Stop All the Clocks, un poema de W.H. Auden

La poesía, aquella que en verdad nutre el alma, es quizá el máximo género literario y artístico que la humanidad haya creado. Para Octavio Paz, “Nuestra poesía es conciencia de la separación y tentativa por reunir lo que fue separado. En el poema, el ser y el deseo de ser pactan un instante, como el fruto y los labios.” (El arco y la lira, 1956). Para Johannes Pfeiffer “[…] la poesía no es distracción, sino concentración, no sustituto de la vida, sino iluminación del ser, no claridad del entendimiento, sino verdad del sentimiento” (La Poesía, 1936) y, para Martin Heidegger “[…] en la obra no se trata de la reproducción de los entes singulares existentes, sino al contrario, de la reproducción de la esencia general de las cosas” (Arte y poesía, 1952).

Entonces esta expresión íntima del lenguaje que se vuelve universal, desvela lo otro que está en el interior del poeta, pero a la vez en el interior de toda la humanidad, en ese inconsciente colectivo que solo algunos son capaces de desentrañar mediante el uso de la palabra, cuando la unidad del ser se realiza por un instante que podemos llamar “revelación”. Esta revelación, ese momento de claridad que surge al explorarnos con profundidad a nosotros mismos, da salida a lo que somos, a lo que sentimos, y a lo que en última instancia puede llevarnos a la comprensión de nuestra propia existencia, como si todo cobrara sentido súbitamente al liberarnos de aquello que, sin saberlo, nos oprime hasta que le permitimos fluir, como el caudal de un río brioso que por fin desemboca en la inmensidad eterna del mar.

Principalmente por esta razón es que a mí me deleita leer poesía, al mismo tiempo que me despierta el deseo de intentar descifrarla, sentirla, escribirla. En esta ocasión no la escribo, sino la interpreto, a través de un poema que lacera mi miedo de no estar preparado para enfrentarme no con mi propia muerte, sino con la muerte de alguien más, de alguien amado, tan importante para mí que me provoque cobrar consciencia de que, tal vez, aún sigo vivo.

W. H. AUDEN Painting by LAUTIR ----- | Saatchi Art

W.H, Auden (Wystan Hugh Auden) fue un poeta y ensayista británico, nacionalizado estadounidense en 1946, y quien muriera en 1973; tuvo una obra prolífica a lo largo de su vida artística desde 1922, y es rememorado no solo por sus poemas, sino también por sus escritos críticos y obras de teatro. Funeral Blues (“El blues del funeral”) o Stop all the clocks (“Detengan todos los relojes”), fue publicado por primera vez en 1938, y originalmente escrito precisamente para una obra de teatro, The Ascent of the F6 (“El despegue del F6”, 1936). En este poema, Auden manifiesta el lamento de una pérdida que, aunque para el conjunto de la masa social pueda generar cierta conmiseración e incluso indiferencia, para quien la siente representa el final de un todo, tanto, que exige al mundo que se detenga para que, a su lado, sienta empatía emocional por el dolor que embarga la ausencia de el otro.

Así, a continuación les presento mi traducción en español de este poema.

Versión original en inglésTraducción al español
Stop all the clocks, cut off the telephone,
Prevent the dog from barking with a juicy bone,
Silence the pianos and with muffled drum
Bring out the coffin, let the mourners come.

Let aeroplanes circle moaning overhead
Scribbling on the sky the message He Is Dead,
Put crepe bows round the white necks of the public doves,
Let the traffic policemen wear black cotton gloves.

He was my North, my South, my East and West,
My working week and my Sunday rest,
My noon, my midnight, my talk, my song;
I thought that love would last for ever: I was wrong.

The stars are not wanted now: put out every one;
Pack up the moon and dismantle the sun;
Pour away the ocean and sweep up the wood.
For nothing now can ever come to any good.
Paren todos los relojes, corten el teléfono,
Que el perro no ladre con un hueso jugoso,
Callen los pianos y con tambores tenues
Saquen el ataúd, que los dolientes vengan.

Que los aeroplanos rodeen el lamento en lo alto
Escribiendo en el cielo Él Ha Muerto,
Pongan corbatines de crepé en los cuellos blancos de las palomas de la plaza,
Que los policías de tránsito usen guantes negros de algodón.

Él era mi Norte, mi Sur, mi Este y mi Oeste,
Mi semana de trabajo y mi descanso dominical,
Mi mediodía, mi medianoche, mi habla, mi canción;
Creí que el amor duraría para siempre: estaba equivocado.

Las estrellas no son requeridas ahora: apaguen cada una;
Empaquen la luna y desmantelen el sol;
Vacíen el océano y barran la madera.
Porque ahora ya nada bueno puede venir.

Pintura: W.H. Auden, de LAUTIR. Tomada de https://www.saatchiart.com/

Natán, el Otro (Inicio)

Desde que comienzas a cobrar consciencia de que existes, sabes que algunas personas valen más que otras, al menos para ti. Desde que tus alas asoman su tersa y firme estructura, permiten que te desplaces por algún ínfimo sector del macrocosmos al que perteneces; primero allá, en lo más lejano, y luego aquí, en la cercana complejidad del microcosmos. Ese pequeño mundo dentro de ti también es infinito, y se encierra reticente por debajo de tu piel, de tu cráneo, de tus tejidos. Esa exploración, ese deseo, esa incesante travesía por el yo y el ellos, por el uno y los otros, es casi como el agua. Cuando tienes sed, la bebes. Cuando no la tienes, se te seca la vida y desesperado le ruegas a alguien por unas cuantas gotas. A veces es clara, y otras tantas más es turbia, tanto que nubla el objetivo que persigues: tú mismo o, de manera más precisa, eso que eres tú mismo y que quieres ser para quienes te rozan en el trayecto de la vida que, si eres afortunado, solo libera la muerte.

Acaso, ¿ellos tendrán esa herencia en la penumbra de esta calle vacía? ¿Por fin podrán experimentar esa otredad, ese cambio a energía pura que los llevará a seguir impulsando a la Naturaleza? Aún no lo sé, pero intuyo que después de esta noche que arropa su lasitud, nada será igual…

Prólogo

El día comenzó a ceder su luz a la oscuridad y, tras la sobremesa en la terraza de un restaurante, pagaron la cuenta sin que las miradas dejaran de revelar algo nuevo ―o de distinta forma― en el rostro del otro. El ocaso enrarecía el entorno, y ellos debían buscar un refugio cálido para seguir explorándose, uno que procurara el calor íntimo entre el frío-invierno de los corazones de la ciudad. El aire soplaba con mayor intensidad al tiempo que se dirigían al lugar donde habían dejado el auto, en el andar bajo una Luna llena que prometía ser roja. Mientras las sombras seguían en su gradual, pero incesante curso hacia la atmósfera de la Tierra, ellos sintieron un desconcertante escalofrío que invadió las células óseas en lo más profundo: iban a cruzar la siguiente calle cuando una silueta, de lóbregos cabellos desparpajados al volante de un vehículo compacto, aceleró para impedirles el paso sin siquiera sonar el claxon. Se quedaron ahí, de pie, impávidos, como si esperaran que la estela invisible que había dejado el raudo automóvil desapareciera por completo. Todavía ahí, voltearon hacia el cielo y vieron que, entre las ramas de un gran árbol, el satélite natural comenzaba su falsa metamorfosis para tornarse color sangre.

Se abrazaron, y con el mutuo círculo protector que formaban sus extremidades lograron tranquilizarse un poco. Se soltaron en silencio ―un silencio que parecía mezclarse con el de las calles vacías hasta convertirse en uno― y continuaron su camino hasta que por fin llegaron al auto para subirse y emprender la marcha. Orión conducía, en tanto que Natán observaba lo que trascurría a su alrededor, sin hablar; tampoco había mucho que ver, puesto que daba la impresión de que la gente no había salido, o de que ya había regresado a su encierro y no tenía más asuntos que atender en las calles de esa parte de la metrópoli. El viento seguía su flujo ―aunque ahora con un poco más de ligereza― y provocaba que algunas hojas y flores de las jacarandas que adornaban las banquetas se desplazarán sobre la avenida en donde circulaban. De pronto, la luz roja de un semáforo provocó que frenaran gradualmente para hacer una pausa en el camino; ahí, apareció una envoltura blanca, como de un regalo, que brillaba bajo la luz artificial del alumbrado y se liaba con el aire enfrente de ellos. La simplicidad de la escena cautivó su atención, pues los gráciles movimientos ocurrían a unos centímetros del parabrisas mientras el objeto se elevaba y alejaba sutilmente. En eso, escucharon que alguien golpeaba con nervio la ventanilla del lado de Natán; el ruido era fuerte, casi estruendoso, y esto se debía a que la persona, allá en las afueras, lo hacía con un anillo de metal que portaba en el dedo índice. Un anillo platinado con una gran calavera de ojos rojos, de piedra. Ambos voltearon la cabeza hacia ese lado para mirar a su invitado sorpresivo: era un anciano con sombrero y bastón que presuntamente pedía una limosna. Al abrir la ventanilla y verlo de cerca, notaron su piel gruesa y arrugada, sus labios deshidratados, y los dientes chuecos y amarillos; no obstante, una gruesa capa blancuzca que cubría sus ojos fue lo que más les impresionó. Orión se apresuró a sacar alguna moneda de su bolsillo que pudiera dar al anciano, y Natán solo le miraba esos ojos que no podían verle de regreso, al menos no con un reflejo en la superficie de los suyos. La luz cambió a verde, y ante la premura del arranque Orión soltó las monedas, que cayeron debajo del asiento.

― Disculpe señor, pero se me cayó todo lo que tenía y debemos irnos, – dijo Orión.

― Fui hombre, luego mujer, y otra vez hombre -dijo el anciano con una voz áspera y grave. Tengan cuidado, viene la gran bestia, ¡la bestia del camino! -remató.

Natán no supo qué decir, o hacer, y solo se le ocurrió cerrar la ventanilla tan rápido como pudo. Orión retomó la marcha con una mano en el volante, y con la otra entrelazó sus dedos con los de Natán, que se encontraban sudorosos y algo fríos. Ante ello, se miraron una vez más y sonrieron, aliviados, quizá porque recordaron lo que eran juntos, más allá de la individualidad reflexiva o aterradora o melancólica de la vida. Siguieron así, entretejidos, con la vista al frente y una sensación de calma que progresivamente disipaba la presencia del anciano, de la tela grotesca sobre sus ojos, de la silueta que casi los embiste, de la Luna que prometía convertirse en sangre de lobo. El abismo que habían sentido ya no estaba vacío, y la Tierra misma parecía llenarlo como si se formara a partir de una noche estrellada a causa de su propio encuentro. La marcha de Cronos parecía haber perdido trascendencia, y el tiempo se escondía en algún lugar del subsuelo para permitir que solo la oscuridad abrazara la piel para cobijarlos.

Por fin, arribaron al refugio donde podrían estar solos. Estacionaron el auto, se acariciaron mutuamente como cuidándose uno al otro, y bajaron del vehículo para subir escaleras y entrar a la cálida habitación que los recibía silenciosa, con una calma crepuscular provocada por la luminosidad tenue que penetraba el cristal de la ventana. Justo a un costado de ahí, bajo el encanto de la noche que habían contemplado, los brazos cedieron al toque del otro; las manos iniciaron su recorrido por las telas, luego por las tersuras, hasta envolverse entre los lienzos blancos para dibujar y pintar sus figuras. El océano interno se había agitado, y la marea crecía constantemente bajo la luz escarlata que cubría todo; el vaivén de las olas en el mar interno era cada vez más intenso, más salado, y humedecía completamente los cuerpos que libraban una batalla para fundirse. El rojo ya estaba dentro y fuera, como una sangre de vida que anticipaba la creación del universo mismo cuando, de manera súbita, se escuchó un golpe de viento que abrió la ventana con violencia, un viento que levantó las translúcidas cortinas hasta impulsarse para rozarlos y refrescar sus ganas de continuar sin detenerse, sin dejar que el mar adentro en las venas dejará de moverse con fuerza. La espuma del piélago que se había formado a partir de ellos llenó sus cuerpos y, tras largos suspiros, llegó la tranquilidad ansiada. Afrodita había visto la luz una vez más.

La serenidad que experimentaban los dejó tumbados ahí, sobre la cama, por varios minutos en los que el satélite natural llegó al cenit de su faceta más inusual. Con el sudor todavía deslizándose por la espalda, se levantaron para mirar por la ventana y ver en el cielo desnudo de nubes al gran astro, ahora carmesí, como una esfera perfecta y brillante que parecía pender de la nada solo para ellos, mostrándose ante la manera única con la que observaban las cosas más simples cuando estaban juntos. Alrededor de la esfera, algunas estrellas presumían su traje de gala color plata, mientras un nuevo ciclo abría su entrada para invitarlos a construir promesas recién nacidas. Ya era enero, y sus sueños se revolvían aún con las sábanas a la espera de un suave despertar. Siguieron ahí, atentos, cautivados por la gran Luna, hasta que Orión suspiró profundamente para caminar hacia el sofá de la habitación en el que había lanzado su ropa. De uno de los bolsillos, sacó su teléfono celular, y comenzó a buscar una canción en su biblioteca de música.

― ¿Qué haces? -preguntó Natán, con esa expresión en su rostro que solo Orión sabía leer entre esos ojillos negro azabache que acentuaban su ternura intrínseca.

― Estoy buscando una canción de Smashing Pumpkins que quiero que escuches….

By starlight I’ll kiss you

And promise to be your one and only

I’ll make you feel happy

And leave you to be lost in mine

And where will we go

What will we do?

Soon said I will know…

La música sonaba, y con el riff melódico de la guitarra su carne volvía a buscarse, a unirse para ser uno en medio del invierno que imperaba allá afuera. La Luna seguía ahí, enorme, en su viaje de elipses infinitas, pero ahora era ella quien los miraba de reojo a través de la ventana; se sonrojaba, se tornaba más intensa, más roja, e interactuaba con sus protuberancias y sus comisuras a través de la luz reflejada en sus cuerpos. Aplacados, después de esa primera vez en un motel de paso, finalmente el dios de los sueños los venció para quedarse dormidos al compás melódico de Farewell and Goodnight, de Tonight, Tonight… Cuando despertaron todavía era de noche, y tuvieron que levantarse para dejar el arrullo de la cama de algodón y espuma y proseguir su viaje hacia la casa de Natán, pues uno debía ir al trabajo y el otro a la universidad al día siguiente. Se vistieron, platicaron de lo que harían después ―o de lo que creían que pasaría después― y descendieron a nivel de piso para subirse nuevamente al automóvil de Orión, que se sentía algo helado a consecuencia del clima y del súbito cambio de temperatura en su entorno. Salieron y, con un semblante algo adormilado y sereno, prendieron marcha una vez más, una marcha que provocaría un encuentro inusitado con esa otra cara de la vida.

Varios minutos más tarde, tras una nube de polvo que se movía con el capricho del viento, era posible distinguir a Orión ahí, con el cuerpo lánguido y el deseo tirado al piso, en medio del camino que le había trazado la oscuridad. Justo cuando la espesa nube comenzaba a disiparse, pudo abrir los ojos y mover ligeramente la cabeza hacia donde estaba el auto, y quiso verlo, saber de él, consolarlo allá en esa caja de acero y aluminio que había sido arrancada de la calle con violencia. Rápidamente, los párpados empezaron a pesarle como si sobre ellos estuviera la Luna, y tuvo que regresar a la sombría incertidumbre al tiempo que una lágrima conseguía deslizarse por su rostro cortado. Fue entonces que empezó a escuchar sirenas a lo lejos, de esas que van de un lado a otro en el mar de concreto no para encantar a los hombres, sino para hacer un intento por sanar sus heridas visibles.

En ese instante, comenzó a enfocar varios cuadros que alcanzaron a reconfortarlo, e imaginó a Natán no como en realidad estaba algunos metros detrás de él, sino justo antes, con esa beldad externa que precedió al choque: sus ojos grandes y sus pestañas ligeramente rizadas; su cabello oscuro que se deslizaba con facilidad entre sus dedos; su nariz ancha y voluminosa que le daba un toque más viril a su rostro travieso; sus labios carnosos, de fuego, besucones, y su escasa barba de pelillos delgados y ralos que jugueteaban entre sí sobre la tersura de su hermosa piel cobriza… Así lo imaginó, o lo vio, recorriendo todo su cuerpo desde la cara, para luego ir bajando a todo lo que en ese instante no podía ni oler, ni tocar, ni tener, pero que guardaba en la parte más añorada de su memoria cuando el tiempo no quería tenerlos juntos.

Bruscamente, en su cabeza se hizo un silencio absoluto; desaparecieron las sirenas y los motores de los vehículos que iban llegando. Entonces, Orión comenzó a percibir manchas de colores sobre un fondo negro al interior de sus párpados y dejó de sentir el viento frío a lo largo de su capa externa; apareció la imagen de la nube de polvo, del auto chocado, de su mano queriendo alcanzar lo que alguna vez fuera una fantasía. Una fantasía que finalmente se hiciera realidad. Se veía con él, en un despertar entre sábanas blancas, limpias, acariciándose mutuamente, contemplándose con una mirada profunda, tan honda, que Orión podía verse a través de ella cuando todavía era casi un infante. Mientras los policías acordonaban la zona y los paramédicos hacían uso de cada dispositivo a su alcance para intentar revivirlo, los retratos de su pasado reciente se fueron dispersando para transformarse en el entendimiento de su esencia, aquella que había iniciado cuando, todavía ingenuo, empezaba a coquetear con la sexualidad y el erotismo que le ocasionarían una tormenta interna durante muchos años por venir…

Aforismos sobre la Ebriedad

Hoy, celebro no solo un año más de tu compañía, sino 25 ciclos gregorianos de haberte conocido: has sido, para mí, causa de confrontaciones con amigos y desconocidos; oscuridad de la memoria al día siguiente; goce máximo de noches incansables y, sobre todo, un estímulo para conocerme a través de lo que provocas en mis adentros cuando estamos solos tú y yo, en la intimidad del confinamiento y del espejo.

Ahora que llevo semanas, meses encerrado, trato de evitarte como si estuviera en la rutina habitual del trabajo, como si no pudiera hacerte mío en domingo, como si la semana laboral comenzara otra vez un lunes cualquiera. Pero a veces -solo a veces- me encuentras sin que yo te busque, ¿o será que yo te llamo ante el silencio de la casa vacía, que te llamo para que llenes ese espacio que tiene el hábito de hacerse inmenso? ¿Será que te nombro sin pensarlo, para que ocupes ese intangible horror vacui que trasciende el marco de la pintura nocturna, e incita esa ansiedad que me cosquillea las vísceras para suplicarle a mi cerebro que te invoque, que te sienta entre mis labios, que te tome?

Y en incontables ocasiones acabo por tomarte, porque me gusta que me tranquilices, o que exacerbes mi estado de ánimo, según lo amerite el entorno o lo interno. Porque es cierto que nunca activas los mismos mecanismos de mi ser, y dejas que entre los dos decidamos aquello que acontece de acuerdo con las circunstancias y las personas y los insectos y las plastas que nos rodeen, para hacer de la noche, o de la comida o de la cena lo que nos plazca. No siempre somos bienvenidos, pero siempre nos vamos juntos. Eres el destilado espirituoso que contribuye a la nutrición de mi alma y, por eso, hoy que conmemoro este cuarto de siglo de mi relación amorosa contigo, te dedico estos aforismos, que han de servir a mancebos y doncellas que buscan convivencia con los dioses del alcohol: Mayahuel, Dionisio, Baco, Tezcatzóncatl.

“Si mezclas el tequila, la cerveza, el güisqui, etcétera, aun a diferentes intervalos en una sola noche, al día siguiente sufrirás como si le hubieras hecho el peor de los males a un perrito.”

“El vino tinto, tomado uno a uno con un vaso de agua simple, propicia una buena conversación siempre y cuando haya dos o más personas inteligentes en la mesa (lo que resulta más difícil de encontrar que una buena botella de vino).”

“El tequila derecho, a cantidades considerables, contribuye a la desinhibición del amante posible y al llanto del despechado inconsolable.”

“Si no tienes experiencia, el vodka hará que te duela la cabeza al día siguiente.”

“Ante la posibilidad de una resaca implacable, toma una cerveza ligera en ayunas.”

“Si estás en ánimo de odiar a la humanidad, toma tu bebida favorita en un lugar cerrado y/o con gente que te cuidará cuando descubras que también te odias a ti mismo.”

“EL mezcal, como lo aseveró un gran sumiller en un restaurante oaxaqueño de alta cocina, es para acompañarse con los alimentos. No obstante, si con él te embriagas por accidente, podrías conocer a tu verdadero alter ego y mostrarlo a quienes te acompañen.”

“La vida sin bebidas espirituosas, es como un cuerpo sin espíritu.”

“La mejor relación que puedes tener con el alcohol es aquella que te haga sentir vivo.”

Finalmente, te comparto este soneto, Soneto del vino, que te compusiera el gran Borges para celebrar, como yo, que nos enseñas el arte de ver nuestra propia historia.

¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa
conjunción de los astros, en qué secreto día
que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa
y singular idea de inventar la alegría?

Con otoños de oro la inventaron. El vino
fluye rojo a lo largo de las generaciones
como el río del tiempo y en el arduo camino
nos prodiga su música, su fuego y sus leones.

En la noche del júbilo o en la jornada adversa
exalta la alegría o mitiga el espanto
y el ditirambo nuevo que este día le canto

otrora lo cantaron el árabe y el persa.
Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia
como si ésta ya fuera ceniza en la memoria.

Inteligencia emocional y empatía… ¿en redes sociales?

Sin duda, las redes sociales han abierto vías rápidas de comunicación que antes resultaban impensables, y que son útiles para diversos propósitos como, por ejemplo, compartir con nuestros contactos un momento grato, enviar fotos y videos para organizarnos después de una tragedia común ─como un sismo─ y celebrar o conmemorar alguna fecha importante a pesar de la distancia física, entre varios más… No obstante, cuando se trata de un tema que polariza a la sociedad, un número nada despreciable de usuarios de ambos bandos parece olvidar que sigue interactuando con personas, con los otros, y no solo con elementos audiovisuales y tipográficos que se miran a través de una pantalla.

Esto puede deberse a que, en muchos casos, los “usuarios” son trolls o bots con un propósito específico que nada tiene que ver con una crítica constructiva o un sano deseo de discusión y, en otros, a que se aprovecha el uso de una máscara virtual para emitir opiniones subjetivas, comentarios poco razonados, e insultos que hacen evidente un control mínimo de las emociones, ante una extraña e imperiosa necesidad de contribuir a una tendencia en tiempo real.

Esto puede resultar sorprendente si se piensa que, al hacer uso de la palabra escrita, en general tenemos más tiempo para expresar de manera precisa aquello que queremos decir, en contraste con la oralidad del lenguaje, en donde tenemos que transmitir un mensaje de forma casi inmediata pues estamos frente al otro, con su mirada, sus gestos y sus movimientos ante nuestros ojos. Por ello, el estudio de la inteligencia emocional se ha dirigido más a interacciones físicas que virtuales aunque, en estos tiempos de confinamiento por la pandemia, lo digital cobra aún más fuerza como medio de comunicación.

Aunque ya se ha dicho bastante sobre la inteligencia emocional, su desarrollo y práctica sigue siendo fundamental no solo para desenvolvernos con más éxito en un entorno laboral, sino ─y sobre todo─ para ser mejores individuos, y con ello ser más sensibles no solo a nuestras necesidades y sentimientos, sino también a los de los demás; hacernos conscientes de que el otro existe como alguien que piensa y siente, incluso si esos pensamientos e ideas no concuerdan con los nuestros. La política, la religión, y varios movimientos sociales como el feminismo o los derechos de las minorías, son tan solo algunos ejemplos de situaciones que provocan reacciones viscerales en redes sociales y, especialmente, en Twitter, dada la inmediatez de respuestas que caracteriza a este entramado colectivo, en el que no hay “amigos” ni “contactos”, como sucede con Facebook y LinkedIn, respectivamente.

De acuerdo con la Dra. Ofelia Gutiérrez, Secretaria de Innovación Educativa de la UNAM, “la inteligencia emocional es poseer la capacidad de entender tus propios sentimientos, entrar en contacto con los sentimientos de los demás, tener empatía con las otras personas, poseer esa capacidad y emplearla para solucionar los problemas de la vida con el menor costo y estrés”. Y precisamente en relación con esto, Daniel Goleman concluye que existe una tríada de la empatía:

  1. Empatía cognitiva, de carácter racional, que nos permite comprender la perspectiva y estado mental de la otra persona, y al mismo tiempo manejar nuestras emociones mientras asimilamos las de ella.
  2. Empatía emocional, en donde acompañamos a la otra en lo que está sintiendo, y “nuestros cuerpos resuenan con el tono de alegría o tristeza por el que esa persona está pasando”.
  3. Preocupación empática, en la que, derivado de alguna de las dos anteriores, en verdad nos preocupamos por lo que esa persona está pasando, y nos movilizamos para ayudarla si es necesario.

La empatía cognitiva nos brinda la habilidad para entender los puntos de vista y la manera de pensar de la otra persona con base en lo que sabemos de ella, y la emocional nos hace sentir aquello que está moviendo sus entrañas, y nos conecta no solo mediante el lenguaje verbal ─incluyendo el tono de voz─ sino además por la expresión facial, los movimientos de las manos, y los distintos signos que nos aporta el lenguaje corporal. Entonces, la empatía tiene una relación directa con la autoconsciencia (self-awareness) tanto de nosotros como de los demás, porque “leemos a los otros al conectarlos con nosotros mismos”.

Con base en lo anterior, es posible decir que ahora debemos aprender a ser empáticos sin ver a la otra o al otro a la cara, sin escuchar su voz, sin observar sus reacciones corporales y sin saber, incluso, si en realidad se trata de una persona o de un perfil falso y automatizado, puesto que siempre hay alguien detrás de la imagen que se nos presenta y de las palabras que se escriben. Esto puede parecer sumamente difícil por los procesos de convivencia presencial que hemos aprendido, pero sin duda puede lograrse si en todo momento tenemos consciencia de que ese “tuit” está escrito por otro ser humano.

Algunas de las preguntas que yo siempre trato de responder antes de hacer una publicación escrita, en especial cuando se trata de un tema que involucra opiniones contrapuestas, son:

  • ¿Si tuviera enfrente de mí a esa persona, mirándome directamente a los ojos, me atrevería a decirle lo que estoy escribiendo?
  • ¿Se lo diría de manera distinta?
  • En vez de promover el diálogo, ¿estaría ocasionando una reacción violenta ─verbal, y quizá física?
  • ¿En verdad es relevante para mí (tratar de) establecer un diálogo con esa persona?

Para finalizar, a continuación dejo algunas oraciones que pueden ayudarnos a reflexionar sobre este tema, y que a mí me ha resultado útil recordar cuando siento que mi inteligencia emocional está en riesgo ante un comentario que me resulta ofensivo, o que es contrario a mi manera de pensar:

“[…] la libertad del prójimo […] es el límite de mi libertad, ‘su otra cara’.” Jean Paul Sartre, El ser y la nada.

“¿Quién con razón o por derecho puede asumir / Monarquía sobre quienes por derecho son / […] En libertad iguales?” John Milton, Paraíso Perdido.

“El precipitarse en el Otro se presenta como un regreso a algo de que fuimos arrancados. Cesa la dualidad, estamos en la otra orilla. Hemos dado el salto mortal. Nos hemos reconciliado con nosotros mismos.” Octavio Paz, El arco y la lira.

“Abstente de parecer un idiota a causa de discutir con un idiota.” Thomas More, Utopía.

“El respeto al derecho ajeno es la paz.” Manifiesto, Benito Juárez.

“Antes que política / Ya estabas tú, ya estaba yo / Mira, qué contradicción / En vez de odiarme tanto /¿No deberías mostrarme tu razón?” Yo busco, Café Tacvba.

“Sin contrarios no hay progresión. Atracción y repulsión, razón y energía, amor y odio, son necesarios para la existencia humana.” El matrimonio entre el Cielo y el Infierno, William Blake.

En este pueblo húmedo

Él iba dejando atrás los cerros llenos de verde espesura, esos que se veían de cerca al llegar a la estación, para ir adentrándose en otros aún más tupidos; el calor que lo envolvía era más intenso, y el aire que lo circundaba profundamente húmedo, como si fuera regresando al vientre materno en una tórrida noche de lascivia. Mientras sentía el sudor escurriendo desde la cabeza hasta el cuello y por debajo de su playera, llevaba consigo el recuerdo de su madre en la cárcel y de su hermano menor en el hospital, con la idea de lo poco que podría saber de ellos inmerso en este lugar enclavado en medio de la Sierra Mixe.

En su andar hacia el pueblo, volteaba por un instante para mirar cómo se alejaba su vida del pasado reciente, lo que hasta ayer era su hoy, en uno de esos autobuses que iba de regreso a su lugar de origen. Al hacerlo, oía una voz que por ahora no quería escuchar, y sentía el movimiento ondulante debajo del vehículo que lo llevaba por el camino, a veces arenoso, a veces lleno de piedras. Pero no iba andando solo. Lo acompañaba un hombre llamado Donaciano, quien había sido enviado para recogerlo en el paradero, y que estaba esperándole desde antes que cayera la tarde. Conducía un auto antiguo, como esos que ya casi no se ven y que evocan el pasado, formado por un conjunto de piezas mecánicas desgastadas por la inevitable fricción que obedecía a su naturaleza física, ficticia. Las llantas ya no tenían tapones, y la pintura original parecía haber sido roja, aunque ahora solo daba destellos de ese color que algún día lo había hecho verse reluciente. Del espejo colgaba un Cristo que también parecía obsoleto, y las vestiduras delanteras se escondían tras la camiseta del equipo de futbol más popular, ese que todavía provoca a las masas volcarse de manera efervescente para mitigar el tope con la realidad, aunque sea por escasos noventa minutos. De pronto, el silencio entre los dos, que solo se había interrumpido por un saludo entrecortado, cedió ante la voz ronca y viril de Donaciano, que debía tener unos treinta y cinco años de edad.

─ Si vienes de la ciudad después de tantos años esto te va a parecer como el paraíso perdido, porque allá todos están locos -le dijo al momento que apretaba sus manos contra el volante.

Él lo miró sin dar respuesta alguna, aunque con la mirada lo dijo todo; ante esto, Donaciano se quedó callado por unos segundos para luego retomar la plática.

─ Entonces, eres el sobrino de Doña Citlalmina. Yo te miré de chiquito, más que ahora, y de cuando en cuando ella habla de ti y por eso algo te conozco, porque uno sabe del otro nada más mirándole los ojos a quien lo menciona. Ella te quiere, o extraña a alguien que te quiere, y por eso te recibió aquí, aunque por acá casi no llega nadie más que en diciembre, y hasta los fuereños son bien recibidos. Pero viéndote, así como estás, moreno, regordete y hasta con ese bigote que apenas te está saliendo tú sí que pareces de por acá, nada más con ropa de capitalino -concluyó.

Mientras él soltaba una carcajada, Milton observaba desde atrás sus dientes amarillentos reflejándose sobre la anchura del espejo retrovisor, y en ese momento pensó que sería mejor decir algo antes de que le fuera a hacer una pregunta que le incomodara todavía más que ese calor de la sierra.

─ ¿Y usted trabaja para mi tía?

─ Sí muchacho, le hago unos trabajitos aquí y allá, y ella me paga bien. A veces con dinero, a veces con lo que saca de su parcela, y otras con lo que puede… Por esos trabajitos que hago, mis cuates, esos que de veras me conocen bien, me llaman “el tres”.

Donaciano sonrió, esta vez sin mostrar demasiado su dentadura, mientras hacía contacto visual con su pasajero al momento que sobaba su entrepierna sin pudor alguno.

─ Pues yo casi no recuerdo nada de mi estancia en este pueblo, excepto por mis abuelos que según sé murieron cuando yo estuve aquí –dijo Milton con voz tímida y temblorosa, al percatarse del movimiento de la mano del conductor. Esto me parece conocido -agregó, aunque he visto algunas fotos y tal vez por eso el camino me resulta familiar.

Donaciano respondió que él creía que sí debía acordarse, que incluso ya lo había visto a él en más de una ocasión, puesto que llevaba trabajando para su tía casi los mismos años que el muchacho tenía. Mientras su guía continuaba con el relato de asuntos relacionados con sus labores en el pueblo, Milton comenzaba a desprenderse de la conversación para enfocar su mirada hacia los parajes que le ofrecía el recorrido camino arriba; a lo largo de la ruta, podía observar el follaje verde que rodeaba los árboles llenos de pájaros, para dar paso al avistamiento de casas pequeñas de adobe y tabique gris, con techos de lámina clara que se mezclaban con el paisaje, del que sobresalían las dos torres de un santuario color blanco con detalles azul cielo. Luego de un largo rato, por fin llegaron a Santiago, al lugar del cerro con cabeza de perro. El pueblo hervía de vida ese domingo a pesar de que casi era de noche; las señoras estaban de pie al filo de sus puertas, y miraban sin disimulo el auto que rodaba hacia la casa de sus abuelos ─ y que hasta ahora solo era habitada por la hermana menor de su abuela difunta ─  al tiempo que los niños jugaban y corrían por las calles. Al pasar por la plaza principal, descubría un cúmulo de hombres que platicaban y tomaban aguardiente, mientras la banda local ensayaba canciones para la competencia regional que era organizada año tras año.

Al ir dejando atrás el bullicio, iban acercándose más al espacio que con una temporalidad indefinida vendría a ser su nueva morada. Rodearon la iglesia, avanzaron un par de cuadras, y al fin llegaron hasta los límites del pueblo, en una parte silenciosa y discreta donde el alumbrado público parecía menos luminoso que en el resto de lo que hasta ahora le había tocado ver. Donaciano pisó el freno, y se estacionó enfrente de una casa que ostentaba dos ventanas y una puerta negras que sobresalían entre el tono rosa mexicano de la fachada, alumbrada por un foco blanco justo arriba de la entrada. Luego abrió la puerta del auto, y se bajó para ayudar a Milton con su maleta. El muchacho le dio las gracias, y tras un fuerte apretón de manos ─ que dejó al muchacho con un leve dolor entre los dedos─ y una caricia en el cachete, aquel se despidió diciéndole que se estarían viendo por el lugar.

Milton iba a tocar el gran protón negro, cuando se percató de que una de las dos ventanas simétricas que lo conformaban en la parte superior estaba entreabierta; así, se atrevió a empujar el cristal para deslizar la mano entre las barras de metal y alcanzar el pasador para darse acceso. Al empujar la puerta encontró un pasillo sombrío que, como la calle en la que residía toda la casa, solo se encontraba aluzado por un foco empolvado alrededor del que revoloteaban varios insectos en círculos infinitos, engañados por la luz artificial.

─ Hola, ¿tía? -dijo Milton, mientras caminaba con paso lento y sostenía lo poco que había podido traer para su viaje.

Repentinamente, vislumbró una sombra que salía desde el fondo del pasillo y que se acercaba rápidamente hacia él. La sombra se fue aproximando a la luz y tomó forma de cuerpo humano, femenino, aquel de su tía que al verlo corrió veloz para abrazarlo; Milton no supo cómo responder ante el efusivo recibimiento y solo se dejó querer, sin que sus ojos omitieran el gran escote que dejaba ver dos senos, suaves y enormes, que eran oprimidos contra su rostro mientras se balanceaba y le frotaba la espalda con cariño. Después de varios segundos, que para el muchacho parecieron minutos, se desprendió de él para verle la cara.

─ Te pareces a tu padre -dijo Citlalmina con un tono de molestia, mientras caminaban por el pasillo hacia el fondo de la casa. Hizo una pausa.

─ Aunque supongo que eso ya no importa -continuó; de todos modos, eres más mío y de tu madre que de él; y no te preocupes demasiado, ya se resolverá todo lo que le pasó a ella… Ahorita no puedo ir a visitarla, por el negocio, y por eso le dije que te mandara conmigo, pero tú y yo nos vamos a divertir aquí.

─ ¿Y de qué es tu negocio? –replicó el joven.

─ Pues eso es algo que por ahora no puedo explicarte, pero no preguntes tanto y mejor vamos a tu habitación, ¿te parece? Solo tengo algo que decirte: cuando yo te indique, no vas a poder salir de tu cuarto, aunque no quiero que te asustes ni lo vayas a tomar como un regaño, es solo que luego hay gente por aquí y es mejor si no se les importuna, pero bueno, esta es tu habitación.

Se detuvieron frente a una puerta de madera, pintada de azul y que parecía algo pesada; ante la sorpresa de Milton, su tía la abrió con facilidad y entonces se dio cuenta de que gran parte de la madera tenía huecos, como si un animal de apetito insaciable la hubiera roído por dentro; su tía encendió la luz y lo primero que vio fueron las paredes de adobe, el piso de cemento gris y una cama con un colchón viejo, sobre el que se mostraban unas sábanas enrolladas y unas cobijas algo revueltas.

─ Este pedacito de la casa es tuyo –le dijo su tía. Solo tienes que tender la cama y ¡listo! Le pedí a Micaela en la mañana que lavara bien todo y desinfectara el piso, así que huele bien y está limpio; en fin, te dejo para que te acomodes. Ahí está el ropero.

Citlalmina cerró la puerta detrás de sí mientras Milton se preguntaba quién diablos era Micaela, y se acercaba a la cama para dejar su maleta, y comenzar a acomodar su ropa dentro ese mueble grande y viejo que olía a humedad. Tras terminar de hacerlo, caminó hacia la ventana que estaba enfrente, y que daba hacia un corral; la vista le pareció tétrica, así que prefirió regresar a la cama y sentarse en ella. El lecho cumplió su función y casi sin sentirlo se quedó dormido, ya fuera por el cansancio de la travesía que había recorrido desde su ciudad, o por la carga que su madre había puesto sobre su espalda adolescente de catorce años. Al poco rato regresó Citlalmina, quien al entrar lo vio ahí, tendido en posición fetal, para después acercarse a despertarlo con ternura; Milton respondió, y por un instante creyó que no estaba ahí, que todo lo había soñado, que estaba en su propia cama. El despertar fue a la vez rudo y tierno, y sin quererlo se soltó a llorar sobre el regazo de su tía. Ella trató de consolarlo, sabiendo que estaba triste y confundido, inexperto y solo, y que ella buscaría lo forma de animarlo y hacerlo olvidar, aunque fuera por unos días, que la vida estaba llena de incidentes que ponen a prueba nuestra fragilidad.

Así, tía y sobrino salieron a caminar por las calles de terracería a media luz, que tras varios pasos acelerados se convirtieron en pavimento y luminiscencia al llegar a la plaza del pueblo. Milton observaba a la gente, a todas esas personas que lo miraban como si fuera un ente distinto a ellos, o una aparición extraña, para luego notar que no solo lo veían a él, sino también a su tía, a pesar de que ella escondía su busto descomunal tras un rebozo negro que había tomado de la casa ese domingo antes de salir. Llegaron a una cenaduría y, cuando el muchacho se disponía a sentarse, su tía le dijo que pedirían la comida para llevar, mientras hacía algunos gestos de desagrado que eran correspondidos por la mujer que estaba por atenderles. Tras cruzar solo las palabras necesarias y pagar la cuenta, emprendieron su regreso con dos tlayudas y un par de atoles de grano, que disfrutaron sobre la mesa de la cocina que estaba al entrar; casi no hablaron, mientras el muchacho pensaba en la peculiar distribución de la casa, con cinco cuartos a lo largo de un pasillo y uno más pasando el corral, como si fuera un conjunto de departamentos arreglados dentro de un condominio horizontal. Cada habitación tenía un foco afuera y todos se encontraban apagados, todos eran redondos, y todos eran rojos.

La cena terminó y, tras ser cruzado en el rostro con una foto de la Virgen, el muchacho se dirigió a su habitación y durmió tan profundamente, sin quitarse la ropa, que no soñó ni despertó hasta que el gallo del corral había agotado totalmente su canto matutino al día siguiente. Tras estirar con fuerza todas las extremidades que salían del tronco de su cuerpo, se levantó con el sol entraba por la ventana, lo que le incitó a salir del cuarto. Justo cuando se disponía a abrir la puerta, escuchó ruidos de agua lanzada contra el piso y las paredes, y una escoba que tallaba sin cesar; se asomó por la rendija de la llave y alcanzó a ver una falda café, que cubría unas nalgas onduladas que se contoneaban de un lado de otro. Al ver esto, despegó rápidamente el ojo de la cerradura pensando que no estaba bien verle el trasero a su tía, aunque después de un instante de vaga reflexión volvió a ceder ante su voyerismo incontrolable, y miró de nuevo. Esta vez vio unas piernas delgadas, con una piel primorosa que parecía bronceada por los mismos rayos de calor que entraban por su ventana, y unos brazos con similar presentación que sostenían un palo de madera y se movían al ritmo de una cumbia que súbitamente comenzaba a sonar. En eso, se percató de que alguien se acercaba a la puerta, y regresó corriendo a la cama para echarse rápidamente y simular que todavía estaba dormido; la puerta finalmente se abrió, y apareció la figura de Citlalmina.

─ Levántate ya, muchacho -dijo con voz dulce pero determinante. Hay que desayunar y hacer varios quehaceres antes de que el negocio abra -remató, al tiempo que se alejaba por el pasillo.

Tras salir de la habitación, lo primero que descubrió fue la cara de esas piernas y esos brazos que apenas y había visto; se trataba de Micaela, la joven que ayudaba a su tía en la limpieza de la casa, entre otros menesteres. Al encontrarse con sus ojos sintió una sensación placentera y extraña que emanaba desde adentro de su estómago, y que se intensificó cuando ella le sonrió y se volteó lentamente para seguir con sus labores. Citlalmina se dio cuenta, y ante ello le pidió que fuera a la tienda que estaba en frente de la casa a comprar miel y fruta. Milton fue y regresó lo más rápido que pudo, entusiasmado por llegar a ver ese rostro que tanta emoción le había causado. Sin embargo, cuando arribó ella ya no estaba a la vista, como si hubiera sido un espejismo que se había desvanecido en el oasis del deseo. Le iba a preguntar a su tía por ella cuando Citlalmina sacó una toalla, un jabón pequeño y un zacate, y se los entregó enérgicamente en las manos.

─ Es hora de que tomes un baño para que luego desayunes -dijo, mientras le señalaba el lugar en el que estaba la regadera.

El muchacho se dirigió al lugar, para encontrarse con un cuarto húmedo y pequeño, totalmente forrado con cemento gris, en el que una de las esquinas superiores fungía como hogar para una araña grande y negra, de patas largas y cuerpo ovalado que brillaba de forma intermitente con la poca luz que se introducía por el lado de la puerta, como si un ojo le estuviera guiñando en medio de la oscuridad acuosa, insinuándole que se acercara. Siguiendo su enigmático encanto, entró, se desnudó lentamente, y abrió la llave de la regadera para refrescarse con el agua tibia que apaciguaría momentáneamente el calor de su cuerpo, ese que no solo había sido ocasionado por los estragos del clima.

Al salir, fue a vestirse y regresó a desayunar en la misma mesa en la que había cenado, sobre la que alguien le había dejado unos panes de nata y atole con fruta. Terminó de almorzar ─ pues ya era pasado el mediodía─ y decidió entonces recorrer la casa. Quiso abrir la primera habitación, pero estaba cerrada con llave; así pasó a la segunda y la tercera y en las tres encontró el mismo impedimento para entrar, hasta que llegó a la cuarta, en donde descubrió a su tía en camisón, peinándose y maquillándose frente a un espejo. Él sintió cierta vergüenza, y trató de alejarse despacio para que ella no lo notara, lo que hizo caminando hacia atrás. Después de varios pasos que lo dirigían hacia la puerta de la casa, chocó suavemente con otro cuerpo, que se percibió más fino y ligero; era el de Micaela.

Tímidamente le pidió disculpas, a lo que ella nuevamente replicó con una simple sonrisa; sacó una llave, abrió la puerta de la segunda habitación, y se metió en él mirando de reojo al muchacho, para cerrar tras de sí toda esperanza de contacto visual. Entonces, él pensó que sería mejor conocer el pueblo.

Así, salió de la casa y caminó hacia la plaza, solo para notar que la gente lo seguía mirando de forma extraña; recorrió varias calles, entró a la iglesia, escuchó una aburrida misa de más de una hora que casi lo hizo quedarse dormido en la banca, salió de ahí y se topó con la misma banda de músicos que había visto al llegar. Se quedó un buen rato viendo como ensayaban, con sus tambores, guitarras e instrumentos de viento. Luego, le dio hambre y fue a buscar algo de comer, pues ya eran casi las cinco de la tarde. Se dirigió a un puesto de tacos, pidió una orden de tres y, al hacerse hacia atrás para buscar un lugar donde sentarse chocó nuevamente con un cuerpo casi de manera accidental, pero esta vez no era uno delicado, sino más firme y grande que el suyo; era el de Donaciano.

─ Hola muchacho, ¡qué hay! –dijo, tomándole los hombros con fuerza, y dándoles un masaje que rayaba en opresiones dolorosas.

─ Nada, aquí comiendo, con permiso –dijo Milton.

─ Al rato te veo por allá muchacho, a ver qué se arma con tu tía; acuérdate que si piden al “tres” me tienes que avisar eh –ultimó Donaciano mientras se alejaba con una carcajada que ensanchaba su boca más de lo que el joven había imaginado.

Milton terminó de comer, y pensó en regresar a casa de su tía cuando de pronto vislumbró un salón de billar. Lleno de curiosidad, llegó hasta la entrada y se asomó, con ganas de entrar, pero sin saber si debía hacerlo o no. Alcanzó a divisar que solo había hombres, algunos más viejos que usaban sombrero, y otros más jóvenes que escondían su cabello despeinado tras una gorra. Comenzaba a desprenderse de la entrada cuando llegaron otros dos muchachos que lucían más o menos de su edad, y que se pararon frente a él para mirarlo de arriba abajo.

─ Tú eres el sobrino de Doña Citlalmina, ¿no? – le dijeron.

─ Sí, pero ya me iba -contestó Milton.

─ No, ¡cómo que te vas! Si apenas va empezando esto; como es lunes se va a acabar temprano, pero pásate con nosotros para que conozcas a todos los clientes de tu tía -dijeron mientras lo llevaban hacia adentro con risotadas.

Milton, con su acostumbrada timidez, entró con ellos para descubrir un mundo del que solo había oído hablar, ese donde había humo de cigarro, mucho alcohol en pequeñas mesas de metal, y gente que reía o lloraba mientras tenía puesta la máscara de la embriaguez. Se acercaron a la barra, y sus nuevos compañeros pidieron tres cervezas; voltearon a ver al muchacho citadino y le ofrecieron una, que, aunque no era la primera en su vida, sí representaba su iniciación alcohólica en público. Después de varios tragos, Milton comenzó a sentirse más relajado y bienvenido, para dejar atrás el peso de esas miradas que le daban en la calle y dar paso a las palmadas en la espalda y los apretones de mano. Además, para su beneplácito, todos ahí parecían ser demasiado amables con él; lo invitaban a jugar billar, o más bien, a intentarlo por primera ocasión; le ofrecían mezcal y botana, y nadie le cobraba un solo centavo por ello. A él no le importaba pensar por qué, y se limitaba a sentirse algo mareado, risueño y disipado. A pesar de todo, no estaba tan borracho; veía ligeramente borroso y le costaba trabajo enfocar la vista, pero todavía podía ver en su mente a Micaela, abrazarla, acariciarla y rendirle su amor mientras seguía el escándalo de la cantina. Finalmente, cuando ya estaba tan oscuro como ese día anterior en el que había llegado, se abrió camino entre la gente para ir al baño del lugar, que era pequeño, con un mingitorio y una taza, y se encerró en él para descansar un momento y asimilar todo lo que estaba ocurriendo. Recargó entonces su brazo izquierdo contra una de las paredes, mientras trataba de desabotonarse el pantalón con la mano derecha, para así liberar ese chorro de confusión que le había hecho darse cuenta que no sabía que estaba haciendo ahí. Tras sacudir de sí la última gota de alivio, trató de salir discretamente del baño para luego escabullirse, lo cual no fue tan difícil como había creído pues cada persona en el lugar estaba ya en lo suyo, ya fuera tomando, ya fuera sonriendo, ya fuera llorando, o incluso durmiendo.

Al salir, el viento le propinó una bofetada que al inicio le causó un mareo nunca antes experimentado, y luego un vómito tan imprevisto como ineludible, acompañado de ese dolor de principiante que sale desde el estómago para impulsar con fuerza los adentros hasta la garganta y terminar su cauce en el piso. Tras reincorporarse y reponerse del susto, Milton emprendió su regreso a casa de la tía Citlalmina tan rápido como pudo, con la esperanza de que su estado no lo traicionara y lo hiciera seguir una ruta que no fuera la suya. Eso no sucedió, y unos minutos después llegó a esa casa rosa con el portón negro, solo que notó algo diferente: el foco que se encontraba en la fachada ya no emitía una luz fría, sino más bien cálida, o caliente, o roja. No reparó mucho en ello y se precipitó hacia la puerta, empujando nuevamente la ventana para poder abrirla. Entró, y no supo si lo que estaba viendo era real, o si formaba parte de esos sueños sicalípticos que había estado teniendo desde hacía varios meses, en los que se despertaba con ganas de descargar su néctar púber con prisa. El pasillo era el mismo, y los insectos continuaban su volar alrededor de la primera bombilla, aunque las otras que a su llegada habían estado apagadas ahora estaban encendidas con tal intensidad, que parecían emanar fuego, un fuego que le hizo recordar una vez más las caderas, las piernas y los brazos de Micaela pero, sobre todo, esa sonrisa que se dibujaba entre sus labios, esos labios que imaginó tener entre los suyos, enredado entre sus piernas, anidado alrededor de sus brazos.

Esas imágenes oníricas atrapaban su mente cuando de improviso escuchó voces afuera, voces que entraban en su sueño y en la casa de manera inesperada, haciéndole retomar una pizca de realidad. Así, torpemente se deslizó por debajo de la mesa que estaba a la entrada para evitar ser notado, y vio que dos de los hombres que había visto en el billar hacían su incursión hacia el pasillo. Ante ello, escuchó una voz femenina, que supuso era la de su tía; ella se detuvo ante los hombres, quienes respetuosamente se quitaron los sombreros, y les preguntó qué iban a querer. Su estado, aunado a la posición de tortuga a medio morir que asumía debajo de la mesa, no le permitieron entender con claridad lo que estaban diciendo, pero notó que tras pagar algún dinero se fueron hacia las habitaciones que estaban a lo largo del pasillo. Cuando las voces callaron y una puerta abrió para cerrarse con ansia inmediatamente después, Milton pensó en salir de su madriguera para irse a su habitación. Comenzó entonces a deslizarse lentamente hacia atrás con los antebrazos y las rodillas procurando no hacer ruido, al momento que su codo se encontraba con la pata de una silla.

─ ¡Auch! –dijo con un tono quejumbroso, mientras terminaba de salir, y trataba de incorporarse a su forma bípeda con otro mareo, esta vez menos violento, que le obligó a sostenerse del respaldo de una silla para luego sentarse en ella. Solo quería descansar un poco, pero Hipnos y Mayahuel le abrazaron con tal fuerza que no le quedó más remedio que recargar la cabeza sobre sus brazos cruzados, que ya reposaban por encima de la mesa. Entre sueños levantó la cabeza, vio a Micaela bailando, se imaginaba que estaba con ella. Sonreían, mientras lo tomaba por debajo de los hombros para llevarlo casi a rastras a lo largo del pasillo. Pasaban por una puerta, tal vez dos, quizás tres; entraban a la habitación. Frotaban sus rostros con vehemencia; su piel era tersa pero firme, gruesa, lo estrujaba, le quitaba la ropa, lo tumbaba en la cama, le metía la lengua en el oído, sentía su peso sobre la espalda, su olor lo penetraba, el malestar se transformaba en placer; se quedaban dormidos.

A la mañana siguiente, Milton despertó con un intenso dolor de cabeza y una nueva sensación en el cuerpo; confundido, se levantó de la cama y, antes de salir, echó una última mirada a Donaciano y Micaela, quienes yacían desnudos con las sábanas envueltas entre sus piernas. Al otro lado de la puerta, su tía lo esperaba con el teléfono en la mano. Era su madre llamando desde la cárcel.

Pintura: Los hijos de mi padrino (1930), Diego Rivera.

El primer acercamiento

Hoy va a nacer tu nuevo hermano, justo en este día que es tan importante para ti, no porque él vaya a llegar a esta Tierra que parece desconocernos cada vez más a causa de nosotros mismos como si nos hubiéramos convertido en sus hijos bastardos sino, simplemente, porque es tu cumpleaños. Aunque todavía hay muchas cosas que no entiendes, quieres empezar a comprenderlas, y te preocupas en especial por el paso del tiempo; la muerte todavía es ajena a tu conciencia, y una ínfima parte de la interrogante de la vida se asoma desde lo más recóndito de tu habitación cuando apagas la luz. Por ello, pretendes que hoy que cumples años, tus padres te regalen un reloj de pulso, pues hace unas semanas te dijeron que todavía eras muy pequeño para un teléfono celular; además, notas por primera vez que el calendario con imágenes de perritos que colgaron en tu pared sí tiene una utilidad y aunque tu mamá ya lo había hecho con un plumín de color rojo— sientes la necesidad de remarcar el día de hoy con un plumón color azul, como si apenas y comenzaras a percibir que estás creciendo.

Tu tía Lavinia, que se quedó en casa para cuidarte mientras tus padres regresan del hospital, llega de pronto a tu habitación y observa el calendario marcado; sonríe, y te pregunta qué quieres hacer para celebrar el día en que naciste. Tú intentas reflexionar la respuesta, y sin planearlo te dan ganas de llorar; sientes tristeza por estar ahí sin tus padres, y con esta tía que nunca ha sabido cómo abrazarte. De cualquier modo, ella trata de hacerlo, aunque sus brazos se sienten ajenos, duros y fríos, y prefieres soltarlos para voltearte hacia tu litera y tirarte en la cama de abajo, con la vista hacia la pared y aferrándote al oso de peluche café que te reconforta cuando la oscuridad invade ese espacio que hasta ahora ha sido tuyo. Ella trata de sentarse al borde de la cama para consolarte, pero se arrepiente y mientras comienza a alejarse te dice que tal vez estés mejor solo hasta que te calmes; ante la mención de su salida, volteas tu cara hacia ella y le pides que se quede un momento, a lo que ella replica diciendo “sí, está bien” con una sonrisa tímida y rubor en las mejillas, para luego reposar en una silla de madera que está frente a la litera. Tras secarte las lágrimas que ya escurrían hasta la colcha de la cama y reincorporarte sin soltar tu oso, miras otra vez al calendario, y aunque le quieres preguntar por qué tu hermano tiene que nacer hoy, en el mismo día que naciste tú pero siete años antes, no lo haces, ya que temes que algo que te haga sentir más triste se esconda tras esa respuesta. En cambio, observas su rostro mientras ella desvía su mirada al techo y roza los labios contra sus dientes para darte cuenta de que en realidad se parece mucho a tu papá, no solo en los rasgos del rostro sino también en los gestos, y eso te hace pensar si tu hermanito, a punto de llegar, se parecerá a ti. Después de un silencio que te hace rascarte el cuello y mover los pies que rozan con el piso mientras permaneces sentado desde el borde de la cama, tu tía Lavinia finalmente decide hablar para decirte que no te preocupes, que tu mamá está bien y que tu futuro hermano y ella llegarán más pronto de lo que te imaginas; además, te dice que eres muy afortunado pues podrán festejar sus cumpleaños ese mismo día, juntos, como si fueran gemelos pero sin tener el mismo tipo de regalo por la diferencia de edades.

Ante la apertura del tema, tú te atreves a preguntarle por qué tus padres eligieron el mismo día para que ambos nacieran, ya que sin tenerlo claro sientes que te van a quitar algo, como si para darle vida a tu hermano tuvieran que robarte un pedacito de la tuya. Ella calla por un instante en el que parece pensar y, cuando abre la boca para responderte, se escucha que el teléfono de la casa suena una, dos y tres veces hasta que Lavinia reacciona y se dirige hacia la sala para tomar la bocina. Contesta. No distingues bien de qué está hablando, pero alcanzas a escuchar que es algo relacionado con el hospital, los médicos y el niño, y ves a tu tía abrir los ojos largamente mientras se toca el cachete con la mano izquierda. Dice algo sobre un cordón, algo sobre tenerlo enredado en el cuello, y eso te provoca imaginar a tu papá con su corbata bien puesta. No entiendes por qué una corbata puede causar tanto alboroto, si tú también la has usado en fiestas, y hasta una ocasión en una ceremonia escolar, en la que solo recibiste cumplidos, abrazos y caricias en la cabeza. Esto te trae memorias agradables. Sonríes, bajas la mirada y te desentiendes de lo que ocurre con la llamada, pues tu atención la capta ahora un sonido en tu estómago que te indica que ya tienes hambre.

Ya que tu tía no suelta el teléfono, decides ir tú solo a la cocina para prepararte algo sencillo de comer, como un sándwich de mermelada o unas galletas con chispas de chocolate y un vaso con leche; dejas a tu amigo de peluche sobre la cama, y te diriges hacia allá. Sin embargo, al entrar a ese espacio lleno de estanterías, ollas y sartenes, sientes que se te antoja algo caliente, ya que esa mañana de diciembre amaneció nublada, y el frío se filtra por las puertas y ventanas de la casa con mayor intensidad. Ante esto, adviertes que la cocina carece de cualquier tipo de ventilación directa, excepto por un tragaluz que se encuentra justo arriba de la estufa y que puede abrirse usando el palo de una escoba. Tú decides dejarlo cerrado para que no entre el viento. Te quedas un rato viendo la estufa, y luego tomas un banquito de plástico que tus papás guardan en una esquina, ahí mismo en la cocina. Lo colocas sobre el piso frente a una de las alacenas que están empotradas en la pared, y te subes en él; abres una de las puertas de la alacena y sacas una taza, esa que tanto te gusta y que tiene la figura de un elefante gris realzada sobre un costado. La dejas sobre la estufa y también alcanzas un pocillo de metal; cierras la puerta del mueble y te bajas del banco con la mano derecha ocupada por el traste.

Al pisar el primer escalón, te desbalanceas ligeramente y lo pisas mal; casi caes, pero te alcanzas a sostener de una de las manijas de la alacena, y solo te golpeas el codo del brazo derecho contra la estufa, el cual te sobas mientras maldices el metal que osó quedarse ahí para recibir tu hueso con tal rigidez. Quieres llorar, pero te aguantas —porque eso te han enseñado— y cuando el dolor cede vuelves a colocar el banquito en su lugar. Caminas unos pasos hacia atrás, demostrándote así que ya tienes mejor control de tu cuerpo, hasta que topas con la puerta del refrigerador; volteas, y ya no lo percibes tan alto como hace un año. Miras de reojo la foto que está sobre la puerta y la abres, para buscar un cartón de leche a medias que tu mamá dejó antes de que la condujeran con urgencia al hospital. Lo tomas, pero no cierras la puerta, y lo llevas hasta la estufa para vaciarlo en el pocillo que habías dejado ahí; al intentarlo, derramas un poco de líquido; te manchas la playera y empapas los ojos del personaje de caricaturas impreso sobre ella. Sacas unas servilletas, te limpias hasta que la humedad se absorbe parcialmente y tu ropa queda llena de restos de papel blanco. Vuelves a servir la leche y esta vez llenas el recipiente sin problemas, tirando luego el envase al bote de basura inorgánica. Después, te quedas pensando unos segundos si debes usar los cerillos o un encendedor para prender el fuego, pues ambos se encuentran a tu disposición dentro de uno de los cajones del fregadero. Finalmente, te decides por los cerillos, porque una vez viste a tu papá quemarse un dedo con el metal de la cabeza del encendedor al estar prendiendo un cigarro. Así, tomas el empaque, sacas un cerillo y tratas de encenderlo frotando la punta contra la superficie lateral de fricción en la caja; la primera vez, se cae casi sin quemarse, pero la segunda, lo logras. Giras uno de los quemadores de la estufa, acercas el fuego, y con sorpresa observas como se prende mientras sientes el calor muy cerca de tu mano. Te alejas para no quemarte y apagas el fósforo, tirándolo al piso para regresar a la estufa y colocar el pocillo con leche sobre el quemador encendido. Ahí lo dejas con la expectativa de que se caliente rápido.

En eso, recuerdas que había una llamada, que era del hospital y que tu tía estaba al habla, por lo que sales de la cocina para dirigirte hacia donde se encuentra el teléfono; llegas ahí, pero la bocina está colgada y Lavinia se nota pensativa, sentada sobre un sillón. Te acercas con miedo y curiosidad, y observas que se muerde las uñas de los dedos mientras la luz del día se refleja en sus ojos cristalinos. Le preguntas qué le han dicho, y ella te comenta que no es algo de lo que un niño como tú deba preocuparse; rápidamente te da la espalda y camina hacia la habitación de tus padres, evitándote. Tú sientes rabia, confusión, y por primera vez experimentas conscientemente lo que es sentirse ignorado. Ahora tú le das la espalda mientras caminas para llegar otra vez a la cocina, y descubres la puerta del refrigerador abierta; te apresuras a cerrarla y la empujas hacia adentro con fuerza, sin darte cuenta de que la leche se derramó después de haber hervido. Al cerrar la puerta, te quedas mirando por un instante esa fotografía que habías notado brevemente con anterioridad, y que está adherida por un imán con forma de iguana; en ella, apareces con tus papás la primera vez que te llevaron al mar, y vuelve a tu memoria el desconcierto que sentiste cuando tu incursión novata en ese vasto depósito de agua salada te dio una sorpresa desagradable. En aquella ocasión tenías un par de años menos que ahora, y recuerdas que, por distraerte con el vaivén de la espuma de las olas, te quedaste de pie sintiendo como el agua iba y venía arrastrando la arena debajo de ti. Entonces, arribó una ola más grande que las anteriores y te cubrió; caíste y te arrastró, como si quisiera llevarte hasta las vísceras del piélago. Trataste de asirte de algo, pero no encontraste nada, solo arena y piedras que se revolcaban contigo en medio del agua; pudiste abrir los ojos por un breve instante, y alcanzaste a ver cómo dabas vueltas mientras la corriente te impulsaba de manera violenta. Fue en ese momento que te percataste de una mano que rodeó uno de tus tobillos, sin saber si fue el izquierdo o el derecho, y que detuvo tu avance forzado hacia las entrañas del mar. Luego, esa mano se convirtió en dos, y el abrazo se extendió a todo tu cuerpo; era tu padre, quien reaccionó rápido al verte indefenso y había logrado llegar hasta ti. Pudiste salir del agua entre sus brazos, y te llevó hasta uno de los camastros que tenían debajo de una palapa en la playa. Comenzaste a tratar de respirar al tiempo que ibas tosiendo y escupías agua, mientras un mareo que nunca habías sentido te inundaba la cabeza.

Pareces recordarlo tan bien que sientes que lo vives una vez más, pues el mareo se siente real, aunque esta vez es distinto, ya que ahora tienes náusea y mucho cansancio ante un olor que no te gusta; tu cuerpo está pesado y tu rostro somnoliento, tanto que decides dejarte caer lentamente, y lo haces deslizando tu espalda sobre la superficie del refrigerador hasta llegar al piso. Te quedas ahí, con ganas de moverte, pero sin poder hacerlo, como aquella vez que estabas sobre el camastro con el traje de baño lleno de arena y el calor húmedo que hacía escurrir el sudor por todo tu cuerpo bronceado. Ves el rostro de tu padre llamándote entre sueños para que despiertes, y sientes las manos de tu madre limpiándote la arena del cuerpo, al tiempo que deja salir algunas lágrimas que percibes por la manera en que jala aire por la nariz…

De pronto, también escuchas a tu tía Lavinia, aunque sabes que ella no estuvo con ustedes en ese viaje al mar; grita tu nombre, grita “¡Eneas!” varias veces; te sacude con fuerza y te pasa la mano por la cara; tú quieres reaccionar y decirle que te deje un rato más en la playa, en paz, pero nada en tu cuerpo aletargado lo permite. Con una sensación que te incita a creer que podrías estar flotando, ruedas sobre el camastro hasta caer suavemente sobre la arena que ya no se siente incómoda, rasposa, sino más bien suave, como si estuviera cubierta por el peluche de tu muñeco favorito, ese oso café que tanto quieres. Alcanzas a distinguir que alguien te carga y piensas que probablemente sea tu tía, aunque ya no puedes saberlo, pues el sol, ese sol intenso que te hace sudar, emite una luz deslumbrante que no te deja ver. Repentinamente ves pasar unas nubes grises que cruzan el cielo, justo como esas que observaste al despertar en tu cumpleaños número siete a través de la ventana de tu cuarto. Desplazándose rápidamente, interfieren con tu vista del cielo y tapan el sol, haciéndote sentir ligeramente aliviado a pesar de que ya no puedes abrir los ojos, hasta que paulatinamente caes en una especie de oscuridad interna. Te colocan un aparato sobre el rostro que apenas y alcanzas a distinguir, que hace más intenso el ruido al respirar y te produce algo de calor. Crees que estás soñando, pues de pronto escuchas un sonido de sirenas a lo lejos para descubrir luego que te estás moviendo, como cuando te duermes en el coche de tus papás después de haber jugado entre los árboles del parque al que casi siempre te llevan los domingos. Tu mente te lleva hasta ese lugar, y ves los juegos de metal pintados de muchos colores, entre los que destacan el pasamanos y la resbaladilla; te subes a ella por las escaleras y, aunque ya no te da tanto miedo como antes, te reconforta saber que tu mamá te está esperando allá abajo, en la Tierra. Te lanzas desde lo alto y al bajar ya no la encuentras, no está ahí esperándote; sientes temor y parece que el mareo se vuelve más intenso cuando, repentinamente, notas que aparece un niño más pequeño que tú justo al final de la resbaladilla. Te sonríe y estira el brazo. Al principio desconfías y no quieres acercártele, por lo que te alejas un poco, pero él te sigue con la mirada y al ver que te alejas empieza a llorar, como si te suplicara que lo tomes de la mano. Lo observas mejor y te das cuenta de que se parece a ti, o tú te pareces a él, no solo en los rasgos sino también en los gestos que muchas veces observas frente al espejo, y eso te hace regresar. Vas hasta donde está y lo miras fijamente a los ojos; él vuelve a sonreír, y al fin decides tomarle la mano. Sientes sus dedos entre los tuyos, más pequeños y frágiles y, tras una súbita calidez que te tranquiliza mucho más que el abrazo a tu oso de peluche, caes dormido.

Ya no sueñas, a pesar de que estás recostado entre sábanas blancas; tu padre está parado frente a ti, junto a tu tía, en una especie de fotografía en la que ambos están rodeados por cierta luminosidad, un fulgor que parece producirse por el influjo del sol. Así los captas cuando despiertas, y lo primero que se te ocurre es preguntar dónde está tu mamá; en eso, sientes que tu papá te toma la mano, y te dice que pronto conocerás a tu hermano. Sin pensarlo te dan ganas de reír y, con ojos alegres, le dices que ya lo conoces.

Pintura: Retrato de niños, Rufino Tamayo, 1966.

Sobre la Ética y los Aforismos de Hipócrates

La medicina, como parte fundamental de las ciencias de la salud, es una disciplina que ha resultado indispensable desde la antigüedad para comprender y tratar las diversas afecciones físicas y psicológicas que experimentamos a causa de las enfermedades. Sin duda, su utilidad se vuelve visible de forma masiva cuando existe una crisis sanitaria, como sucede con la actual pandemia de la ―enfermedad― COVID-19.

En México, el primer diploma médico fue otorgado a mediados del siglo XVI, tras la constitución de la Real y Pontificia Universidad de México el 20 de septiembre de 1551; no obstante, la generación de conocimientos (en un principio de forma empírica, es decir, basados en la experiencia y la observación) comenzó mucho antes de que los españoles llegaran a la Gran Tenochtitlan.

Hipócrates de Cos (llamado así por la ciudad de la Grecia antigua en donde se supone que nació), fue un médico del siglo V a.C. que tuvo una gran importancia durante el apogeo de Atenas, al lado de figuras como Pericles y Sócrates, debido a que se le identifica como el primero en desestimar diversas creencias religiosas en torno a las causas y tratamiento de las enfermedades, y con ello aproximar su estudio a una perspectiva más científica. Así, es considerado el padre de la medicina por la mayoría de las instituciones académicas y médicas alrededor del mundo, y los llamados “Aforismos de Hipócrates” constituyen su legado más conocido.

Un aforismo se define como una “máxima o sentencia que se propone como pauta en alguna ciencia o arte”, es decir, como una regla o principio que en esta caso se aplica a diversos aspectos relacionados con el conocimiento de la medicina. En total, el librillo de aforismos cuenta con siete capítulos, y a continuación les comparto algunos de los que me parecen más interesantes:

“La vida es corta, la oportunidad fugaz, el empirismo peligroso y el razonamiento difícil.”

“Cuando el temor o la tristeza se prolongan durante largo tiempo, se constituye el estado melancólico.”

“El vino mezclado con agua a partes iguales disipa la ansiedad, los bostezos y el escalofrío.”

“Los que son gordos por naturaleza están más expuestos a morir súbitamente que las personas delgadas.”

“La salud excesiva, aun en los atletas, es peligrosa.”

“Cuando el sueño calma los delirios, nos hallamos ante un buen síntoma.”

“Los viejos soportan muy bien la abstinencia; para las personas de edad madura es más penosa y mucho más aun para los jóvenes.”

“Ni la saciedad, ni el hambre, ni ninguna otra cosa deben sobrepasar, para ser buenas, los límites naturales.”

“Las enfermedades, como la edad de las personas, son sensibles a los cambios de estación, a las distintas regiones y a los diversos regímenes.”

Asimismo, en las facultades y escuelas de medicina es tradición que los recién graduados realicen el juramento hipocrático, el cual ―según Galeno, otro de los grandes cirujanos e investigadores médicos de la antigüedad― Hipócrates (o alguno de sus discípulos) creó cuando se dedicó a la enseñanza más que a la práctica médica. Aunque pudiera parecer obsoleto por el tiempo que separa la época de su formulación de la actual, el juramento tiene el propósito de recordar a los profesionales de la salud que deben ejercer la medicina de forma ética que, desde la perspectiva filosófica, es la ciencia de la conducta humana, y que por su raíz etimológica podría definirse como “costumbre moral”.

En su versión original (traducida del griego al español), este compromiso moral hipocrático dice al final: “Si el juramento cumpliere íntegro, viva yo feliz y recoja los frutos de mi arte y sea honrado por todos los hombres [y las mujeres] y por la más remota posterioridad. Pero si soy transgresor y perjuro, avéngame lo contrario“, lo que debe aplicar no solo para quienes practican la medicina, sino para cualquiera que estudie y ejerza una profesión que, tan orgullosamente como la médica, pueda contribuir al desarrollo y bienestar de la sociedad.

Foto: retrato de Hipócrates en el Salón de Actos de la Real Academia de Medicina de España.

Vlad, el Vampiro feudal de los Cárpatos, se vuelve “chilango”

Se dice que el vampiro, el monstruo, el hombre-diablo, aquel ser transmutable que necesita sangre para sobrevivir en la oscuridad eterna, se mueve de un lado a otro por el mundo para no ser descubierto. Por esta misma razón, mantiene sus asuntos solo con aquellos humanos que le son útiles, ya sea para saciar su sed o para darle una estancia cómoda, como la que tuvo inicialmente en aquel castillo cerca del Danubio.

O, al menos, es parte de lo que nos relata Carlos Fuentes en la última novela que terminara antes de ausentarse de este mundo, Vlad, donde el ente mítico se muda a la Ciudad de México para contar con un menú de más de veinte millones de jugosos cuellos, y dar así continuidad a su vida en la muerte con la ayuda de un prestigioso bufete de abogados (dicho sea de paso, el mismo Fuentes estudió Derecho en la UNAM). La historia que nos cuenta a través de una narrativa fluída, precisa y contundente, tiene como protagonista a Wladislaus Dragwlya, también llamado Vlad “el empalador”, y universalmente famoso ―hasta donde nuestro universo abarque― por el apellido con el que Bram Stoker titulara su aclamada novela gótica del siglo XIX, Drácula. Aunque prácticamente todos sepan quién es y qué hace, y cómo aparece y se transforma a causa no solo de Stoker, sino del cine, el cómic, la televisión y otros tantos inventos que disfruta ―o sufre― la sociedad posmoderna, Vlad es una novela atrayente no solo porque integra un personaje del siglo XV al entorno urbano contemporáneo de una megolópolis, y lo hace habitar en uno de los barrios más lujosos de la ciudad ―donde tienen casa varios políticos y empresarios, incluido algún expresidente de México― sino porque con su característica habilidad narrativa, Fuentes logra generar misterio y mantener la tensión del lector hasta la última sílaba, que lo deja reflexionando sobre lo que pudo haber ocurrido tras el devenir de los eventos más funestos.

Además, las imágenes dibujadas a través de las palabras que usa Navarro ―el ingenuo abogado que cree estar ejecutando tan solo las órdenes de su jefe, don Eloy Zurinaga― provoca que quien lea esté ahí, de pie en la casa del Conde Vlad, escudriñando la luminosidad sombría con la vista, preguntándose para qué tantas coladeras, asombrándose por las ventanas tapiadas, y con el presentimiento de que algo terrorífico puede asomarse, de pronto, por la barranca que aísla la construcción del resto de las moradas.

Por ello, y por todos los sucesos que se revelan a lo largo de la narrativa, Vlad es un libro interesante y sorpresivo que aborda dos de los temas medulares para el ser humano: el amor y la muerte, Eros y Tánatos, para desembocar en lo otro, en aquello que el inconsciente oculta en un intento por acallar el alma, aunque a veces acabe por destruirla.

El Paraíso Perdido: entre el mito cristiano y la revolución de pensamiento

De los escritores de habla inglesa, poco se difunde sobre John Milton (1608-1674) en América Latina. Como lo mencioné en un artículo anterior (¿Quién fue el autor de “Paraíso Perdido”?), su trascendencia no es solo literaria, sino también política y social, dentro y fuera de su poesía. De ella, destacan Il Penseroso y L’Allegro (1633), Samson Agonistes (1671) y el poema épico Paradise Lost (1667).

De acuerdo con la biografía The Life of Milton (La vida de Milton) escrita por Edward Phillips —su sobrino— en 1694, Milton concibió, varios años antes de dedicarse por completo a su creación, la idea de lo que sería Paradise Lost (Paraíso Perdido). En ese entonces no pensó en la composición de un poema épico sino de una tragedia; así, en aquel primer acercamiento a su gran obra escribió diez versos que mostró a Phillips y que fueron, según este último, “diseñados para el principio de la triste tragedia”. Posteriormente, estos versos formarían parte de la retórica de Satanás:

¡O tú que con gloria imprevista fuiste coronado!
Luces en tu dominio único, como el dios
De este nuevo mundo; a cuya vista las estrellas
Esconden sus cabezas degradadas; a ti te llamo,
Pero no con voz amistosa; y añado tu nombre,
¡O Sol! Para decirte como odio tus rayos
Que traen a mis recuerdos, el estado del que
Yo caí, cuán glorioso alguna vez sobre tu esfera;
Hasta que el orgullo y la ambición me abatieron,
En el Cielo combatiendo, al Rey glorioso del Cielo.

Como podría intuirse, el personaje de Satanás dedica estas líneas, primero, a Adán (quien con gloria imprevista fue coronado en el Paraíso) y segundo, a Dios, o al Sol (para decirle como odia sus rayos) pues evocan su condición de ángel caído. Esta dramática escena descrita de forma poética, ocurre cuando Satanás llega al Paraíso para concretar sus planes de venganza mediante la seducción de Eva, y descubre al otro (Adán) a través de la mirada. Con ello, no solo reafirma su sentimiento de “mérito dañado”, sino que además pinta un cuadro nostálgico al rememorar su otrora estatus en la jerarquía celestial.

De lo anterior, es posible deducir que Milton toma la llamada “caída del hombre”, de la religión cristiana, para usarla como tema central de la narrativa en su poema; sin embargo, no decide usar este mito —incluido en el libro del Génesis del Viejo Testamento— de forma arbitraria, sino que lo hace con plena consciencia de fundar su obra en una de las creencias más relevantes dentro del entorno social y religioso de su época, pues aspiraba a una superioridad poética que “sin medio vuelo” alcanzase “Cosas que aún no se han intentado en Prosa o Rima”.

Paradise Lost fue publicado en su versión de diez cantos en 1667 y en la de doce —que es la versión final— en 1674, con lo que se dieron diferentes reacciones no solo con connotaciones literarias, sino también políticas (tanto por los partidarios de la República y de Milton, como por quienes apoyaban la Monarquía de Carlos II). No obstante, uno de los aspectos que causó mayor revuelo fue la construcción del personaje de Satanás pues, por un lado, lo proveyó de características heroicas y angélicas con las que cambió la imagen medieval del diablo y, por otro, lo describió como un rebelde que decide no someterse a la voluntad de un monarca absolutista, es decir, a la voluntad del personaje de Dios.

Satanás en Paradise Lost, Gustave Doré, 1866

Dado que Milton creía en la existencia del Dios cristiano así como en lo descrito en la Biblia, pero no en un rey absoluto que gobernara por “derecho divino”, se ha discutido hasta qué punto atribuyó por medio del subconsciente ciertos rasgos al personaje de Satanás. Sobre esto, William Blake, un poeta inglés del Romanticismo, señaló en El Matrimonio entre el Cielo y el Infierno que “La razón por la que Milton escribió en cadenas sobre Dios y los Ángeles, y en libertad sobre el Infierno y los Diablos, es que era un verdadero poeta, y partidario del Diablo sin saberlo”, donde asocia a Milton con el Diablo desde la perspectiva del deseo, es decir, de la energía o lo Otro que surge en él y que deja que gobierne sobre la razón ―representada por Dios― para manifestarse a través de la poesía.

Así, la dualidad y la otredad ―Cielo-Infierno; Ángeles-Diablos; Pecado-Espíritu; Muerte-Eternidad; Satanás-Dios― están presentes en todo el poema, por lo que les invito a conocer su historia en este enlace, donde se encuentra disponible (en prosa) en formato PDF.

En ella [la raza humana], la unidad de bondad y malicia es consecuencia de los dos personajes cuya influencia se permea a través de Adán y Eva: Satanás como el seductor movido por la venganza, y Dios como el origen de todo; el uno y lo Otro que se niegan para intentar reconocerse a sí mismos.

Mauricio Ochoa, Paradise Lost: la otredad de Dios en la figura trágica de Satanás

Pintura: El paraíso perdido, Franz Stuck, c. 1897.

De Hipnos y Tánatos

No sé cuánto tiempo llevo aquí, en esta oscuridad a medias. Puedo moverme poco, o más bien inclinarme hacia adelante a causa estas cadenas que me sostienen. Al menos no siento frío, y debe ser por esa fogata que escucho detrás de mí. Apenas ahora es que tengo conciencia de ello, de que estoy encerrado en algún lugar. Me está dando sueño, mucho sueño… Empiezo a imaginarme las nubes, algunos árboles robustos y otros flacos alrededor de la zanja, el viento inquietando las hojas, llevándose todo, todo a su paso, hasta mis memorias.

Creo que empiezo a despertar —¿o seguiré soñando?— pero otra vez no sé nada del tiempo. Siento que puedo abrir un poco los ojos. Están pesados, los párpados pesan como dos palas pegadas una contra la otra, como esas que se utilizan para trabajar el campo. Alcanzo a distinguir entre mis pestañas algo distinto a esos puntos de colores difusos sobre un fondo negro que siempre veo. Es una pared rugosa, color café profundo, con sombras. Trato de abrirlos más y me duele, me duele ver. Pero tengo que hacerlo; no sé nada, ni donde estoy ni quien me puso aquí. Tengo que empujar las palas con más fuerza, como cuando se clavan entre la tierra para sacar las piedras desde el fondo, mucho más allá de lo que se percibe en la capa primaria que cubre al mundo. Otra vez jalo, abro, empujo. Al fin lo logro. ¡Me arden! ¡Qué he hecho! Nunca debí hacerlo; mejor los cierro otra vez. Los aprieto hasta que lloran, se limpian, se secan. Los relajo con el resto de mi cuerpo para dejar que lleguen las pocas imágenes que tengo del campo… El agua corriendo entre los surcos, el viento deslizándose sobre las hojas del sauce, el sol brillando sobre la superficie de un espejo azul profundo.

Duermo. Luego, el despertar se vierte sobre mí con la rutina de los días, con toda esa carga de desesperanza adjunta. Mi ánimo —como lo que pienso— está lacio, exánime, al momento que recuerdo el intento que tuve de apartar mis pestañas. Creo que tengo que hacerlo. Debe haber algo. Voy a intentarlo una vez más, ahora lentamente, con la paciencia de las semillas desperdigadas cuando esperan la primera lluvia del año. Así, muy bien, vas bien. Ya casi. Me siguen ardiendo pero ya es más soportable. Veo borroso, nebuloso, lóbrego. Me empiezan a salir lágrimas, lágrimas de agua cristalina que me dificultan la vista pero que atemperan esa zona frontal que refracta la luz, como la lluvia que impregna vida sobre las semillas secas. Se escurren desde su origen hasta caer en mis piernas, dejando su rastro al recorrer mi rostro. Reconozco con un asombro inexplicable también mis brazos, mis manos, el resto de lo que parece pertenecerme. ¿De dónde vino todo esto, este cuerpo que ni siquiera sé si es mío? Ya no recuerdo… Noto que tengo dos cadenas, o una, que me ata el cuello y la cintura al piso. Empiezo a mover los dedos de las manos, los aproximo a mis ojos para tallarlos suavemente, como si hubiera salido de un sueño eterno. Por fin puedo ver frente a mí como solía hacerlo hace no sé cuánto. Observo la pared mientras trato de voltear mi cabeza hacia atrás, pero me duele el cuello; se siente rígido, como si fuera a quebrarse. Decido quedarme así, viendo hacia el frente, hacia un grupo de sombras que se filtran a través del fuego por encima de mí, como si hubiera otra pared detrás. Son sombras extrañas, irreconocibles, que no sé si me ayudan o me estorban, ¿qué es eso? ¿Qué lleva en encima? ¿Por qué se mueve de esa forma? ¡Son muchas! Van y vienen, todas ante mis ojos ¡No las soporto! Mejor los cierro, apago mis ojos, apago las sombras; los cierro fuertemente, lo más fuerte que puedo, y en seguida los distiendo paulatina, suavemente, hasta que vuelvo a ver los puntos de colores difusos sobre el fondo negro. Otra vez imagino las nubes, la zanja, los árboles… Escucho algunos sonidos que se desvanecen con mis ganas de quedarme despierto.

Parece que han pasado días, semanas, siglos. Abro por segunda vez los ojos y ya puedo ver las sombras proyectadas en la pared por más tiempo. La tercera, la cuarta, la quinta; ya juego a adivinar de dónde vienen, qué cargan, cómo se mueven desde el inicio hasta el fin de la pared, qué dicen. Ahora despierto y duermo, y sueño con las sombras —creo que ya no recuerdo otra cosa— y duermo, y despierto una vez más, como hoy. ¿Será de día o de noche? —Me pregunto— mientras sigo aquí, de cara a la rugosidad de la cueva, sin levantarme. Hace tiempo que ya abro y cierro los ojos a voluntad; parpadeo, los tallo. Las sombras son mi mundo. He visto algunas que se parecen a algo que tal vez he visto; otras se asemejan a seres como yo —según creo— solo que caminan erguidas. Puedo ver sus extremidades, su torso, a veces solos, a veces con algo a cuestas. Me reconforta verlas —aunque algunas de ellas me causen cierto horror—. Las he visto tanto tiempo que a veces dudo si son solo sombras u objetos, los objetos de ese mundo en el que vivo. Poco a poco me voy acostumbrando a ellos, al movimiento limitado, a la pared áspera, a la oscuridad parcial, a esta cueva en la que me encuentro. Estoy convencido de que mientras siga seguro no necesitaré moverme, y de que mientras los objetos sigan su paso no me sentiré solo. Lo que vea en esa pantalla de piedra estará bien. Esas imágenes están ahí por alguna razón, de la que antes dudaba pero que ahora simplemente me motiva a abrir los ojos de nuevo. Recibo lo que necesito; duermo y despierto, vivo y observo, con eso me basta por ahora. Debo estar agradecido por ver los objetos pasar —y cuya voz quisiera escuchar a veces, solo para reconocer la mía— esos que conforman mi mundo y que me guían para saber quién soy. ¿Y quién soy? Mi sombra, o mi objeto, o eso que se ve sobre la pared de la cueva. En ocasiones siento que el piso y las paredes se mueven, pero no quiero darle mayor importancia; seguro es lo normal —¿o será una advertencia? —. Me siento satisfecho a causa de todas las cosas que pasan frente a mí, porque ya no sueño lo de antes, solo lo que es —¿real?—, lo que veo.

Creo que me entusiasma mucho abrir los ojos para encontrarlas, aun si hay momentos en los que quisiera salir de aquí, moverme, solo para ver si hay algo más. Pero empiezo a ver mi mundo en la pared y ya no me parece relevante —¿o sólo rehúyo? —. Cada día transcurre exactamente igual: duermo, despierto, abro los ojos, los tallo, miro, pasa una cosa, otra, me río, me aburro, duermo, despierto, duermo, duermo, duermo…

Y hoy desperté una vez más, pero hay algo que me mueve las entrañas, algo inusualmente distinto; no sé qué es, pero lo siento, se tensa alrededor de mi abdomen, sale de la cadena que me sostiene. De pronto, la cadena se hace más larga, se expande, dándome más libertad. Pero no me muevo, sigo donde siempre. No tengo por qué moverme. Hasta ahora he estado bien. ¡Maldita sea! Hay algo que casi… Casi me obliga, no sé qué sea, pero tengo ganas de impulsarme, de ir más allá de este confinamiento forzado. Hay un haz de luz que no había visto antes, que observo brevemente de reojo mientras trato de torcer mi cuerpo —¿podré levantarme? —. Trato en vano de elevarme; mis piernas están ahí, pero no responden. Me han mantenido demasiado tiempo arrodillado. Toco la pierna izquierda con mi mano derecha; la froto, y me doy cuenta de que la puedo estirar un poco, solo lo suficiente para cambiar —¡por fin!— de posición. Ahora hago lo mismo con mi pierna izquierda, y también la estiro, un poco más que la otra; ambas salen, se regocijan al zafarse del yugo del piso rasposo de roca suelta, de polvo viejo, de tiempos añejos y de objetos en la pared —hoy tengo miedo, más miedo que otros días. Intento levantarme por primera vez. Sigo de frente a la pared rugosa. No puedo. Es como la vez en la que quise abrir los ojos después de mi ceguera total, solo que peor; las piernas no me arden, pero parecen estar dormidas, tiesas, muertas. Sigo buscándolas con mis manos y noto que —a pesar de todo— empiezan a sentir, como yo. Esta vez tomo todo el tiempo necesario, incluso cuando siento que una fuerza externa —¿o vendrá de mí — me apresura. Casi siento curiosidad por salir de la cueva. Pero ¿qué me espera? ¿Será algo mejor? ¿O será el fin de lo que tengo? Más vale no seguir, mejor aquí me quedo; prefiero sentirme seguro que buscar lo otro, eso que me saque de aquí, que me haga ponerme de pie y caminar… Quiero dormir otra vez, quiero olvidar esa fuerza que me empuja, quiero seguir viendo esas cosas que me tranquilizan y me hacen abrir los ojos; espero que esa nueva luz ya no me moleste. Pero lo hace, me fastidia. Trato de ignorarla —aun cuando muchas veces quiero saber de qué se trata— y sigo aquí, arrodillado, adormilado, reservando mis fuerzas solo para despertar sin desplazarme.

Pero a veces es imposible evitar moverse, simplemente porque se presenta una oportunidad —única— para hacerlo.

A causa de este impulso que a veces controlo, ya no solo estoy de rodillas, puesto que he aprendido a sentarme; muevo mis piernas hacia atrás y hacia adelante, y ya se miran más vivas, más activas. Comienzo a flexionarlas y a estirarlas con mayor frecuencia. Al sentirlas, trato de ponerme de pie, y me elevo lentamente al tiempo que me balanceo, para caer sentado frente a la pared de color café profundo. Pareciera que apenas estoy aprendiendo a caminar. Ese muro estriado ahora refleja el fulgor del fuego: me mira de regreso a través de todas las cosas que contiene y mediante las que aprendo todo lo que necesito saber para seguir viviendo aquí. Al pasar de otros días, otras semanas, y otros siglos, casi sin darme cuenta logro voltear el cuello, estirar los brazos, y recargarlos sobre el piso, provocándome una sensación diferente por el solo hecho de haber cambiado ligeramente de posición. Ahora me recuesto —las cadenas ya me lo permiten— y trato de arrastrarme con los brazos para dejar de advertir las cosas de siempre y ver la otra pared, la de atrás ¿o será la de enfrente — la que esconde el fuego. Voy deslizándome sobre mi estómago, tragando tierra y sintiendo el polvo adentro de mis ojos, como si cayera sobre mí un castigo por seducirme a mí mismo con el hambre del conocimiento. Es duro moverse, tanto como las piedras que voy rozando, pero el impulso crece, se abre camino entre mis temores, y casi me fuerza a intimar con el otro lado de la cueva. Vislumbro la luz, esa que al principio se asomó detrás de mí y que ahora se siente más próxima. Casi llego hasta ella pero ya no puedo; empiezo a sentir el cansancio metiéndose entre los dedos de las manos y los pies cual xilófagos royéndome los huesos. Me detengo y dejo caer lentamente mi cuerpo, me recuesto hasta reconocer la tierra en toda la piel, que se rasca ligeramente sobre ella, la asimila, la siente. La cadena ya no me oprime como antes. Logro estirarme. Todo indica que me voy quedando inerme, mientras los insectos se nutren del cuerpo que estaba en movimiento por efecto de ese aliento interno.

Despierto, sintiéndome seguro de haber dormido menos tiempo, ya que mis continuos deseos de letargo van cediendo ante la inminente necesidad de ver el fuego, de tocar el rayo de luz. Alzo la cabeza y lo miro. Me siento primero acogido; luego atraído, embelesado. Me arrastro mansamente para llegar a mi objetivo y noto que lo que lo oculta no es precisamente un muro, sino más bien un montón de rocas y tierra que parece elevarse gradualmente; entonces, me arrodillo para luego impulsarme ayudado por el cúmulo de piedras, y tras varios intentos finalmente logro ponerme de pie. Casi exhausto, levanto la cabeza. ¡Qué es esto! Es… Sí, efectivamente es algo que parece conducirme hacia el origen del haz luminoso, que me lleva hacia arriba. ¡Es un ascenso escarpado! Uno de piedra, áspero, como la pared. Camino, me trepo con mis cuatro extremidades, mientras la cadena se alarga tras de mí cual larga cola de un reptil. Al hacerlo, me recorre una fuerza que se torna familiar y lejana a la vez; trato de recordar el sol del campo, pero la emoción de subir acapara toda mi energía, mientras advierto que solo quedan cenizas de lo que alguna vez fue una fogata al otro lado de la subida escarpada.

Comienzo a escalar, primero apoyado sobre mis manos y pies, y luego solo utilizando mis piernas. La luz es cada vez más fulgurante. Siento un ardor intenso en los ojos; me cubro el rostro con la mano derecha sin dejar de avanzar. Diviso una abertura amplia, de contornos filosos, que se asemeja a la boca de una serpiente hecha de luz y que me llama para darme el fruto del conocimiento con su apariencia seductora. Siento que todo lo que fui, lo que supe, lo que me dijeron los objetos en la cueva se diluye en un mar de sensaciones nuevas, que invaden mi columna vertebral a través de las cadenas. Sigo andando; al fin llego. Poco a poco saco la cabeza a través de la abertura, tapo mis ojos, los abro y cierro constantemente para no lastimarlos. Nuevamente me arrodillo para esconder el rostro de tanta luminiscencia. Después de algunos instantes por fin puedo ver —¿será acaso el Paraíso Perdido?— ¡Cuánta belleza! Tras esos días, semanas y siglos entre paredes rugosas, fuego y el pasar de las cosas frente a mí, me encuentro con el día, con los sauces, con las nubes en el espacio azul celeste y el viento que no solo se desliza sobre las hojas de los árboles, sino también sobre mi piel. Veo las aves volar sobre las copas de los gigantes de madera; cuento conejos brincando entre los surcos de un sembradío como el que alguna vez trabajé, y vislumbro un lago sobre el que juguetean los rayos del sol, libres de pudor y de cadenas, como estas que siguen incorporadas a mi cuerpo. Contemplo todo mientras me siento inundado por una profunda melancolía.

Me tranquiliza poder contar los días y las noches, y al cabo de un rato el día se ensombrece paulatinamente hasta devenir en calma oscura, haciéndome mirar hacia arriba para descubrir las luciérnagas del vacío, que con su distribución en la inmensidad del espacio dibujan formas y definen destinos. Me recuesto a orillas del lago para observarlas, en un estado de paz absoluta que jamás había experimentado, que penetra suavemente cada poro, cada célula, y que llega hasta el polvo compactado que integra cada uno de mis huesos. Cierro los ojos, pero esta vez no porque me ardan, sino porque deseo dejar que la oscuridad dé paso a las imágenes, esas que evocan lo que he visto y que ahora se mezclan en un espacio onírico de mi ser, que se desahogan en mi mente para trascender mi cuerpo. Empiezo a flotar sobre una cama de agua. Sin mirar, estiro mis extremidades y siento esa atmósfera acuosa, estable; me relajo totalmente durante algunos momentos, tantos que casi duermo de nuevo por primera vez desde que salí a este mundo. Quisiera quedarme así tantos días, tantas semanas y tantos siglos como los que gasté en la caverna. Quisiera quedarme inerte hasta el fin del tiempo, en una flotadura apacible. Las cadenas que llegan a mi cintura y a mi cuello ya no se sienten rígidas, metálicas, sino más bien tersas, tibias, flexibles. Todo a mi alrededor es placentero y cálido, húmedo y agradable. Pero de alguna manera sé que esto no va a durar para siempre.

Empiezo a mover mis dedos sin pensarlo, incitado —otra vez— por una necesidad de desplazamiento, y con ello percibo el agua del lago. Me percato de que el entorno es más denso de lo usual, y creo que puedo nadar, aunque solo alcanzo a patalear un poco y a estirar levemente mi cuerpo. Entonces, me doy cuenta de que estoy dentro de otra cueva; pero esta vez no siento el aire ni el fuego, solo el agua. No puedo ver, aunque me percato de que sí puedo oír algunos ruidos y palpar poco a poco la superficie que me rodea. Sigo atado a esta cuerda; no entiendo por qué —aunque sé que eso ya me había ocurrido antes—. Me inquieta el recuerdo de haber sentido una más gruesa y más rasposa alrededor del cuello, a pesar de que piense que esta vez no me hará daño, al menos no mientras mantenga la cabeza casi estática, los brazos cruzados y las piernas encogidas; con esa lógica, trato de no agitarme y desenvolverme lentamente. Ya más calmado, construyo imágenes de mi propio cuerpo, de aquel que fue en la otra caverna, pues percibo que este que ahora ostento es más frágil y pequeño. Una vez más me voy quedando dormido…

Luego del coma efímero, despierto, y reconozco que tuve un sueño, un sueño en el que extendía mis brazos para salir. Una vez afuera, corría entre los surcos de maíz con los pies descalzos; iba sintiendo el sol caer en mi cara y apresurándome para llegar a la casa de adobe pintado de rosa con tejas rojas, con focos blancos de día y rojos de noche, en la que había pasado algunos momentos importantes de mi vida. Al arribar, divisaba a una mujer madura, sentada en un tronco de madera con un vestido que permitía que sus senos respiraran, y que lucían tan naturales como los cerros que imponían su presencia al bordear el lugar; ella me sonreía y yo le respondía con un beso en la mejilla; salía de ese pueblo lleno de calles empedradas y gente del campo, mientras todos los rostros que me habían visto pasar transitaban por mi mente. Llegaba a la capital del país, conocía mi primer amor, entraba a la universidad; estudiaba hasta el cansancio, devoraba libros y comenzaba a crear ideas sobre progreso y justicia, obtenía el título ingeniero agrónomo y encontraba mi primer trabajo, luego… Luego el sueño se detuvo, y desperté nuevamente aquí, sin abrir los ojos, sin ver esa luminosidad que tanto añoro.

Ahora que dejo mi somnolencia atrás, trato de ir hacia adelante para llevar a cabo mi plan onírico; comienzo a agitar mis extremidades, empujo con toda la fuerza que tengo, ejerzo presión en mi cuello y la cuerda se tensa con el movimiento, pero eso no me hace parar; pataleo, y pasa un rato sin haber conseguido lo que buscaba. Entonces, trato de patear más fuerte, me sacudo con mayor intensidad, y de tajo descubro que he roto una barrera y que el agua comienza a desbordarse. —¡Estoy asustado! ¡Siento que me asfixio! — Mejor ya no me muevo, estoy mareado, agotado, sin aire.

En un estado inánime alcanzo a escuchar algunos gritos, y recuerdo la última vez que tuve una sensación similar, allá entre los cafetales de Santiago Ixcuintepec, cuando por no ser cómplice de una trampa para que la compañía en la que trabajaba se hiciera de unas tierras, me colgaron de un árbol con unos campesinos. Ahora sé que después de eso desperté en la caverna. Advierto la memoria confusa; todo lo que he vivido se vuelve ante mí como una serie de fotografías instantáneas, en un álbum que se hojea página tras página sin detenerse a contemplar las imágenes, solo figuras borrosas. Alcanzo a distinguir las siluetas de la gente, de los objetos en la pared de la caverna; escucho la profunda resonancia de un pueblo sin ruidos y, paulatinamente, empiezo a percibir claridad a través de una abertura que cada vez se hace más grande. Ya no siento las paredes de ese cuerpo que me aislaba, y en su lugar encuentro unas manos que me van sacando de ese espacio que me hospedó durante algunos días, algunas semanas, algunos siglos.

Entonces, ya no percibo agua, solo aire transitar por mi piel; justo cuando creo que me voy a quedar dormido, siento un golpe repentino. Lloro, no sé si de tristeza o de felicidad, pero sigo vivo. El llanto comienza a desaparecer y, al elevarme en el espacio y caer entre sábanas blancas, de algodón, juzgo mi alma apacible, mientras logro percibir que la conciencia se va desvaneciendo sin dejar rastro ante la luz…

Pintura: Sueño y su hermanastro Muerte, John William Waterhouse, 1874.