento imita mi irremediable existencia, melodía monótona de la marejada; todas estas cosas piensan por mí, o yo pienso por ellas (porque en la grandeza del ensueño ¡el mío se pierde rápido!); ellas piensan, digo yo, pero musical y pintorescamente, sin argucias, sin silogismos, sin deducciones.

Empero, estos pensamientos, que salen de mí o surgen de las cosas, se vuelven rápidamente muy intensos. La energía de la voluptuosidad crea un malestar y un sufrimiento positivo. Mis nervios tan tensos no brindan más que vibraciones estridentes y dolorosas.

Y ahora mismo la profundidad del cielo me consterna; su limpidez me exaspera. La insensibilidad del mar, la inmutabilidad del espectáculo, me irritan… ¡Ah! ¿Se debe sufrir eternamente, o huir eternamente lo bello? Naturaleza, hechicera sin piedad, rival siempre victoriosa, ¡déjame! ¡Cesa de provocar mis deseos y mi orgullo! El estudio de lo bello es un duelo donde el artista grita de miedo antes de ser vencido.      
Petite poèmes en prose, Charles Baudelaire, 1869

Este escrito se incluyó en el libro Pequeños poemas en prosa, y se editó a dos años de la muerte de Baudelaire, a quien se le considera uno de los principales exponentes del simbolismo. Su obra más conocida es Les fleurs du mal (Las flores del mal, 1857), un conjunto de poemas que en su tiempo escandalizó a diversos críticos y causó polémica, y que ahora es considerado uno de los escritos trascendentales de las literaturas francesa y universal.

Si te gustó lo que leíste, conoce más de mi trabajo como escritor en los siguientes enlaces:

ÉRASE UNA VEZ… EN UN CORPORATIVO: Crónica de la Supervivencia de un Ejecutivo en un Entorno Globalizado

PARADISE LOST: la Otredad de Dios en la Figura Trágica de Satanás

Y de repente que aparece un vampiro en la Ciudad de México

Un vampiro apareció hace más de 40 años en la Ciudad de México, sí, pero no uno que chupa sangre, sino aquel que deambula por las zonas rojas, rosas y azules de la ciudad para encontrarse con otros que, sedientos como él, buscan saciar el deseo que baja de la cabeza al resto del cuerpo y les provoca abrir sus alas ante quien los tope en medio de las sombras.

Para ser más preciso, en el año 79 del siglo pasado se publicó, por primera vez, El vampiro de la Colonia Roma, una novela a momentos dramática, a momentos divertida, cuyo protagonista revela fragmentos de su vida a través de siete cintas audibles -o casetes- que envió a alguien más para que escribiera un libro. De inicio, esta forma de narrar resulta original y llamativa, pues no presenta ningún signo de puntuación para enfatizar que el personaje está hablando, sin que podamos conocer la fecha en que fueran realizadas las grabaciones ni a quien, específicamente, van dirigidas.

Lo que sí sabemos, es que “Adonis García” -quien narra en primera persona- es un hombre joven de una familia que acaba por desintegrarse tras la muerte del padre, y quien se ve obligado a cambiar más de una vez de residencia mientras descubre su sexualidad, y la forma en que puede usarla no solo para encontrar satisfacción corporal, sino además para subsistir en una megalópolis en donde abundan clientes y siempre hay dinero para esos inconmensurables regodeos que se logran con un orgasmo.

Por su parte, la estructura de la novela la constituyen siete capítulos -o cintas- que inician con la descripción somera de un sueño, donde pareciera que el subconsciente -alerta en sus entrañas- supiera siempre el suceso principal en el andar del personaje. En relación con esto, el título de cada casete encasilla la frase “y de repente” -excepto por la primera, que se nombra “Y tú ¿qué vas a hacer cuando dios se muera?”- para evidenciar el azar, o lo circunstancial de la existencia humana que aparece de pronto, como un accidente, y que se debe afrontar con velocidad para continuar con un paso a veces firme, a veces tambaleante, pero siempre dirigido a continuar el camino de la mejor manera posible. Es quizá esto, la resiliencia de Adonis para no rendirse ante los embates que se le presentan, lo que va construyendo un personaje memorable a lo largo de la narrativa, más allá de sus aventuras sexuales en esa combinación placer-hastío-oficio que le permite sentirse vivo y pagarse los vicios, la comida y la renta.

Al final, ¿Adonis le encuentra sentido a su vida? Como todos nosotros, en algunos momentos cree que sí y, en otros, le es difícil saber si está viviendo en una realidad concreta -ya sea sobrio, borracho o medicado- o si continúa en el sueño que acechó su mente la noche anterior. Lo que sí es posible dilucidar es que el bello mancebo, quien recorre las calles como un vampiro, está más orientado a la acción que al pensamiento, pues se preocupa más por el “ahora” que por el “después” para disfrutar y sufrir la vida tal y como llega, con o sin la ayuda de quienes lo rodean, y concluir -sin comas- que

Y así  y a pesar de haberlo olvidado durante un tiempo me di cuenta de que la única persona que iba a estar conmigo hasta el fin de mis días era yo mismo  y que si yo no hacía nada por mí   nadie en el mundo iba a hacerlo

Entonces, en ese distanciamiento que solamente puede encontrarse en la colectividad, Adonis reconoce que está solo, pero no como algo catastrófico o desconsolador, sino más bien como un aliciente dentro de una realidad en la que, aunque de la mano de los otros, nacemos, somos y morimos en la individualidad de nuestros pensamientos y emociones.

Así, a quienes no lo hayan hecho, les recomiendo que lean esta novela -no apta para los que se ofendan con la descripción explícita de la naturaleza humana y sus actos carnales- que resulta juguetona y fluida, más allá de la orientación sexual del personaje, pues al final todos somos iguales o sea todos somos seres humanos y reímos y la cagamos y volvemos a reír ¿o no? Diría Adonis. Por último, pero no menos importante, sirva este breve ensayo para rendir un pequeño homenaje al autor de El vampiro de la Colonia Roma, el dramaturgo, novelista y traductor Luis Zapata Quiroz, quien abriera sus alas para volar a otros espacios y encontrarse con la muerte, después de haber padecido problemas relacionados con el corazón y los pulmones el 4 de noviembre de 2020.

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ÉRASE UNA VEZ… EN UN CORPORATIVO: Crónica de la Supervivencia de un Ejecutivo en un Entorno Globalizado

PARADISE LOST: la Otredad de Dios en la Figura Trágica de Satanás

Hoy, cuando se cumplen diez años… (Un pequeño tributo a Rita Guerrero)

Hoy, cuando se cumplen diez años de que abandonaras este mundo,

dejando tanta belleza y tanta reflexión, te escribo para que sepas que te sigo recordando.

Te recuerdo a través de las imágenes que inundan mi vista interna con tu expresión teatral, poderosa, indeleble, y tu cabello negro, libre, rizado;

te recuerdo a través de las letras que realzan, cada vez más, la lectura de lo que fuiste para todos, pero en especial de lo que fuiste para mí en este mundo a veces destrozado;

te recuerdo a través de tu voz, que siempre será mía porque nadie te oye como yo lo hago, con la agudeza de mi oído eternamente aprisionado;

te recuerdo en el ciclo infinito que te escuchará hasta que yo también abandone este mundo, ya dormido, ya cansado (y tal vez después).

Te conocí en una casa que no recuerdo, porque lo que permaneció en mi mente fuiste tú;

te seguí por muchos lados que ahora se escapan a mi memoria, porque lo que quise ver eras tú;

un día de mayo te llevé un pastel para celebrar tu vida, y apagaste unas cuantas velas, aunque todo el fuego siempre lo encendieras tú;

te oí cantar con la gran Santa Sabina, con el sublime Ensamble Galileo, y con un coro joven que parecía maduro, porque ahí estabas tú.

Ahora, también te conozco y te sigo y te llevo pasteles y te oigo cantar, porque todo lo maravilloso que me dejaste, que nos dejaste, continúa en el afluente de un río que nunca se seca, porque desemboca en ese mar adentro en la sangre, que es la sangre de todos aquellos cuya alma tocaste tú.

Luego, te conocí aún más incluso después de haberte ido, pues transcribí canciones y monólogos y diálogos a otra lengua, a otros signos, mientras te veía en una pantalla diminuta, que hacías grande con lo que eras tú.

Ahora, te recuerdo a través de todo lo que dejaste en mi intelecto, en mi espíritu y en mi corazón, y sobre todo porque tu voz nunca se borra. Para no olvidarte, siempre habrá una canción.

Hoy, cuando se cumplen diez años de que abandonaras este mundo…

Olvidé las palabras

Olvidé la lengua

La voz de las palabras

Pero sé que tú y yo

Somos dos voces

Unidas por la noche…

Espejo, Santa Sabina (2012)

Si te gustó lo que leíste, echa un vistazo a mis libros aquí

La Laguna, de Joseph Conrad

Traducción del inglés al español por Mauricio Ochoa Morales

El hombre blanco, apoyándose con ambos brazos sobre el techo de la pequeña cabina en la popa del bote, dijo al timonero

‘Pasaremos la noche en el lugar de Arsat. Ya es tarde.’

El malayo solo refunfuñó, y se dispuso a mirar fijamente hacia el río. El hombre blanco descansó la barbilla sobre sus brazos cruzados y contempló la estela del bote. Al final de la avenida recta de selva, interrumpida por el brillo intenso del río, el sol aparecía nítido y deslumbrante, posado tranquilamente sobre el agua que resplandecía de manera apacible como una banda metálica. La selva, sombría y aburrida, permanecía inerte y silenciosa a cada lado de la ancha corriente. Al pie de los grandes e imponentes árboles, se levantaban palmeras nipa sin tronco desde el cieno de las orillas, en montones de hojas enormes y pesadas, que colgaban con fastidio sobre el remolino café que se formaba por las contracorrientes. En la quietud del aire cada árbol, cada hoja, cada rama, cada vuelta de enredadera y cada pétalo de florecimientos fugaces parecían haber sido embrujados en una inmovilidad concluyente y perfecta. Nada se movía en el río excepto por los ocho remos que se levantaban regular e intermitentemente, hundiéndose juntos en un solo toque, mientras el timonero desplazaba su navaja de derecha a izquierda mediante movimientos periódicos y súbitos, que describían un semicírculo destellante sobre su cabeza.  El agua agitada provocaba espuma en los costados con un murmullo confuso. Y la canoa del hombre blanco, avanzando río arriba entre el disturbio efímero de su propia hechura, parecía entrar a los portales de una tierra en donde la misma memoria del movimiento había partido para siempre.

El hombre blanco, volteando hacia la puesta del sol, miró a lo largo de la extensión ancha y vacía de la desembocadura del mar. Durante las últimas tres millas de su curso, el río errante y dudoso, como si fuera irremediablemente atraído por la libertad del horizonte abierto, fluye directo hacia el mar, directo hacia el este –hacia el este que alberga tanto a la luz como a la oscuridad. El repetido llamado de algún ave en la popa del bote, un llanto discordante y débil, pasó a lo largo de la superficie mansa del agua y se perdió a sí mismo antes de que pudiera llegar al otro lado, en el silencio sofocado del mundo.

El timonero sumergió su remo en la corriente, sosteniéndolo firmemente con los brazos rígidos, y abalanzado su cuerpo hacia adelante. El agua borboteó fuertemente, y de pronto el caudal largo y alineado pareció girar sobre su propio centro, la selva osciló en un semicírculo, y los deslizantes rayos de sol del crepúsculo tocaron el lado más ancho de la canoa con un brillo feroz, proyectando las sombras esbeltas y distorsionadas de su tripulación sobre el resplandor convulsionado del río. El hombre blanco volteó para mirar hacia adelante. El curso del bote había sido desviado a noventa grados de la corriente, y la cabeza de dragón tallada sobre su proa apuntaba ahora hacia un espacio entre los arbustos de la orilla. Se deslizaba sola, rozando las ramas suspendidas, y desaparecía del río como si fuera una criatura anfibia y pequeña dejando el agua para llegar a su madriguera en la selva.

El angosto afluente era como una zanja: tortuoso, fabulosamente profundo; lleno de penumbra bajo la delgada capa de azul brillante y puro del cielo. Se elevaban árboles inmensos, invisibles tras el arrope festivo de las enredaderas. Aquí y allá, cerca de la negrura brillante del agua, se alcanzaba a ver la raíz retorcida de algún gran árbol entre caminos de pequeños helechos, negra y repugnante, inextricable e inmóvil, como una serpiente paralizada. Las palabras breves de los remadores se reverberaban intensamente entre las paredes gruesas y sombrías de la vegetación. La oscuridad supuraba de entre los árboles, a través del enredado laberinto de las trepadoras, desde atrás de las fantásticas y nada estimulantes hojas; la oscuridad, misteriosa e invencible; la oscuridad perfumada y venenosa de la selva impenetrable.

Los hombres entraron en aguas menos profundas. El afluente se ensanchó, abriéndose en la amplia extensión de una laguna estancada. La selva se desvaneció del paisaje pantanoso, dejando una cama tupida de pasto verde brillante para enmarcar el reflejo azulado del cielo. Una nube rosa aborregada vagaba en lo alto, rastreando la delicada pigmentación de su imagen bajo las hojas flotantes y las flores plateadas de loto. Una pequeña casa, posada sobre un montículo alto, aparecía negra a la distancia. Cerca de ella, dos grandes palmeras nibong, que parecían haber provenido de la selva que se distinguía detrás, se inclinaban ligeramente sobre el precario techo, sugiriendo una triste ternura y cuidado en el suave caer de sus frondosas y elevadas cabezas.

El timonero, apuntando con su remo, dijo, ‘Arsat está ahí. Veo su canoa atada entre los postes.’

Los remadores descendieron apresuradamente por ambos lados del bote al final del viaje diurno, mirando de reojo para cuidarse las espaldas. Ellos hubieran preferido pasar la noche en algún otro lugar que no fuera esta laguna de aspecto raro y reputación fantasmal. Más aún, Arsat no era de su agrado, primero por ser un extraño, y también porque aquel que repara una casa arruinada, y habita en ella, proclama que no teme vivir entre los espíritus que hechizan los lugares abandonados por el hombre. Este tipo de persona puede perturbar el curso del destino con miradas o palabras, mientras que los fantasmas con los que se relaciona no son fáciles de apaciguar por viajeros casuales sobre los que desean infligir la malicia de su amo humano. A los hombres blancos no les interesan tales cosas, siendo incrédulos y estando asociados con el Padre de la Maldad, quien los guía sanos y salvos a través de los peligros invisibles de este mundo. Ellos contraponen una pretensión ofensiva de escepticismo ante las advertencias de los justos. ¿Qué es lo que queda por hacer?

Mientras pensaban en eso, reclinaban su peso hacia el extremo final de sus largas pértigas. La gran canoa se deslizaba rápida, silenciosa y gradualmente hacia el lugar de Arsat, hasta que, en un traqueteo provocado por las pértigas cayendo de las manos, y los murmullos bulliciosos de ‘¡Alabado sea Alá!’, llegó dando un suave golpeteo contra los postes torcidos debajo de la casa.

Con los rostros levantados los hombres de la embarcación gritaron de manera disonante ‘¡Arsat! ¡O Arsat!’ Nadie vino. El hombre blanco comenzó a subir por la rudimentaria escalera que daba acceso a la plataforma de bambú enfrente de la casa. El cabecilla del bote dijo enfurruñado, ‘Nosotros cocinaremos en el sampán, y dormiremos sobre el agua’.

‘Pásame mis cobijas y la cesta’, dijo el hombre blanco cortésmente.

Se arrodilló en la orilla de la plataforma para recibirlas. Luego el bote se apartó, y el hombre blanco, de pie, se encontró de frente con Arsat, quien había salido a través de la puerta de su choza. Era un hombre joven, poderoso, con un pecho robusto y brazos musculosos. No tenía nada puesto además de su pareo malayo. Su cabeza estaba descubierta. Sus ojos grandes y suaves se dirigieron ansiosamente hacia el hombre blanco, pero su voz y su comportamiento eran calmados como él lo pidió, sin ninguna palabra de saludo.

‘¿Tienes medicina, Tuan?’

‘No’, dijo el visitante en un tono de alarma. ‘No. ¿Por qué? ¿Hay enfermedad en esta casa?’

‘Entra y ve por ti mismo’, respondió Arsat, con la misma conducta tranquila, y dándose una pequeña vuelta, pasó otra vez por la pequeña puerta. El hombre blanco, soltando sus pertenencias, lo siguió.

En la luz tenue de su morada construyó un colchón de bambús en el que yacía una mujer recostada bajo una gran sábana de algodón rojo. Ella permanecía inerte, como si estuviera muerta, pero sus ojos grandes, bien abiertos, brillaban en la penumbra, dirigiéndose arriba hacia las vigas delgadas, inmóviles y mirando sin ver. Tenía mucha fiebre, y estaba evidentemente inconsciente. Sus mejillas lucían ligeramente hundidas, sus labios parcialmente abiertos, y su rostro joven tenía la expresión fija y ominosa –absorta y contemplativa, de aquellos inconscientes que van a morir. Los dos hombres se quedaron de pie observando su silencio.

‘¿Ha estado mucho tiempo enferma?’ preguntó el viajero.

‘No he dormido en cinco noches’, contestó el malayo, en un tono reflexivo. ‘Al principio ella escuchaba voces llamándola desde el agua y luchaba contra mí por no dejarla ir. Pero desde que el sol de hoy salió ella no escucha nada –no me escucha a mí. No ve nada. No me ve a mí –¡a mí!’

Él permaneció callado por un instante, y luego preguntó apaciblemente

Tuan, ¿ella va a morir?’

‘Me temo que sí’, dijo el hombre blanco con una mirada triste. Había conocido a Arsat años atrás, en un país lejano en tiempos inciertos y peligrosos, cuando ninguna amistad puede ser desdeñada. Y desde entonces su amigo malayo había aparecido de manera inesperada para habitar en la choza de la laguna con una mujer extraña; él había dormido muchas veces ahí, en sus viajes arriba y abajo del río. A él le agradaban los hombres que sabían cómo mantener la fe común y cómo pelear sin miedo al lado de su amigo blanco. A él le agradaba –tal vez no tanto como a un hombre le agrada su perro favorito– pero aun así le agradaba lo suficiente como para ayudarlo sin hacer preguntas, para pensar algunas veces confusa y vagamente en medio de sus propias misiones, en el hombre solo y la mujer de cabello largo con rostro audaz y ojos triunfantes, que vivían juntos y escondidos en la selva –solos y temidos.

El hombre blanco salió de la choza a tiempo para ver la enorme conflagración del ocaso apagada por las sombras rápidas y furtivas que, elevándose como un vapor negro e impalpable por encima de los árboles, se extendió sobre el cielo, extinguiendo el resplandor carmesí de las nubes flotantes y el rojo brillante de la luz del día saliente. En breves instantes todas las estrellas salieron sobre la intensa negrura de la tierra, y repentinamente la gran laguna resplandeciente llena de luces reflejadas se asemejó a una mancha ovalada de cielo nocturno arrojada a la noche abismal y sin esperanza en la zona salvaje. El hombre blanco tenía un poco de sopa que sacó de la cesta, luego recogiendo algunos palos que estaban tirados sobre la plataforma, hizo una pequeña fogata, no para calentarse, sino para hacer humo, lo que mantendría alejados a los mosquitos. Se arropó con sus cobijas y se sentó con su espalda hacia la pared de juncos de la casa, fumando pensativamente.

Arsat apareció por la puerta con pasos sigilosos y se sentó junto al fuego clandestinamente. El hombre blanco movió sus piernas estiradas un poco.

‘Ella respira’, dijo Arsat en voz baja, anticipando la pregunta esperada. ‘Ella respira y arde como si estuviera en un gran fuego. No habla; no escucha –¡y arde!’

Hizo una breve pausa, y luego preguntó con un tono sereno y nada curioso

Tuan… ¿Ella morirá?’

El hombre blanco movió sus hombros inquietantemente, y musitó en forma dudosa

‘Si tal es su destino’.

‘No, Tuan’, dijo Arsat tranquilamente. ‘Si tal es mi destino, yo escucho, yo veo, yo espero. Yo recuerdo… Tuan, ¿recuerdas los viejos tiempos? ¿Recuerdas a mi hermano?’

‘Sí’, dijo el hombre blanco. El malayo se levantó súbitamente y fue hacia adentro. El otro, todavía sentado afuera, podía oír la voz en la choza. Arsat decía: ‘¡Escúchame! ¡Habla!’ Sus palabras fueron seguidas por un silencio absoluto. ‘¡O Diamelen!’ gritó inesperadamente. Después de ese grito hubo un suspiro profundo. Arsat salió y se hundió en el lugar donde se había sentado antes.

Ellos se sentaron en silencio frente al fuego. No había ningún sonido dentro de la casa, no había ningún sonido cerca de ellos; pero a lo lejos en la laguna podían oír las voces de la tripulación sonando de manera intermitente y perceptible sobre el agua calmada. El fuego en la proa del sampán brillaba débilmente a la distancia con un resplandor rojo y nebuloso. Luego se apagó. Las voces cesaron. La tierra y el agua dormían invisiblemente, aburridos y mudos. Era como si no hubiera habido nada más en el mundo que el torrente de estrellas brillantes, incesante y banal, a través de la quietud negra de la noche.

El hombre blanco miró fijamente hacia la oscuridad frente a él con los ojos bien abiertos. El temor y la fascinación, la inspiración y el asombro de la muerte –de la muerte cercana, inevitable, e inadvertida, mitigó la intranquilidad de su raza y removió el más imperceptible, el más íntimo de sus pensamientos. La sospecha de maldad siempre presente, la sospecha constante que merodea nuestros corazones, se vertió dentro de la quietud a su alrededor –dentro de la quietud adormilada y profunda, y le dio una apariencia desconfiable e infame como la máscara plácida e impenetrable de la violencia injustificada. Durante esa interrupción fugaz y poderosa de su ser la tierra envuelta en la paz de la luminosidad de las estrellas se volvió un país sombrío de lucha inhumana, un campo de batalla de fantasmas terrible y encantador, augusto o innoble, combatiendo vehementemente por la posesión de nuestros desamparados corazones. Un país estridente y misterioso de deseos y temores inextinguibles.

Un rumor lastimero se elevó en la noche; un murmullo entristecedor y alarmante, como si las enormes soledades de los bosques aledaños hubieran tratado de susurrar en su oído la sabiduría de su inmensa y enaltecida indiferencia. Sonidos dudosos y vagos flotaban en el aire a su alrededor, dándose a sí mismos la forma de palabras lentamente; y por fin fluyeron plácidamente en una corriente murmurante de oraciones suaves y monótonas. Él se movió como un hombre despertando y apenas y cambió su posición. Arsat, inmóvil y sombrío, sentado con la cabeza inclinada bajo las estrellas, estaba hablando en un tono reservado y soñador

‘¿…dónde podemos depositar la pesadez de nuestros problemas si no es en el corazón de un amigo? Un hombre debe hablar de amor y guerra. Tú, Tuan, sabes lo que es la guerra, ¡y tú me has visto buscar la muerte en tiempos de peligro mientras otros hombres buscan la vida! Puede que un escrito se pierda; que una mentira se escriba; ¡pero lo que ha visto el ojo es verdad y se queda en la mente!’

‘Lo recuerdo’, dijo el hombre blanco en voz baja. Arsat prosiguió con un aire desconsolado:

‘Por ello debo hablar contigo de amor. Hablar en la noche. Hablar antes de que tanto el amor como la noche se hayan ido –y el ojo del día mire mi pesar y mi vergüenza; mi rostro ennegrecido, mi corazón abrasado’.

Un suspiro, transitorio y débil, marcó una casi imperceptible pausa, y luego sus palabras fluyeron, sin movimientos, sin gestos.

‘Antes de que el tiempo de conflicto y guerra acabara y tú te fueras de mi país persiguiendo tus ambiciones, que nosotros, los hombres de las islas, no podemos entender, mi hermano y yo llegamos a ser otra vez, como lo habíamos sido antes, los guardianes del Gobernante. Tú sabes que éramos hombres de familia, pertenecientes a una casta dominante, y más preparados que cualquiera para portar el emblema de poder en nuestro hombro derecho. Y en tiempos de prosperidad Si Dendring nos hacía favores, como nosotros, en tiempos de tristeza, le habíamos mostrado la lealtad de nuestra valentía. Era un tiempo de paz. Un tiempo de cacería de venados y peleas de gallos; de conversaciones ociosas y riñas inútiles entre hombres con panzas llenas y armas oxidadas. Pero el campesino vio crecer los jóvenes brotes de arroz sin temor, y los comerciantes empezaron a ir y venir, saliendo flacos y regresando gordos en el río de la paz. También trajeron noticias. Trajeron verdad y mentira mezcladas, para que ningún hombre supiera cuando regocijarse y cuando lamentarse. También escuchamos de ellos sobre ti. Te habían visto aquí y te habían visto allá. Y yo me sentía contento de oírlo, porque recordaba los tiempos emocionantes, y yo siempre te recordé, Tuan, hasta que vino el tiempo en el que mis ojos no pudieron ver nada del pasado, porque habían visto a quien ahora está muriendo ahí – en la casa’.

                Él se detuvo para exclamar en un murmullo intenso, ‘¡O María bahia! ¡O Calamidad!’ para luego seguir hablando en un tono un poco más alto.

                ‘No hay peor enemigo ni mejor amigo que un hermano, Tuan, puesto que un hermano conoce al otro, y en el conocimiento perfecto está la fuerza para el bien o el mal. Yo amaba a mi hermano. Fui con él y le dije que no quería ver nada más que un rostro, escuchar nada más que una voz. Él me dijo: “Abre tu corazón para que ella pueda ver lo que hay en él –y espera. La paciencia es sabiduría. ¡Inchi Midah podría morir o nuestro Gobernante podría deshacerse de su temor a una mujer!”…¡Esperé! …Tú recuerdas a la dama que tenía un velo en el rostro, Tuan, y el miedo de nuestro Gobernante ante su astucia y temperamento. Y si ella quería a su sirviente, ¿qué podía yo hacer? Pero alimenté el hambre de mi corazón con miradas breves y palabras sigilosas. Yo deambulaba por el rumbo de las termas durante el día, y cuando el sol había caído detrás de la selva me arrastraba por el seto de los jazmines del patio de las mujeres. Sin ser vistos, hablábamos el uno al otro entre la esencia de las flores, a través de los velos de hojas, a través de las hojas del pasto crecido que permanecía quieto ante nuestros labios; tan grande era nuestra prudencia, tan débil era el murmuro de nuestro gran deseo. El tiempo pasaba rápidamente… y había rumores entre las mujeres –y nuestros enemigos observaban– mi hermano estaba triste, y yo empecé a pensar en matar y en una muerte rapaz… Somos de la gente que toma lo que quiere –como ustedes los blancos. Hay un tiempo en el que un hombre debe olvidar la lealtad y el respeto. El poderío y la lealtad son dados a los gobernantes, pero a toda la gente le son dados el amor, la fuerza y el coraje. Mi hermano decía, “Debes arrebatarla de su entorno. Nosotros somos dos que son como uno”. Y yo le respondí, “Que sea pronto, pues no encuentro calor en los rayos de sol que no brillan sobre ella”. Llegó nuestro momento cuando el Gobernador y todos los altos mandos fueron a la boca del río para pescar con antorchas. Había cientos de botes, y en la arena blanca, entre las aguas y la selva, se construyeron refugios de hojas para alojar a los Rajás. El humo del fuego para cocinar era como una bruma azul en el atardecer, y a través de ella corrían muchas voces alegremente. Mientras estaban alistando los botes para ir a buscar a los peces, mi hermano llegó conmigo y me dijo, “¡Esta noche!” Miré mis armas, y cuando llegó el momento nuestra canoa tomó su lugar en el círculo de botes que llevaban las antorchas. Las luces brillaban en el agua, pero detrás de los botes había oscuridad. Cuando comenzaron los gritos y el entusiasmo los volvió locos nosotros nos separamos. El agua se tragó nuestro fuego, y flotamos de nuevo hacia la orilla que estaba oscura excepto por algunos destellos de brasas aquí y allá. Podíamos escuchar las conversaciones de las mujeres esclavas entre los resguardos. Entonces encontramos un lugar desértico y silencioso. Esperamos ahí. Ella llegó. Llegó corriendo a lo largo de la orilla, rápidamente y sin dejar rastro, como una hoja acarreada por el viento hacia el océano. Mi hermano dijo en un tono melancólico, “Ve y tómala; llévala a nuestro bote”. La levanté entre mis brazos. Ella jadeó. Su corazón estaba latiendo contra mi pecho. Yo dije, “Te arrebato de ellos. Tú llegaste al llanto de mi corazón, ¡pero mis brazos te llevan a mi bote en contra de la voluntad del grande!” “Está bien”, dijo mi hermano. “Nosotros somos hombres que tomamos lo que queremos y podemos conservarlo contra muchos. Debimos haberla tomado a la luz del día”. Yo dije, “Partamos ya”, puesto que desde que ella estaba en mi bote empecé a pensar en los muchos hombres del gobernador. “Sí. Partamos ya”, dijo mi hermano. “Hemos sido desterrados y este bote ahora es nuestro país –y el mar es nuestro refugio”. Él permaneció con su pie en la orilla, y yo le supliqué que se apresurara, ya que recordé los latidos de su corazón contra mi pecho y pensé que dos hombres no pueden resistir a cien. Nos fuimos, remando río abajo cerca del cieno y, cuando pasamos por el estuario en el que ellos estaban pescando, el griterío había cesado, pero el murmullo de las voces era estridente como el zumbido de los insectos volando a medio día. Los botes flotaban, agrupados, bajo la luz roja de las antorchas, bajo el techo negro de humo, y los hombres hablaban de su deporte. Hombres que alardeaban, elogiaban y se burlaban –hombres que habrían sido nuestros amigos por la mañana, pero que ya eran nuestros enemigos esa noche.

                Remamos rápidamente por el lugar. No teníamos más amigos en nuestro país natal. Ella se sentó en medio de la canoa con el rostro cubierto, silenciosa como ahora, sin ser vista como ahora –y yo no tenía remordimiento por lo que estaba dejando porque podía escucharla respirar cerca de mí– como la puedo escuchar ahora’.

                Hizo una pausa, oyó dirigiendo su oído hacia la puerta, agitó su cabeza y prosiguió.

                ‘Mi hermano quería dar el grito de desafío –solamente un grito– para dejar saber a la gente que éramos ladrones nacidos libres que confiaban en sus armas y en el gran océano. Y una vez más le rogué en nombre de nuestro amor que se quedara callado. ¿Podía no escucharla respirando cerca de mí? Sabía que nuestra misión se cumpliría pronto. Mi hermano me amaba. Hundió su remo sin sacar agua. Él solo dijo, “Ahora hay solo la mitad de un hombre en ti –la otra mitad está en esa mujer. Yo puedo esperar. Cuando seas un hombre completo nuevamente, regresarás aquí conmigo para gritar el desafío. Somos hijos de la misma madre”. No le di ninguna respuesta. Toda mi fuerza y todo mi espíritu estaban en mis manos que sostenían el remo –pues anhelaba estar con ella en un lugar seguro más allá de la rabia del hombre y el resentimiento de la mujer. Mi amor era tan grande, que pensé que si tan solo pudiera escapar de la furia de Inchi Midah y de la espada de nuestro Gobernador, podría guiarme a un país donde la muerte fuera desconocida. Remamos con prisa, respirando a través de nuestros dientes. Las paletas se hundieron en lo profundo del agua. Salimos del río; circulamos por canales despejados entre las aguas poco profundas. Rodeamos la costa negra; rodeamos las playas arenosas donde el mar habla en susurros con la tierra, y el brillo de la arena blanca se proyectó sobre nuestro bote, que corrió suavemente sobre el agua. No hablamos. Solamente dije una vez, “Duerme, Diamelen, porque pronto querrás usar toda tu fuerza”. Escuché la dulzura de su voz, pero nunca la volteé a ver. El sol apareció y aun así seguimos. Cayó agua de mi cara como lluvia de una nube. Continuamos entre la luz y el calor. Nunca miré atrás, pero sabía que los ojos de mi hermano, detrás de mí, estaban mirando incesantemente hacia adelante, ya que el bote seguía en línea recta como el dardo de un cazador, cuando sale de la punta del sumpitan. No había mejor remador, ni mejor timonero que mi hermano. Muchas veces, juntos, habíamos ganado carreras en esa canoa. Pero nunca habíamos desplegado nuestra fuerza como lo hicimos entonces –entonces, ¡cuando remamos juntos por última vez! No había hombre en ese país más fuerte o más valiente que mi hermano. No podía usar mi fuerza para voltear y verlo, pero a cada momento escuchaba el siseo de su aliento haciéndose más ruidoso detrás de mí. Aun así no habló. El sol estaba en su máximo. El calor se aferraba a mi espalda como la flama al fuego. Mis costillas estaban a punto de estallar, pero ya no podía hacer llegar más aire dentro de mi pecho. Y entonces sentí que debía gritar con mi último aliento, “¡Descansemos!”… “¡Bien!” respondió él, y su voz fue firme. Él era fuerte. Él era valeroso. Él no conocía la fatiga ni el temor… ¡Mi hermano!’

Un murmullo poderoso y cordial, un murmullo vasto y débil; el murmullo de las hojas trémulas, de las ramas moviéndose ligeramente, corría por las profundidades enmarañadas de la selva, corría sobre la resplandeciente tersura de la laguna, y el agua entre los postes envolvía la madera enlamada con una salpicada súbita a la vez. Un soplo de aire cálido tocaba los rostros de los dos hombres y pasaba con una resonancia triste –un soplo estridente y corto como un suspiro inquieto de la tierra onírica.

Arsat prosiguió con voz baja, uniforme.

‘Llevamos nuestra canoa a la playa blanca de una pequeña bahía cerca de una larga lengua de tierra que parecía bloquear nuestro camino; una larga península arbolada que llegaba mar adentro. Mi hermano conocía el lugar. Más allá de la península está la entrada de un río, y a través de la jungla de esa tierra hay un camino angosto. Hicimos una fogata y cocinamos arroz. Luego nos recostamos para dormir en la arena suave a la sombra de nuestra canoa, mientras ella observaba. Apenas y había cerrado los ojos cuando escuché un grito de alarma. Nos levantamos de un salto. El sol ya estaba en la mitad baja del cielo, y en el espacio abierto visible de la bahía vimos un prau tripulado por muchos remadores. Lo reconocimos de inmediato; era una de los praus de nuestro Rajá. Ellos estaban vigilando en la orilla, y nos vieron. Golpearon el gong, y dirigieron el frente del prau hacia la bahía. Sentí mi corazón volverse débil dentro de mi pecho. Diamelen se sentó en la arena y cubrió su rostro. No había escape por el mar. Mi hermano se rio. Él tenía la pistola que le habías dado, Tuan, antes de irte, pero solo tenía un puñado de pólvora. Me habló rápidamente: “Corre con ella por el camino. En el otro lado de ese bosque está la casa de un pescador –y una canoa. Cuando haya disparado todos los tiros te seguiré. Soy un gran corredor, y antes de que ellos puedan llegar ya deberemos habernos ido. Los cubriré tanto como pueda, puesto que ella es una mujer –que no puede correr ni pelear, pero que tiene tu corazón en sus débiles manos”. Se tiró detrás de la canoa. El prau se aproximaba. Ella y yo corrimos, y mientras nos apresurábamos a lo largo del camino escuché disparos. Mi hermano disparó –una – dos veces – y el ruido del gong cesó. Había silencio detrás de nosotros. El cuello de esa tierra es angosto. Antes de escuchar a mi hermano hacer el tercer disparo vi la costa saliente, y vi el agua otra vez: la boca de un ancho río. Cruzamos un claro cristalino. Corrimos hacia el agua. Vi una cabaña precaria sobre el lodo negro, y una canoa pequeña en tierra. Escuché otro disparo tras de mí. Pensé, “Esa fue su última carga”. Nos dirigimos rápidamente a la canoa; un hombre salió corriendo de la cabaña, pero me lancé sobre él, y ambos rodamos sobre el lodo. Luego me levanté, y él yacía a mis pies. No sé si lo habré matado o no. Diamelen y yo empujamos la canoa al agua. Escuché gritos detrás de mí, y vi a mi hermano correr a través del claro. Muchos hombres daban brincos detrás de él, la tomé con mis brazos y la lancé dentro del bote, luego yo salté. Cuando miré hacia atrás vi que mi hermano se había caído. Se cayó y se levantó de nuevo, pero los hombres lo estaban rodeando. Él gritó, “¡Ya voy!” Los hombres estaban cerca de él. Miré. Muchos hombres. Entonces la vi a ella. Tuan, ¡empujé la canoa! La empujé hacia las aguas profundas. Ella se estaba arrodillando de frente mirándome, y yo le dije, “Toma tu remo”, mientras golpeaba el agua con el mío. Tuan, lo escuché gritar. Lo escuché gritar mi nombre dos veces, y escuché voces exclamando, “¡Maten! ¡Golpeen!” Nunca miré atrás. Lo escuché llamándome otra vez con un gran alarido, como cuando la vida se va al mismo tiempo que la voz –y nunca volteé. ¡Mi propio nombre!… ¡Mi hermano! Tres veces me llamó –pero yo no temía a la vida. ¿Acaso no estaba ella en esa canoa? ¡Y no podía encontrar con ella un país donde la muerte fuera olvidada –donde la muerte fuera desconocida!’

El hombre blanco se sentó. Arsat se levantó y permaneció como una figura silenciosa e indistinta por encima de las brasas agonizantes del fuego. Una neblina que deambulaba al ras del agua se había arrastrado sobre la laguna, borrando lentamente las imágenes brillantes de las estrellas. Y ahora una gran extensión de vapor blanco cubría la tierra: fluía fría y gris en la oscuridad, moviéndose en remolinos sin sonido alrededor de los troncos de los árboles y sobre la plataforma de la casa, que parecía flotar sobre la inquietante e impalpable ilusión de un mar. Solo a lo lejos las copas de los árboles permanecían delineadas contra el centelleo del cielo, como una orilla prohibida y sombría –una costa engañosa, inmisericorde y negra.

La voz de Arsat vibraba estridentemente en la profunda paz.

‘¡La tuve aquí! ¡La tuve! Para tenerla habría enfrentado a toda la humanidad. Pero la tuve – y –‘

Sus palabras se fueron resonando en los espacios vacíos a la distancia. Hizo una pausa, y pareció oírlas muriendo muy lejos –más allá de la ayuda y más allá de la memoria. Entonces dijo en voz baja

Tuan, amaba a mi hermano’.

Un suspiro de viento le provocó escalofríos. Mucho más arriba de su cabeza, mucho más arriba del mar silencioso de neblina las hojas colgantes de las palmeras cascabeleaban en conjunto en un sonido acongojado y caduco. El hombre blanco estiró sus piernas. Descansó la barbilla sobre su pecho, y susurró tristemente sin levantar la cabeza

‘Todos amamos a nuestros hermanos’.

Arsat estalló con una violencia susurrante e intensa

‘¿Qué me importa quien haya muerto? Yo quería la paz en propio corazón’.

Pareció oír un movimiento en la casa –oyó– luego entró sigilosamente. El hombre blanco se levantó. Una brisa se aproximaba en ráfagas intermitentes. Las estrellas brillaron más pálidamente como si se hubieran retirado a las profundidades congeladas del espacio inmenso. Después de una fría ventisca hubo algunos momentos de calma perfecta y silencio absoluto. Entonces desde atrás del límite negro y ondulante de la selva una columna de luz dorada se disparó hacia los cielos y se expandió sobre el semicírculo del horizonte oriental. El sol había salido. La neblina se levantó, y se dividió en manchas a la deriva, desvaneciéndose en espirales delgadas y voladoras, y la laguna al descubierto continuó, lustrada y negra, en las sombras espesas al pie de la pared de árboles. Un águila blanca se elevó sobre ella con un vuelo oblicuo y agotador; alcanzó la claridad de los rayos del sol y emergió deslumbradoramente radiante por un momento, luego remontando más alto, se volvió un punto negro e inmóvil antes de desvanecerse en el azul como si hubiera dejado la tierra para siempre.  El hombre blanco, de pie y mirando fijamente hacia la puerta, oyó en la choza un murmullo roto y confuso de palabras distraídas que terminó con un quejido estruendoso. De pronto Arsat trastabilló hacia afuera con las manos extendidas, temblando, y se quedó  parado un rato con la mirada fija. Entonces dijo

‘Ya no arde más’.

Frente a su rostro el sol mostraba su contorno por encima de las copas de los árboles, elevándose constantemente. La brisa refrescaba; un gran brillo relucía en la laguna, reflejado sobre el agua fulgurante. La selva salió del de entre las sombras claras de la mañana, haciéndose perceptible, como si se hubiera acercado de repente –para detenerse rápido en un gran despertar de hojas, de ramas moviéndose de arriba abajo, de tallos vacilantes. El murmullo de la vida inconsciente era más resonante en la inclemente luz del sol, hablando en un idioma incomprensible alrededor de la oscuridad muda de ese pesar humano. Los ojos de Arsat divagaron lentamente, para luego mirar fijamente hacia el sol naciente.

‘No puedo ver nada’, dijo el hombre blanco, moviéndose hacia la orilla de la plataforma y ondeando su mano para llamar la atención de la tripulación de su bote. Llegó un grito débil desde el otro lado de la laguna y el sampán comenzó a deslizarse hacia la morada del amigo de fantasmas.

‘Si quieres puedes venir conmigo, yo esperaré toda la mañana’, dijo el hombre blanco, volteando la mirada sobre el agua.

‘No, Tuan’, dijo Arsat tranquilamente. ‘Ya no comeré ni dormiré en esta casa, pero antes debo encontrar mi camino. Ahora no puedo ver nada –¡no puedo ver nada! No hay ni luz ni paz en el mundo; pero hay muerte –muerte para muchos. Éramos hijos de la misma madre –y lo dejé en medio de enemigos, pero ahora voy a regresar’.

Dio un suspiro prolongado y continuó en un tono soñador.

‘Pronto veré lo suficientemente claro para asestar el golpe –el golpe. Pero ella ha muerto y… ahora… oscuridad’.

Arrojó sus brazos bien abiertos hacia adelante, los dejó caer sobre su cuerpo, y luego se quedó quieto con el rostro inmóvil y los ojos petrificados, mirando fijamente hacia el sol. El hombre blanco subió a su canoa. Los remadores corrieron inteligentemente a lo largo de los costados del bote, mirando de reojo para cuidarse las espaldas ante el inicio de un viaje extenuante. En lo alto de la popa, su cabeza se envolvió entre paños blancos, y el cabecilla se sentó malhumorado, dejando el rastro de su remo sobre el agua. El hombre blanco, recargándose con ambos brazos sobre el techo verde de la pequeña cabina, miró hacia atrás para ver el fulgurante brillo del bote despabilado. Antes de que el sampán pasara la laguna para llegar al arroyo levantó sus ojos. Arsat no se había movido. Permanecía solitario en el brillo del sol inquisidor, y miró más allá de la imponente luz de un día despejado hasta la oscuridad de un mundo de ilusiones.

Joseph Conrad (1857-1924) fue un escritor inglés nacido en Polonia, quien se enroló a los 17 años en un barco mercante, lo que le serviría años después como materia prima intelectual para varios de sus relatos y novelas; su obra más conocida es Heart of Darkness (en español El Corazón de las Tinieblas), y fue inspirada por un viaje al Congo Belga que realizó en 1890, tras el que quedó horrorizado por la manera en que los europeos trataban a los pobladores. Esta novela fue adaptada al cine por Francis Ford Coppola en 1979, teniendo como escenario la Guerra de Vietnam, en Apocalypse Now (Apocalipsis Ahora).

La Laguna fue escrito en Agosto de 1896, con el objetivo primordial de ganar algo de dinero en el entonces lucrativo mercado de las revistas literarias, y representa uno de los primeros experimentos de Conrad sobre las distintas maneras de contar una historia.

Verisón original tomada de: Conrad, Joseph, Selected Short Stories, “The Lagoon”, London: Wordsworth Classics, 1997.

Burgess vs. Kubrick: una breve reflexión sobre la adaptación cinematográfica de “La Naranja Mecánica”

De acuerdo con Kamilla Elliot (escritora y profesora de literatura), Anthony Burgess dijo una vez: “Cada novela que es un best-seller debe convertirse en una película, bajo el supuesto de que el libro en sí mismo abre el apetito para la verdadera realización -la sombra verbal convertida en luz, la palabra hecha carne”.1 Sin embargo, después de haber visto la adaptación cinematográfica que hiciera Stanley Kubrick de su novela A Clockwork Orange (La Naranja Mecánica), Burgess no quedó satisfecho, bajo el argumento de que la película tenía un final prematuro al omitir el último capítulo, aquel en el que el joven Alex piensa en dejar los juegos violentos para buscar la madurez; por ello, afirmó que “La Naranja Americana o Kubrickiana es una fábula; la británica o mundial es una novela”.2

De cualquier manera, la razón por la que en la edición estadounidense de la novela se dejara fuera el último capítulo dependió en gran medida del autor ya que, como él mismo comentó, su publicista en Nueva York lo convenció de hacerlo para tener un final en el que el ser humano pudiera ser un “modelo de maldad recalcitrante”.3 Lo que no es del todo claro, es por qué Kubrick decidió basar su película no en la versión inglesa de la novela –con los 21 capítulos– sino en la versión de 20, para dejar de lado el simbolismo de la mayoría de edad que Burgess pretendió hacer evidente con sus tres secciones de siete capítulos cada una. Algunos afirman que fue una omisión inocente, diciendo que el director leyó la edición incompleta, mientras que el mismo Kubrick dijo que cuando se enteró de la existencia del último capítulo, el guion –que él escribió– ya estaba prácticamente terminado; pero tal omisión ¿habrá sido realmente accidental, o más bien parte de una reinterpretación del final de la obra, una decisión deliberada del director para terminar su película de con un tono más oscuro? Y de ser el caso, ¿esto representa una traición a la fuente literaria que sirvió como base para su filme?

Como lo menciona Thomas Leitch en su artículo Adaptation Studies at a Crossroads, muchos autores de estudios sobre adaptación cinematográfica siguen viendo al cine en función del libro, asumiendo que para que exista el primero le debe anteceder la obra literaria y, más aún, que debe estar subordinada a ella. Así, tras analizar varios estudios en relación al tema, Leitch se dio a la tarea de obtener una serie de preguntas que se desprenden de ellos, algunas de las cuales serán utilizadas aquí para entender la relación entre la novela A Clockwork Orange y la película de Kubrick del mismo nombre.

La primera de estas preguntas es “¿La película en cuestión traiciona a su fuente literaria?”. Para muchos, la mera omisión del capítulo final podría significar una traición a la obra primordial; no obstante, antes de emitir tal juicio es necesario considerar si la esencia del libro se mantiene a lo largo de la película. En torno a la crítica que Burgess hace al filme, comenta que

Si él [Alex, como la representación de un ser humano] solo puede hacer el bien o solo puede hacer el mal, entonces él es una naranja mecánica -lo que significa que tiene la apariencia de una organismo agradable con color y jugo pero que en realidad es solamente un juguete mecánico dispuesto a ser dañado por Dios o el Diablo o (debido a que este está reemplazando cada vez más a ambos) el Estado Todopoderoso.4

Aquí, se observa que el título lleva implícito el espíritu de la trama, ya que como el clérigo de la prisión menciona en el libro, “Cuándo un hombre no puede elegir, deja de ser un hombre” (p. 93) y, por lo tanto, se convierte en una naranja mecánica. En la película, desde el inicio se muestra la voluntad de Alex para realizar actos de violencia como una elección propia; esto se revela en primera instancia durante la escena en la que, tras salir del Korova Milkbar, pasan por un túnel y al escuchar a un borracho cantando,  Alex comenta –a través de una voz superpuesta– que “Jamás podría soportar ver a alguien así, cualquiera que fuera su edad, pero especialmente cuando fuera realmente viejo como era este.” Entonces, él y sus droogs comienzan a golpearlo sin piedad, haciendo aparecer el acto como algo entretenido para ellos. A pesar de que esto representa un cambio respecto a la primera escena de un ataque violento en la novela, donde ocurre con un “veck (fulano) del tipo de un profesor starry (brillante) tambaleante, con lentes y su rot (boca) abierta ante el aire frío de la noche” (p. 7), la esencia del acto se conserva e, incluso, se hace más contundente en la película, puesto que con el hombre viejo y alcoholizado existe un mayor despliegue de crueldad al ser un blanco más fácil que el profesor cargando los libros de la biblioteca pública.

Por otro parte, al escribir el libro Flame into Being: The Life and Work of D. H. Lawrence en 1985, Burgess comentó:

Todos sufrimos por el deseo popular de hacer a los conocidos, notables. El libro por el que soy más conocido, o el único por el que lo soy, es una novela que estoy preparado a repudiar: escrita hace un cuarto de siglo, un j’eu d’esprit copiada por dinero en tres semanas, se volvió conocida como la materia prima para una película que parecía glorificar el sexo y la violencia. La película facilitó que los lectores del libro malinterpretaran aquello de lo que se trataba, y la mala interpretación me perseguirá hasta que muera. No debí haber escrito el libro debido al peligro de la mala interpretación, y lo mismo podría decirse de Lawrence y El amante de Lady Chatterley.5

Por supuesto, el filme al que hace referencia es el de Kubrick, haciendo evidente que para él “glorifica el sexo y la violencia”, y que en consecuencia se desvía de lo que quiso transmitir en la novela. Por otro lado, cuando Alex es sometido al tratamiento de Ludovico pierde toda voluntad y es obligado a reprimir su esencia violenta, volviéndose una naranja mecánica, lo que ocurre tanto en el libro como en la película. También en ambos casos el intento de suicidio le regresa su esencia inicial, solo que mientras en la fuente original el final “da a la novela la característica de ficción genuina, un arte fundado en el principio de que los seres humanos pueden cambiar”4 según Burgess, en la versión cinematográfica Kubrick concluye con una toma que encuadra el rostro de Alex, para luego presentar una escena de sexo mientras el protagonista piensa “Ahora sí fui curado”, con lo que resulta evidente que él no cambia. Así, a pesar de que se conserva el espíritu de la novela a lo largo de la película, podría decirse que Kubrick desecha la intención del autor original para dejar un mensaje distinto, que podría interpretarse como la imposibilidad del protagonista para dejar atrás su naturaleza, provocada en gran medida por el entorno social. Entonces, aún si esto representa una transcripción y reinterpretación de la novela, podría decirse que Kubrick traiciona a la obra fuente al no dotar de un progreso moral al personaje al final de la película, con lo que lo estaría dejando en su estado de naranja mecánica.

Esto da lugar a otra de las interrogantes de Leitch, que dice “¿Una adaptación dada busca establecerse a sí misma como una transcripción o una interpretación de su fuente?” La transcripción, vista desde la perspectiva de la transliteración, significa el “Traslado de las grafías de un alfabeto a otro, de manera que cada una represente con fidelidad los fonemas correspondientes a su respectiva lengua6, en donde lengua -para este caso- podría entenderse como los dos diferentes medios de representación de signos, es decir, el escrito y el cinematográfico. Al respecto, en en el caso de A Clockwork Orange, ¿Kubrick acaso sugiere otra manera de leer a Burgess? En este sentido, podría decirse en general que sí, y no solo por el final “prematuro” en la película, sino también por la forma en que desarrolla la personalidad del protagonista y algunas escenas de sexo y violencia, acentuando el humor negro a través de los recursos visuales y sonoros que le ofrece el cine.

En la novela, Alex tiene quince años, mientras que en la película parece mayor de edad a pesar de seguir teniendo como principal ocupación (además de las rondas diurnas con sus compañeros) la de estudiante; esto probablemente obedezca a una cuestión moral –como parte de la cultura estadounidense– que le impediría tener un actor menor de edad para un rol con el tipo de acciones narradas en la novela. Por ejemplo, hay una escena donde Alex conoce a dos chicas en la tienda de discos para tener sexo con ellas; en la obra fuente -la novela- se trata de dos niñas de alrededor de diez años y, en la película, dos muchachas de una edad similar a la de Alex. Además, en el contexto original son prácticamente violadas, mientras que en la película consienten la relación sexual (incluso en más de una ocasión) en un espacio fílmico que más que provocar repulsión, ocasiona risa. Así, aunque sería posible incluir esto como parte de la respuesta a otra pregunta que plantea Leitch (“¿La película se aleja de su fuente literaria debido a los nuevos contextos culturales o históricos que aborda?”), es posible decir que Kubrick hace una reinterpretación al no mostrar que un hombre tan joven sea capaz de los actos que distinguen a Alex, y que son los que finalmente lo llevan a la cárcel.

Otro ejemplo de la manera en Kubrick lee la obra se encuentra en la escena en donde tienen una pelea con la pandilla de Billyboy, que en la novela ocurre a la vuelta de la planta de energía municipal y en la película dentro de un casino abandonado. Aquí, la adaptación cinematográfica muestra una atmósfera teatral en la que arriba en el escenario los muchachos de Billyboy están a punto de violar a una mujer, lo que representa un cambio puesto que en la novela –una vez más– es una niña de diez años. Adicionalmente, la pelea en la película se desarrolla prácticamente solo con golpes, mientras que Burgess describe la escena con mayor violencia cuando Alex hace uso de su horrorshow cut-throat britva:

Con mi britva (navaja) logré cortar de arriba a abajo el frente de las platties (ropas) de uno de los droogs (amigos) de Billyboy… Luego en la dratsing (pelea) con este droog de Billyboy él se vió repentinamente abierto como una vaina, con su panza desnuda y sus yarbles (testículos) a la vista… Era al apestoso gordo de Billiyboy a quien yo quería ahora, y ahí me encontraba danzando a su alrededor con mi britva… Y, hermanos míos, fue una gran satisfacción valsar -dos tres a la izquierda, dos tres a la derecha- y cortar mejilla izquierda y mejilla derecha, para que luciera como dos cortinas de sangre derramándose al mismo tiempo, cada una de un lado de su gordo asqueroso grasiento hocico bajo la luz de las estrellas del invierno (pp. 19-20).

Kubrick representa de alguna manera este vals utilizando como fondo la música de una ópera italiana del siglo XIX llamada La gazza ladra, haciendo del componente sonoro un efecto importante para matizar la escena. Aunque es sabido que en la obra fuente la música también es un elemento fundamental –ya que es lo que inspira a Alex para llevar a cabo el arte de la violencia– en la película reaparece de  forma distinta. Por ejemplo, en la parte en la que llegan a la casa del escritor, Kubrick usa como fondo la pieza Singin´ in the Rain que es cantada por Alex mientras hace una especie de claqué, y que nunca aparece en la novela, dando con ello un mayor realce al acto de crueldad en sí mismo y al humor negro que caracteriza al personaje. También vale la pena notar que en esta escena no existe ningún elemento de metaficción, puesto que no se revela lo que está escrito en la página de la máquina de escribir que Alex simplemente tira al piso con todo y la mesa que la sostiene; con esto, se elimina la anticipación de lo que ocurrirá después con el protagonista y se ofrece al espectador una trama con menos complicaciones.

También resulta interesante mencionar que en la película, la obsesión sexual de Alex –como representante de su generación– es reforzada a través de diversas imágenes fálicas y vaginales, mientras que en la novela es más bien a través de los actos sexuales y el uso de ciertas palabras como “yarbles” (testículos) e “in-out-in-out”. Para ejemplificarlo, se puede mencionar que al inicio de la cinta se hace un acercamiento del rostro del protagonista para luego ir alejando la cámara y mostrar a los droogs bebiendo leche con sus escudos protectores genitales entre varios maniquíes de mujeres desnudas, que enseñan sin pudor su sexo y sus senos. Además, la máscara que utiliza Alex durante sus ultrajes tiene una nariz claramente fálica; el mural con hombres semidesnudos en la planta baja del edificio donde vive tiene dibujados penes con gis blanco entre sus nalgas y bocas; su mascota, la boa constrictor, dirige su cabeza hacia las piernas abiertas del cuadro de una mujer desnuda en su habitación cuando llega al departamento por primera vez, donde también se observa una figura de cuatro cristos desnudos, abrazados como si estuvieran bailando; las chicas que conoce en la tienda de discos están chupando paletas que emulan falos de manera sugestiva, y la mujer que  asesina en medio de varios gatos es sometida mediante golpes en la cabeza con una escultura de arte moderno, que por supuesto tiene la forma de pene con todo y sus testículos.

Otro cambio relevante está constituido por la frecuencia en el uso de expresiones cuyo significado debe ser deducido por el lector, mientras recorre las páginas del libro y que, aunque aparece representado en la película, no es tan abundante como en la novela, especialmente al inicio. Este vocabulario –el Nadsat, que en ruso significa “adolescente”–representa uno de los aspectos más llamativos de la novela no solo por ser parte de un entorno cultural específico, sino también por su origen, que en la mayoría de los casos se relaciona con el ruso como se muestra en los siguientes ejemplos:

PalabraSignificadoOrigen (ruso)
BaboochkaMujer viejaBabooshka/abuela
BitvaBatallaBitva/batalla
BritvaNavajaBritva/navaja
DroogAmigoDroog/amigo
KartoffelPapasKartofel/papas
KrovvySangreKrov/sangre
MalchickMuchachoMalchik/muchacho
PletchoHombroPlecho/hombro

Hasta cierto punto, parecería lógico que en la película no se utilice tanto este vocabulario, puesto que el espectador de cine no tiene el mismo tiempo para procesar el significado de las palabras como lo puede tener el lector del libro; sin embargo, Kubrick pudo haber usado elementos visuales y sonoros para brindar el entendimiento de un vocabulario más amplio, como lo hizo con algunos de los términos más frecuentemente utilizados en la novela. Adicionalmente, con esto tampoco orienta al espectador hacia el principal conflicto de la época entre el bloque occidental –Estados Unidos y los países de la OTAN– y el oriental –la Unión Soviética y los integrantes del Pacto de Varsovia: la Guerra Fría, que se extendió desde mediados del siglo XX hasta 1991. Por ello, pareciera que el director y guionista de la película le restó importancia al uso de galimatías –y por ende a su aspecto simbólico–para brindar mayor peso a la música de fondo y los efectos visuales, con lo que logró no solo que la obra fuera comprendida más fácilmente, sino también que tuviera una aceptación más amplia que el libro en esa época, ya que como dice Burgess en la introducción a su novela,

Primero publiqué la novela La Naranja Mecánica en 1962, lo que debería ser lo suficientemente lejano en el pasado para que fuera borrada de la memoria literaria del mundo. No obstante, se niega a ser borrada, y probablemente la principal responsabilidad de ello la tiene la versión fílmica del libro hecha por Stanley Kubrick… Parece que va a sobrevivir, mientras que otros trabajos de mi autoría que valoro más muerden el polvo.8

La amargura que se puede llegar a notar en esta afirmación nos dirige hacia otra de las preguntas que Leitch hace: “Si la película trasciende a su fuente literaria original, esa fuente, sin importar la justicia con la que haya sido eclipsada por la película, ¿merece una consideración más próxima como interesante por derecho propio?” En el caso de A Clockwork Orange, evidentemente sí, no solo por elementos como la jerga que utiliza o el último capítulo que nunca aparece en la película, sino también por todo lo que esto simboliza y que otorga al libro un lugar entre las 100 mejores novelas de habla inglesa del siglo XX.9

Notas: 

1.Elliot, Kamilla. “Literary Film Adaptation and the Form/Content Dilemma” Narrative across Media, Lincoln and London: University of Nebraska Press, 2004, Print. 220-243.
2,3,4,8.Burgess, Anthony, A Clockwork Orange Resucked, Estados Unidos: W.W. Norton, 1986, pp. ix, xii, xiii.
5.Burgess, Anthony, Flame into Being: The Life and Work of D. H. Lawrence, London: Heinemann, 1985, p. 205.
6.Beristáin, Helena, Diccionario de Retórica y Poética, México: Editorial Porrúa, 2010.
7.Leitch, Thomas, “Adaptation Studies at a Crossroads”, Adaptation, Vol. 1 , No. 1, pp. 63 – 77.
9.A Clockwork Orange ocupa el puesto 62 según una lista de novelas publicadas en inglés desde el año 1900 compilada por el consejo editorial de “Modern Library” de Random House.

Obras consultadas:

Burgess, Anthony, A Clockwork Orange, Estados Unidos: W.W. Norton, 1986.
Kubrick, Stanley, A Clockwork Orange Movie Script, 1971.
Sitios Web: http://soomka.com/nadsat.html

Sobre las Metamorfosis de Narciso y Hermafrodito

Sin duda, de las deidades menores que existen en las mitologías griega y romana, las ninfas destacan no solo por estar intrínsecamente conectadas con la naturaleza, sino también por su belleza y la pasión hacia los hombres que en muchos relatos se les atribuye. De entre ellos, es posible destacar dos que aparecen en las Metamorfosis de Publio Ovidio Nasón1; el de Narciso y Eco, dentro del Libro tercero, y el de Hermafrodito y Salmacis, contenido en el Libro cuarto. Ambas historias se entrelazan por el amor ardiente que las ninfas profesan a unos adolescentes, quienes, por tratar de resistirse a la atracción física que sienten por ellos, provocan que sus formas2 los lleven a una transformación irreversible.

Así, en los dos casos Ovidio se encarga primero, de describir al objeto del deseo; Narciso había sido engendrado por Liriope, una ninfa de gran belleza y el río Cefiso, mientras que Hermafrodito por la diosa Citerea y Mercurio, el dios mensajero identificado con Hermes en la mitología griega. De esta manera, ambos se presuponen como seres hermosos por tener ascendencia en deidades, aunado al hecho de su juventud virginal de tres lustros; además, el poeta se encarga de evidenciar que no por ello escapan a los defectos humanos, y les adjunta características que nos remontan a los pecados capitales: la soberbia a Narciso y la ociosidad a Hermafrodito. En el caso del primero, incluso se anticipa que esto va a ocasionarle algún tipo de percance fatal, pues al preguntar al famoso profeta Tiresias si Narciso «habría / de ver, luengos, de su senectud madura los tiempos, / el vate fatídico: “Si no se conociere”», responde (III, 346-348). Continuando con una estructura similar para ambos relatos, pasa ahora a narrar la esencia de las ninfas cuyas pretensiones serán dirigidas a los dos jóvenes; por un lado, está Eco, una ninfa sonora que fue sorprendida por Juno en brazos de Júpiter (Zeus en la mitología griega), y por ello condenada por la esposa enfurecida a no poder conversar, y a repetir solo las palabras que otros dijeran; por el otro, está Salmacis, una ninfa que no atendía el oficio que debía, pues

Una ninfa lo habita mas no a cazas idónea, ni que arcos

doblar, ni que suela contender en carrera, y la sola

de las náyades3 no conocida a la célere Diana.

(IV, 302-304)

Algo interesante acerca de ambas es que son ninfas únicas, es decir, que la forma que las caracteriza no se comparte con ninguna otra ya sea por designio de los dioses (en el caso de Eco) o de la natura (en el caso de Salmacis).

Entonces, una vez presentadas las formas de los cuatro personajes, se procede a la acción en la que las ninfas arden en deseo al ver a sus respectivos mancebos, quienes no corresponden sus intenciones por diferentes causas. En el caso de Narciso es por la propia soberbia, pues llega un momento en que se menciona que, al querer abrazarlo Eco, «Aquél huye, y huyendo: “Las manos de los abrazos retira; / moriré antes -habla- que tengas poder sobre nosotros.”» (III, 390-392). Esta última frase, “poder sobre nosotros”, implica no solo la clara intención de desprecio por parte de Narciso sino también la consideración de su persona como más que uno, como si el amor a sí mismo (del cual se tenían antecedentes pues nunca había cedido al amor de “joven o niña”) ocasionara la existencia de dos seres dentro del mismo cuerpo. Respecto a Hermafrodito, es evidente que él se intimida ante Salmacis por mera inexperiencia, ya que después de que ella le ofreciera recostarse sobre las flores «Calló tras esto la náyade; el rubor marcó el rostro del niño / (pues no sabe qué es amor), más también sonrojarse sentábale» (IV, 329-330).

Así, una vez determinadas las razones de sus deseos de alejamiento, Eco decide ir a lamentarse al bosque, pero no sin antes suplicar a los dioses que su desprecio sea vengado:

De allí alguien despreciado, las manos al éter4 alzando:

‘Que así ame él mismo, sea justo; así no de lo amado se adueñe’,

Había dicho; a sus preces justas, la Ramnusia5 asintió.

(III, 404-406)

Por su parte, Salmacis recurre al engaño y, tras pretender alejarse mientras lo observaba a través de las ramas, Hermafrodito se desnuda para regodearse en las ondas del agua. Ante esto, la ninfa no resiste sus pasiones y se arroja hacia el joven, a quien abraza sin cesar como adhiriéndose, a pesar de que éste trata de repelerla, mientras exclama

‘Aunque pugnes, ímprobo –dijo-,

no huirás, empero; así lo mandéis, oh dioses, y a ése

ningún día de mí, ni a mí me separe de ese!’

Sus votos tuvieron los dioses;

(IV, 370-373)

Al observar ambos textos, es posible distinguir elementos en común; primero, que las dos quieren algo que se resiste a ser poseído, lo cual tiene que provocar un cambio en ellas mismas, en los jóvenes o en ambos; segundo, que imploran a los dioses por tener una resolución a su problema, y tercero, que los dioses las escuchan y les conceden su deseo. Con ello, comienzan las transformaciones; Narciso se enamora de sí mismo sin poder tocarse en el reflejo del agua, y Hermafrodito se funde con Salmacis:

Y mientras ansía calmar su sed, creció una sed diferente;

y mientras bebe, por la imagen de su vista forma robado,

la esperanza sin cuerpo, ama; cuerpo juzga lo que es onda.

La metamorfosis de Hermafrodito y Salmacis, Mabuse (1517)

Se pasma él mismo de sí, y con el mismo rostro, inmutable,

se fija, como una estatua de pario mármol formada.

(III, 415-419)

Como si alguien reúne con la corteza las ramas,

las mira unirse, creciendo, y desarrollarse igualmente;

así, cuando en el abrazo tenaz se fundieron sus miembros,

no son dos sino una forma doble, porque ni hembra ser dicha

ni niño pudiera; y ninguno de los dos, y ambos, parece.

(IV, 375-379)

Al final, Hermafrodito pide a los dioses que cualquier otro varón que toque las aguas de esa fuente “de allí salga semivarón, y en las tocadas ondas se ablande de súbito” (IV 385-386); en cambio, Narciso muere a causa de su incapacidad de amarse en cuerpo, y tras llegar al averno “Allí también, después de que en la inferna sede fue recibido, / se miraba en el agua estigia6” (III, 504-505).

De esta manera, las metamorfosis que ambos adolescentes tuvieron los condujeron a mudar sus formas en otros cuerpos, significando para Hermafrodito fundirse con aquella que lo deseaba, y para Narciso fundirse consigo mismo, teniendo en los dos casos la imposibilidad de consumar el amor que les fue profesado.

Notas:

1Ovidio, Metamorfosis, Edición de la BIBLIOTHECA SCRIPTORVM GRAECORVM ET ROMANORVM MEXICANA, dirigida por Rubén Bonifaz Nuño y Bulmaro Reyes Coria, UNAM, 2008

2 “La forma, así entendida, es la esencia y la sustancia de las cosas, lo que siendo ellas mismas les da su única realidad posible”, Rubén Bonifaz Nuño, Introducción a las Metamorfosis, p. XI

3Son ninfas de agua dulce, protectoras de los ríos, las fuentes y los arroyos.

4Es el aire más puro, ligero y elevado respirado por los dioses, en contraste con el más denso y contaminado que se respira en el mundo de los mortales.

5Es otro nombre otorgado a Némesis quien, como diosa de la justicia retributiva, castigaba a los que no obedecían a las personas que tenían derecho a mandarlas.

6Un río del Hades en el inframundo griego.